El legado en vuelo de Luis Blanchard

El artista riojano inauguró el mural “Mundo Diaguita” en el Jardín N°61 que lleva su nombre. Una obra que invita a reflexionar sobre nuestros antepasados y encontrar las raíces, desde los más pequeños, para proyectarnos hacia el futuro.

La pintura, al igual que la literatura y otras tantas ramas del arte, posee esa cualidad única de poder construir universos paralelos desde el trazo del pincel del creador, como si de palabras vertidas sobre un papel en blanco se tratara. El decir con las manos construye, desde el trabajo a consciencia, un lenguaje abarcativo y pleno de paisajes y rostros. Colores como cielos en sol riojano y pájaros en arte alado, cual presagios de un vuelo que se tornará perpetuo.

Así es la obra de Luis Blanchard, artista fundamental si los hay y hombre esencial a la hora de crear herencia desde la cultura ancestral, a la que redime en lo constante y a partir de una obra monumental que no se detiene.

Así es el universo particular de Luis Blanchard: tiene un pájaro azul que abre sus alas de par en par sobre la pared y, en esa mueca de aire, invita al ocasional visitante a subirse, antes de entrar, a una especie de nube en la que el color abarcará de lado a lado todos los sentidos. Ocurre -como lo enunciamos hace ya un tiempo en 1591 Cultura+Espectáculos- en la puerta de ingreso a la casa del pintor, donde la mente habitualmente agobiada por el incansable devenir de lo cotidiano, se abre casi instintivamente a los paisajes por descubrir. Ocurre también en el legado que va dejando a su paso, a través de su historia artística que es, al mismo tiempo, nuestra propia historia. En el presente que transitamos, pero también en el pasado que reivindica con las pinceladas que nacen de sus manos.

De allí en más -en lo particular de su reducto o en lo colectivo de un mural en algún espacio público- sólo quedará cruzar la puerta de entrada para nacer a un espacio en el que la luz deja traslucir el camino de la vida ligado a una elección existencialista por la pintura. Señales que permiten descubrir el alma del artista abierta de par en par, como de par en par están abiertas las alas del pájaro azul en el afuera, presagio de vuelo que ahora se acumula en los ojos que hacen un denodado esfuerzo por poder absorber todo aquel despliegue de colores que son una marca registrada en la obra del artista que pinta su vida de colores.

Es que en el universo particular del pintor riojano, las paredes hablan desde los lienzos. Y lo hacen en el mismo idioma en que un escritor puede construir mundos paralelos, sólo que desde el trazo del pincel del creador, como si de palabras vertidas sobre un papel en blanco se tratara. El decir con las manos construye, desde el trabajo a consciencia, un lenguaje abarcativo y pleno de paisajes y rostros. Colores como cielos en sol y pájaros en arte alado.

Un ritual que, en definitiva, se torna maravilloso. Mucho más cuando adquiere la amplitud de una imagen que queda plasmada en las paredes de un jardín de infantes. En este caso, el N°61, ubicado en el barrio Yacampis de la Capital y que, como agradecimiento perpetuo lleva también su nombre: Luis Blanchard. Y su obra. Esa obra que, en su totalidad, habla de Blanchard antes que Blanchard hable de ella. Las palabras, en este caso, bien podrían estar de más, dada la incuestionable simbiosis entre ambos. Sin embargo, esa obra que habla de su autor no podría ser tal sin el fundamento que el autor le da a su obra, a modo de argumento que sustenta una búsqueda que, en su derrotero, supo traspasar las fronteras de La Rioja y las de su propia geografía, pero que radica siempre aquí, en nuestra historia y en la historia de nuestros antepasados, los diaguitas que habitan ahora en las paredes de ese jardín de infantes, donde los pequeños entrarán en contacto, a diario, con la esencia de lo riojano.

Esa manera de llegar a los más pequeños es también una manera de vivir el arte, la pintura, y de transmitirla desde un espacio de generosidad que busca revertir una realidad incontrastable y que el propio Blanchard expone: esa que muchas veces deja expuesta la indiferencia frente a la obra. Igual que quedó expuesta la indiferencia respecto de nuestros pueblos originarios. Por eso Blanchard va dejando ese legado, su legado, habitando en su “Mundo Diaguita”, para que desde la mirada de los más pequeños, podamos recobrar un día las raíces olvidadas y el tiempo perdido.

“La Rioja es todo sol”, afirma el artista. Y cada una de sus obras lleva el color del sol refractándose sobre su universo. “Mundo Diaguita” también. Y pájaros, muchos pájaros como presagio de vuelo eterno, para llegar lo más cerca que se pueda al astro rey. Pero, al mismo tiempo, quedarse aquí. Ser vuelo. Ser legado.

 

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