Ese breve intervalo al que llamamos felicidad

Una reseña para el libro «La tregua», del escritor uruguayo Mario Benedetti.

En 1960, Mario Benedetti publicó en Montevideo la historia de Martín Santomé, un empleado viudo, próximo a jubilarse, que descubre inesperadamente que todavía puede enamorarse. La aparición de Laura Avellaneda transforma una existencia consumida por la rutina y abre un breve período de felicidad cuya fragilidad terminará revelando el verdadero sentido del título.

Convertida en la novela más difundida de Benedetti, La tregua permanece como una extraordinaria reflexión sobre el paso del tiempo, la soledad, el amor, la familia y esa vida que algunas veces empieza justamente cuando creíamos que lo esencial ya había sucedido.

Martín Santomé tiene 49 años y está esperando jubilarse. Es viudo, tiene tres hijos adultos con los que mantiene relaciones difíciles y lleva décadas trabajando en una oficina de Montevideo. Cuenta los días que faltan para abandonar el empleo, aunque ni siquiera sabe exactamente qué hará cuando llegue ese momento. Su existencia transcurre entre horarios, escritorios, expedientes, cafés, comidas y conversaciones familiares que rara vez alcanzan una verdadera intimidad.

Entonces aparece Laura Avellaneda. Es joven, comienza a trabajar en la misma oficina y, sin que ninguno de los dos pueda preverlo, altera completamente la vida de ese hombre que parecía haber aceptado que todo lo importante ya había ocurrido.

Con ese argumento deliberadamente sencillo, Mario Benedetti construyó una de las novelas más perdurables de la literatura latinoamericana. La tregua fue publicada en 1960 por la editorial Alfa y terminó convirtiéndose en su libro más editado y traducido, además de cimentar su proyección internacional. Su territorio es la vida común: personas que trabajan, envejecen, toman un ómnibus, esperan el sueldo, almuerzan a determinada hora, regresan a sus casas y descubren un día que los años se acumularon casi sin pedir permiso. Benedetti encuentra allí una materia literaria extraordinaria y demuestra que una oficina puede contener todas las preguntas esenciales de una existencia.

No es casual que conociera ese mundo desde adentro. Benedetti escribió íntegramente La tregua durante cinco meses de 1959 mientras todavía trabajaba en la empresa Francisco Piria, en la Ciudad Vieja de Montevideo. Disponía de dos horas para almorzar y, en lugar de regresar a su casa de Malvín, se instalaba en una mesa del café Sorocabana de la calle 25 de Mayo, comía algo, tomaba café y escribía. Años después recordaría que allí mismo observaba a los empleados que transitaban diariamente ese universo de rutinas que conocía perfectamente. Incluso el punto de partida de la historia tenía una raíz real: uno de sus jefes, viudo y cercano a los cincuenta años, se había enamorado de una mujer que tenía aproximadamente la mitad de su edad.

Esa cercanía explica la precisión con la que Benedetti construye a Santomé. No lo contempla desde afuera ni lo convierte en caricatura del burócrata. Comprende perfectamente qué significa vivir sometido durante décadas a horarios y obligaciones hasta que el trabajo deja de ser solamente una ocupación y se convierte en una forma de organizar la existencia. La jubilación aparece inicialmente como una liberación, pero poco a poco comienza a revelar una amenaza: si durante tantos años el empleo determinó quién era, ¿quién será Santomé cuando ya no tenga que ir a la oficina?

LA VIDA QUE SE VA CUMPLIENDO

Benedetti eligió la forma del diario íntimo y esa decisión resulta fundamental. Todo lo conocemos a través de Santomé. No existe un narrador exterior que pueda corregirlo, mostrarnos directamente qué piensan sus hijos o explicarnos quién es realmente Avellaneda. Estamos encerrados dentro de la mirada de un hombre que intenta comprender su propia vida mientras la escribe. Hay días importantes y otros en los que apenas encuentra algo que registrar; entradas extensas y anotaciones breves; acontecimientos decisivos mezclados con preocupaciones triviales. El tiempo del relato adquiere así una materialidad particular porque el lector no recibe una vida ya ordenada retrospectivamente: acompaña su transcurso.

Santomé piensa constantemente en el tiempo. Calcula cuánto falta para jubilarse, recuerda a Isabel, su esposa muerta, observa el crecimiento de sus hijos y empieza a percibir el envejecimiento de su propio cuerpo. Pero su problema más profundo no es la edad. Es la sospecha de haber confundido progresivamente vivir con cumplir. Cumplir horarios, obligaciones laborales, responsabilidades paternas y convenciones sociales. No existe una gran tragedia reciente que explique su tristeza; hay algo mucho más difícil de detectar y probablemente mucho más universal: se ha acostumbrado a una existencia disminuida.

La rutina no lo destruye de golpe. Lo va apagando.

También su familia expresa esa dificultad. Santomé quiere a Esteban, Blanca y Jaime, pero muchas veces no sabe cómo acercarse a ellos. La muerte de Isabel lo dejó a cargo de tres hijos cuando todavía eran pequeños y el paso de los años construyó entre ellos una distancia hecha de silencios, reproches y afectos que rara vez consiguen expresarse. Blanca es quien logra establecer una relación más cercana con su padre; Esteban representa una zona más áspera y Jaime introduce uno de los conflictos sociales más significativos de la novela a partir de su homosexualidad y de la reacción inicial de Santomé.

Leída más de seis décadas después, esa zona permite observar tanto los prejuicios de la sociedad montevideana de fines de los cincuenta como las limitaciones del protagonista. Benedetti no construye a Santomé para que el lector apruebe todo cuanto piensa. Puede ser sensible y prejuicioso, generoso y egoísta, lúcido y mezquino. Esa contradicción es precisamente la que lo vuelve humano. La tregua no necesita un protagonista admirable: necesita un hombre reconocible.

Montevideo completa ese universo. La ciudad aparece a través de oficinas, cafés, calles, horarios y recorridos cotidianos. Benedetti había encontrado ya en Poemas de la oficina y Montevideanos un territorio literario propio: la clase media urbana, sus pequeñas frustraciones, sus aspiraciones, sus rutinas y sus derrotas silenciosas. La Fundación Mario Benedetti sitúa precisamente esas obras, junto con La tregua, en el período en que su literatura alcanzó madurez y comenzó a proyectarlo internacionalmente.

AVELLANEDA Y EL REGRESO AL PRESENTE

Laura Avellaneda tiene 24 años cuando ingresa a trabajar en la oficina. La diferencia de edad con Santomé es considerable y el propio protagonista la percibe inmediatamente como un límite. Sin embargo, la relación se construye poco a poco, lejos de cualquier enamoramiento espectacular. Primero existe atención, después curiosidad, conversaciones, pequeños gestos y finalmente la constatación de que entre ambos está sucediendo algo que ninguno había previsto.

La importancia de Avellaneda excede ampliamente su condición de personaje amoroso. Hasta conocerla, Santomé vive fundamentalmente entre dos tiempos: el pasado, ocupado por Isabel y por aquello que perdió, y el futuro, representado por la jubilación. Avellaneda introduce algo que prácticamente había desaparecido de su vida: el presente. De pronto vuelve a esperar un encuentro, a experimentar deseo, a preocuparse por su aspecto, a temer perder algo y a imaginar posibilidades. El hombre que contaba cuánto faltaba para dejar de trabajar vuelve a tener razones para esperar el día siguiente.

Benedetti aborda además un territorio poco frecuente en las grandes historias románticas: el amor de un hombre que considera terminada la etapa de su vida en la que todavía podían suceder esas cosas. Santomé no es joven, es viudo, tiene hijos adultos y contempla la proximidad de la jubilación como una especie de frontera. Por eso la relación contiene también una pregunta acerca de la edad y del derecho a comenzar nuevamente cuando la sociedad parece indicar que ha llegado el momento de prepararse para las despedidas.

Avellaneda no rejuvenece mágicamente a Santomé ni borra todo lo ocurrido antes. Benedetti evita esa salida sentimental. Lo que hace es demostrarle que la vida todavía puede suceder. También la sexualidad forma parte de ese descubrimiento y resulta significativa la naturalidad con la que una novela publicada en 1960 presenta la intimidad entre dos adultos que construyen un espacio propio sin necesidad de convertir inmediatamente el vínculo en matrimonio. El pequeño departamento donde se encuentran funciona como refugio, pero sobre todo como territorio apartado de las identidades que organizan la vida exterior. Allí Santomé deja momentáneamente de ser el jefe, el viudo, el padre y el futuro jubilado.

Puede simplemente ser un hombre enamorado.

Ese desplazamiento permite comprender finalmente el título. Una tregua no es la paz definitiva. Es una suspensión temporal del conflicto. La palabra contiene desde el comienzo la posibilidad de que aquello que se ha interrumpido vuelva. Santomé no recibe una nueva vida que cancela la anterior: recibe un intervalo. Y allí Benedetti plantea una concepción de la felicidad mucho menos tranquilizadora que la habitual. La felicidad quizá no sea el lugar al que finalmente llegamos después de superar las dificultades. Tal vez sea algo mucho más precario: un tiempo excepcional que se abre dentro de una existencia y cuya duración nunca conocemos.

Por eso Santomé disfruta y teme simultáneamente. Haber recuperado la capacidad de amar significa también haber recuperado la posibilidad de perder.

LA TREGUA Y EL REGRESO DE LA INTEMPERIE

La muerte repentina de Avellaneda produce uno de los golpes más dolorosos de la novela precisamente porque Benedetti se niega a convertirlo en espectáculo. No construye una extensa agonía ni prepara una escena diseñada para extraer lágrimas. La ausencia irrumpe con una brutalidad proporcional a su sencillez. Avellaneda estaba y, de pronto, deja de estar.

Es entonces cuando el título termina de revelar todo su significado. Santomé había empezado a imaginar una continuidad y descubre que aquello que interpretaba como un nuevo comienzo había sido apenas una interrupción. Antes de Avellaneda estaba la rutina y después de ella vuelve la rutina. Pero quien regresa a esa vida ya no es el mismo hombre, porque ahora sabe que otra existencia era posible.

Ese conocimiento quizá sea todavía más doloroso que su resignación anterior. Antes podía pensar que su vida simplemente había resultado así. Después de Avellaneda sabe que podía haber sido diferente. La pérdida no borra la felicidad: la vuelve irrecuperable.

La tragedia conduce también hacia una interrogación sobre Dios y el sentido de aquello que acaba de ocurrir. Santomé no posee una religiosidad serena. Duda, reprocha, intenta comprender qué clase de orden puede conceder una felicidad inesperada para retirarla inmediatamente después. La pregunta termina excediendo cualquier doctrina religiosa: ¿es preferible haber conocido algo extraordinario y perderlo o no haberlo conocido jamás?

Benedetti no ofrece una respuesta tranquilizadora. Tampoco presenta el amor como recompensa por los años de soledad de Santomé. El universo de La tregua no lleva una contabilidad moral en la que el sufrimiento acumulado otorgue derecho a una compensación. Las cosas ocurren y después pueden dejar de ocurrir. Lo único que nadie puede modificar es que sucedieron.

La aparente sencillez de la prosa resulta decisiva para producir ese efecto. Benedetti no exhibe virtuosismo formal ni utiliza un lenguaje que pretenda recordar permanentemente al lector que se encuentra frente a una obra literaria. Santomé escribe como podría escribir Santomé. Esa accesibilidad fue una de las razones de la enorme popularidad del autor y también, durante mucho tiempo, motivo de cierta condescendencia crítica. Pero confundir claridad con superficialidad supone ignorar el procedimiento central del libro: los grandes asuntos entran en la novela sin anunciarse. La muerte, el deseo, la vejez, la homosexualidad, Dios, la familia, el trabajo, la soledad y la felicidad conviven con horarios, trámites, almuerzos y expedientes porque así conviven también en la vida.

DE MONTEVIDEO AL MUNDO

La tregua apareció en 1960, justo antes de la explosión internacional del llamado Boom latinoamericano. En los años siguientes llegarían novelas que transformarían la percepción mundial de la literatura de la región, pero Benedetti había encontrado otro camino hacia la universalidad. No necesitó construir una gran saga familiar, experimentar radicalmente con la estructura ni inventar un territorio mítico. Le alcanzaron un empleado administrativo, una oficina, una ciudad, una mujer y el paso de los días.

La operación parece pequeña y es precisamente allí donde reside su fuerza. El Montevideo de Santomé es reconocible y específico, pero su conflicto puede trasladarse a casi cualquier ciudad moderna. Trabajar durante décadas, descubrir que el tiempo pasó y preguntarse cuánto de ese tiempo fue verdaderamente vivido constituye una experiencia que desborda ampliamente las fronteras uruguayas. Esa capacidad explica en buena medida que La tregua terminara siendo la obra más conocida de Benedetti y la que cimentó su proyección internacional.

Argentina desempeñó además un papel decisivo en la ampliación de ese legado. En 1974, Sergio Renán eligió la novela para su debut como director cinematográfico. Con guion de Renán y Aída Bortnik, Héctor Alterio interpretó a Martín Santomé y Ana María Picchio a Laura Avellaneda. La acción fue trasladada de Montevideo a Buenos Aires y un elenco extraordinario reunió, entre otros, a Luis Brandoni, Marilina Ross, Oscar Martínez, Cipe Lincovsky, China Zorrilla, Norma Aleandro y Antonio Gasalla. La adaptación terminó convirtiéndose en un hito: fue la primera película argentina nominada al Oscar a mejor película extranjera.

Ese traslado de una orilla a otra del Río de la Plata confirmó algo que ya estaba contenido en el libro. Santomé podía ser montevideano y al mismo tiempo pertenecer a cualquier ciudad. La oficina podía cambiar, las calles podían cambiar y los rostros podían ser los de Alterio y Picchio, pero la pregunta central permanecía intacta.

Más de seis décadas después, buena parte del mundo material de La tregua desapareció o se transformó. Cambiaron las oficinas, las relaciones laborales, las estructuras familiares, las costumbres sexuales y las formas de comunicación. Sin embargo, Santomé continúa resultando inquietantemente reconocible porque la verdadera materia de la novela nunca fue la burocracia montevideana de 1958.

Fue el tiempo.

Benedetti comprendió que una vida puede agotarse sin necesidad de una catástrofe. Basta con repetir suficientemente los días. Por eso Avellaneda no llega exactamente para salvar a Santomé, sino para demostrarle que todavía podía ocurrir algo. Su muerte no anula esa experiencia; por el contrario, la vuelve definitiva.

Tal vez allí se encuentre la razón por la que La tregua continúa conmoviendo. Todos conocemos de alguna manera la rutina, la espera, la pérdida y el temor de que las cosas verdaderamente importantes hayan sucedido ya. Y todos quisiéramos creer que, incluso dentro de una vida aparentemente decidida, todavía puede aparecer algo capaz de modificarla.

Benedetti concede esa posibilidad, pero se niega a convertirla en promesa. Santomé recibe una tregua, no una salvación. Durante un breve período vuelve a enamorarse, a desear, a esperar, a hacer planes y a ser esperado por otra persona. Después pierde todo aquello y debe regresar al territorio del que había salido.

Pero regresa sabiendo algo que antes ignoraba: fue feliz.

Quizá por eso La tregua sigue doliendo después de tantos años. No solamente porque Avellaneda muere, sino porque Santomé alcanza finalmente una vida que ya no sabía que podía tener y descubre, justo entonces, que también la felicidad tiene tiempo.

La tregua termina.

Haber sido breve no significa que no haya existido.

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