¿Cómo sabemos que sabemos?

Hay dos frases que atravesaron los siglos y que parecen adquirir una vigencia particular en este tiempo. Una se la atribuimos a Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. La otra pertenece a René Descartes: “Pienso, luego existo”. Entre ambas hay más de dos mil años de distancia, pero las une algo que hoy parece haberse vuelto incómodo: reconocer los límites de aquello que sabemos y aceptar la duda como parte del camino hacia el conocimiento. Nosotros vivimos rodeados de certezas, con una cantidad de información disponible que ninguno de aquellos pensadores habría podido imaginar. Tal vez por eso necesitemos agregar una pregunta para nuestro tiempo: ¿cómo sabemos que sabemos?
La pregunta parece sencilla hasta que intentamos responderla. Sabemos que ocurrió un terremoto a miles de kilómetros, cuánto aumentaron los precios, que determinada enfermedad es producida por un virus, qué temperatura hará mañana o qué ocurrió hace doscientos años. Sabemos miles de cosas que nunca comprobamos personalmente. Y está bien que así sea. Si solamente pudiéramos considerar verdadero aquello que verificamos por nuestra cuenta, prácticamente no sabríamos nada. El conocimiento humano funciona porque confiamos en otros: científicos, documentos, mediciones, especialistas, instituciones, periodistas, personas que estuvieron donde nosotros no estuvimos. La confianza no es una debilidad del conocimiento; es una condición necesaria para construirlo. La verdadera cuestión es cómo decidimos qué merece nuestra confianza.
Las ciencias cognitivas hablan de “vigilancia epistémica” para describir, entre otras cosas, esa capacidad que tenemos de evaluar no solamente aquello que nos dicen, sino también a quien nos lo dice. En términos mucho más sencillos: frente a una información nos preguntamos si resulta creíble y si confiamos en la fuente. El problema es que hoy hacemos esa evaluación en medio de cientos de estímulos diarios, con fuentes que se multiplican y una circulación tan veloz que muchas veces ni siquiera sabemos quién produjo originalmente aquello que estamos leyendo, mirando o compartiendo.
Entonces aparecen los atajos: “lo vi en varios lugares”, “lo dijo alguien que sabe”, “me lo mandó una persona de confianza”, “lo explicó este periodista” o, quizá, el más poderoso de todos, “esto coincide con lo que yo ya pensaba”. Y sabemos además que la repetición puede aumentar nuestra percepción de que algo es verdadero simplemente porque empieza a resultarnos familiar. Por eso podríamos agregar a aquellas frases filosóficas una bastante menos elegante para nuestro tiempo: “Me apareció, luego existo”. Si nuestro teléfono nos muestra diez veces un determinado problema, sentimos que está en todas partes; si nos muestra permanentemente una misma opinión, podemos creer que todos piensan de esa manera. Pero nuestro teléfono no es una ventana transparente hacia el mundo: es una selección. Que algo circule mucho no significa que haya sido comprobado muchas veces.
Quizás ahí aparezca una de las paradojas de nuestra época. Tenemos más posibilidades que nunca de acceder al conocimiento y, al mismo tiempo, desconfiamos cada vez más de muchos de los mecanismos que históricamente utilizamos para reconocerlo: gobiernos, medios, estadísticas, especialistas, universidades, ciencia. Parte de esa desconfianza tiene motivos reales. Todas esas instituciones pueden equivocarse y algunas han dado razones suficientes para ser cuestionadas. Pero hay una diferencia entre ser crítico y desconfiar de absolutamente todo. Desconfiar de todo no necesariamente nos vuelve más críticos; puede volvernos más vulnerables. Nadie puede comprobar personalmente cada cosa y, tarde o temprano, necesitaremos confiar en alguien. Por eso el desafío quizá no sea aprender a desconfiar de todo, sino aprender a confiar mejor.
Y para eso necesitamos recuperar cierto prestigio de la duda. No aquella duda que niega todo por sistema, sino la que permite decir: “No sé todavía. Veamos”. Descartes dudaba para poder pensar; nosotros muchas veces parecemos dejar de dudar para poder opinar más rápido. Nos enteramos, opinamos, compartimos y discutimos y, algunas veces, recién después intentamos comprender. En ese sentido, aquella vieja idea socrática tampoco era una celebración de la ignorancia. Reconocer que podemos estar equivocados es una forma de inteligencia. La psicología contemporánea habla de “humildad intelectual”: aceptar los límites de nuestras propias certezas y estar dispuestos a revisarlas cuando aparece una evidencia mejor.
Quienes trabajamos en comunicación tenemos una responsabilidad particular en todo esto, porque ocupamos muchas veces un lugar intermedio entre aquello que ocurre y aquello que otros podrán conocer sobre lo ocurrido. Elegimos fuentes, contrastamos, interpretamos, traducimos y contamos. De alguna manera, administramos confianza ajena. Cuando alguien elige una radio, un diario, un periodista o cualquier otro comunicador porque supone que allí podrá entender mejor lo que sucede, nos está prestando algo que le pertenece: su confianza. Y eso obliga no solamente a decir qué sabemos, sino también, cuando sea necesario, cómo lo sabemos; a diferenciar un hecho de una interpretación y a poder pronunciar tres palabras que deberían tener mucho más prestigio en nuestro oficio: “no lo sabemos”.
La inteligencia artificial vuelve todavía más urgente esta discusión. Hoy podemos mirar una fotografía de algo que nunca ocurrió, escuchar la voz de alguien diciendo palabras que nunca pronunció o leer un texto producido por alguien que no existe. Cada vez será menos suficiente preguntarnos qué significa aquello que estamos viendo. Primero tendremos que preguntarnos si realmente ocurrió. En ese escenario, comunicar bien ya no consiste solamente en hacer que la gente entienda. También supone ofrecer elementos para que pueda decidir por qué aquello que le estamos contando merece —o no— ser creído.
Tenemos una parte gigantesca del conocimiento acumulado por la humanidad disponible en un teléfono. Quizás lo que necesitamos recuperar sean herramientas mucho más antiguas: preguntar, dudar, comprobar, reconocer que podemos equivocarnos y distinguir aquello que sabemos de aquello que simplemente creemos saber. Porque probablemente el gran desafío de nuestro tiempo no sea conseguir más información. Información tenemos de sobra.
El desafío es aprender a confiar mejor.
Y quienes comunicamos deberíamos recordar algo todavía más sencillo: la confianza con la que trabajamos no nos pertenece.
Nos la prestan. Y todos los días tenemos que volver a merecerla.

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