Entre la realidad y el mito

Entre la realidad y el mito

Una reseña para la antología de Héctor David Gatica “Yo estuve en Villa Nidia” que cuenta con la participación de 19 autores.

Fue en septiembre, dirán las crónicas que se seguirán escribiendo en ese intento perpetuo por retener espacios y tiempos en una hoja en blanco. Y muy probablemente va a ser esa, la del mes de la primavera, la única certeza, el único dato concreto con que contarán los historiadores o, mejor aún, los recopiladores de historias, esos que gustan de andar rastreando en lo imperecedero de las memorias hechos de trascendencia que de generación en generación se van transmitiendo. 

Las crónicas dirán que fue en septiembre y dirán también, muy probablemente, que en aquel día de septiembre la que congregó fue la poesía. Esa poesía del interior profundo, de las callecitas de tierra, de las jarillas, de las paredes que se sostienen entre el barro y el cielo, alcanzando alturas incalculables pero cercanas, al mismo tiempo. 

Esa poesía de los nombres en los árboles que menciona los vacíos que dejan los que ya no están para darle forma, al unísono, a una sustancia que inaugura ecos en los estanques, aun cuando escasea el agua y los círculos concéntricos se dibujan, en cambio, en las nubes de una tarde que trae el aroma a las raíces donde anclan los recuerdos de otro tiempo, convergiendo en torno al aljibe de la casa donde retumban, todavía, las voces de los que allí dejaron como ofrenda su alma de tinta. 

Uno a uno fueron llegando, dirán las crónicas. Desde distintos puntos cardinales, pero como si no existieran los puntos cardinales, sino más bien un solo punto: el del encuentro, sin grietas. Porque cuando convoca la palabra, cuando convoca la poesía, todos los caminos conducen a un solo lugar: el del abrazo fraterno, contenedor, solidario. Las crónicas citarán, entonces, a un tal Buenaventura Luna como una especie de premonición: “Quise armar un fogón allá en la sierra / en mis lejanos pagos jachaleros / que llamara cordial a los arrieros / a todas las distancias de mi tierra”. Premonición de cercanía, de aproximación. Las distancias que se acortan, incluso, lejos de todo. 

Porque las crónicas dirán que en ese día de primavera hubo un territorio en el que el mito dio paso a lo real. Y un hombre en cuya esencia y prestancia, se afincó toda la geografía de nuestra tierra. Y algunos cronistas, incluso, hasta se animarán al juego de las nomenclaturas para hacer mención a una fantástica Villa Nidia en la que, afirmarán, vio la luz por primera vez un fantástico caballero: Héctor David Gatica. 

Nadie podrá corroborarlo, sin embargo. Y es que nadie puede afirmar, tampoco, que haya sucedido. Apelarán, los cronistas, entonces, a los documentos de la época. Hurgarán entre los vestigios de las bibliotecas, olvidadas en los intersticios de un devenir abruptamente digitalizado. Ocurrió en septiembre dirán, en una tarde primaveral memorable, cuando las plumas se posaron en bandada en el patio de una casa paterna. Y hallarán, tal vez, alguna antología. Especie de testimonio de un legado irrepetible que rezará: “como si fueran pocas las antologías que le dediqué a mi provincia, andaba tentado con una más. Pero, sin alejarme de lo antológico, me apareció un nuevo ingrediente: la participación de los nominados. Traigo a cuento parte de un poema de mi libro “El canto de las manos”: “Compartiré esta hora del dolor tuyo / hasta sentir mi corazón levantándose en gajos de tu herida. Y recién entonces / con los dedos machucados / me haré presente en la PALABRA”. Y no fueron los dedos esta vez, fue el dolor del cuerpo tras leguas de caminos de tierra que debieron recorrer los poetas, para recién hacerse presencia en su poesía”. 

Pistas, señales de algo que pudo haber ocurrió, pero que ya nadie sabe. Pudo haber sido real. Pudo haber no existido. Pudo haber sido la crónica de un día de septiembre. Pudo haber ocurrido cualquier otro día. O sencillamente pudo no haber ocurrido nunca. Pero hay quienes insistirán con que una vez, hace ya mucho tiempo, existió un páramo llamado Villa Nidia y que en ese páramo llamado Villa Nidia nació un tal Héctor David Gatica. O viceversa: una vez, hace ya mucho tiempo, nació un tal Héctor David Gatica, quien dio a luz a Villa Nidia como su páramo de existencia. Insistirán, algunos, con que fueron reales, aún sin pruebas que permitan ratificar que no sólo formaron parte de una fantasía. 

“Hasta acá llegó, también, nuestro gran novelista, Daniel Moyano, para escribir notables notas en “Clarín”. Hasta acá llegó la “Cantata riojana” con sus creadores e intérpretes. Hasta acá llegó “La Comedia Riojana” con “Las muertes de Pedro Berón”. Tuvimos un Chacho Peñaloza, al que dedicó un libro nada menos que José Hernández. También una Maestra de la Patria, Rosarito Vera Peñaloza. Escritores, poetas, pintores de envidiable trayectoria. Y seguimos sembrando, “siempre sembrando”. Hasta la escuela rural de acá, en un día de fiesta patrio, llegó caminando, dos, tres kilómetros, ya anciano, el vecino don Ignacio Maldonado, se hincó y besó nuestra bandera nacional, la de ceremonias. Besemos en esta tarde de una desconocida Villa Nidia, la bandera universal de la poesía”, leerán los cronistas con suma consciencia y en voz alta, intentando dar lógica y sustancia desde alguna página hallada, a una memoria que sólo puede encontrar identidad en lo sensitivo, en lo emocional de quienes pudieron haber estado allí, donde ya nadie sabe. Y algunos hasta se atreverán a ponerles nombre: Nicolás Barrera, Martín de la Fuente, Gabriel Gatica, Omar Gatica, Pablo Gatica, Virginia Hansen, Alfredo Narváez, Arturo Oliva, Oscar Oyola, Rosa Pereyra, Martín Ptasik, Luis Quintero, Rasmia Saadi, José Luis Serrano (Doña Jovita), José “Trueno” Soria, Nerio Tello, Nora Urbano, Fernando Viano. 

Será, tal vez, incomprobable. Casi tanto como que hayan existido, o como que simplemente existieron aquella vez igual que Villa Nidia, igual que Héctor David Gatica: entre la realidad y el mito.

(La presente nota fue publicada en el suplemento 1591 Cultura+Espectáculos de diario NUEVA RIOJA)

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