El teatro como territorio íntimo donde la memoria encuentra su voz

Actriz, dramaturga y traductora, Marcela de Grande presentó en La Rioja (Espacio 73) “Canto de cigarras”, un unipersonal que entrelaza historias reales con una puesta sensible y despojada. En diálogo con este suplemento, reflexiona sobre el trabajo colectivo detrás de una obra en apariencia solitaria, el desafío de llevar testimonios al escenario y la potencia del teatro como experiencia compartida.

Hay trayectorias que parecen trazarse en línea recta y otras, en cambio, se construyen a partir de desvíos fértiles, cruces inesperados y zonas de diálogo entre mundos diversos. La de Marcela De Grande pertenece claramente a este segundo grupo. Formada en Letras Modernas en la Universidad de París III (Nouvelle Sorbonne), su recorrido inicial estuvo ligado al pensamiento crítico y al trabajo riguroso con el lenguaje, una marca que todavía hoy atraviesa todo lo que hace. Su labor como traductora -con versiones al español de autores como Pierre Calame, Vincent de Gaulejac o Vincent Commenne- da cuenta de esa precisión conceptual, pero también de una sensibilidad particular para captar matices culturales y trasladarlos a otro territorio sin perder espesor ni densidad.

Ese mismo pulso, atento a lo que se dice y a lo que queda entre líneas, encuentra en el teatro un espacio de expansión. Desde su regreso más activo a la escena, De Grande ha ido construyendo una poética propia, donde la palabra no es sólo texto sino también cuerpo, ritmo, respiración. En sus trabajos, la reflexión no aparece como discurso cerrado, sino como pregunta abierta que se despliega en la experiencia escénica. Hay, en ese sentido, una búsqueda constante por generar un teatro que no subraye, que no explique de más, que confíe en la inteligencia y la sensibilidad del espectador.

“Canto de cigarras”, la obra que presentó recientemente en La Rioja, condensa buena parte de ese recorrido. Se trata de un unipersonal que, sin embargo, rehúye la idea de la soledad absoluta para afirmarse como resultado de un entramado colectivo. Inspirada en testimonios reales, la pieza propone un acercamiento delicado a ciertas historias que forman parte de la memoria reciente, pero lo hace desde una clave íntima, evitando los lugares comunes y apostando a una construcción más sugerente que explícita. La escena, despojada y cercana, se apoya en la voz, en el gesto y en una serie de recursos que amplifican lo emocional sin caer en el exceso.

En ese cruce entre lo personal y lo colectivo, entre lo dicho y lo insinuado, aparece también una concepción del teatro como espacio de encuentro: un territorio donde lo inmediato -esa presencia compartida entre actor y público- habilita otras formas de escucha y de pensamiento. De Grande lo refuerza además con una práctica itinerante, llevando sus obras a distintos ámbitos y públicos, ampliando así el alcance de la experiencia teatral más allá de los circuitos habituales.

Quizás por todo esto, “Canto de cigarras” no sea sólo una obra, sino también una síntesis provisoria de un camino en permanente construcción. Y, al mismo tiempo, una invitación a pensar qué implica hoy pararse en escena, sostener una voz y abrir un diálogo con quienes están del otro lado. Porque si algo sugiere el trabajo de De Grande es que, incluso en las propuestas más íntimas, el teatro nunca es un acto en soledad. De ahí, entonces, la primera pregunta inevitable.

“CANTO DE CIGARRAS” ES UN UNIPERSONAL MUY POTENTE EN ESCENA. ¿CÓMO FUE EL PROCESO DE CONSTRUIR UNA OBRA TAN ÍNTIMA Y SOSTENERLA EN SOLEDAD FRENTE AL PÚBLICO?

Yo suelo decir que los ‘UNI-personales’ no existen. Que solos no somos ni hacemos nada. Detrás de este trabajo que se ve en escena como un unipersonal está el trabajo y el acompañamiento de todo un equipo muy potente, que es lo que lo hizo posible. Está Germán Rodríguez en la dirección, Hernesto Mussano en el coaching de objetos, el dúo Vida Leda con sus interpretaciones musicales únicas, Paula Romero que filmó el documental ‘Aquí estamos’, y mucha más gente talentosa que se sumó en la investigación, el diseño, las luces, la producción y la difusión…

EL TÍTULO TIENE UNA CARGA SIMBÓLICA MUY FUERTE. ¿QUÉ REPRESENTAN PARA VOS LAS CIGARRAS DENTRO DEL UNIVERSO DE LA OBRA?

Las cigarras, como propuso la gran Maria Elena Wlash, es lo que nada ni nadie podrá callar. Cada nieto o nieta que recupera su verdadera identidad es un canto a la vida y un canto a la verdad, porque ellos son, como suele decirse, la prueba viviente de lo que sufrió este país con la dictadura. Nadie puede negar que existen, su ADN y lo que han hecho cuando robaban a los bebés.

EN ESCENA COMBINÁS ACTUACIÓN, NARRACIÓN Y RECURSOS SONOROS. ¿CÓMO PENSASTE ESE LENGUAJE HÍBRIDO Y QUÉ BUSCÁS GENERAR EN EL ESPECTADOR DESDE LO SENSORIAL?

El teatro siempre es proponer un mundo, ¿no? En este caso es un mundo bastante íntimo y sencillo desde lo técnico, pero es verdad que apelamos a la música y por supuesto a la acción dramática y al cuerpo para despertar lo emocional, mas allá de lo racional.

A LO LARGO DE TU CARRERA TRABAJASTE DISTINTOS REGISTROS. ¿QUÉ DESAFÍOS PARTICULARES TE PLANTEÓ ESTE PROYECTO EN COMPARACIÓN CON OTROS TRABAJOS?

La particularidad de este trabajo es que estoy transmitiendo la voz de otros. Al partir de testimonios (de nietos y nietas de Abuelas de Plaza de Mayo) es un trabajo muy delicado saber si uno está interpretando correctamente lo que el otro dijo, cómo juega la subjetividad propia en la lectura de las historias y de la Historia. En ese sentido he sido más “cuidadosa”, tratando de usar el humor cuando ellos lo usan, tratando de no subrayar con la actuación lo que ellos no dramatizan, etc. Cuando uno escribe ficción esos límites no aparecen. Al mismo tiempo, está el desafío hermoso de poder traducir algo tan real a un lenguaje artístico para traducirlo por otros canales.

HACIA EL ENCUENTRO

En el recorrido de Marcela De Grande hay una constante que atraviesa sus distintos registros: la búsqueda de un teatro que no se agote en la escena como espacio físico, sino que se proyecte hacia el encuentro. Formada en el cruce entre literatura, pensamiento y práctica escénica, su trabajo reciente parece haber encontrado un nuevo impulso en esa dirección, explorando formatos más cercanos, más móviles, más atentos a la diversidad de públicos. “Canto de cigarras”, en ese sentido, no sólo se presenta como una obra, sino como una experiencia que redefine el vínculo con el espectador: un teatro que se desplaza, que llega a clubes, escuelas o universidades, y que encuentra allí una forma renovada de sentido.

Al mismo tiempo, su mirada sobre la escena se inscribe en una defensa clara de lo teatral como experiencia irreemplazable en tiempos atravesados por la inmediatez y la virtualidad. Para De Grande, el teatro sigue siendo ese espacio donde algo sucede en presente, donde la emoción se construye en común y donde, incluso en silencio, se configura una forma de comunidad. En ese marco, la obra también se vincula con una dimensión más amplia: la de aquellos relatos que, sin necesidad de ser subrayados, dialogan con experiencias colectivas y encuentran en el arte un modo de transmisión accesible, sensible, capaz de interpelar incluso a quienes no llegan con referencias previas.

Desde esa perspectiva, Canto de cigarras articula una serie de preguntas sobre el modo en que el teatro puede hoy acercarse a ciertos temas, traducirlos en lenguaje escénico y abrir un espacio de reflexión sin perder la potencia emocional. Entre lo íntimo y lo compartido, entre lo dicho y lo sugerido, aparece una idea persistente: la de la memoria como una herramienta viva, en permanente construcción, que el arte puede activar desde lugares inesperados. Sobre ese cruce -entre recorrido personal, presente escénico y proyección colectiva- gira la palabra, el decir.

¿CÓMO DIALOGA ESTA OBRA CON TU RECORRIDO COMO ACTRIZ Y DRAMATURGA? ¿SENTÍS QUE MARCA UN PUNTO DE INFLEXIÓN?

Con esta obra volví a disfrutar, como lo hacía cuando presentaba obras para infancias, del teatro itinerante, del teatro que va adonde está la gente y no espera que el público venga. Nunca había hecho esto para adultos y lo disfruto muchísimo. Proponer teatro en clubes, en escuelas, en agrupaciones, en universidades, que vea teatro gente que nunca va al teatro me resulta sumamente gratificante y le da mucho sentido a mi tarea. Creo que ese fue un gran descubrimiento que me trajeron las Cigarras y quizás sea una manera de seguir haciendo teatro de aquí en adelante.

¿QUÉ TE INTERESA HOY DEL TEATRO COMO HERRAMIENTA EXPRESIVA EN UN CONTEXTO DONDE PREDOMINAN LO INMEDIATO Y LO DIGITAL?

El teatro es aquí y ahora, es presencia e interacción humana. Reírse y llorar en una sala de teatro son experiencias sociales, compartidas. Aunque no hablemos con el que está al lado, sabemos que somos comunidad.

MÁS ALLÁ DE UN CONTEXTO HISTÓRICO ESPECÍFICO, ¿POR QUÉ CREÉS QUE LA MEMORIA SIGUE SIENDO UN TEMA VIGENTE EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO?

Como dice una filósofa por ahí, el pasado es la herramienta que tenemos para construir el futuro. La memoria nunca dejará de ser un tema vigente, porque sin memoria no sabemos cómo mirar, pensar y poner palabras y sentido a lo que viene.

¿QUÉ ROL PUEDE TENER EL TEATRO EN LA CONSTRUCCIÓN DE MEMORIA COLECTIVA, INCLUSO EN PÚBLICOS QUE NO NECESARIAMENTE TIENEN CERCANÍA CON ESOS TEMAS?

Esta obra en particular tiene aspectos lúdicos y humorísticos que permiten que el público adolescente y muy joven se acerque de buena gana a la temática de los derechos humanos y de la dictadura. Como no hay cosas muy explícitas, el sentimiento de que lo que pasó es tremendo existe pero se recibe como más soportable, no genera rechazo. Eso es difícil de encontrar si no es por medio de expresiones artísticas que lo propongan: otras palabras, otras formas, para hablar de esas mismas atrocidades.

LO ÍNTIMO Y LO DIVERSO

Hay algo en “Canto de cigarras” que parece exceder las coordenadas habituales de la escena y encontrar eco más allá de cualquier geografía. La obra de Marcela De Grande, concebida desde una intimidad casi confidencial, se apoya sin embargo en experiencias que interpelan de manera directa a públicos muy diversos. En su circulación por distintos espacios -y también por distintos contextos culturales- se pone en evidencia una cualidad particular: la capacidad de generar identificación sin necesidad de apoyarse en referencias explícitas, apelando a una zona más profunda, donde ciertas preguntas resultan compartidas.

En ese cruce entre lo singular y lo universal, la propuesta escénica trabaja sobre materiales sensibles con una delicadeza que evita el énfasis, confiando en la potencia del relato y en la escucha del espectador. La obra no busca imponer una lectura, sino habilitar un acercamiento posible, incluso para quienes no llegan con un conocimiento previo del trasfondo que la inspira. Allí, el teatro vuelve a aparecer como mediador: un lenguaje capaz de traducir experiencias complejas en formas accesibles, sin perder densidad ni espesor.

De Grande parece sostener, en este punto, una idea central: que hay historias que, más allá de su contexto, encuentran resonancia en una dimensión profundamente humana, allí donde se tensan nociones como identidad, pertenencia y verdad. Y que, en ese encuentro entre escena y público, lo que se pone en juego no es sólo una narración, sino también una forma de comprender cómo los grandes procesos colectivos se inscriben -de manera siempre singular- en las trayectorias individuales. Desde esa perspectiva, la pregunta por la recepción y por aquello que cada espectador se lleva consigo abre una nueva capa de sentido.

LA OBRA CIRCULA EN DISTINTOS ESPACIOS Y TERRITORIOS. ¿CAMBIA LA RECEPCIÓN SEGÚN EL LUGAR DONDE SE PRESENTA?

La recepción no es muy diferente, ni siquiera cambiando de países o regiones. Siempre hay mucha empatía con lo que se cuenta y mucho rechazo hacia lo que sucedió. Yo creo que el límite entre lo humano y lo inhumano lo conocemos todos. Robar bebés a madres torturadas y luego asesinadas no es algo que tenga justificación alguna.

¿QUÉ TE INTERESA QUE SE LLEVE ALGUIEN QUE ENTRA A LA SALA SIN REFERENCIAS PREVIAS SOBRE LA TEMÁTICA?

Un conocimiento del tema, por supuesto. Y también la idea fundamental de que la Historia con mayúscula nos atraviesa a todos y todas de manera particular. Nadie está fuera de la sociedad ni de la Historia. Todos la construimos dia a dia y, al mismo tiempo, ella se cuela en nuestras historias individuales de distinta manera según los casos. Decir que “el nieto numero X” recuperó su identidad significa algo a nivel general e histórico, pero significa algo muy preciso y complejo para cada una de esas personas y familias.

En “Canto de cigarras”, la escena se convierte en un espacio de resonancia donde lo individual y lo colectivo dialogan sin estridencias. Lejos de los grandes artificios, la propuesta de Marcela De Grande apuesta por una teatralidad cercana, casi confidencial, que se sostiene en la palabra, el cuerpo y una construcción sensible del clima escénico. Allí, el relato no busca imponerse, sino abrir preguntas, dejar huellas, habilitar una escucha.

La obra también pone en juego una idea persistente en el recorrido de la artista: la del teatro como puente. No sólo entre disciplinas -la literatura, la filosofía, la traducción- sino también entre experiencias, generaciones y miradas. En ese cruce, el escenario se vuelve un territorio donde ciertas historias encuentran nuevas formas de ser contadas y, sobre todo, de ser recibidas.

Su paso por La Rioja, además, refuerza una dimensión que De Grande reconoce como un descubrimiento reciente: la del teatro que se desplaza, que sale al encuentro del público en distintos espacios y contextos, ampliando sus márgenes habituales. Esa vocación itinerante no sólo transforma la relación con los espectadores, sino que también redefine el sentido mismo de la práctica escénica.

Así, “Canto de cigarras” se inscribe en una tradición de obras que, desde la intimidad, logran tocar fibras profundas sin necesidad de subrayados. Como un eco persistente -o como ese canto que regresa después del silencio- la propuesta deja flotando una certeza: hay relatos que, aun en voz baja, encuentran siempre la manera de hacerse oír.

ENTRE LA REFLEXIÓN TEÓRICA Y LA PRÁCTICA ARTÍSTICA

Marcela De Grande es una actriz, dramaturga y traductora argentina. Formada en letras modernas en la Universidad de París III (Nouvelle Sorbonne), combina su trabajo escénico con una destacada trayectoria como traductora especializada en ciencias humanas y sociales. Su labor se caracteriza por tender puentes entre la literatura, la filosofía y el teatro contemporáneo. De Grande inició su carrera académica en Francia, donde obtuvo una maestría en Letras Modernas. Posteriormente, se consolidó como traductora profesional, colaborando con editoriales y centros de pensamiento críticos. En 2011 retomó su vínculo con el teatro como actriz y dramaturga, integrando su bagaje literario en su práctica escénica. Ha traducido al español obras relevantes de pensadores como Pierre Calame, Vincent de Gaulejac y Vincent Commenne, abordando temas de responsabilidad social, psicoanálisis y gobernanza mundial. Sus traducciones, publicadas por editoriales como Siglo XXI, destacan por su fidelidad conceptual y su sensibilidad hacia los matices culturales del texto original. Como dramaturga, De Grande incorpora una mirada filosófica y social a sus obras, explorando la identidad, el lenguaje y la experiencia urbana. Su trabajo en la escena argentina se nutre tanto de su formación en humanidades como de su experiencia internacional, contribuyendo a un teatro reflexivo y comprometido con la contemporaneidad. Marcela De Grande ocupa un espacio singular dentro del panorama teatral y literario argentino actual: su combinación de rigor académico, compromiso con la traducción humanística y creación escénica la posiciona como una figura de enlace entre la reflexión teórica y la práctica artística.

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