La poesía después de la vulnerabilidad del derrumbe

Una reseña para el libro 38 bits y un revólver de Sofía Gómez Pisa.

“Ella, la muerte o dios” (2016), “La culpa ya no es de tus padres” (2020) y “Nadie es una promesa a los 33” (2024) no componen una historia ordenada ni una evolución sin retrocesos. Registran una conciencia que cambia mientras intenta comprender qué queda de las expectativas cuando la vida deja de parecerse a lo que alguna vez imaginamos. El título de la antología condensa una tensión presente en toda la obra: los bits remiten a la velocidad de las pantallas y a las identidades que construimos en ellas; el revólver introduce una amenaza concreta, la posibilidad de un desenlace irreversible. Entre ambas imágenes, Gómez Pisa escribe poemas capaces de pasar del humor y la ligereza aparente a una zona de dolor. La familia, el amor, el trabajo, la juventud y hasta la figura del poeta quedan expuestos a una mirada que desconfía de las certezas.

En “Ella, la muerte o dios”, la voz observa a otras mujeres y construye con ellas una galería íntima y social. Nelly, Marta, Nadia, Carmen, María y Araceli encarnan distintas formas del cansancio, el deseo, la precariedad y la pérdida. Sus historias transcurren en escenarios reconocibles de Buenos Aires: bares, colectivos, hospitales y casas donde se acumulan tareas y desencantos. Gómez Pisa encuentra lo trágico en esas escenas pequeñas, sin necesidad de buscar acontecimientos extraordinarios. Los poemas conservan algo del retrato y de la narración breve, pero en las vidas ajenas comienza a insinuarse la propia intemperie de quien escribe. Al mirar a esas mujeres, la voz ensaya también distintas maneras de comprenderse.

El humor aparece ya como una herramienta decisiva. Una comparación inesperada, una frase coloquial o un remate irónico pueden desarmar la solemnidad de una escena sin borrar lo que tiene de doloroso. La risa funciona como defensa frente al abandono, la incertidumbre económica o el temor al fracaso, aunque nunca logra cerrar del todo la herida. Esa convivencia entre ironía y vulnerabilidad será una de las marcas más persistentes de su poesía.

“La culpa ya no es de tus padres” introduce un cambio visible. Los poemas se vuelven más breves y fragmentarios; una imagen o una observación alcanzan para abrir una grieta en lo cotidiano. Las mudanzas, las terapias, los trámites, las relaciones breves y las aplicaciones forman parte de una vida adulta que parece actualizarse más rápido de lo que podemos comprenderla. El lenguaje informático se mezcla con la experiencia emocional, pero la tecnología no resuelve las preguntas centrales del libro: cómo acercarse a otro, qué hacer con la ausencia y hasta cuándo puede atribuirse al pasado la responsabilidad por la propia vida. Las pantallas multiplican los contactos, aunque no garantizan la cercanía; permiten programar publicaciones y mensajes, pero no el curso de los afectos.

El título de ese segundo libro señala el momento incómodo en que crecer también significa quedarse sin ciertos culpables. No anuncia una madurez serena ni una reconciliación definitiva con la historia familiar. Más bien obliga a reconocer la parte que a cada uno le corresponde en su presente, incluso cuando las heridas anteriores siguen allí. Gómez Pisa encuentra en esa incomodidad una forma de lucidez: aceptar la propia responsabilidad no equivale a negar lo vivido, sino a dejar de esperar que una explicación alcance para resolverlo todo.

En “Nadie es una promesa a los 33”, la distancia entre la vida imaginada y la vida posible adquiere mayor nitidez. La edad deja de ser un simple dato biográfico y se convierte en un lugar desde el cual mirar lo que se hizo, lo que quedó pendiente y aquello que ya no ocurrirá. El cuerpo cambia, aparecen los controles médicos, el cansancio y la memoria de una juventud que no puede repetirse. La pandemia y el aislamiento también atraviesan estos poemas, aunque el libro no se proponga narrarlos como una crónica. Gómez Pisa observa esas pérdidas con extrañeza, humor y lucidez, sin instalarse en la nostalgia: los recuerdos felices importan precisamente porque pertenecen a un tiempo al que no es posible volver.

La autora vuelve además sobre el oficio de escribir. La poesía aparece como refugio, condena y una forma de reconstrucción; algo que la voz a veces quisiera abandonar, pero que continúa dándole palabras para reconocerse. No se escribe solamente para contar quién se es, sino también para averiguarlo. En esa búsqueda, el poema permite ensayar una identidad cuando las anteriores se han vuelto insuficientes. La escritura no ofrece una salida fácil al desencanto, aunque sí un modo de permanecer frente a él.

Gómez Pisa mira con la misma ironía el ambiente literario, las redes sociales y las pequeñas vanidades de quienes buscan ser vistos. Su crítica resulta más potente porque sabe que ella también participa de ese mundo: desea publicar, utiliza sus códigos y expone allí parte de su intimidad. Esa contradicción preserva a los poemas de la consigna. En lugar de ofrecer respuestas cerradas, deja que las tensiones de la época actúen dentro de su lengua, hecha de conversaciones, canciones, marcas y objetos cotidianos. Con esos materiales construye una poesía que puede empezar en una escena doméstica, desviarse hacia una broma y terminar en una pregunta difícil de eludir.

Leídos en conjunto, los tres libros muestran una escritura cada vez más económica y una relación distinta con la vulnerabilidad. Al principio, la herida parece venir sobre todo de los otros; después, la voz reconoce su participación en los naufragios; finalmente, descubre que la lucidez no exige castigarse. Tal vez allí resida la transformación más profunda de la antología. Las promesas se terminan, pero con ellas también puede desaparecer la obligación de cumplir la vida que otros habían imaginado. Cuando el futuro deja de funcionar como garantía, el presente recupera su peso. Entre las pantallas, el desencanto y un cuerpo que cambia, permanece la poesía: irónica y obstinada, capaz de encontrar una forma de verdad entre las ruinas.

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