UN PAÍS DE MARAVILLAS

UN PAÍS DE MARAVILLAS

Destino de palabras. Impulsos, señales, premoniciones. Y esa necesidad que llama a reconocerse, a admitirse, a comprometerse, y a darle forma al ciclo de la vida, como al ciclo de la escritura. Cabalgar hacia las estrellas para derribar las estructuras, con la poesía como estandarte, y esa inquebrantable convicción del encuentro en una búsqueda fundante. Ser, desde la mirada que habla. Hablar, desde la entrega de un corazón abierto de par en par. Como una ofrenda. Como el ave. Como Alicia.

Alicia tiene en sus ojos una nostalgia alegre; o una alegría nostálgica. Atraviesa el tiempo su pensamiento entre memorias de islas y montañas; de horizontes impuestos por las circunstancias y de territorios elegidos por el amor al aire de su Rioja natal y originaria. Alicia tiene en sus ojos una tristeza con sus nombres y sus apellidos, pero también el optimismo del camino recorrido a pasos certeros, letra a letra, palabra a palabra. Dice. Y dice sin temores, sin timidez, sin arrepentimientos. Dice. Y dice porque ya no calla, porque ya no se entrega a los designios ni al orden prestablecido, porque aprendió a quebrar los límites y a romper las cadenas que, alguna vez, intentaron aprisionar su naturaleza de mujer entre mandatos machistas y patriarcales.
Alicia tiene en sus ojos la convicción de que no van a poder con ella y sabe, con la misma determinación, que entre sus manos la escritura le trae los vientos de un cambio que comenzó a pergeñar hace ya muchos años y que hoy, aún sin tener la dimensión real de lo que acontece, es parte de cada línea de su búsqueda de alivio, de paz, de tranquilidad y de liberación. Porque Alicia tiene en sus ojos un país de maravillas; hijos, nietos y bisnietos de un viaje tan apasionante como extenso, tan intenso como elocuente, tan prolífico como particular. Mujer fecunda. Mujer transparente. Mujer de luz. Mujer que lucha. Mujer tormenta. Mujer que siembra. Mujer que escribe. Mujer que ama.
Alicia. Alicia. Resonando su nombre en el eco de sus sueños vueltos realidades; retumbando en el resquicio de los anhelos por concretar. Nombrando entre las líneas de una poesía la corriente sanguínea de su existencia comprometida con la existencia de los demás. Alicia. Alicia y sus ojos que nos cuentan…

COMO UNA OFRENDA
La mujer en cuestión abre las puertas de su casa y, en el instante inmediato posterior, se quita el corazón y lo muestra entre sus manos, como una ofrenda. Alicia Corominas, riojana por nacimiento, pero también por elección, es así: una entrega constante. Las palabras brotan de su boca con la fluidez y la transparencia de un ser que purifica su alma con cada nuevo amanecer y luego, con la naturalidad propia del devenir de lo cotidiano, se muestra sencillamente humana. Frágil, pero fortaleciéndose siempre un poco más con cada nuevo intento. Etérea, pero palpable en las indecisas lágrimas que se debaten entre tristeza y felicidad. Vacilante, pero firme en el convencerse cada día que vale la pena un día más. Pequeña, pero inmensa en su generosidad vuelta palabras que vuelca en papeles en blanco para narrarnos que hay un mundo que no vemos, que hay un mundo más allá de lo que podemos apreciar y que en la poesía queda la memoria sensorial de una historia escrita de puño y letra, entre el desarraigo y el aferrarse a la raíz que sostiene al hombre por el costado extremo de su simiente.
El tiempo y su paso irremediable le han dejado huellas en el rostro; surcos como recuerdos que vuelven una y otra vez a ponerla frente a frente con su propio derrotero, pero también la visión clara de un futuro al que asistir con la convicción y la valentía de una guerrera en permanente combate, de una luchadora que no va a bajar los brazos, ni siquiera a pesar de los dolores de una espalda que se empecina en recordarle su vulnerabilidad, esa porción de realidad que no le impide, sin embargo, entre almohadones, cabalgar a la par de su “Tatita”, como llama a su padre, rumbo a sus anhelos de alturas y estrellas en las montañas.
Carta de presentación: Amé sin medida y sin tiempo / esperé: resigné mi presente. / Creí y adelanté el futuro. / Fui manantial, catarata, lecho seco y vertiente. / Fui chispa y hoguera, ceniza y rescoldo. / Fui brisa, huracán y silencio; / amanecer y noche. / Caminé por el campo buscando un sendero; / me interné en la espesura tras el vuelo de un ave; / encontré un ruiseñor y lo dejé volar. / Me recosté cansada sobre un manto de pétalos, lila. / Soñé con el viento y la lluvia. / Me despertó el ruiseñor.
Será porque no recuerda exactamente cuándo fue que comenzó su estrecha relación con la escritura, que nos es dable pensar que lo hizo desde siempre, desde un lugar en el que el inconsciente le fue dictando las palabras para las páginas de su propia historia futura. El exilio, muy probablemente, fue el que se encargó del resto. O al menos de lo más trascendental en este punto de la geografía de sus memorias. Quince años en España y al menos una carta cada 365 días a mamá y papá para contarles cómo se vivía allá; cómo crecían los hijos, entre cerámicas y pinturas, entre moldear sueños y respirar el aroma de los óleos, buscando mientras tanto una vida que se dividía entre las obligaciones diarias, los tiempos acotados, casi como conglomerados de asfixias cotidianas, y el minuto despuñes a que los niños concebían el sueño y Alicia abría las puertas a su país de maravillas artísticas, dándole formas a sus anhelos de regreso. Y todas aquellas nostalgias, todas, como cursos de ríos, acumulándose en sus ojos.
“Fue un trasplante para mi; aquel exilio no estaba elaborado”, recuerda Corominas que, de inmediato, acierta en afirmar: “era una vida muy dura porque extrañaba y me sentía muy sola y debe ser que en esa nostalgia, en esa tristeza, en el no poder relacionarme mucho por el exceso de responsabilidades que tenía con mis hijos (tres en aquel momento, uno con apenas 20 días), la familia y el trabajo, en algún momento tomaba un cuadernito y escribía. Lo hacía para desahogarme, para narrar algo que me había impactado; del paisaje, por ejemplo. Todo eso lo volcaba y escribía. Una vez al año mandaba una carta a mis padres. Era la única manera en que podíamos comunicarnos. Mis cartas llegaban con toda esa descripción; era una especie de narración de la vida que estábamos llevando”.
Ese gesto casi involuntario y pasajero de escribir en lo cotidiano iba a cobrar, sin embargo, una dimensión extraordinaria a la hora del regreso al pago, 15 años después. “Cuando llegamos nuevamente a La Rioja, sabía que mi padre estaba enfermo, en cama, pero nunca imaginé lo que iba a ocurrir. Llegué con mis cuatro niños y sentí que mi padre me miraba como si fuera una extraña”, cuenta reflexiva, pensante y aún conmovida. “Nunca le gustó que me fuera, sufrió mucho y yo no sabía, no entendía lo que le pasaba; hasta que me dijo ‘tengo que decirte algo: vos te has equivocado con la profesión. Tendrías que haberte dedicado a escribir’. Me sorprendió, porque nunca le había mostrado nada. Ese fue el primer golpe, el primer quiebre para tomar consciencia y observar lo que había escrito. El otro fue cuando una de mis hijas, me contó que me había sacado algunas poesías y las había llevado a la escuela, donde cada mañana comenzaban las clases leyendo alguna de ellas, porque habían gustado mucho”. Impulsos, señales, premoniciones. Y esa necesidad que llama a reconocerse, a admitirse y a comprometerse con un destino de palabras. “Tengo que darle con el gusto a ‘Tatita’, me dije y entonces le llevé mis textos a Eloy López: ‘le traigo esto para que me diga con toda sinceridad si sirve para algo, si tiene algún valor’, a lo que tiempo después me dijo: ‘usted ya no tiene derecho a guardarlos, no son suyos, tiene que publicarlos’. Eran varias cosas las que comenzaban a movilizarme. En otra ocasión también compartí mis escritos con Susana Goyochea y su devolución fue: ‘‘Bebita’ vos no podés guardar más tus poemas, no tenés derecho; hasta que alguien no los lea no va a cumplirse el ciclo’”.
Y el ciclo, para Alicia, comenzó a cumplirse. Y fue como un segundo desarraigo, incluso aún más profundo: el de sacar todo aquello que había en su interior, escondido, a partir de un asumirse en su condición de escritora, con todo lo que ello implica. Incluso con estas lágrimas que ahora, al rememorar, le brotan. Lágrimas celestes (que así está convencida Alicia que es el color de las lágrimas), “lágrimas emocionadas que nos esforzamos en contener, que no queremos que salgan. Pero ellas, rebeldes al fin, nos ganan y se asoman y quedan pegaditas, prendidas de nuestras pestañas hasta que, por su propio peso, se descuelgan y empiezan a bajar como rodando por nuestras mejillas. Silenciosas, queriendo ocultar su osadía, van descendiendo lentamente y este desplazarse con suavidad, hasta nos hace cosquillas”.
El ciclo de la vida, tal vez. El comprender, al fin, que no basta con nacer para estar vivos, sino que hay que vivir con la misma intensidad con que Alicia vive. “Ahora ya no me importa nada; ser o no ser perfecta. Reconozco mi imperfección minuto a minuto. Esa es la contrapartida con la que tengo que vencer a toda esa formación y estructura mental que una trae desde niña. Sin embargo, algo siempre queda, y cuando lo noto, es cuando me desconformo y ahí escribo, escribo mucho”, afirma en un ida y vuelta a través del tiempo que la determina, pero que también la ubica en una postura rupturista, desde pequeña.
“Hice todo lo contrario de lo que mi padre y mi madre hubieran querido y sin embargo no he dejado de darles satisfacciones. No obstante, siento que siempre me faltó ese apoyo, ese reconocimiento. No me dejaban mirar al espejo. Todo era muy cuidado, muy rígico, había que ser cada día mejor. Así era la formación que teníamos nosotras desde pequeñas; niñas impecables. Pero yo soñaba con irme al cerro con mi padre, aún cuando la cuestión de lo femenino y lo masculino estaba bien marcada, sumado a que yo era la hermana mayor. Todo ese tipo de presión ha influido. Mi padre era escribano, pero era también un bohemio empedernido. Se iba a lomo de mula al cerro. En lo femenino, la imagen de mi padre fue muy fuerte y me identifico con él en muchas cosas”.
“…Siempre esperé, Tatita, tu regreso. / Aprendí de tu ejemplo la firmeza, / el afán de subir a las estrellas; / a no esperar del otro; / a dar sin recompensas; / a expresar en silencio, con el alma. / Te has ido montando a ‘Cara Blanca’ / siguiendo las estrellas que tenía en su frente. / Has subido más allá de tu cerro. / No necesitas tu poncho deshilado en el monte…”
Alicia, al igual que “Tatita”, va detrás de las estrellas. No va montada a caballo, pero lleva a la poesía como armadura. La poesía que la alivia, que la ayuda, que la sana y que la transporta hacia su casa paterna, donde por primera vez cruzaron miradas. “Siento que todos mis poemas tienen un dejo de tristeza, noto como cierta tristeza profunda, pero por otro lado siento que mi poesía tiene también su cuota de optimismo. Los poemas que estoy escribiendo ahora son breves, porque estoy buscando la simplicidad, la síntesis; pero al mismo tiempo son fuertes. Sé, no obstante, que no se mantiene la escritora del primer libro; uno va escribiendo en la medida que evoluciona, pero siempre escribiendo lo que pasa o siente en ese momento. Cuantos más hijos y nietos tengas, más vas a sentir la vida. Y yo vivo con mucha intensidad todo”.
Alicia va también detrás de las estrellas. Y no le teme al final de los tiempos, de su tiempo. Siente que aún tiene cuestiones por hacer. Y la vitalidad. Y la necesidad de seguir haciendo, como siempre. “Siento que me queda poco, pero no le tengo miedo a eso. Sólo le pido a Dios que me de tiempo para hacer todo lo que creo que puedo hacer”, sostiene y, al mismo tiempo, se sostiene. Y de inmediato, lanza su anhelo mayor: “cuando no esté quiero que recuerden el amor, la sonrisa, que me recuerden como una mujer alegre, aún cuando mi alegría sea nostálgica”.
Pero Alicia tiene en su mirada, además de estrellas, mucho camino por recorrer; muchas palabras por escribir. Y todos esos anhelos fundantes. “Hace falta que empecemos a hablar un poco más de poesía; que veamos la manera en que podamos llegar más a la gente. No siento que he terminado; siento que me faltan miles de cosas por lograr y quisiera llegar más a la gente que tiene la sensibilidad para entendernos, y a los que no la tienen, que los pueda movilizar”. Y ese movilizar va incluso un poco más allá: “quiero movilizar para cosas efectivas; aquí no se trata de mostrar cosas leves cuando hay problemas graves y tan profundos. Tenemos que llegar a la gente y tocar su emotividad, sus sentimientos, que puedan reflexionar. Estamos agobiados y nos bloqueamos, nos quedamos en la superficialidad de las cosas. Tendríamos que encontrarnos, pensar en algo que nos acerque”.
Y es que Alicia tiene en su mirada una nostalgia alegre, o una alegría nostálgica. Y la palabra como estandarte. Y a papá y mamá. Y a los hijos. Y a los nietos. Y a los bisnietos. Y a las estrellas. Sabe, mejor que nadie, que todas las cosas en la vida, en su vida, se relacionan y que no hay para ella una búsqueda más trascendental que la del encuentro; que el poder respetar las ideas, las opiniones, sin ofensas. Y una poesía. Una poesía que aún no fue escrita, pero que habla de ella en el único idioma universal: el del amor y la entrega. Al igual que cuando abre las puertas de su casa y, en el instante inmediato posterior, se quita el corazón y lo muestra entre sus manos, como una ofrenda.

MUJER QUE LUCHA POR EL ENCUENTRO
Siempre me he revelado a los mandatos del sistema patriarcal de dominación masculina; de superioridad masculina y la mujer siempre resagada; desde niña. Comencé a conocer los movimientos feministas, pero no quería saber nada con todo aquello. Había prejuicios en torno a eso. Pero a mi ya no me interesa. Sufrimos ese sistema tanto los hombres como las mujeres, porque las mujeres también hemos educado a nuestros hijos con esos mandatos culturales; han sido formados de esa manera, por eso creo que este tiene que ser un momento de reflexión conjunta, de hombres con mujeres y mujeres con hombres. Sé el valor que tienen los hombres, así como que nosotras tenemos que cambiar nuestras estructuras y ellos también. Saber en qué me puedo estar equivocando. Tratemos hombres y mujeres, en lo que podamos, de hacer ver que los mandatos tienen que ser modificados. Ese estereotipo de hombre proveedor es lo que a mi no me gusta; quisiera que tomen consciencia que eso debe ser superado y que debe ser el par de la mujer, estamos para complementarnos. Yo estoy del lado del trabajo conjunto, del diálogo, del encuentro, de la convivencia respetuosa, amigable, de compañeros. Ese es el feminismo al que yo adhiero y estoy luchando por eso.

MUJER QUE ENSAMBLA ESCRITURAS
Soy lo opuesto a la rutina, no me gusta hacer todos los días lo mismo a la misma hora, no me gusta programar. Los mejores momentos ocurren cuando las cosas son improvisadas. Yo a veces escribo 12, 13, 14 horas por día. De mañana es cuando hay más tranquilidad en la casa. En la cama me siento cómoda porque acomodo mi columna, tengo la mesa adaptada y me lleno de almohadones y empiezo a escribir. Me gusta cocinar, pero no lo hago todos los días. Ya no soy la abuela que está cuidando, sino que soy la abuela que escucha y aprende. Hago lo que puedo y lo que quiero, pero cuando me necesitan, dejo todo para hacer lo que me pidan. No es la escritura un trabajo egoísta. Escribo mientras puedo, mientras nadie me molesta, ni nadie me necesita. La disciplina está en que escribo todos los días y mucho, no porque me proponga, sino porque me gusta hacerlo. Cada cual tiene su modo de ser, su modo de hacer, su sensibilidad, distintas experiencias de vida. ¿Qué nos ha hecho ser poetas?…lo que nos fue pasando en la vida. Escribir es lo que más me gusta, lo que más necesito hacer también; tengo en el tintero algunas obras. Todo se va ensamblando en la vida.

MUJER DE SU TIEMPO Y DE SUS RAÍCES
Tenemos que tomar consciencia de todos los males que arrastramos históricamente. Todo lo que ocurre me afecta anímicamente, me da pena, tristeza, impotencia y me pregunto si servirá lo que estoy haciendo. Pero al mismo tiempo me reconforta sentir que estoy haciendo lo que me gusta. Quiero poder dejar algo. Hay una necesidad de otro tipo de sociedad, de gente mas pacífica. Es un momento de cambio total, sin dudas. El movimiento es el que se impone. No se trata de imponer con una ley, es la ley la que debe adecuarse y responder a las demandas de la sociedad. No es la ley la que nos pone los límites. Estamos en un momento de transformación y de una lucha compulsiva que para mi no es la más acertada; se entiende más con la reflexión serena, que con los gritos y la violencia. Para comenzar, nos hace falta definir nuestra identidad. Hemos negado un montón de raíces.

PERFIL
ALICIA COROMINAS. Nació en la Capital de La rioja. Su campo de acción estuvo ligado fundamentalmente al arte y a la educación. Desarrolló su actividad artística en cerámica y cuero. En la docencia se desempeñó especialmente en el campo del arte, de la educación rural y en la capacitación docente. Realizó obras relacionadas con la educación y la investigación, por las cuales recibió importantes distinciones. En el año 2006 presentó “Como el ave” su primer libro de poemas, al que le siguieron “Lágrimas celestes” (2009) y “Tres indecisas lágrimas” (2015).

(La presente entrevista fue publicada en el suplemento 1591 Cultura + Espectáculos de diario NUEVA RIOJA)

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