PRESENCIA VIVA

PRESENCIA VIVA

Referente fundamental para el Teatro en la Provincia y eje de una transformación sustancial para la actividad a lo largo del tiempo, César Torres pone en palabras, junto a 1591 Cultura + Espectáculos su pasión artística.

La charla transcurre con la misma naturalidad con que el tiempo va escribiendo la historia. A veces ni siquiera nos damos cuenta, pero cuando miramos hacia atrás y hacemos un repaso, caemos en la certeza que todo queda marcado en esa línea intangible, pero repleta de hitos definitivos y determinantes. Somos historia. Y somos también historia para contar, para narrar, para decir. Historia para actuar. Para palpitar con intensidad y pasión en cada palabra, en cada gesto. Así es como César Torres entiende el juego de la vida, al igual que si se tratara de una prolongada obra de teatro en la que cada personaje va desandando su camino y él, desde la mirada obsesiva del director, va moviendo los hilos de una trama compartida.
Y es que, a la luz de los hechos y de las circunstancias, no puede concebir su tarea de otra forma. Por convicción propia y por formación, Torres entiende que en el Teatro conviven una serie de entramados fundamentales y que bajo ningún punto de vista pueden estar ausentes; un entretejido que se completa en el ida y vuelta, en el intercambio, en el compartir cultura para romper las estructuras establecidas de antemano y plantear así un nuevo escenario: un escenario colectivo.
Desde pequeño, la ruptura fue, tal vez, uno de los denominadores comunes para un legado artístico que se abrazó y se abraza a la convicción de la búsqueda de lo popular como una entrega hacia el prójimo, sin la cual no habría dramaturgia posible. Y esa búsqueda constante de lo diferente que, entre otras cosas, lo llevó a encontrar en el recorrido a compañeros de ruta de los que supo absorber enseñanzas y experiencias, siempre con la mirada puesta en el crecimiento personal, a manera de ofrenda con el público y regocijo para su devoción teatrera.
Si el ejercicio se trata de extender la memoria en retrospectiva, Torres no duda en recordarse con ansias de escritor, entre la poesía y los cuentos. Y hasta rememora que el gran Héctor David Gatica le publicó un libro, cuando cumplía funciones en la Secretaría de Cultura. Sin embargo, con el paso del tiempo fue cayendo en la cuenta que su verdadera pasión se afincaba en otros rincones artísticos, tal vez insospechados. “Con el tiempo descubrí la cuestión del Teatro y es como que me absorbió; entonces dejé de lado la poesía, pero a la escritura la sigo ejerciendo desde la dramaturgia”, cuenta con una leve sonrisa, casi nostálgica.
“Descubrí que el Teatro no es un arte puro; intervienen en él todas las artes: la música, la pintura, la literatura; es mucho más completo. Y desde el momento en que comencé a dirigir Teatro fue que tuve que comenzar a profundizar en todas esas ramas artísticas. Me di cuenta que era imprescindible tener un conocimiento más profundo de todas las ramas artísticas para lograr la materialización de lo que uno quiere decir”, reflexiona. Y en ese reflexionar, comienza a dejar definiciones precisas sobre su compromiso con la tarea.
Luego, llega aquello de encontrar los orígenes; la raíz del germen teatral que no se encontraba con claridad en su familia. “El tema de la actuación estuvo siempre”, cuenta con absoluta seguridad. “De muy chico empecé a leer muy bien las cosas que llegaban a mi casa. Una vez descubrí los tomos de la recopilación de las coplas de Alfonso Carrizo y me las aprendí de memoria; luego las recitaba y todo el mundo me aplaudía. En la escuela, en las fiestas patrias, era un número fijo. Me críe más que nada con mis abuelos y mis tíos, casi todos eran grandes, y yo un poco como que me aburría. Entonces buscaba la salida por el lado de la lectura. Hacía títeres, me armaba el teatrito, y hacía adaptaciones de las leyendas de Bécquer. Me atraía la poesía que había dentro de esas historias, pero la verdad es que era un fracaso, era muy aburrido para mis espectadores, que en ese momento eran todos niños”.
De aquella época rescata el apoyo de sus docentes de la escuela Ortiz de Ocampo que, de alguna manera, descubrieron en él esa veta artística y lo incentivaron a seguir adelante. Algo similar ocurrió en la etapa de la Secundaria, cuando ya encaraba las adaptaciones de las obras de Shakespeare y hacía participar a sus compañeros; o cuando armaba representaciones en su casa e invitaba a los vecinos. Y es que no sólo se trataba de componer una obra, sino también y por sobre todas las cosas, de compartirla. Una virtud emocionalmente solidaria que lo acompañó y lo acompaña.

DESLUMBRAMIENTO
El paso lógico del tiempo, tal como le ocurre a todos y cada uno de los mortales, lo llevó hacia otras geografías y otras búsquedas profesionales. Un joven Torres emigraba hacia Buenos Aires a cumplir, tal vez, con los mandatos familiares ligados a la carrera de Derecho. Sin embargo, para el incipiente artista de por entonces, aquel desarraigo fue un muy buen pretexto para ir detrás de su vocación inclaudicable. “Fui a la Universidad, pero al mismo tiempo andaba averiguando dónde quedaba el Conservatorio. Comencé a hacer talleres con diferentes maestros, lo que me posibilitó tener una formación completamente asistemática; totalmente diversa, pero que me sirvió muchísimo. Todo ese cúmulo de cosas, a la larga me ayudó en la actuación y en la dirección también. Hice también talleres en Tucumán, en Catamarca, con maestros extranjeros. Poco a poco fui creciendo, buscando mejores maestros, hasta los años ‘70. Toda aquella etapa en Buenos Aires fue un verdadero deslumbramiento en todo lo que tenía que ver con el arte; estuve muy cerca de artistas que estaban rompiendo con lo hegemónico”, recuerda.
Y desde ese deslumbramiento, nuevamente a La Rioja, donde Torres comenzaría a escribir su historia, estrechamente ligada a la de uno de los referentes trascendentales del Teatro local. “En el ‘72 volví a La Rioja y me sentía un poco desorientado, hasta que un día me encontré, en Güemes y Facundo Quiroga, con Manuel Chiessa. Él me habló y me dijo: ‘yo sé que a vos te gusta escribir, estoy haciendo unos espectáculos de humor y estoy armando los libretos, no sé si me querés ayudar’. Por supuesto que yo enseguida agarré viaje”. La anécdota le ilumina los ojos. Y no es para menos. Aquel encuentro fue todo un punto de partida. Y un quiebre en la historia del Teatro de La Rioja. Y es que ya nada sería igual, aunque aún no pudieran saberlo.
“Empezamos a armar los libretos. Chiessa trabajaba en ese momento con un mimo, haciendo un espectáculo de café concert en la Cantina de Juan. Yo comencé con los libretos, luego a ayudarle con el tema de las luces y luego pasé a actuar. A partir de allí no paré; hicimos una dupla con Manuel bastante fuerte. Aprendí muchísimo de él. En aquel momento nos planteábamos trabajar para una obra durante tres o cuatro meses y luego la presentábamos una vez; pero el público se agotaba. Entonces nos dijimos: si el público no viene, vamos a tener que salir a buscarlo. Era muy arriesgado porque no había espacios teatrales para nuestro trabajo independiente. Hacíamos una obra para chicos, íbamos al barrio Hospital, llegábamos con unos tambores, con cornetas y atraíamos a los chicos; lo hacíamos totalmente gratis. Luego ya nos conocían y los chicos venían solos”.
Luego, recuerda Torres, llegó el turno de trabajar para la Asociación Folklórica Riojana que, por aquel entonces, pretendía crear un elenco regional de Teatro y quería trabajar con las obras de Víctor María Cáceres, otro de los grandes íconos de la actividad. El primer espectáculo se llamó “Facundo camina a su muerte” y, a partir de la colaboración de escritores riojanos, Torres armó la dramaturgia. La obra se presentó en el Teatro Provincial y fue un éxito, al igual que ocurrió en el Teatro de las Provincias de Buenos Aires. Aquella puesta en escena, a la que luego se sumó “Víctor el hombre en la tierra”, fue toda una carta de presentación que abriría nuevas puertas.

CONVIVIO
El éxito de los trabajos realizados junto a la Asociación Folklórica Riojana despertó el interés del intendente capitalino de por entonces y de Bustos Fierro, quien se desempeñaba como Secretario de Cultura. “En aquel momento nos llamaron y nos explicaron que querían armar un elenco estable; por supuesto que lo planteamos a la Asociación y desde ese momento pasamos a depender de la Municipalidad. Nos contrataron, y ese fue el origen del Teatro Estable Municipal, en el año ‘81”. Así se escribe la historia. Con hechos que tienen a Torres como protagonista excluyente, junto a un Chiessa igualmente determinante, para llevar al Teatro a una dimensión diferente a la que hasta ese momento había conocido. “Manuel era una aplanadora, un ser de una creatividad extraordinaria; y el planteo era hacer obras que pudiéramos poner tanto en el Teatro Provincial como en cualquier otra sala, pero también en los barrios. Recuerdo que íbamos al barrio 4 de Junio, nos juntábamos en la casa de don Pedro Corzo, y a media cuadra de esa casa había una hondonada y ahí realizábamos obras. Por aquel entonces hicimos una cuyos textos los armé yo y que se llamaba “El desentierro del Pujllay”. Incorporamos como a 300 vecinos de la zona que participaban de la propuesta, más los actores del elenco. Toda la acción transcurría con el fondo natural, con los personajes apareciendo desde ese lugar, iluminados con antorchas. Era un espectáculo extraordinario”.
Esos nuevos escenarios fueron otro deslumbramiento para César Torres, quien termino de dimensionar lo que el Teatro significaba para su vida. “Aquello era y es lo que indudablemente me atrapa del Teatro: el vivo; ese convivio entre el actor y el público. Estoy convencido que el Teatro es el único arte en donde la interrelación se da en vivo entre el actor y el público. La escritura o la pintura, en cambio, se dan en soledad. Pero el Teatro necesita de la presencia viva, de toda esa adrenalina, de ese ida y vuelta que se da con el público. Uno siente allí el rechazo, siente la aceptación, siempre está percibiendo uno lo que pasa en la platea. Hay un 70 por ciento de entrega en lo que uno hace y hay un porcentaje en el que uno está vigilando lo que pasa, para recibir esa energía que llega del público. Eso es lo que me enamoró de la actuación. Desde camarines, podía ver a mis compañeros actuando y me maravillaba; estoy aquí y estoy viendo, oyendo el palpitar de las vidas ahí arriba. Me provoca mucha emoción todo eso, muchas ganas de volver. No pude ni puedo soltarlo. Lo sigo sintiendo al mismo nivel y será así mientras haya necesidad de relacionarnos”.

MOVIMIENTO PERPETUO
Cambia. Todo cambia. La vida es ese movimiento perpetuo destinado a quienes tienen la valentía de tomar decisiones. Y Torres lo sabe, porque ha sabido adaptarse a los tiempos y las circunstancias y absorber de cada nueva experiencia, todos los posibles aprendizajes. Fueron 15 los años junto al Teatro Estable Municipal. Allí, mano a mano con Chiessa, sembró la semilla de una nueva concepción para el Teatro, aún a pesar de los costos, de las críticas, de ser mal vistos a raíz de popularizar la actividad, rompiendo con toda una tradición teatral que había en La Rioja, donde el repertorio de obras era en su mayoría de autores extranjeros; destinado a un grupo muy cerrado y totalmente selecto.
“La apertura empezó con Víctor María Cáceres, quien comenzó a ahondar más en los conflictos populares, a llevarlos al escenario; el fue el primer hombre integral del teatro. Era dramaturgo, actor y dirigía sus propias obras. Sin embargo, durante mucho tiempo más persistió esa idea de que el Teatro tenía que estar en las salas y que era para un grupo nomás. Romper eso costó bastante. No era muy bien visto todo lo que estábamos haciendo y había gente que controlaba todo eso”, recuerda Torres.
Y si de rememorar se trata, de inmediato trae a colación aquel momento en que se produjo una vacante en la Comedia Provincial y su nombre comenzó a sonar fuerte entre los posibles elegidos. “En la dirección venía ejercitándome con Manuel. La mirada del director es otra; no es la misma que la del actor. El director debe ser un espectador especializado. Tiene que mirar todo: la luz, la música, la escenografía, la actuación; es un cúmulo de cosas que no deben escaparse a su mirada y se trata de una tarea muy ardua”, cuenta. Y recuerda también que fue muy doloroso dejar el Teatro Estable Municipal, y que mucho le costó darle esa noticia a Chiessa, aunque fue su compañero de aventuras quien terminó por convencerlo de que ya había un ciclo cumplido y que estaba en condiciones de encarar nuevos desafíos.
A partir de allí no ha dejado de trabajar de manera constante en la Comedia Provincial, aportando de manera sistemática a que las condiciones del Teatro mejoren. “Ahora estamos regidos por una nueva ley que significó la incorporación de nuevo personal y una mejora económica”, concluye.
Sin embargo, y más allá de la cuestión puntual vinculada a la evolución necesaria de la actividad en la Provincia, Torres vuelve a poner de manifiesto su pasión por el Teatro, y por el trabajo en equipo. “Me gusta mucho trabajar en equipo. Tengo iluminador, escenógrafo, productor y siempre me gusta tener el aporte de cada uno de ellos. A veces no se los toma en cuenta. Siempre los actores son los que dan la cara, pero hay atrás un grupo de gente que es importantísima a la hora de la representación. En La Rioja, por fortuna, hay gente que se está preparando, que está estudiando; son actividades muy específicas que son importantísimas a la hora de una representación, porque una obra requiere de la presencia de ellos. Es así como se produce un tejido; se tejen todas esas cuestiones para lograr la materialización que tiene que ver con el Teatro”.

FORMAR ESPECTADORES
El tiempo ha transcurrido para César Torres, como para todos. Sin embargo el actor y director riojano va dejando huellas a cada paso y se va haciendo parte fundamental de la historia del Teatro en la Provincia, con un aporte sustancial. Su pasión y entrega son un distintivo en cada una de sus obras, donde la mirada de director busca traspasar todas las fronteras. Incluso las propias. “Para mí nunca está lista una obra. Siempre estoy corrigiendo; cambiando y creo que tiene que ser así. En el ensayo, el único espectador que tiene el actor es el director. Cuando al fin la obra se estrena, uno puede palpitar la relación con la gente. A veces uno se sorprende, porque es con la recepción cuando comienza a ver que la obra empieza a madurar; en la relación con el público. A medida que vamos haciendo la obra vamos modificando cosas; las obras nunca se terminan de hacer. Además a los actores hay que controlarlos; a veces se toman sus licencias que, por ahí, no tienen nada que ver con la obra. La obra tiene un lenguaje, una línea de acción. Hay que estar muy atento a eso, para que la obra siga creciendo; que crezca, que madure, pero que no se desvirtúe”.
Manual de instrucciones. Y de experiencia. La riqueza que existe en cada definición de César Torres, bien valdría la pena una extensa lección de Teatro. De allí que su mirada se torne trascendental a la hora de analizar el escenario local, en el que la actividad se desarrolla. “La actividad teatral en La Rioja se comenzó a nutrir mucho con una nueva camada de hacedores teatrales que están trabajando desde otro punto de vista. Ahora contamos con el Profesorado de Arte y con la Carrera de Teatro en la Universidad y tenemos un espectro interesante: teatro de texto, teatro de danza, teatro físico, teatro de música. Sin embargo, adolecemos de espectadores. La gente va menos al teatro. Por eso hay que hacer, hay que reforzar esa llegada del público al teatro”, remarca a conciencia.
Y se anima, incluso, a un poco más: “las propuestas a veces son bastante herméticas, muy cerradas, entonces no le llegan a la gente ni por el lado de la emoción ni por el lado del intelecto. Entonces, un público que no fue nunca al Teatro, ve eso y no vuelve más. Siempre aclaro que no estoy en contra de eso; para mí es interesantísimo. Voy a verlo, me gusta, porque creo que la renovación es necesaria, pero todavía en La Rioja el espectador necesita que le cuenten una historia, que le llegue, que haya ese ida y vuelta. Por eso mis propuestas tienen poco de intelectual. Sin rebajar la calidad, trato de que no sean obras herméticas. Eso lo aprendí de Chiessa: que la propuesta sea valorada tanto por el que tiene un ejercicio de espectador de teatro, como por quien no lo tiene. Es difícil, pero se puede lograr”, asegura con esa convicción que lo acompañó a lo largo de toda su carrera y que le permite concluir que “la tarea esencial es conquistar al público, formar espectadores”.

MÁS TEATRO
“Me atrapa mucho el tema del espacio. Antes de poner una obra tengo que saber cuál es el lugar; ahí empiezo a crear, a generar imágenes, movimientos, ubicación del público, el tránsito. Es una mirada muy obsesiva, demandante y muy exigente”, afirma César Torres, como si fuera necesario brindar alguna pista más sobre lo intrincado y complejo de esa tarea que asume con tanta responsabilidad como amor. Sabe, y lo expresa mejor que nadie que “en el escenario hay un tejido de cosas, la palabra en boca de los actores, los movimientos que no están puestos por que sí”. Como ocurre con la vida misma, sobre la que no escatima el análisis, siendo por demás consciente de la realidad que nos toca y cómo podemos encararla, desde un espacio artístico.
“Nos está haciendo falta más Teatro; estar juntos, palpitar, emocionarnos, convivir. Descubrir esa luz que a veces pone el Teatro sobre cuestiones de la realidad que están ocultas. Entender a partir de allí qué estamos necesitando decirnos. Yo pienso haciendo teatro y pienso dirigiendo, y cuando empiezo a poner la obra es cuando comienzo a ahondar, por todos esos aportes. Tenemos que hablar sobre la violencia, sobre la verdad, sobre los sueños, sobre la necesidad de estar juntos, de solidarizarnos. Todo este individualismo que de alguna manera nos está matando repercute también en el Teatro. Entonces hay que devolver el Teatro a la gente y hacerlo con la gente”.
Así es como César Torres entiende el juego de la vida, al igual que si se tratara de una prolongada obra de teatro en la que cada personaje va desandando su camino y él, desde la mirada obsesiva del director, va moviendo los hilos de una trama compartida. Es parte de la historia del Teatro riojano. Pero es también presencia viva.

TORRES POR TORRES
-La crisis del Teatro no viene por la competencia del cine o de la tele, viene por el individualismo que atrapa al ser humano y hace que comience a aislarse. El Teatro no permite eso, el Teatro necesita que estemos juntos. Hay que llevar el Teatro a la gente, sacarlo de la sala, dejar de pensar que para ir a ver Teatro hay que ponerse lo mejor. Nosotros queríamos romper con ese mito y por suerte eso ha cambiado mucho.
-Establecemos diferencias entre alumbrar e iluminar; con la iluminación se cuentan cosas. No puede ser cualquier luz, no puede ser cualquier vestuario; todo tiene que ayudar a contar la historia. Qué utilería voy a emplear; que no haya utilería de más. Chejov decía que si en la historia ponés un arma tiene que haber un disparo, si no para qué la ponés. Eso lo tengo muy presente. Al espectador se le crean expectativas y si no se cumplen, se lo defrauda. Todo tiene que ser perfectamente estudiado y puesto para que ayude a contar la historia. Por ahí mis puestas son muy despojadas, pongo solo lo necesario.
-De las obras de la Comedia, hay una sobre todo que recuerdo con mucho afecto, por todo lo que significó, que es Santa Eulalia, de Leonel Giacometto. Hice varias obras de él. Tenemos un ida y vuelta muy interesante. Con esa obra ganamos el Provincial de Teatro, tuvimos premios a la mejor actuación, a la mejor dirección, al mejor dispositivo escénico; fuimos al nacional en Jujuy, e hicimos una gira por todo el Nuevo Cuyo. Es una pieza muy bien escrita, con un lenguaje muy especial y hablando de las cosas del presente.

-A veces quiero dejar todo, quiero dejar la Comedia, irme a un barrio y hacer un elenco con gente que nunca hizo Teatro; sería como volver a un origen. Hacer Teatro comunitario, totalmente independiente. Una de mis debilidades es no saber vender lo que hago; ahí fallo y en esta actividad hay que saber vender, si no la gente no se entera de lo que hacés. Tal vez sea por eso que siempre estuve ligado a lo oficial. Tengo un grupo independiente, Macondo, que me propuse reflotarlo y lo logré y este año lo voy a seguir. Sigo dependiendo de alguien que se ocupe de hacer la prensa, de relacionarse con las instituciones; me hace falta un buen productor. Ese es mi lado débil. Mi fuerte es la tarea creativa.

Un referente
Uno de mis grandes maestros fue Manuel Chiessa; fue quien me hizo un lugar, aprendí muchisimo de él y uno de los trabajos más importantes fue el que hicimos en el barrio 4 de Junio, donde se incorporaba a la gente. Eso hacía que la propuesta tuviera más calor, que fuera más interesante, que surgiera la solidaridad, la participación del otro en el hecho teatral. Eso es lo que añoro, lo que me gustaría hacer.

(La presente entrevista fue publicada en el suplemento 1591 Cultura + Espectáculos de diario NUEVA RIOJA)

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