Aprender a construir alas

Una reseña para el libro El vuelo, de María «La Bruja» Salguero.

“Me dijeron que no y aprendí a construir alas”. La frase elegida por María “La Bruja” Salguero para abrir “El vuelo” no cumple una función meramente introductoria ni busca ofrecer una consigna fácil de recordar. Contiene, en realidad, la clave de lectura de todo el libro: la respuesta de una mujer que ha debido transformar los límites, las pérdidas, los mandatos y las adversidades en una fuerza capaz de impulsarla. Antes que una celebración ingenua de la libertad, este primer volumen de poemas constituye el registro de una conquista. Para volar, parece decir la autora, primero fue necesario reconocer las paredes, derrumbarlas ladrillo por ladrillo y asumir que algunas de ellas también habían sido levantadas desde adentro.

La publicación de este libro tiene un significado particular para la cultura riojana. La Bruja Salguero es una de las voces más representativas de La Rioja, una artista que ha construido su camino desde la raíz folklórica sin quedar encerrada en sus formas más previsibles y que ha llevado la identidad de su tierra a escenarios de todo el país. Su canto reúne la tradición y la búsqueda, el paisaje y la conciencia social, el repertorio heredado y una sensibilidad contemporánea atenta a las desigualdades, las identidades y los derechos. En “El vuelo”, ese universo no desaparece, pero cambia de soporte. La voz conocida por su intensidad interpretativa ingresa en la página y acepta otro tipo de desnudez: ya no cuenta con la música, el gesto, la presencia escénica ni la vibración irrepetible de una interpretación. Ahora debe sostenerse en la palabra.

Ese pasaje del canto a la escritura constituye uno de los núcleos más interesantes del libro. La Bruja no intenta desprenderse de su condición de cantora para presentarse como alguien completamente distinta. Tampoco convierte el volumen en una simple recopilación de letras destinadas a ser musicalizadas. Su poesía conserva una respiración oral, una evidente percepción del ritmo y una predilección por las repeticiones, las enumeraciones y las estructuras que podrían encontrar naturalmente una melodía, pero al mismo tiempo reclama su lugar en el silencio de la lectura. Hay versos que se oyen incluso cuando se leen en voz baja. Las palabras “vuelo”, “alas”, “latido”, “brotar”, “fuego”, “piel”, “tierra”, “viento” y “memoria” reaparecen como notas de una composición mayor, articulando los distintos momentos del libro.

“El vuelo”, publicado por Ediciones La Yunta, reúne 47 poemas distribuidos en 112 páginas. La edición es sobria, de diseño limpio y amplio espacio en blanco, una decisión que permite que los textos respiren y que cada poema encuentre su propio tiempo. Esa austeridad visual resulta especialmente apropiada para una obra en la que la palabra necesita desprenderse de la figura pública de su autora y presentarse sin demasiadas mediaciones. La fotografía de tapa pertenece a Leo Cuevas y el libro está dedicado a Dios, a Emma y Tino, a sus hijos, a la familia construida “por todos los colores del amor y la complicidad” y, de manera significativa, a su mente, su corazón y su voz “por volver a volar una y otra vez”.

Del amor individual a la memoria colectiva

Los primeros poemas de “El vuelo” se internan en el amor, la ausencia, el deseo y el duelo. “Porfiado amor”, el texto que abre el volumen, presenta un vínculo que regresa después de la distancia y encuentra a sus protagonistas “rotos tú y yo, / dispuestos a estallar”. El amor no aparece como refugio perfecto ni como reparación definitiva, sino como una fuerza obstinada que sobrevive al tiempo y a las fracturas. Esa concepción se prolonga en “¿Puedes?”, “Solo su nombre”, “Ellos te dirán”, “Viernes sin sol”, “No dejes de venir” y “La noche que me contaron”. Los cuerpos, las cartas, el humo, las estaciones y los recuerdos componen una geografía afectiva en la que aquello que se ha perdido continúa manifestándose bajo otras formas.

En estos poemas iniciales se reconoce una de las principales operaciones de la escritura de Salguero: la naturaleza no funciona como escenario exterior, sino como prolongación del estado emocional. La lluvia acompaña el llanto; el viento transporta palabras y recuerdos; los cardones, las flores, el mar, el otoño y los balcones participan de los vínculos humanos. Una ausencia puede ser iluminada por la noche; una tristeza adquiere color; el amor reaparece en el aleteo de un colibrí. El mundo natural recibe aquello que el cuerpo ya no puede contener y lo devuelve convertido en imagen.

“El verdadero amor no pide nada a cambio”, afirma “Ellos te dirán”, uno de los poemas en los que la autora se aparta del relato sentimental y avanza hacia una reflexión sobre el desapego. Amar no consiste en poseer ni en retener: la flor encerrada en una maceta de medidas estándar terminará marchitándose por dentro. Esta oposición entre libertad y encierro atraviesa el libro completo. Las jaulas pueden ser amorosas, sociales, familiares, culturales o mentales, pero siempre producen la misma consecuencia: interrumpen el movimiento de aquello que necesita crecer.

La experiencia amorosa comienza entonces a vincularse con una búsqueda de autonomía. “Me vas sin miedo”, “Hazlo”, “Permanencia” y “No todo amor merece” construyen una voz que no desconoce la fragilidad, pero se niega a permanecer subordinada a ella. La exhortación se vuelve una forma recurrente: respirar, saltar, levantarse, encender la voz, recuperar la confianza. En algunos pasajes, este procedimiento aproxima los poemas al manifiesto o a la canción de aliento y reduce deliberadamente la ambigüedad. Salguero prefiere decir de frente, hacer explícita la herida y también la salida. Esa voluntad comunicativa, tan vinculada con su identidad de cantora popular, es una fortaleza del libro, aunque por momentos deja menos espacio para que la imagen sugiera aquello que el poema termina explicando.

La serie formada por “Soy”, “Hechiceras” y “Tic Tac” marca un desplazamiento fundamental. La intimidad se convierte en una experiencia compartida por muchas mujeres. Los adjetivos que alguna vez sirvieron para disciplinar -“filosa”, “pesada”, “rebelde”, “loca”, “obsesiva”, “bruja”- son recuperados con orgullo y transformados en señales de insumisión. “Bien bruja con orgullo / porto todos tus bautismos”, escribe. La palabra que históricamente buscó condenar o desacreditar se vuelve aquí una identidad elegida.

“Hechiceras” amplía ese gesto hacia una memoria colectiva: en el aliento de la voz presente persiste el calor de las mujeres quemadas y la fuerza de aquellas que ya no podrán ser quemadas. Las brujas del poema agujerean cercos, destrenzan nudos y abren caminos para quienes vendrán. No existe en esos versos una reivindicación decorativa de lo femenino. Existe una genealogía de resistencias, un linaje que enlaza los cuerpos castigados del pasado con las luchas actuales.

“Tic Tac”, por su parte, expone la contradicción de los mandatos contemporáneos. A las mujeres se les permite caminar seguras, pensar, celebrar sus cuerpos, hablar, sonreír, desear y soñar, pero siempre bajo una advertencia: “no tanto”. El reloj del título no mide solamente el paso del tiempo; también reproduce la presión social, el murmullo persistente que regula cada gesto. Frente a ese “tic tac”, el poema propone detener el ruido y despertar “absoluta”, dueña de la propia vida. La construcción resulta efectiva porque evidencia que el control ya no siempre adopta la forma de una prohibición abierta: muchas veces se disfraza de aceptación y coloca límites allí donde asegura conceder libertades.

Esa dimensión política se profundiza en “Tu trompeta”, “Números”, “Invernadero” y “Y los demás como puedan”. El silencio es presentado como resignación, los prejuicios como una cárcel y la competencia individual como uno de los grandes engaños de este tiempo. La crítica se dirige hacia una sociedad que cuenta, compara y sentencia; que organiza la existencia según quién tiene más, quién sabe más o quién llega primero; que convierte las relaciones en vidrieras y los deseos en mercancías. Frente a esa cultura del “yo adelante”, la autora reivindica la palabra, la memoria, el pensamiento y las formas comunitarias de existencia.

UNA POESÍA ARRAIGADA EN LA RIOJA

Si el vuelo es el movimiento que organiza el libro, la tierra es aquello que impide que ese movimiento se convierta en fuga. Salguero vuela desde un lugar preciso. A partir de “El saber del pueblo”, la identidad riojana y latinoamericana ocupa el centro de la obra. Aparecen la vidala, la caja, el bombo, el ceibo, el chañar, el mistol, la chacarera, la Salamanca, la Chaya y el Pujllay. No se trata de una acumulación de emblemas regionales, sino de la conformación de una lengua poética en la que el paisaje, las creencias, la música y la memoria de la comunidad se reconocen mutuamente.

“Vengo del nutrido vientre, / oro de tierra, agua y sol”, declara “El saber del pueblo”. La primera persona puede ser leída como la voz de la autora, pero también como la de una cultura que se sabe formada por múltiples herencias. En el poema conviven la vidala y la chacarera, el maíz y la copla, la abuela y las leyendas, las manos trabajadoras y el deseo de libertad. La identidad no aparece clausurada en un pasado intocable: es una napa que permanece debajo del asfalto y vuelve a brotar.

“Dos mundos” recupera la historia de la Chaya y el Pujllay para hablar de un amor que desafía separaciones y prohibiciones. La fiesta riojana es presentada en su doble condición: celebración colectiva y memoria de una tragedia amorosa. El carnaval permite suspender por unos días las jerarquías, ocultar las diferencias bajo la harina y reunir aquello que el orden cotidiano mantiene separado. Esa concepción reaparece en “Fiesta blanca y oscura”, donde santos y pecadores, Dios y el diablo, cuerpo y espíritu pueden convivir dentro de una misma ceremonia.

En “Divinidades diaguitas”, la autora convoca a la niña Chaya, la Yacurmana, el Llajtay, el Mikilo, la Saramama, la Zapam Zucum y el Pujllay. Es uno de los textos que mejor condensa su pertenencia territorial: las figuras míticas no son piezas inmóviles de un museo folklórico, sino presencias activas que aman, guían, hechizan, protegen y cantan. La Rioja aparece como un “cerro azul” de oro y sal, pero sobre todo como una trama de relatos que continúa nutriendo el orgullo de su pueblo.

Este conjunto dialoga de manera directa con la trayectoria artística de La Bruja. Su poesía posee caja, rueda y copla; conoce el fraseo del folklore y el poder de una palabra que necesita ser dicha junto a otras personas. El uso de expresiones como “pa”, “engualichada”, “comadrita”, “chumau” o “engualichau” no responde a una búsqueda pintoresquista. Es una toma de posición frente a cualquier idea de corrección que pretenda borrar la procedencia de la voz. La autora escribe desde su modo de hablar y cantar, desde una musicalidad que no pide autorización a una norma ajena para convertirse en literatura.

Pero la pertenencia no está construida únicamente con celebraciones. En “Del barrio pobre”, uno de los poemas más significativos del volumen, la autora vuelve sobre el hambre, las changas, las madres obligadas a ausentarse para trabajar, la escuela como posibilidad y el mandato de bajar la cabeza. Allí escribe: “Nadie me la contó, del barro vengo”. Esa afirmación cambia el estatuto del poema. No se habla de la pobreza desde una mirada exterior ni se la convierte en material para una compasión distante. Se la reconoce como una experiencia que funda una manera de mirar.

“Exiliados en mi país”, “Donde no hubo”, “El canto marrón”, “Eternas voces” y “El llanto” prolongan ese posicionamiento. El canto marrón es el canto del pueblo, de América pobre, de las manos curtidas y de quienes deben comenzar una y otra vez. Salguero no concibe el arte como evasión, sino como memoria y herramienta de dignidad. El poema puede llorar las injusticias, pero también sembrar panes, canciones, mesas y esperanzas “donde no hubo”. Puede nombrar la persecución, la tortura, el desempleo y el desarraigo sin renunciar a la posibilidad de transformar ese dolor en acción colectiva.

En esos pasajes, El vuelo encuentra una de sus tensiones más productivas: elevarse no significa abandonar el barro. Las alas nacen precisamente de allí. La libertad personal no se completa si no se proyecta sobre los demás; la sanación íntima no alcanza si deja intactas las condiciones que lastiman a una comunidad. Por eso el libro se desplaza constantemente del “yo” hacia el “nosotros”. Incluso cuando la autora habla de sí misma, su experiencia busca volverse reconocible para otras vidas.

VOLVER A VOLAR

Los últimos tramos del libro reúnen poemas sobre el paso del tiempo, la pandemia, la muerte, la madre, las despedidas y la reconstrucción. “Ladrillos” ofrece una imagen central: la voz poética desencastra, uno por uno, los bloques de la pared que la rodea, incluso aquellos que ella misma había colocado siguiendo mandatos, estructuras y etiquetas. No existe una liberación instantánea. El muro debe ser reconocido antes de ser desmontado. La urgencia surge de la conciencia del tiempo prestado: jugar, mutar, aventurarse, arriesgar y agradecer un minuto más.

“Sueño verde” imagina un mundo en el que las identidades dejan de operar como divisiones rígidas: mujer u hombre, niño o anciano, rico o pobre, arcoíris o sombra. Todos los cuerpos comparten un mismo latido y cada existencia espera el momento de florecer. En “Desnúdate” y “Pandemia”, el encierro aparece como una experiencia que ha rasgado las tramas conocidas, pero también como la posibilidad de hilarlas nuevamente. Salguero insiste en uno de sus motivos principales: después de la ruptura puede existir un comienzo, aunque ese comienzo nunca borre por completo las marcas de lo vivido.

La muerte ingresa de manera más descarnada en “El viaje”, “Mamita”, “Duelo”, “Música eterna”, “Cantora del pueblo” y “Despedida”. En “Duelo”, las distintas partes del cuerpo se niegan a comprender la ausencia: las manos, las tripas, los labios, los brazos y la piel continúan buscando a quien ha muerto. La repetición reproduce esa imposibilidad de aceptar racionalmente lo ocurrido. El duelo no queda reducido a una idea; se distribuye por el organismo, altera la voz y obliga a aprender a vivir en medio de una contradicción: saber que alguien ya no está y sentir, sin embargo, que regresa en los sueños, en una sonrisa o en un abrazo recordado.

“Música eterna” despide a un niño músico mediante imágenes de una delicadeza dolorosa: el valle, el rocío, las manos, el changuito pastor, la pobreza obrera del padre, la esperanza de la madre y los charangos. El canto no niega la muerte, pero se vuelve un modo de cobijar a quien parte. La idea de vuelo, repetida a lo largo del volumen, adquiere aquí otro sentido: ya no es solamente emancipación, sino tránsito hacia una forma distinta de permanencia.

“Cantora del pueblo” puede leerse como homenaje a las grandes voces populares de América Latina, aquellas cuya obra hizo de la música un espacio de memoria y rebelión. “Tu leche está tibia madre, / nuestro eterno alimento”, escribe Salguero. La cantora es madre, tierra y conciencia; incluso después de su muerte continúa encendiendo faroles. En “Despedida”, poema que cierra el volumen, la autora vuelve a conversar con una presencia ausente. El colibrí, el parral, la caja, el canto y el “vuelo sideral” conforman una escena en la que dolor y gratitud terminan por encontrarse. La vida continúa de este lado y, precisamente por eso, toca cantar y hacer rodar lo recibido.

La recurrencia de ciertas imágenes concede unidad a una obra extensa y heterogénea, aunque también constituye uno de sus riesgos. Alas, vuelos, brotes, latidos, fuegos, pieles, flores, lluvias y renacimientos reaparecen con tanta frecuencia que en algunos poemas pierden parte de su capacidad de sorpresa. Algo semejante sucede con las formulaciones exhortativas: cuando la voz señala de manera demasiado directa qué debe hacerse o cuál es la enseñanza de la experiencia, el poema se aproxima más a la declaración que al descubrimiento. Sin embargo, esa frontalidad no puede considerarse un accidente. Forma parte de una poética que privilegia la comunicación, el encuentro y la potencia colectiva de la palabra por encima del hermetismo.

Los momentos más logrados del libro son aquellos en los que el mensaje y la imagen dejan de competir y se vuelven una misma cosa: la flor encerrada en una maceta de medidas estándar, las togas de papel que se diluyen con lágrimas, la napa que brota bajo el asfalto, el colibrí que visita el balcón, los ladrillos desencastrados de una pared propia, la harina que vuelve cómplices a santos y pecadores, las manos que se niegan a comprender la muerte. Allí la poesía de Salguero encuentra su mayor intensidad porque no explica una emoción: la convierte en materia visible.

El vuelo no pretende inaugurar una voz desconocida. Permite descubrir otra dimensión de una voz que La Rioja reconoce desde hace años. La Bruja Salguero llega a su primer libro con una historia artística, afectiva y política detrás, pero también con la disposición de quien ingresa a un territorio nuevo y acepta exponerse. Su poesía conserva la fuerza de la cantora, la memoria del barrio, el pulso de la Chaya, la conciencia de las mujeres que abrieron caminos y la voluntad de abrazar a quienes todavía buscan una salida.

El resultado es un libro de raíz profundamente riojana y vocación universal, porque aquello que parte de una experiencia situada -el paisaje, la copla, la pobreza, la fiesta, los mitos, el habla- se abre hacia preguntas compartidas: cómo amar sin poseer, cómo atravesar una pérdida, cómo romper los mandatos, cómo habitar la soledad, cómo conservar la memoria y cómo volver a comenzar después de haber caído.

En ese recorrido, el título termina revelando toda su dimensión. Volar no es elevarse por encima de la vida ni negar su peso. Es haber conocido el barro, los muros, el miedo y la ausencia y, aun así, construir una forma propia de movimiento. La Bruja Salguero lo hace ahora también desde la página. Y este primer libro demuestra que sus alas estaban hechas, desde mucho antes, de palabras.

EL SABER DEL PUEBLO

Vengo del nutrido vientre,

oro de tierra, agua y sol,

donde grita en caja y bombo,

ceibo, chañar y mistol.

Del país de la vidala,

ondulado canto azul,

coplas, saladas con nubes,

ancestral eco de luz.

Chacarera monte adentro,

repiques del pedregal,

Salamanca roja siesta,

que ha hechizado un zarandear.

Lunas de rueda y guitarra

donde se templa la voz,

gargantas como chirleras,

riendas que un nieto tomó.

Soy maíz que en la olla,

en su lento cocinar,

con el tiempo de mi lado

crezco para alimentar.

Warmi que teje el cabello,

serenata en su balcón,

y un pañuelo enamorado

zamba que invita al amor.

La raíz marrón retumba,

savia que guía el compás,

manos, rostros argentinos,

pueblo unido es libertad.

Hay leyendas inmortales

que la abuela acunará,

soy el sol en sus palabras

fundador de la heredad.

Soy el gran saber del pueblo,

viento norte en el gredal,

viajero bajo el asfalto,

napa que vuelve a brotar.

EDICIONES LA YUNTA

Detrás de esta publicación de la Bruja Salguero se encuentra, el trabajo de Ediciones La Yunta, sello integrado por Roberto Raschella, Daniel Riquelme y Alejandro Cesario.

No se trata de una participación secundaria: en un panorama editorial concentrado, la existencia de proyectos independientes capaces de acompañar escrituras diversas y ponerlas en circulación resulta decisiva.

La Yunta ha construido un catálogo en el que conviven poesía, narrativa y ensayo, con una identidad asociada al trabajo cercano con autores y autoras.

El propio Raschella, escritor, poeta y traductor, fue uno de los fundadores del sello, pensado desde sus orígenes como una “editorial de escritores”.

La trayectoria del proyecto fue reconstruida por la revista de la Universidad Nacional de General Sarmiento, mientras que una entrevista dedicada al sello destacó tempranamente su apuesta por la poesía, el ensayo y la narrativa.

En ese marco, publicar la primera obra de La Bruja Salguero supone reconocer que su voz posee una dimensión que excede el escenario y merece incorporarse al territorio del libro.

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