El título no funciona únicamente como una bella metáfora. Vera Barros propone imaginar una pluralidad de leyes capaces de explicar las diferentes relaciones que los cuerpos mantienen con el suelo. Y enseguida aparecen las preguntas que atraviesan, explícita o silenciosamente, buena parte de estas páginas: “¿Cómo cantar la región? ¿Cómo relacionar suelo y palabra? ¿Cuál es el canto de la tierra?”. La gravedad es, entonces, fuerza de atracción, pero también peso, pertenencia, arraigo, memoria, seriedad, resistencia y hasta cuidado del planeta.
El volumen reúne más de cuarenta autores y autoras provenientes de La Rioja, Salta, Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero, Formosa, Jujuy, Misiones, Chaco y Córdoba. Conviven allí escritores de larga trayectoria, voces ya consolidadas y poetas más jóvenes; experiencias provenientes del NOA y el NEA; distintas generaciones, tradiciones y modos de entender la escritura. Entre ellos aparecen Leopoldo “Teuco” Castilla, Lucía Carmona, Aldo Parfeniuk, Héctor David Gatica, Pancho Cabral, Silvia Barei, Carlos Aldazábal, Idángel Betancourt, Pía Cabral, Carlos Paredes, Adriana Petrigliano, Javier Sosa, Belén Perea, Yael Guerrero, Juan Pablo Mercado, Marx Bauzá, Florencia y Mariana Agüero, además de muchas otras voces.
Enumerarlos, sin embargo, no alcanza para explicar el libro. Incluso puede resultar engañoso pensarlo como una antología en el sentido más tradicional del término. Aquí no hubo un compilador que recorrió las obras de los escritores para seleccionar aquellos poemas que consideró más representativos. El criterio fue otro: recuperar, fundamentalmente, aquello que cada participante llevó al encuentro. Algunos conservaron los textos que habían leído, otros retiraron poemas y algunos incorporaron otros que entendieron que deberían haber compartido. La nota editorial habla, con precisión, de “una suma de antologías personales”.
Ese procedimiento altera profundamente la naturaleza del volumen. Leyes de gravedad no pretende establecer un canon de la poesía del Norte ni determinar qué autores o textos deberían representar a una región. Conserva algo mucho más inestable y quizá por eso más atractivo: el rastro de un encuentro. Aquello que un poeta eligió leer frente a otros poetas, en determinado momento de su recorrido, dentro de una mesa y ante una audiencia concreta.
La historia comenzó antes. Adriana Petrigliano recuerda en el prólogo un encuentro realizado en Santiago del Estero en 2022 y la voluntad que comenzó a circular allí de reproducir esa experiencia en distintas provincias. La Rioja tomó la posta y el 8 y 9 de julio de 2023, en el marco de la Feria del Libro, el patio del Museo Folklórico recibió a los escritores. Lo importante, escribe Petrigliano, no fueron finalmente las fechas ni los proyectos sino esa reunión de voces: compartir aquello que el aire de cada territorio mueve en cada poeta, alzar la voz, escuchar el silencio de los paisajes, nombrarse y reconocerse.
La publicación de Leyes de gravedad también debe leerse dentro de un proceso editorial más amplio. El volumen fue editado por Plano Editorial, sello de la provincia de La Rioja que nació con el propósito de fortalecer y profesionalizar la producción de libros locales y regionales, generando mejores condiciones para su edición, circulación y promoción. En este caso, esa tarea adquiere una dimensión especialmente significativa: permite que un encuentro que podría haber quedado limitado a dos jornadas de lecturas y conversaciones se transforme en un libro de más de trescientas páginas, capaz de preservar, ordenar y proyectar una parte de la poesía contemporánea del Norte Grande.

UN TERRITORIO QUE NO ES UNA POSTAL
La primera tentación ante un volumen de estas características sería buscar aquello que unifica a sus autores. Una identidad norteña, acaso. Un paisaje común. Determinadas palabras, determinadas tradiciones. Y esos elementos efectivamente aparecen. Hay montañas, viento, monte, agua y falta de agua; hay desiertos, ríos, lluvias, pueblos, patios y ciudades. Hay vidalas, chayas, carnavales, memorias campesinas y antiguas formas de nombrar el mundo. Pero reducir el libro a eso implicaría empobrecerlo.
El Norte que aparece en Leyes de gravedad no es una postal. No existe una única manera de habitarlo y, por lo tanto, tampoco una sola manera de escribirlo. El territorio puede ser paisaje, pero también infancia, historia familiar, deseo, desigualdad, violencia, memoria política, pertenencia, ausencia o cuerpo. En algunos poemas se transforma en refugio; en otros, en algo contra lo cual es necesario luchar. A veces es la tierra a la que se vuelve y otras, la tierra de la que alguien debió marcharse.
Pancho Cabral constituye uno de los ejemplos más claros de una escritura en la que territorio y sonido resultan inseparables. En “Conjuros para curar el salitre” aparecen el zonda, las melgas, el retamo, Guanchín y los rituales mediante los cuales la tierra parece recuperar el verde. En “Manos en el viento”, dedicado a los antiguos vidaleros, circulan misachicos, chayas, salamancas, Machigasta y la vidala, pero no como inventario folklórico: funcionan dentro de un sistema poético en el que música, memoria y naturaleza forman parte de una misma materia.
Algo similar ocurre en “Puerto, canción y cuento”, dedicado a Héctor David Gatica. Allí Puerto Alegre aparece atravesado por la sequía y la soledad: un sitio cuyo nombre contradice su realidad, reducido a una casa, greda, jarilla y un sol desmesurado. Sin embargo, el poema decide devolverle mediante la palabra aquello que la geografía parece negarle. El lugar real termina convertido en territorio imaginado y, finalmente, en una forma de ternura.
En otros autores la relación entre geografía e identidad adquiere formas menos evidentes. En uno de los poemas incluidos en la antología, el lugar del que una persona proviene termina definiendo, aunque sea parcialmente, sus maneras de enfrentar el mundo. Allí la procedencia se enlaza con una historia familiar de mujeres que crían en ausencia de los hombres y con una idea de resistencia aprendida en una “tierra agreste”. El territorio deja de ser fondo escénico: interviene directamente en la construcción de una subjetividad.
Belén Perea lo formula de manera todavía más explícita en su presentación: escribe y canta desde su lugar, su territorio, su cuerpo y su deseo. En sus poemas, La Rioja es simultáneamente geografía e historia. “20 de Mayo” habla directamente a una tierra herida, campesina, caudilla y montonera, mientras “Tengo un azul” vuelve íntimo aquello que antes era colectivo: una tierra alojada en la garganta, un cielo “gratis y riojano” que entra en la cotidianeidad de una casa, un trabajo, un jardín y unas ausencias.
Es justamente allí donde Leyes de gravedad empieza a escapar de cualquier definición demasiado cómoda de literatura regional. Porque la región no constituye un tema obligatorio ni un repertorio de símbolos que todos los escritores deban compartir. Es, más bien, una posición desde la cual mirar.
GENERACIONES Y LENGUAJES
El propio Vera Barros propone varias maneras posibles de recorrer el volumen. Puede leerse por generaciones -los noveles, los autores con oficio y publicaciones, los consagrados-, por provincias, por regiones, por estilos, tradiciones o incluso siguiendo el orden de las mesas del encuentro. También puede hacerse, simplemente, por azar. Esa libertad resulta necesaria porque las diferencias son enormes. Los registros más ligados a tradiciones musicales y orales conviven con escrituras urbanas, experimentales, intimistas, políticas o atravesadas por referencias culturales contemporáneas. Vera Barros señala, por ejemplo, la energía performática de los jóvenes poetas del NEA frente a la serenidad de escritores experimentados como Castilla, Carmona o Parfeniuk. También advierte la distancia entre la escritura epigramática de Marco Rossi Peralta y la imaginación pop, espacial y astral de Marx Bauzá. Más que debilitar al libro, esas diferencias le dan sentido. Si todos escribieran aproximadamente desde la misma tradición, la idea de encuentro perdería buena parte de su fuerza. Leyes de gravedad resulta interesante precisamente porque obliga a abandonar la expectativa de una voz colectiva uniforme.
Hay poetas para quienes la memoria social resulta inseparable de la experiencia individual; otros trabajan desde el humor o la irreverencia; algunos se acercan a la canción, otros a la narración, la plegaria, el manifiesto o la imagen fragmentaria. Hay poemas donde la naturaleza conserva resonancias míticas y otros donde el universo tecnológico y científico ofrece un nuevo repertorio de metáforas. Hay religiosidad, cuerpos, maternidades, pérdidas, erotismo, injusticia, pueblos pequeños y ciudades. También aparecen dudas sobre la propia escritura, sobre la posibilidad de nombrar, sobre aquello que una palabra alcanza a conservar cuando todo lo demás se pierde.
En este sentido, la antología plantea algo más interesante que la búsqueda de rasgos comunes. Permite comprobar cómo escritores pertenecientes a una misma región pueden participar de mundos poéticos radicalmente diferentes y, al mismo tiempo, cómo determinadas preocupaciones regresan bajo formas inesperadas. El agua, por ejemplo, puede ser paisaje, escasez, memoria, purificación o amenaza. La tierra puede ser origen y condena. El cuerpo puede funcionar como territorio individual y como lugar donde las violencias colectivas dejan sus marcas.
¿EXISTE UNA POESÍA REGIONAL?
La pregunta sobre el Norte encuentra una suerte de respuesta —o de impugnación— cerca del final del volumen. Allí se reproduce la entrevista realizada durante el encuentro a Leopoldo “Teuco” Castilla. Cuando se le pregunta qué siente al escuchar hablar de “poesía regional”, responde con una afirmación que podría funcionar como contraseña para leer toda la antología: toda poesía es regional. También lo sería, dice, un poema escrito en un café de París. La diferencia no estaría, entonces, entre una literatura universal y otra encerrada en su lugar de origen, sino en la capacidad de una escritura para mirar realmente el mundo que tiene alrededor.
La reflexión resulta especialmente valiosa frente al viejo prejuicio que convierte lo regional en una categoría menor: aquello que necesita desprenderse de sus marcas locales para volverse universal. Castilla invierte el razonamiento. Una piedra cercana puede contener más leyenda, misterio y vuelo que una enorme enciclopedia. No hay contradicción entre territorio y universalidad porque lo universal únicamente puede experimentarse desde algún lugar.
En aquella conversación aparece además otra idea que dialoga poderosamente con el título del libro. Castilla recuerda una escena observada en Galicia: un perro, un chico y un viejo desplazándose a velocidades diferentes pero sometidos todos a una misma caída. Allí percibe “el ritmo de la gravedad”, el mandato que la gravedad ejerce sobre los cuerpos. Resulta difícil no leer esa imagen como una involuntaria síntesis de la antología: generaciones, trayectorias y velocidades distintas sometidas a alguna clase de fuerza compartida.
UN LIBRO QUE CONSERVA UN ENCUENTRO
Hay finalmente una dimensión documental que distingue a Leyes de gravedad. El libro no termina cuando terminan los poemas. Incluye el programa de las jornadas para que puedan reconstruirse las mesas, los cruces generacionales y los contrapuntos territoriales y estéticos. También incorpora la entrevista a Castilla, realizada durante la segunda jornada y originalmente publicada en el suplemento 1591 Cultura+Espectáculos. La intención editorial es explícita: permitir que el encuentro pueda ser, de algún modo, revivido.
Eso convierte al volumen en algo más que una recopilación. La poesía oral sucede y desaparece. Alguien lee un poema, otra persona escucha, queda una impresión, tal vez una conversación posterior. El libro intenta rescatar algo de ese carácter efímero y transformarlo en memoria. No puede devolver las voces, los silencios, las inflexiones ni el clima de aquellos dos días fríos de julio, pero puede conservar el repertorio de textos que allí circularon y reconstruir una parte de aquella comunidad momentánea.
Quizás por eso resulte particularmente acertada la imagen que utiliza Petrigliano cuando habla de la antología como un nuevo paisaje formado por voces y acentos. Porque Leyes de gravedad no dibuja las fronteras de una región ni pretende fijar definitivamente cómo se escribe en el Norte argentino. Hace algo bastante más valioso: permite observar qué ocurre cuando escritores nacidos o arraigados en territorios diferentes colocan sus palabras unas junto a otras.
El resultado es necesariamente irregular, como toda antología extensa, y también necesariamente contradictorio. No todas las poéticas dialogan entre sí con la misma intensidad ni todos los textos parecen responder a las preguntas que el título propone. Pero esa falta de uniformidad forma parte de su interés. El Norte Grande que emerge de estas páginas no es una unidad estética sino una constelación.
Tal vez esa sea finalmente la principal virtud del libro. Frente a cualquier intento de reducir una región a paisaje, tradición o identidad, Leyes de gravedad devuelve multiplicidad. Hay muchas tierras dentro de la tierra, muchos Nortes dentro del Norte y muchas maneras de permanecer ligados al lugar del que se proviene. Algunas palabras caen hacia la infancia, otras hacia la historia; algunas hacia el cuerpo, el monte, la ciudad, el deseo o la memoria. Todas parecen obedecer a alguna gravedad, aunque no necesariamente a la misma ley.
Y acaso por eso la pregunta que abre el libro —cómo cantar la región— no encuentre una respuesta única. Las más de trescientas páginas de esta antología sugieren otra posibilidad: una región no se canta de una sola manera. Se la escucha en la diferencia de todas sus voces.