Todos conservamos en algún lugar de la memoria a un profesor. Quizás ya no recordemos con precisión el contenido de sus clases, las fechas que escribió en el pizarrón o los textos que formaban parte del programa. Sin embargo, permanece una frase, una pregunta, un libro recomendado o ese momento en que alguien nos hizo sentir que éramos capaces de comprender algo que hasta entonces parecía lejano. A veces, el verdadero trabajo de un profesor comienza a revelarse mucho después de que la clase ha terminado.
Cada 17 de septiembre se celebra en la Argentina el Día del Profesor. La fecha recuerda la muerte de José Manuel Estrada, ocurrida en 1894, y reconoce a quienes asumieron la enseñanza como profesión y compromiso público. Pero una efeméride puede ser algo más que una indicación en el calendario. Puede convertirse en una oportunidad para mirar hacia atrás, recuperar ciertas trayectorias y, sobre todo, utilizarlas para interrogar nuestro propio tiempo.
En La Rioja, esa búsqueda conduce inevitablemente hacia Joaquín V. González, Rosario Vera Peñaloza y Arturo Marasso. Los tres pertenecieron a otro momento histórico, conocieron otra escuela y enseñaron en un mundo muy diferente del nuestro. No convivieron con internet, las redes sociales, las plataformas digitales o la inteligencia artificial. Tampoco tuvieron que enseñarles a estudiantes atravesados por la inmediatez de las pantallas y por un flujo de información que parece no detenerse nunca. Sin embargo, la pregunta resulta inevitable: ¿qué harían ellos frente a los desafíos educativos de este tiempo?
No podemos saber con exactitud qué responderían. Sería injusto atribuirles opiniones sobre problemas que no llegaron a conocer. Pero sí podemos observar lo que hicieron frente a las dificultades de su época. Sus obras, sus decisiones y sus maneras de comprender la enseñanza permiten imaginar desde qué lugar se acercarían a las preguntas actuales.
Producir conocimiento
Joaquín V. González nació en Nonogasta en 1863. Fue escritor, jurista, gobernador de La Rioja, legislador, ministro y académico, pero detrás de esa multiplicidad de funciones aparece una convicción que atravesó buena parte de su vida: la educación no podía quedar librada a esfuerzos individuales ni depender exclusivamente de la voluntad de quienes enseñaban. Necesitaba instituciones, recursos, políticas públicas y una mirada de largo plazo.
Su intervención decisiva en la organización y nacionalización de la Universidad de La Plata expresó esa concepción. González no pensó la universidad como una simple suma de carreras destinadas a entregar títulos. La imaginó como un ámbito en el que debían convivir la enseñanza, la ciencia, la investigación, la cultura y la relación con la sociedad. Para él, educar también significaba construir lugares capaces de producir conocimiento y de ponerlo al servicio de un proyecto colectivo.
¿Qué haría González frente a los desafíos actuales? Probablemente comenzaría por preguntarse qué instituciones necesitamos para este nuevo mundo. No se limitaría a discutir si un estudiante debe o no utilizar inteligencia artificial para realizar una tarea. Antes preguntaría quiénes pueden acceder a esa tecnología, quiénes comprenden su funcionamiento, quiénes controlan sus contenidos y qué capacidad tiene el sistema educativo para incorporarla sin quedar subordinado a ella.
En tiempos en que una herramienta digital puede responder en segundos, resumir un libro o redactar un trabajo, González posiblemente insistiría en algo fundamental: tener acceso a una respuesta no equivale a producir conocimiento. La información puede aparecer inmediatamente en una pantalla; la capacidad de interpretarla, discutirla y relacionarla con la realidad todavía necesita formación. Tal vez reclamaría instituciones capaces de enseñar a utilizar las nuevas herramientas sin renunciar al pensamiento crítico.
También advertiría que la innovación tecnológica no resuelve por sí misma las desigualdades. Una computadora, un teléfono o una conexión a internet pueden ampliar las posibilidades de aprendizaje, pero también pueden profundizar las distancias cuando no existen condiciones similares de acceso y acompañamiento. Si en su tiempo González creyó que educar era construir instituciones para una nación en formación, hoy seguramente se preguntaría qué estructuras públicas hacen falta para que el conocimiento no se convierta en un privilegio administrado por el mercado.
Una experiencia concreta
Rosarito nació en Atiles en 1873. Fue maestra, directora, inspectora y formadora de docentes. Su nombre está estrechamente ligado con el desarrollo de la educación inicial en la Argentina, pero su obra fue mucho más amplia. Entendió que aprender no consistía en repetir palabras ajenas ni en permanecer inmóvil frente a alguien que explicaba. El conocimiento podía nacer del juego, la observación, los objetos cotidianos, el trabajo con las manos y la exploración del ambiente.
Su experiencia en el Museo Argentino para la Escuela Primaria reunió muchas de esas ideas. Allí relacionó la geografía con la historia, la naturaleza, los oficios y las expresiones culturales. La propuesta partía de una concepción pedagógica de Joaquín V. González, que colocaba la geografía en la base de la enseñanza, pero Rosarito transformó esa teoría en una experiencia concreta. Incorporó artesanías, danzas, instrumentos musicales, elementos regionales y manifestaciones del folclore. Enseñó que el mundo podía entrar en el aula sin perder su textura, sus sonidos ni su relación con la vida cotidiana.
¿Qué haría Rosarito en una escuela atravesada por las pantallas? Probablemente no las rechazaría. Su trayectoria muestra a una educadora dispuesta a crear recursos, ensayar métodos y aprovechar las herramientas disponibles. Pero difícilmente aceptaría que una pantalla reemplazara la experiencia. Quizás recordaría que conocer un árbol no es solamente buscar su nombre en internet; también es observar sus hojas, tocar su corteza, reconocer su sombra y descubrir qué lugar ocupa en la vida de una comunidad.
En un tiempo marcado por estímulos breves, imágenes veloces y dificultades crecientes para sostener la atención, Rosarito posiblemente volvería a preguntar cómo despertar la curiosidad. No cómo obligar a un estudiante a permanecer quieto y en silencio, sino cómo ofrecerle una experiencia que merezca su atención. Frente a una educación tentada muchas veces por respuestas uniformes, defendería el juego, la exploración, la creatividad y el vínculo con el territorio.
También tendría algo que decir ante la progresiva homogeneización cultural. Las mismas imágenes, músicas y contenidos circulan simultáneamente por millones de pantallas, mientras muchos niños desconocen las historias, palabras y expresiones del lugar en el que viven. Rosarito no propondría encerrarse en lo local, pero seguramente insistiría en que nadie necesita negar su propio paisaje para comprender el mundo. Lo cercano puede ser el punto de partida para llegar a lo universal.
Una puerta a lo desconocido
Arturo Marasso nació en Chilecito en 1890. Fue maestro, poeta, ensayista, crítico y profesor. Dedicó gran parte de su vida al estudio de la literatura clásica, la poesía española, Cervantes, Góngora y Rubén Darío. Su figura permite acercarnos a una dimensión más íntima de la enseñanza: el vínculo que se establece entre un profesor y un estudiante cuando el primero logra advertir una posibilidad que todavía permanece oculta.
Entre sus alumnos estuvo Julio Cortázar. El futuro escritor lo recordaría como uno de los profesores significativos de su formación. Marasso reconoció su inclinación literaria, le acercó lecturas y lo condujo hacia autores que ampliaron su mundo. Antes de convertirse en una figura central de la literatura argentina, Cortázar fue un joven estudiante frente a un profesor que supo observarlo.
¿Qué haría Marasso en este tiempo? Posiblemente seguiría recomendando libros, aunque ahora tuviera que competir con notificaciones, videos breves, mensajes y algoritmos diseñados para capturar la atención. Quizás no discutiría solamente si los jóvenes leen más o menos que antes. Se preguntaría qué leen, cómo leen, quién decide lo que aparece frente a ellos y cuánto espacio queda para el descubrimiento personal.
Un algoritmo recomienda contenidos a partir de lo que ya conoce sobre nosotros. Un verdadero profesor, en cambio, puede acercarnos algo que nunca habríamos buscado por nuestra cuenta. Puede interrumpir nuestras preferencias y conducirnos hacia un autor, una idea o una pregunta inesperada. Marasso posiblemente defendería esa capacidad de la enseñanza: no limitarse a confirmar lo que el estudiante ya sabe o desea, sino abrirle una puerta hacia aquello cuya existencia todavía desconoce.
Frente a la inteligencia artificial, quizás formularía una pregunta anterior a cualquier prohibición: ¿qué clase de relación queremos mantener con las palabras? Una herramienta puede ordenar datos, corregir una oración o producir un texto, pero la lectura profunda, la sensibilidad estética y la búsqueda de una voz propia siguen necesitando tiempo. Marasso recordaría que leer no es solamente extraer información de una página. También es demorarse, escuchar el ritmo de una frase y permitir que una obra modifique nuestra manera de mirar.
¿Qué estamos dispuestos a recuperar?
González, Rosarito y Marasso representarían así tres posibles respuestas frente al presente. González preguntaría qué instituciones necesitamos para democratizar el conocimiento y evitar que la tecnología profundice las desigualdades. Rosarito buscaría transformar las nuevas herramientas en experiencias capaces de despertar la curiosidad sin abandonar el juego, el cuerpo ni el territorio. Marasso defendería la lectura, la conversación y el encuentro personal frente a los mecanismos que pretenden anticipar y administrar nuestros intereses.
Los tres probablemente coincidirían en algo: la educación no puede vivir de espaldas a su tiempo, pero tampoco debe someterse ciegamente a él. La escuela y la universidad no están llamadas a perseguir cada novedad, sino a ofrecer las herramientas necesarias para comprenderla, utilizarla y discutirla. No deberían negar el presente, aunque sí enseñar a tomar cierta distancia frente a él.
Tal vez la gran pregunta del 17 de septiembre no sea, entonces, cómo enseñarían estas figuras si estuvieran hoy entre nosotros. Quizás debamos preguntarnos qué estamos dispuestos a recuperar de ellas. De González, la convicción de que la educación necesita políticas públicas e instituciones capaces de proyectarse más allá de las urgencias. De Rosarito, la certeza de que se aprende con la inteligencia, pero también con la imaginación, las manos y el contacto con el mundo. De Marasso, la atención necesaria para descubrir en cada estudiante una posibilidad irrepetible.
La tecnología seguirá cambiando. Las formas de leer, escribir y comunicarnos serán diferentes. Aparecerán herramientas que hoy todavía no podemos imaginar. Pero algo esencial permanecerá: alguien tendrá que enseñar a formular preguntas, distinguir una información confiable de una falsedad, relacionar los conocimientos y comprender que no todo lo importante puede resolverse con una respuesta instantánea.
Quizás eso harían hoy Joaquín V. González, Rosarito y Arturo Marasso: no intentarían reconstruir la escuela del pasado ni se quedarían contemplando con temor las transformaciones del presente. Buscarían comprenderlas. Crearían instituciones, inventarían experiencias y acercarían libros. Sobre todo, volverían a recordarnos que educar no es entregar respuestas terminadas, sino ayudar a otra persona a construir las preguntas con las que podrá abrirse camino en el mundo.