«Cuando las cosas se vuelven poesía algo se libera»

En “Hasta verte amanecer”, la poeta Alejandra Pultrone reúne tres libros escritos entre 2004 y 2019 (“Restos de poda”, “Plaza Washington” y “La soledad de los anhelos”) y compone un recorrido íntimo por la memoria, el amor y la pérdida. Con una escritura fragmentaria y de intensa condensación, la autora explora el duelo por el padre, la persistencia de la infancia y el lugar de la palabra frente a lo irreparable. En este encuentro con 1591 Cultura+Espectáculos habla sobre la memoria familiar, la fragilidad de la escritura ante el dolor y la forma en que la poesía puede convertirse en un gesto de resistencia contra el olvido.

La poesía de Alejandra Pultrone se construye sobre un gesto aparentemente simple: recordar. Pero en ese gesto -persistente, casi obstinado- se cifra una de las operaciones más complejas de la literatura: transformar la memoria en forma.

En “Hasta verte amanecer”, volumen que reúne tres libros escritos a lo largo de quince años, Pultrone propone un recorrido donde vida y escritura aparecen profundamente entrelazadas. El libro comienza con “Restos de poda”, una serie de poemas breves que recuperan escenas de infancia, retratos familiares y pequeñas ceremonias domésticas. Allí aparecen la madre, la abuela, los juegos, las heridas de la niñez y la textura íntima de la vida cotidiana. Son textos de una concisión notable, donde cada imagen parece tallada con precisión: una rodilla herida en el parque, una mesa dominical preparada por la abuela, una fotografía que certifica que alguna vez se estuvo vivo en un lugar amado.

El núcleo del libro es “Plaza Washington”, publicado originalmente en 2017. Aquí la escritura se vuelve más explícitamente autobiográfica y el poema adopta la forma del fragmento, del apunte o de la anotación íntima. El libro está atravesado por la enfermedad y la muerte del padre, y por la experiencia del duelo que esa pérdida desencadena. En ese contexto, la escritura se vuelve una práctica incierta: a veces aparece como refugio, otras como una actividad imposible. “Sin deseo de escribir. La literatura inició su retirada”, anota la autora en uno de los fragmentos, mientras el dolor parece ocupar todo el espacio disponible. Sin embargo, es justamente en ese territorio donde la poesía encuentra su materia. Los recuerdos, los objetos mínimos -listas escritas a mano, dedicatorias, papeles domésticos- adquieren un brillo inesperado. “Todo lo insignificante brilla”, escribe Pultrone al reencontrarse con la letra de su padre. La frase funciona casi como una poética: la tarea del poema consiste en rescatar aquello que la vida cotidiana considera trivial.

El tercer libro, “La soledad de los anhelos”, introduce un desplazamiento. El duelo se vuelve menos inmediato y se abre hacia una reflexión más amplia sobre el amor, el deseo y el paso del tiempo. Los poemas se vuelven todavía más condensados, casi relámpagos de pensamiento o emoción. Allí aparecen también referencias literarias -Simone de Beauvoir, Idea Vilariño, Victoria Ocampo- que dialogan con la experiencia personal de la autora y amplían el horizonte de la escritura.

La trayectoria de Pultrone no se limita a la publicación de sus propios libros. Desde los años noventa ha participado activamente en la escena de poesía independiente de Buenos Aires: dirigió la librería Stevenson, dedicada especialmente a la poesía, codirigió el sello Libros del Empedrado y formó parte de diversos proyectos editoriales y revistas literarias. A esa labor se suma su trabajo como coordinadora de talleres de escritura, muchos de ellos abiertos a experiencias de neurodiversidad.

En su obra, la poesía aparece como un espacio donde lo íntimo y lo cultural se entrelazan continuamente. Los recuerdos familiares conviven con referencias literarias, las escenas domésticas dialogan con la música, el cine o la tradición poética. Pero en el centro de todo permanece una convicción: que la palabra puede sostener algo de lo que el tiempo amenaza con borrar.

“Hasta verte amanecer” es, en ese sentido, un libro atravesado por la pérdida, pero también por una forma obstinada de esperanza. La escritura no cancela el dolor ni restituye lo perdido, pero permite que la memoria permanezca en movimiento. Como si cada poema fuera, de algún modo, un gesto contra el olvido.

ES SIEMPRE UN MOMENTO PARTICULAR EL DE LANZAR UN LIBRO…

Sí, además esta es una edición especial porque en realidad es una trilogía. Los dos primeros libros, ‘Restos de poda’ y ‘Plaza Washington’ fueron publicados, y el que estaba inédito era la conclusión, que es ‘La Soledad de los anhelos’. A Diego Rosake, el editor, en realidad le había presentado ‘La Soledad de los anhelos’. Y cuando le comenté que era parte de una trilogía, quiso leer los otros dos y entonces me dijo: ‘Mirá, a mí me interesa publicarlo íntegro’. Y yo feliz, súper agradecida, porque además, de los otros dos libros ya no había ejemplares. En realidad, ‘Restos de poda’ fue un libro electrónico que fue parte de una revista española, no hubo edición en papel. Además, es para mí todo un periplo temporal importante, del 2004 al 2019. Ver esa progresión temporal también me resultó interesante para pensar mi propia poesía.

CUANDO ACEPTASTE LA REUNIÓN DE ESTOS TRES LIBROS EN “HASTA VERTE AMANECER”, ¿PENSASTE EN ELLOS COMO UNA TRILOGÍA, COMO UN PROCESO, O ESA UNIDAD APARECIÓ RECIÉN AL HACER UNA LECTURA RETROSPECTIVA?

No, en realidad cuando termino de escribir ‘La Soledad de los Anhelos’, me doy cuenta que algo se terminó en mí desde el punto de vista de lo poético, y dije: ‘Bueno, no, acá termina lo que empezó en ‘Restos de poda’. Así que en realidad esto se me arma cuando concluyo ‘La soledad de los anhelos’. Por eso también que el editor lo haya querido publicar así, íntegro, para mí fue muy revelador.

EL LIBRO TIENE UN EJE MUY FUERTE: EL DUELO. EN “PLAZA WASHINGTON” APARECE INCLUSO UNA DEFINICIÓN CONTUNDENTE: “EL DUELO ES UN PEDIDO DE DESEOS IRREVOCABLES”. ¿EN QUÉ MOMENTO DESCUBRISTE QUE LA EXPERIENCIA DE LA PÉRDIDA -Y PARTICULARMENTE LA MUERTE DE TU PADRE- PODÍA ORGANIZAR UN PROYECTO POÉTICO ENTERO?

‘Plaza Washington’ es el corazón de la trilogía, porque es el duelo por el padre. No lo escribí cuando murió mi padre, lo escribí tiempo después. Tengo un diario desde los 12 años que fue mutando, obviamente -el querido diario-, a un cuaderno donde anoto cosas. Siempre vuelvo a esos cuadernos y cada tanto digo: ‘Bueno, a ver, vamos a leer del 2005’. Mi padre murió en el 2007, y unos años después decido hablar de eso. Inmediatamente no lo podía releer y fue fuerte leerme en esa crudeza del duelo. Entonces dije: ‘Bueno, yo esto lo tengo que poetizar, ahora lo puedo poetizar’. Entonces ahí fui trabajando ciertas entradas del diario con la pincelada de la poesía. Siempre digo que en realidad el duelo por mi padre concluye cuando termino ese libro. Fue fuerte. Este es un libro que, además, las veces que lo leí en público me movilizó. Moviliza mucho la oralidad del libro, que ese es otro tema, la oralidad de la poesía, esto de mirar a la gente y verla llorar. O esto de que me escriban para decirme: ‘Ese libro lo escribiste para mí’. A mí eso me conmueve mucho; que alguien sienta esa comunión a través de la palabra poética, de lo que puede ser la experiencia de un duelo, la pérdida profunda, y cada uno sabe a quien representa. El libro tiene ese eje, y después irradia hacia las otras pérdidas, como la pérdida de la infancia. El libro también está atravesado por mi madre. Hay poemas que tienen que ver con su juventud, sus 15 años. Hay dos poemas espejados, llamados ‘Artística’; uno habla de la pintura y el otro habla del piano, entre mi madre y su hermana. A mi tía la mandan a la academia de pintura, a mi madre la mandan al profesorado de piano. Hay muchas cuestiones ahí de la memoria.

UNO DE LOS RASGOS MÁS SINGULARES DEL LIBRO ES EL TONO: POEMAS MUY BREVES, FRAGMENTARIOS, A VECES CERCANOS AL APUNTE O AL DIARIO. ¿CÓMO TRABAJÁS ESA CONDENSACIÓN? ¿ES UNA BÚSQUEDA DELIBERADA DE FORMA O RESPONDE A UNA NECESIDAD EXPRESIVA FRENTE A CIERTOS TEMAS COMO EL DOLOR O LA MEMORIA?

Creo que es como un mix. En los últimos años mi escritura fue virando hacia la síntesis y la condensación, cada vez más. ‘En restos de poda’ hay poemas que son más extensos y no trabajo con la síntesis. Pero aparece ya en ‘Plaza Washington’ un poema que es una sola línea. El tema del duelo por el padre, esa aridez, se expresa en la palabra. No hay artificio. Es como si te dijera: ‘No hay decorado, la palabra no puede decorarse’, porque es tan crudo el sentimiento que cae la adjetivación.

EN VARIOS PASAJES DE “PLAZA WASHINGTON” LA ESCRITURA APARECE EN CRISIS. HAY MOMENTOS EN QUE DECÍS: “SIN DESEO DE ESCRIBIR. LA LITERATURA INICIÓ SU RETIRADA”. SIN EMBARGO, EL LIBRO EXISTE. ¿QUÉ RELACIÓN HUBO ENTRE LA EXPERIENCIA DEL DUELO Y LA POSIBILIDAD -O IMPOSIBILIDAD- DE ESCRIBIR?

Lo que creo es que siempre escribí el diario catárticamente; la escritura estuvo siempre, ese duelo fue siempre escrito. El tema es lo que se puede comunicar y hacer participe al otro a través de lo literario, en este caso lo poético. Siempre digo que la literatura es donación. La palabra catártica no es donación, en realidad, es que uno necesita expulsar eso y leerse y guardarlo en un cajón. Y después uno hasta puede ser el peor lector de eso, porque a veces ves cosas horribles, y decís: ‘¿Cómo pude escribir esto?’. Desde que nacieron mis hijos, con respecto a esos diarios, tomé la decisión -más después de haber leído también diarios de escritores, cosas que son muy duras, quizás de la interioridad de una, que excede en este caso lo materno- de no dejar eso. Lo tengo un tiempo ahí, después lo supero, voy a terapia, escribo poemas y digo: ‘Bueno, esto ya está, vamos a borrarlo, que no lo lea nadie porque sería muy feo que vieran qué mal que me sentía en ese momento’. La palabra tiene esa transformación. Cuando pasa la poesía, eso es lo que yo siento de lo personal.

ALGO MUY PODEROSO DEL LIBRO ES CÓMO CONVIVEN LO ÍNTIMO Y LO COTIDIANO. HAY ESCENAS DEL SANATORIO, RECUERDOS DE LA INFANCIA, LISTAS, GESTOS MÍNIMOS, INCLUSO TAREAS DOMÉSTICAS. ¿TE INTERESA TRABAJAR ESA FRICCIÓN ENTRE LO APARENTEMENTE TRIVIAL Y LO TRASCENDENTE DENTRO DEL POEMA?

A mí me interesa también por una perspectiva femenina o feminista. Es decir, lo cotidiano, la vida de una mujer, la vida de todos en definitiva, lo pienso desde cierta escenografía que tiene que ver con la casa; uno pasa gran parte de su vida en esos escenarios de lo cotidiano. Sacar de esa trivialidad o de esa cotidianidad a ciertas situaciones y ponerlas a trabajar desde lo poético me gusta.

VOLVIENDO A LAS PARTICULARIDADES, TUS POEMAS SUELEN TRABAJAR CON MUY POCAS PALABRAS, PERO CADA UNA PARECE CUIDADOSAMENTE ELEGIDA. ¿CÓMO ES TU PROCESO DE CORRECCIÓN? ¿ESCRIBÍS MUCHO Y LUEGO PODÁS -PARA USAR UNA PALABRA DEL LIBRO- O EL POEMA NACE YA MUY CONDENSADO?

Nace condensado, pero quizás en párrafos un poco más extensos. Lo que termina siendo una oración de cuatro palabras, en un borrador fueron tres oraciones. Además soy una mujer que comenzó a escribir en el siglo XX y me encanta el manuscrito; escribo en cuadernos y después sí, toda la corrección es en la computadora. He guardado cuadernos, porque una cuando escribe tiene que leerse, y leerse a través de los años. A mí eso me resulta muy interesante. Tengo cuadernos que son como los previos a la edición final de un libro. Todo ese proceso a mí me resulta fascinante porque de repente uno dice: ‘Esta es la palabra y no otra’.

JUSTAMENTE TE IBA A PREGUNTAR, PORQUE HABLÁS DE LA PALABRA, PERO EL SILENCIO TIENE TAMBIÉN UN PAPEL MUY IMPORTANTE EN TUS TEXTOS: LOS BLANCOS DE LA PÁGINA, LOS CORTES, LO QUE QUEDA SIN DECIR. ¿HASTA QUÉ PUNTO EL SILENCIO FORMA PARTE DEL POEMA?

Yo creo que es una parte fundamental. Y más, también lo pienso, en la despiadada época que vivimos. Es por un lado una extracción y por otro lado esto de sumar el silencio en una época donde prácticamente no hay silencio, que eso ya es una apuesta.

EN TU OBRA APARECE UNA CONSTANTE: LA MEMORIA. INFANCIA, FAMILIA, AMORES, CIUDADES, MÚSICAS. ¿LA POESÍA ES PARA VOS UNA FORMA DE ARCHIVO PERSONAL O MÁS BIEN UNA MANERA DE TRANSFORMAR LA MEMORIA?

En realidad lo que siento es que hay cosas que en mí han sido inolvidables, y cuando las puedo escribir poéticamente las libero. Hay algo que se va. Quizás, en realidad, lo que se va es la parte más melancólica. El primer libro, ‘Restos de poda’, uno podría decir que es la memoria de la infancia, hay lindos recuerdos, pero es la pérdida. Es siempre vocación, y siempre que hay una vocación, aún de un momento feliz, la melancolía se cuela como el agua, en una grieta. Es decir: es inevitable que haya algo del orden de evocar eso con nostalgia. A mí me resulta liberador poder expresar eso. Creo que la vida está atravesada de duelo. Algunos tratan de sacárselo de encima más rápido, y otros lo vamos haciendo a través de la poesía.

LOS ‘90 Y LA ESCENA INDEPENDIENTE

Antes de la circulación digital y de las redes sociales, la poesía argentina se sostenía en una trama de intercambios más lentos y artesanales: cartas, envíos de libros por correo, ciclos de lectura en bares y pequeñas editoriales que funcionaban como verdaderos núcleos de difusión. Alejandra Pultrone fue parte activa de esa escena independiente desde comienzos de los años noventa. Al recordarla, aparece no solo una época de intensa actividad literaria, sino también una forma distinta de construir comunidad entre poetas.

PUBLICÁS DESDE COMIENZOS DE LOS AÑOS NOVENTA Y FUISTE PARTE ACTIVA DE LA ESCENA DE POESÍA INDEPENDIENTE: LIBRERÍAS ESPECIALIZADAS, EDITORIALES PEQUEÑAS, REVISTAS. ¿CÓMO RECORDÁS AQUEL MOMENTO DE LA POESÍA ARGENTINA?

Es complejo, porque soy grande ya y tengo que tener cuidado con la evocación nostálgica de los ‘90. Es muy diferente, y es muy diferente también esto que hablábamos de la cuestión de los silencios, los tiempos de lectura. Estaba esta cosa de que vos veías los suplementos, toda esa cosa que era como también muy minuciosa, muy artesanal, aunque la palabra artesanal muchas veces se emplea mal, como que lo artesanal es algo precario, y no es precario, porque lo artesanal tiene esa minuciosidad que otras cosas no la tienen. Recuerdo poetas que hoy son medio legendarios, como Rolando Revagliatti, que me decía: ‘Bueno, mirá, voy a mandar libros y tengo espacio para un libro más, tráeme un ‘Hopper’ y yo se lo mando a fulano’, y mandaba libros a todo el país. Estaba toda esa construcción también de lo que tenía que ver con la transmisión de la poesía, donde vos mandabas tus libros a otros poetas, o a instituciones, y estaba el intercambio epistolar, y esta cuestión del silencio y los tiempos. Era diferente: vos esperabas una carta de regreso que obviamente llegaba al mes; eso para mí fue muy importante en esos años. Y después, bueno, acá en Buenos Aires, en los ‘90 fue una eclosión el tema de los ciclos literarios y la poesía, donde había, no sé, tres por semana, en los bares. Con todo lo que significaba además la poesía en los bares, a micrófono abierto. Después te sentabas y alguien venía y te comentaba: ‘Me encantó esto’; toda esa cosa comunitaria de la poesía.

TE QUERÍA PREGUNTAR TAMBIÉN POR TU EXPERIENCIA COMO EDITORA, Y CON LOS TALLERES. ATRAVESASTE DIFERENTES ÁREAS DE LA POESÍA Y LA LITERATURA, ¿QUÉ TE PERMITIERON APRENDER ESOS ESPACIOS? ¿QUÉ APRENDISTE ALLÍ SOBRE LA LITERATURA QUE QUIZÁS NO LO APRENDISTE DESDE LA ESCRITURA? ¿QUÉ ENCONTRASTE EN LA ESCRITURA DE OTROS QUE A LO MEJOR EN ALGÚN PUNTO PUDO INFLUIR EN LA TUYA?

Con el tema de ‘Libros del empedrado’, que fue el sello editorial que codirigí, hacía la selección del material y para mí cada vez que llegaba un libro era espectacular esa cosa del orden del descubrimiento, porque de repente a veces sabíamos que era el último libro de fulano, pero a veces no, a veces era alguien que no sabías quién era. A mí esa cosa de lo inaugural y de uno estar involucrado en eso, me resultaba muy interesante. De hecho, hace relativamente poco, creo que fue el año pasado o dos años atrás, se contactaron dos poetas a partir de la publicación que habíamos hecho de la poeta Alejandra Kurchan, que falleció, y nosotros habíamos editado un libro, el primer libro de ella, si mal no recuerdo. Estaban haciendo un documental y vinieron, y tuve que evocar ese momento; y luego encontré las cartas que intercambié con ella en esos años. Pienso: hoy eso es distinto. Esta cosa de la letra del otro, hay toda una historia desde el lugar donde el otro escribía, la lapicera que usaba.

VOLVEMOS UN POCO A LA NOSTALGIA…

Sí, yo creo que los ‘90 fueron muy importantes para la poesía argentina; creo que hubo un espíritu de época.

ENTRE LA POESÍA Y LA LÓGICA DE LAS REDES

En un contexto donde gran parte de la producción literaria circula a través de Instagram o plataformas digitales, Pultrone plantea una mirada crítica sobre ese fenómeno. La poeta advierte que la visibilidad en redes puede construir identidades literarias más cercanas a la exhibición que al trabajo con la tradición y la lectura. Para ella, la poesía sigue siendo una práctica que exige tiempo, memoria y una elaboración cuidadosa de la palabra.

¿CÓMO TE LLEVAS CON TODO ESTE FENÓMENO DE REDES, EN DONDE APARENTEMENTE O ENTRE COMILLAS CIRCULA TANTA POESÍA?

En general no me llevo bien; estoy, pero soy muy crítica. Leí en Instagram una nota, que era de México en realidad, y que decía que hoy, por lo menos en México, pero supongo que acá también, a una persona se la puede excluir de un trabajo por su perfil en redes sociales. O sea: ‘a ver cómo es tu Instagram, no vas con el perfil’. Es tremendo eso, porque en realidad Instagram, las redes sociales, son una construcción totalmente ficcional. Si eso uno lo traslada a la poesía, ahí veo un problema. De hecho, veo preciosos perfiles de poetas y después cuando leo lo que escriben… Otra cosa que yo veo es que hay un corte bastante grande en lo generacional. Nosotros mirábamos para atrás y sabíamos quiénes estaban. Sabías quién era fulano, lo habías leído a fulano. Hoy de repente hay gente que una década para atrás no sabe quiénes estuvieron, quiénes escribieron. A mí eso, como se suele decir desde un lugar común, me hace ruido. Digo, ¿desde dónde escriben? Porque uno escribe, obviamente; ahí está la memoria, pero hay también una construcción de la poesía, una construcción poética en donde además si te ponés a mirar podés también encontrar otros autores.

VOS LO DECÍS CLARAMENTE: ES UNA CONSTRUCCIÓN…

Es una construcción y para construir hay otros elementos, otras herramientas. A eso lo da la lectura. Hay que discriminar lo que es escribir para sentirse bien y lo que es una construcción poética, una construcción literaria de la palabra. El proceso es muy diferente.

DESPUÉS DE MÁS DE TRES DÉCADAS DE ESCRITURA, ¿CÓMO DEFINIRÍAS HOY TU RELACIÓN CON LA POESÍA?

Es una de las relaciones más estables de mi vida. No tengo una pareja abierta (risas). Porque además me pasa que he escrito muy poca narrativa, por ejemplo. Me considero una poeta porque escribo poesía. Y al haber empezado a escribir muy tempranamente, es parte de mi identidad, yo no puedo imaginarme sin la poesía. Cuando murió Borges, Bioy Casares dijo ‘no me imagino un mundo sin Borges’; yo no me imagino un mundo sin poesía.

EL TÍTULO DEL LIBRO -”HASTA VERTE AMANECER”- SUGIERE UNA ESPERA, UNA VIGILIA, QUIZÁ UNA PROMESA. ¿QUÉ SIGNIFICA PARA VOS ESA IMAGEN DEL AMANECER?

Para mí está muy vinculado a la utopía. Se mezcla también con la adultez y con el amor, pero es la utopía. Esperar el amanecer para mí, en la infancia, siempre fue un deseo. Yo tenía una prima, que la tengo por suerte, que se llama Ana y hay uno de los poemas de ‘Restos de poda’ que está dedicado a ella; tuve una infancia muy amorosa con ella. Estábamos empecinadas en quedarnos a ver el amanecer, cuando yo me quedaba su casa, y no lo logramos nunca. Para mí es esa utopía, y a eso lo fui trasladando a distintas situaciones y momentos de la vida. Y si lo pensás desde el amor, bueno, también es la apuesta a que todo salga bien.

En “Hasta verte amanecer”, Alejandra Pultrone parece escribir contra una fuerza que toda vida conoce: la desaparición. La memoria se erosiona, los cuerpos desaparecen, las voces se apagan. Frente a esa certeza, su poesía elige un gesto mínimo pero persistente: anotar, registrar, volver sobre los fragmentos de lo vivido. No para reconstruir una historia completa -porque esa ilusión ya se ha perdido- sino para sostener algunos restos: una voz, un papel escrito a mano, una escena doméstica, una música que vuelve desde el pasado.

En esa fidelidad a lo pequeño está una de las mayores virtudes del libro. Pultrone no convierte el duelo en una épica ni en una retórica solemne. Lo trabaja desde la fragmentación, desde el temblor de la vida cotidiana, desde el instante en que la memoria se detiene en algo aparentemente insignificante y lo vuelve luminoso. La poesía, en su caso, no promete redención ni consuelo definitivo. Pero sí ofrece algo más raro: la posibilidad de que la experiencia -incluso la más dolorosa- encuentre una forma.

Leído hoy, el volumen no es solo una reunión de libros escritos a lo largo de quince años. Es también el mapa íntimo de una conciencia que atraviesa la pérdida, vuelve a mirar el mundo y descubre que, a pesar de todo, la vida insiste. Como sugiere el título, la escritura permanece en vigilia: despierta, obstinada, esperando todavía -poema tras poema- ese momento en que la noche empieza a abrirse y alguien, finalmente, alcanza a ver amanecer.

LA AUTORA

Alejandra Pultrone nació en la ciudad de Buenos Aires en 1964. Es graduada de la carrera de Letras. Dirigió con el escritor D.R. Mourelle, el sello editorial de poesía Libros del Empedrado. Ha publicado La cuerda del silencio (1990), Hopper (1995), Ciudad demolida (1999), Restos de poda (2004), Plaza Washington (2017) y Hasta verte amanecer, poesía reunida, (2025). Además de su labor literaria, incursionó en el lenguaje audiovisual como guionista del cortometraje El viento sopla (2023), dirigido por Fabián Soberón. Actualmente, dirige la revista de Arte y Literatura El Esfuerzo conjugado y brinda talleres de escritura abiertos a neurodiversidades y clínica de obra para escritores.

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