La última gran batalla de Hemingway

Una reseña para el libro El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

Publicada en septiembre de 1952, cuando una parte de la crítica comenzaba a considerar que los mejores años de Ernest Hemingway habían quedado atrás, El viejo y el mar devolvió al escritor estadounidense al centro de la literatura mundial. La historia aparentemente sencilla de Santiago, un viejo pescador cubano que enfrenta durante días a un gigantesco marlín, terminó convirtiéndose en una reflexión universal sobre la dignidad, la derrota, la perseverancia, la soledad y aquello que permanece en un hombre después de haberlo perdido casi todo.

Un viejo pescador lleva ochenta y cuatro días sin atrapar un pez. Al amanecer del día siguiente vuelve a hacerse a la mar. Eso es casi todo lo que Ernest Hemingway necesita para comenzar una de las historias más célebres de la literatura del siglo XX. Con esos elementos mínimos, Hemingway construyó El viejo y el mar, la breve novela que apareció primero íntegramente en la revista Life, el 1° de septiembre de 1952, y poco después fue publicada como libro por Charles Scribner’s Sons.

La obra significó mucho más que un nuevo título en la trayectoria de un escritor consagrado: fue la recuperación de Hemingway después de un período en el que su prestigio comenzaba a ser cuestionado. Un año más tarde recibiría el Premio Pulitzer de Ficción y en 1954 llegaría el Nobel de Literatura. Al fundamentar el reconocimiento, la Academia Sueca destacó su dominio del arte narrativo, demostrado recientemente en El viejo y el mar, y la enorme influencia ejercida por su estilo sobre la literatura contemporánea.

UN ESCRITOR QUE NECESITABA VOLVER

Hemingway tenía 53 años cuando apareció El viejo y el mar y detrás suyo había una biografía que ya parecía contener varias vidas. Había sido periodista, conductor de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial, corresponsal de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial, expatriado en el París de los años veinte, cazador en África, aficionado a las corridas de toros y pescador en las aguas del Caribe. También había escrito algunos de los libros decisivos de la literatura estadounidense moderna: Fiesta, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas y numerosos cuentos que habían transformado profundamente la manera de narrar.

Sin embargo, a comienzos de los años cincuenta su prestigio ya no parecía indiscutible. Al otro lado del río y entre los árboles, publicada en 1950, había recibido críticas particularmente duras y algunos comenzaban a preguntarse si el gran Hemingway pertenecía definitivamente al pasado. El personaje público amenazaba con devorar al escritor. Entonces escribió sobre un viejo pescador al que todos consideran acabado. La resonancia autobiográfica resulta difícil de ignorar. Santiago lleva ochenta y cuatro días sin conseguir una captura y los demás pescadores lo consideran definitivamente salao, víctima de la peor forma posible de mala suerte. Hemingway cargaba, de otro modo, con una sospecha parecida: quizá sus grandes conquistas literarias pertenecían al pasado. Por eso El viejo y el mar admite también una lectura sobre el propio acto de crear. Santiago necesita demostrar que todavía puede pescar; Hemingway, que todavía puede escribir. Ambos se internan solos, ambos regresan exhaustos y ambos consiguen dejar una prueba de aquello que fueron capaces de hacer.

CUBA, EL TERRITORIO DE LA HISTORIA

La novela difícilmente podría haber nacido en otro lugar. Hemingway había establecido una relación profunda con Cuba desde los años treinta y durante más de dos décadas vivió largas temporadas en la Finca Vigía, su casa ubicada en las afueras de La Habana. Navegaba y pescaba habitualmente en el Pilar, su embarcación, conocía las aguas de la Corriente del Golfo y frecuentaba a los pescadores cubanos, sus técnicas, sus historias y su vocabulario. Cojímar, el pequeño pueblo pesquero situado al este de La Habana, quedó para siempre asociado al universo de la novela.

Durante décadas se discutió quién había servido de modelo para Santiago. El nombre más repetido fue el de Gregorio Fuentes, pescador nacido en Canarias y durante muchos años capitán del Pilar, aunque diferentes investigaciones mencionaron también a Carlos Gutiérrez y a otros hombres que Hemingway conoció en Cuba. Probablemente sea más apropiado pensar a Santiago como una síntesis de muchos de ellos. Hemingway no necesitaba inventar aquel mundo porque lo había vivido: conocía las corrientes, los sedales, las carnadas, el comportamiento de los peces y de los pájaros, el sol sobre el cuerpo, la sal entrando en las heridas y la agotadora espera de quien no sabe qué existe debajo del agua. Esa experiencia explica la extraordinaria materialidad de la novela. El mar no funciona como paisaje: tiene temperatura, profundidad, movimiento y voluntad. Santiago pertenece enteramente a ese universo. Es viejo, está flaco y su cuerpo lleva las marcas del sol y del trabajo. Sus manos conservan las cicatrices de años manipulando sedales pesados. Todo parece gastado salvo sus ojos, y ese detalle inicial contiene buena parte del personaje: el cuerpo ha envejecido, pero la voluntad todavía no. Durante los primeros cuarenta días de mala pesca estuvo acompañado por Manolín, un muchacho al que enseñó el oficio. Los padres del joven, convencidos de que Santiago tiene mala suerte, le ordenaron cambiar de embarcación. Manolín obedece, pero continúa cuidándolo, le lleva comida, lo ayuda con sus aparejos y conversa con él sobre béisbol.

Esa relación constituye el corazón afectivo de la novela. El viejo y el mar suele ser presentada como una historia sobre la soledad, y ciertamente lo es, pero también es una historia sobre el amor y la transmisión entre generaciones. Santiago representa un conocimiento que está desapareciendo; Manolín, la posibilidad de que sobreviva. El viejo enseñó al muchacho cuando era niño y ahora es el muchacho quien cuida al viejo. Al final, cuando Santiago regresa destruido, Manolín decide que volverán a pescar juntos. El fracaso material no ha roto ese vínculo: lo ha fortalecido. En el día número 85, Santiago se interna en el mar mucho más lejos de lo habitual y finalmente encuentra aquello que había estado esperando. Un marlín gigantesco muerde el anzuelo. Es tan grande que durante mucho tiempo el pescador ni siquiera consigue verlo: solamente percibe su fuerza bajo el agua mientras el pez arrastra lentamente el bote mar adentro.

Allí comienza el verdadero núcleo de la novela. Durante días, Santiago sostiene el sedal mientras el cuerpo empieza a fallarle. Las manos se lastiman, una de ellas sufre calambres, la espalda duele, aparecen el hambre, la sed y el cansancio. El viejo habla consigo mismo, con los pájaros, con el mar y, especialmente, con el pez. Lo extraordinario es que nunca llega a odiarlo. Por el contrario, cuanto más dura la lucha, mayor es su admiración. Reconoce su belleza, su fuerza y su dignidad, lo considera un hermano y lamenta tener que matarlo.

De ese modo, Hemingway desarma la relación convencional entre cazador y presa. Santiago y el marlín terminan pareciéndose: ambos están solos, ambos sufren, ambos resisten y ambos llevan sus capacidades hasta un límite que desconocían. El pescador necesita matar aquello que admira para demostrar quién sigue siendo. Allí aparece una de las grandes contradicciones que atraviesan la obra de Hemingway: su profunda fascinación por la naturaleza convive con la necesidad humana de someterla, cazarla o matarla.

Durante esa batalla hay un personaje que nunca aparece físicamente pero acompaña permanentemente a Santiago: Joe DiMaggio, la gran estrella de los New York Yankees. El viejo admira al jugador y recuerda que fue capaz de competir soportando fuertes dolores físicos. DiMaggio se convierte así en una referencia moral: si él pudo continuar, Santiago también. Hemingway introduce un héroe moderno dentro de una estructura que tiene mucho de epopeya clásica. El pescador no invoca a Aquiles ni a Ulises: piensa en un jugador de béisbol. Finalmente consigue matar al marlín. Es una victoria extraordinaria, pero el pez resulta tan grande que no puede introducirlo en el bote y debe amarrarlo a uno de sus costados. Entonces comienza la segunda batalla. La sangre atrae a los tiburones. Santiago mata al primero, pero aparecen otros. Pierde el arpón, improvisa un arma colocando un cuchillo en un remo, pierde también el cuchillo y continúa peleando con lo que encuentra. Nada alcanza. Los tiburones van devorando progresivamente el pez que le costó días capturar.

Cuando finalmente regresa a tierra, del extraordinario marlín sólo queda el esqueleto.

LA VICTORIA DENTRO DE LA DERROTA

Ahí está la pregunta central de El viejo y el mar: ¿Santiago perdió? Materialmente, no existe ninguna duda. Había salido a buscar un pez que pudiera vender y regresa sin carne, herido, agotado y sin buena parte de sus instrumentos. Su gran conquista fue devorada por los tiburones. Sin embargo, el enorme esqueleto amarrado al bote permanece como prueba de aquello que hizo. Lo que parece una derrota contiene, al mismo tiempo, una forma profunda de victoria. De allí surge la idea más famosa del libro: un hombre puede ser destruido sin necesariamente ser derrotado. Convertida tantas veces en una consigna motivacional, corre el riesgo de perder su verdadero sentido. Hemingway no está prometiendo que la perseverancia siempre tendrá recompensa. De hecho, su novela demuestra exactamente lo contrario. Santiago puede hacer todo lo posible, soportar el dolor, demostrar su habilidad, vencer al pez y aun así perder aquello por lo que luchó. La dignidad no consiste en conseguir que las cosas salgan bien, sino en la manera de comportarse cuando empiezan a salir mal.

El mar participa de esa misma ambigüedad. Aunque el título podría sugerir una confrontación entre el viejo y el océano, Santiago nunca lo considera un enemigo. Lo ama, lo piensa como algo vivo, cambiante, generoso y cruel al mismo tiempo. Allí habitan el pez que necesita matar, los tiburones que destruyen su captura, los pájaros que le indican dónde puede haber alimento y las criaturas que contempla con ternura. La naturaleza no es buena ni mala. Simplemente existe, y el hombre forma parte de ella. Pesca porque necesita vivir, mata porque necesita comer y puede ser destruido por aquello mismo que necesita para sobrevivir.

LOS SÍMBOLOS DEBAJO DE LA HISTORIA

La sencillez argumental de la novela permitió innumerables interpretaciones. Una de las más evidentes tiene que ver con los leones que Santiago recuerda de su juventud. Los vio en las costas africanas cuando era joven y vuelve a soñar con ellos durante la historia. Curiosamente, no sueña con su esposa muerta, ni con los grandes peces capturados, ni con sus antiguas hazañas. Sueña con leones jugando en una playa. Pueden representar la juventud perdida, la fuerza, la libertad o la memoria de una época en la que su cuerpo parecía contener posibilidades infinitas. Lo importante es que, después de regresar exhausto y aparentemente vencido, vuelve a dormir y vuelve a soñar con ellos. Su cuerpo está destruido; algo dentro suyo permanece intacto.

También existe una lectura cristológica de Santiago. Las asociaciones son numerosas: el sufrimiento físico, las heridas en las manos, el sacrificio, las caídas y, especialmente, el regreso del viejo cargando el mástil del bote sobre los hombros, imagen que inevitablemente recuerda a Cristo cargando la cruz. Incluso su postura al dormir, con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba, refuerza esa lectura. No es necesario convertir la novela en una alegoría religiosa cerrada —algo que reduciría enormemente su riqueza—, pero Hemingway incorporó imágenes que conectan el sufrimiento individual de Santiago con una tradición cultural mucho más antigua sobre sacrificio, dolor y redención.

Los tiburones admiten igualmente múltiples interpretaciones. Pueden ser simplemente tiburones, y en el universo material de Hemingway eso ya es suficiente. Pero también pueden representar las fuerzas que destruyen aquello que un hombre consigue crear: el tiempo, la sociedad, la crítica, la codicia o incluso la muerte. Si se acepta la lectura autobiográfica, resulta tentador imaginar al escritor contemplando a los críticos que habían atacado su obra anterior. Sin embargo, la grandeza del símbolo reside precisamente en que Hemingway nunca lo clausura.

EL ICEBERG DE HEMINGWAY

El viejo y el mar es además una de las demostraciones más depuradas del procedimiento narrativo asociado al escritor: la llamada teoría del iceberg. Hemingway sostenía que un autor que conoce verdaderamente aquello sobre lo que escribe puede omitir información y conseguir que lo no dicho fortalezca el relato. Como sucede con un iceberg, la mayor parte permanece debajo de la superficie. Eso explica por qué la novela parece tan sencilla. Hemingway no ofrece extensos análisis psicológicos de Santiago ni explica qué representan los tiburones, los leones o el marlín. No escribe un tratado sobre la dignidad y tampoco dice al lector cómo debe interpretar la derrota. Muestra a un hombre herido sosteniendo un sedal, a un muchacho llorando cuando lo ve dormir y a un gigantesco esqueleto junto a la costa. El lector debe construir el resto.

La prosa responde a ese mismo principio. Predominan las oraciones directas, el vocabulario concreto y los objetos que pueden tocarse: bote, remo, sedal, cuchillo, pez, mano, agua, sol. La vida de Santiago está organizada alrededor de acciones elementales —preparar, remar, pescar, comer, dormir, resistir— y Hemingway evita cubrirlas de ornamentación. Sin embargo, de esa economía surge una enorme potencia poética. Una mano acalambrada puede hablar de la vejez; un pez que todavía no emerge del agua adquiere dimensiones mitológicas; un esqueleto puede representar simultáneamente la mayor victoria y la peor derrota. Esa es también una de las razones de la enorme influencia de Hemingway sobre la literatura posterior. Su estilo demostró que la intensidad no dependía de la abundancia verbal y que una narración podía adquirir profundidad precisamente mediante aquello que decidía callar.

EL LIBRO QUE DEVOLVIÓ A HEMINGWAY A LA CIMA

La recepción de El viejo y el mar fue extraordinaria. Su aparición completa en Life la convirtió inmediatamente en un acontecimiento editorial y la edición en libro confirmó la magnitud del fenómeno. En 1953 obtuvo el Pulitzer de Ficción y al año siguiente Hemingway recibió el Nobel de Literatura. La Academia Sueca destacó expresamente su dominio del arte narrativo, demostrado recientemente en El viejo y el mar, junto con la influencia que su estilo había ejercido sobre la escritura contemporánea.

El paralelismo con Santiago resultaba inevitable. Un escritor al que algunos consideraban en decadencia había escrito sobre un pescador al que todos consideraban acabado. Santiago sale al mar para demostrar que todavía puede realizar una gran captura; Hemingway vuelve a enfrentarse con la literatura para demostrar que todavía podía escribir una gran obra. El viejo encuentra el pez de su vida y Hemingway encuentra el libro que necesitaba.

Pero existe una diferencia fundamental: los tiburones pudieron destruir el marlín; no pudieron destruir la novela.

El viejo y el mar sería la última gran obra de ficción que Hemingway publicaría en vida. Durante los años siguientes su salud física y mental comenzó a deteriorarse. En 1954 sobrevivió a dos accidentes aéreos consecutivos durante un viaje por África, que agravaron lesiones y problemas que arrastraría durante el resto de su vida. Murió el 2 de julio de 1961, a los 61 años. Después aparecerían importantes obras póstumas, entre ellwas París era una fiesta, pero el último gran libro que el mundo leyó mientras Hemingway todavía vivía fue, significativamente, aquel sobre un viejo que debía demostrar que aún no estaba acabado.

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