La Chaya de Gloria de la Vega volvió a reunir este domingo a familias enteras alrededor de la música, las cajas, las vidalas y ese antiguo ritual riojano de encontrarse con los otros. Con Peteco Carabajal como invitado central y una propuesta artística diversa y de enorme calidad, la celebración va camino a convertirse en un verdadero clásico de la agenda folklórica provincial. Pero hay algo más profundo: detrás de cada edición empieza a consolidarse un espacio que custodia la memoria de la Chaya y recupera su sentido más esencial, el de hacer comunidad.
Hay momentos en los que el frío deja de sentirse porque hay un fuego interior que en nada depende del clima. Este domingo 9 de agosto ocurrió algo (o mucho) de eso en el Parque Yacampis. El sol acompañó durante buena parte de la jornada, aunque el aire riojano de agosto se empeñara en recordar que todavía es invierno. Pero estaban las familias, las mesas compartidas, las conversaciones, los chicos corriendo de un lado hacia otro, la música, las cajas, las vidalas. Estaba esa manera tan nuestra de acercar las sillas hasta convertirlas en ronda y de hacer que alguien que llegó como desconocido termine formando parte de la misma celebración.
Estaba la Chaya. Y estaba nuevamente Gloria de la Vega.
A esta altura, la Chaya de Gloria comienza a abandonar el territorio de los acontecimientos ocasionales para convertirse en otra cosa: una tradición que está naciendo delante de nuestros ojos.
No se trata de una afirmación exagerada. La propuesta viene sosteniéndose desde hace años y en octubre de 2024 llegó a celebrar su décima edición. Con el tiempo fue reuniendo artistas, vidaleros, bailarines, familias y generaciones alrededor de una idea que excede largamente la organización de una peña folklórica.
Porque aquí la música importa. Pero importa también lo que sucede alrededor de la música.
Custodiar el fuego
Quizás allí haya que buscar una de las claves para comprender el lugar que Gloria de la Vega ocupa hoy dentro de la cultura riojana.
Su historia artística comenzó siendo muy joven. Integró la agrupación coral Kuntur, inició posteriormente su recorrido como solista, ganó Septiembre Joven en 1997 y desde entonces transitó algunos de los escenarios más importantes del folklore argentino, desde Cosquín hasta el Festival del Poncho y la Chaya, además de llevar su música por Chile, Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba y México.
Su discografía también permite seguir las huellas de esa búsqueda: «Atávica», «Yo También Soy», «Mujer Latinoamericana», «Flor del Arrabal» e «Hijos de la Chaya», entre otros trabajos y participaciones.
Pero una trayectoria no se mide solamente por los escenarios recorridos ni por los discos grabados.
Hay un momento en la vida de determinados artistas en el que preservar aquello que recibieron comienza a ser tan importante como la propia obra. Gloria parece estar transitando ese momento.
Porque custodiar una cultura no significa guardarla bajo llave; significa abrirla, hacerla circular.
Poner nuevamente la caja en manos de alguien. Enseñarle a un niño que aquel parche guarda un sonido mucho más antiguo que él. Dejar que una vidala atraviese el aire y encuentre otro oído dispuesto a recibirla. Sentar alrededor de una misma mesa a quienes tienen ochenta años y a quienes recién empiezan a descubrir qué significa chayar.
La cultura permanece cuando alguien la entrega. Y eso es, probablemente, lo que está sucediendo con la Chaya de Gloria.

Una chaya para todos
La jornada del domingo tuvo, precisamente, esa característica. No hubo una frontera rígida entre escenario y público, entre artista y espectador, entre quien llegaba especialmente para escuchar a determinado músico y quien simplemente quería compartir un domingo diferente.
La propuesta artística acompañó esa diversidad.
Por el escenario pasaron Perfume de Albahaca, Don Beto, Pedro Nazario junto a La Perry Band, Ceremonia Vidalera, Acro Circus, Bautista Martínez, Urutau y Sihembras, además de la participación del ballet Los Gauchos de Güemes.
Cada uno desde su lenguaje aportó una pieza diferente a ese mosaico: la música popular, la danza, la canción, la vidala, las expresiones contemporáneas y aquellas manifestaciones que hunden sus raíces en la memoria profunda de la Provincia.
Porque tampoco hay una única manera de expresar la identidad. La identidad está viva precisamente porque cambia, dialoga, incorpora nuevas voces y vuelve una y otra vez sobre aquello que la hizo posible.
Pero en una Chaya hay algo que permanece: la caja. Ese pequeño universo de madera y cuero capaz de guardar una montaña adentro. Basta escucharla para entenderlo. Un golpe. Otro golpe. La ceremonia.
Y detrás aparecen patios que ya no existen, abuelos que alguna vez cantaron, pueblos levantados entre cerros, veranos de harina, albahaca escondida detrás de una oreja, vino compartido, coplas lanzadas al aire como quien entrega una parte de sí mismo.
Después llega la vidala. Y la vidala, se sabe, no necesita pedir permiso. Entra.
Tal vez porque los riojanos sabemos desde hace siglos que hay cosas que no pueden decirse hablando y entonces hay que cantarlas.
Peteco y la ceremonia de la cercanía
Dentro de una jornada atravesada por grandes presentaciones hubo, sin embargo, un momento particularmente significativo.
La presencia de Peteco Carabajal significaba de antemano la llegada de uno de los nombres fundamentales del cancionero popular argentino.
Pero Peteco hizo algo más importante que ofrecer un recital. Se acercó. Y desde esa cercanía construyó una comunión extraordinaria con quienes estaban allí. No necesitó levantar ninguna pared invisible alrededor de su figura. Por el contrario: abrió el escenario.
Cantó aquellas canciones que hace mucho dejaron de pertenecerle exclusivamente porque pasaron a formar parte de la memoria sentimental de generaciones enteras. Canciones que alguna vez escuchamos en una radio, en una sobremesa, en un festival, en la voz de nuestros padres o de nuestros amigos y que, cuando vuelven a sonar, parecen encontrarnos exactamente donde nos habían dejado: en las manos de nuestras madres.
Pero además hubo diálogo, espontaneidad y complicidad. A su presentación se sumaron los recitados del riojano Carlos Ferreyra, la voz de Mily Juárez y la propia Gloria de la Vega, y los parches de Juli Gigena, al tiempo que Peteco fue invitando también a hombres y mujeres a compartir el escenario.
Fue entonces que sucedió algo hermoso: el escenario dejó de ser escenario y se convirtió en ronda.
Ese gesto sencillo dice bastante sobre Peteco Carabajal. Sobre su carisma, por supuesto, pero fundamentalmente sobre una concepción del folklore en la cual el artista no se coloca por encima de la comunidad que canta esas canciones, sino adentro de ella.
Y quizá por eso la gente respondió como respondió. Porque no estaba solamente frente a un enorme músico, estaba cerca de él.

Donde el frío no se noya
Mientras avanzaba la tarde, el aire se hacía sentir. Agosto tiene esas cosas en La Rioja: puede regalar un cielo completamente despejado y, al mismo tiempo, recordarnos con una ráfaga que el invierno todavía no terminó.
Pero nadie parecía demasiado preocupado. Había otra temperatura: la de los abrazos, la del mate que pasa, la conversación entre canción y canción. La de una familia que acomoda otra silla porque acaba de llegar alguien, la del aplauso compartido.
Y acaso allí pueda encontrarse la verdadera dimensión de esta Chaya. La tradición riojana nunca necesitó exclusivamente de grandes escenarios para sobrevivir. Antes que espectáculo fue patio. Antes que entrada fue puerta abierta. Antes que programación fue encuentro.
La Chaya nació mucho antes de que alguien pensara en iluminarla. Nació alrededor de la caja, de la copla, de la harina, del agua (que escasea), de la albahaca.
Y, fundamentalmente, del otro. No existe Chaya en soledad.
La propia definición cultural de esta celebración remite a una fiesta ancestral de amistad, alegría y encuentro, donde la harina funciona incluso como una forma simbólica de igualación. Por eso resulta especialmente valioso que una propuesta artística contemporánea consiga recuperar, conservar y proyectar algo de aquella intimidad.
Hacer comunidad
Hay una palabra que atraviesa toda esta historia: comunidad.
Una palabra que en estos tiempos adquiere incluso una dimensión política -en el sentido más amplio y humano de la palabra- porque vivimos una época empeñada demasiadas veces en convencernos de que podemos prescindir de los demás.
La Chaya dice exactamente lo contrario: dice que necesitamos del otro. Que alguien tiene que golpear la caja y alguien tiene que responder la copla. Que alguien debe servir el vino. Que una mesa siempre puede correrse un poco para que entre otra silla. Que una canción se vuelve más grande cuando la cantan muchos.
Eso también es patrimonio. Y eso también necesita custodios.
Gloria de la Vega (su compañero Jorge Gigena y su familia a pleno) parece haber entendido que defender la cultura riojana no consiste solamente en cantar nuestras canciones. Consiste también en crear los lugares donde esas canciones puedan seguir teniendo sentido.
Su propia trayectoria ha estado profundamente vinculada a esa concepción: a la chaya, las vidalas, la canción social, nuestros caudillos y la recuperación de autores riojanos, una construcción artística que es, al mismo tiempo, preservación de la tradición chayera.
Por eso la Chaya de Gloria empieza a convertirse en un clásico. No solamente porque (afortunadamente) se repite, sino porque la gente empieza a reconocerla como propia.
Y quizá las tradiciones nazcan exactamente así: Alguien enciende un fuego; alguien acerca una caja; alguien comienza una vidala; otro arrima una silla.
Y un día (como este último domingo), casi sin advertirlo, descubrimos que alrededor de aquel fuego ya habita todo un pueblo.