Daniel Moyano y la ciudad fundada por error

A 96 años del nacimiento de Daniel Moyano, volver a «El trino del diablo» no es solo un capricho estrechamente ligado a gustos personales, sino también una manera de asomarse a una de las miradas más singulares que la literatura pudo haber construido sobre esta Rioja que habito (y me habita). La provincia que Moyano eligió para vivir, escribir, hacer música y formar una familia aparece en, aquel libro esencial, fundada por equivocación, condenada desde los principios mismos de su nacimiento a cierta insoportable lejanía (cuando no cierto inevitable abandono discriminatorio). Una ironía literaria genial detrás de la cual asoman, no obstante, el centralismo, el desarraigo, la violencia y, también, la extraña forma en que un territorio puede convertirse finalmente (y asumiendo plenamente su destino) en patria.
En alguna parte de la memoria familiar hay una historia que nunca supe si ocurrió exactamente de ese modo. Tal vez con las historias verdaderas suceda mayormente eso: los años van limando los detalles hasta dejar solamente aquello que merece ser recordado, aunque al mismo tiempo pueda resultar improbable. Mi abuelo Fernando contaba que cierta vez Daniel Moyano pasó por su almacén, en Morteros. No recuerdo ya cuáles fueron las palabras exactas con las que me narró aquel hecho, pero sí la aparente razón de aquella visita, o al menos la razón que quedó flotando durante todos estos años: Moyano estaba a punto de «fugarse» con una mujer del pueblo, lo que para el pueblo -claro- era todo un verdadero escándalo. La dama en cuestión era una tal Irma Capellino y sus padres, según esa historia que llegó hasta mis oídos, no parecían estar demasiado convencidos del hombre que la joven había elegido. Así fue que decidieron irse, huir. Daniel e Irma escaparon juntos.
No encontré hasta ahora documentos que permitan certificar esa escena, pero sí sabemos que Irma Capellino fue la mujer con la que Moyano formó su familia y que en 1959 ambos se instalaron en La Rioja, donde se casaron. Morteros era el pueblo de mis abuelos, el lugar donde nacieron mis padres, y por eso aquella historia escuchada cuando yo era chico construyó, sin que entonces pudiera sospecharlo, un puente diminuto entre Moyano y mi propia historia. Mucho después vendrían sus cuentos, sus novelas, su nombre (y el mío) inevitablemente ligado a La Rioja. Mucho después comprendería también que en la vida y en la literatura de Daniel Moyano casi todo parece atravesado por desplazamientos, partidas, lugares que se abandonan y lugares que terminan siendo propios.
Quizás por eso no resulte extraño que una de sus novelas más riojanas comience, precisamente, con un error.
En «El trino del diablo», publicada en 1974, Moyano cuenta que La Rioja fue fundada donde no debía. El escritor toma la solemnidad de los relatos históricos, la ceremonia de Juan Ramírez de Velasco, los soldados, el escribano, la plaza, los símbolos de la Corona y decide, magistralmente, desarmarlo todo a través de la literatura. Ese primer capítulo lleva un título extraordinario: “Sobre el arte de fundar ciudades”. El procedimiento -tan simple y tan complejo al mismo tiempo- consiste en contar que aquellos españoles encargados de cumplir las órdenes entendieron mal las indicaciones y levantaron Todos los Santos de la Nueva Rioja en un sitio equivocado. Cuando advirtieron la confusión, la ciudad ya estaba allí. Ya era tarte. Ya había sido fundada. Irremediablemente fundada.
Por supuesto, Moyano no pretendía corregir los manuales de Historia. Estaba haciendo algo infinitamente más interesante: inventaba un origen capaz de explicar un destino y aproximaba ese destino a una realidad que puede terminar resultando irrefutable. Si La Rioja había quedado lejos de todo, si parecía condenada al aislamiento, a las promesas postergadas, a la pobreza y a esa persistente sensación de estar mirando cómo las grandes decisiones ocurrían en otra parte, entonces la literatura podía ofrecer una respuesta (y una explicación al mismo tiempo). Todo había comenzado mal: la ciudad había sido construida en el sitio equivocado y el destino de sus habitantes sería igual de erróneo desde ese punto de partida.
Hay en esa ocurrencia un humor tan feroz como realista. Pero hay también una tristeza que atraviesa buena parte de la obra de Moyano. La fundación fallida deja de ser apenas una broma y empieza a funcionar como metáfora. La ciudad queda atrapada en un destino que parece haberse escrito antes, incuslo, de que llegaran sus habitantes. Un estudio sobre la novela habla, precisamente, de ese origen como el comienzo de un “decurso civilizador falso”, una suerte de condena que acompañará desde entonces a quienes vivan allí. Y Moyano parece preguntarse qué pueden hacer los hombres cuando nacen en territorios que otros consideran periféricos. Qué ocurre con sus sueños. Qué sucede con sus voces. Hacia dónde deben marcharse para que alguien las escuche.

Una criatura improbable
Entonces aparece Triclinio, que es violinista y es riojano, dos condiciones que en la novela parecen suficientes como para convertirlo en una criatura improbable. Mientras alrededor suyo el mundo da vueltas y se organiza según reglas que casi nunca comprende, Triclinio vive habitado por sonidos. La música constituye su manera de habitar la realidad y, al mismo tiempo, de escapar de ella. En esa provincia remota donde el futuro siempre parece estar un poco más lejos, su padre sueña con que pueda convertirse en una especie de Paganini mientras el muchacho escucha el agua de las acequias, los pregones callejeros, las resonancias de un universo que para los demás apenas constituye ruido.
Es difícil no descubrir algo de Moyano detrás de aquel personaje entrañable. No porque «El trino del diablo» sea una autobiografía disfrazada, sino porque su autor también comprendió el mundo a través de las notas musicales. Antes y durante su vida riojana Moyano fue violinista y violista, integró conjuntos de cámara y participó de la creación del Conservatorio Provincial. La música no fue para él una afición colocada al costado del camino de la literatura. Era otro lenguaje. A veces, quizás, el lenguaje anterior a las palabras. En la novela, justamente, los sonidos pueden ofrecer aquello que la realidad niega: libertad, pertenencia, la posibilidad de imaginar otro orden.
Y hay otro movimiento que resulta fundamental. Triclinio termina marchándose hacia Buenos Aires; el músico del interior viaja hacia el centro, hacia esa ciudad donde supuestamente están las oportunidades, el poder y las respuestas. Sin embargo, lo que encuentra no se parece demasiado a lo que esperaba. La capital aparece como escenario de desigualdades, represión, absurdos burocráticos y violencias. El viaje de La Rioja hacia Buenos Aires deja entonces de pertenecer solamente a Triclinio. Es también el viejo viaje argentino desde la periferia hacia el puerto, desde las provincias que observan hacia la ciudad que decide. La novela convierte esa tensión en sátira, pero debajo del humor late una pregunta demasiado conocida: cuánto debe abandonar alguien de sí mismo para ser aceptado en otra parte.

Un territorio desde el cual escribir
Daniel Moyano había nacido en Buenos Aires el 6 de octubre de 1930 y su infancia y juventud estuvieron atravesadas por Córdoba, la pobreza, distintos familiares, trabajos diversos, la lectura y aquella obstinación autodidacta que lo llevó hasta Kafka, Pavese y la música. Llegó a La Rioja en 1959 con Irma y encontró por estos pagos a los que supo ver e interpretar mejor que nadie, mucho más que un sitio donde vivir. Encontró un territorio desde el cual escribir. Se incorporó al ambiente cultural, trabajó como periodista, participó del nacimiento del diario El Independiente (participó del lanzamiento de su primer número, el 12 de octubre de 1959), hizo música, formó una familia y escribió buena parte de la obra que terminaría ubicándolo entre las voces más singulares de la literatura argentina del siglo XX.
Ese dato vuelve todavía más sugestivo «El trino del diablo»: el hombre que imaginó una provincia fundada por equivocación había elegido quedarse en ella y ser parte de ese error, desde su palabra y a modo reivindicativo. Durante años, La Rioja fue para Moyano escenario, materia literaria, paisaje y hogar. Aquí nacieron sus hijos. Aquí escribió. Aquí construyó amistades. Y aquí también la historia argentina terminó alcanzándolo de la manera más brutal. Después del golpe de Estado de marzo de 1976 fue detenido. Sus libros fueron quemados. Cuando recuperó la libertad comenzó el camino que finalmente lo llevó al exilio en España (Héctor David Gatica narra este periplo de manera extraordinaria). Había publicado «El trino del diablo» dos años antes, cuando todavía no podía saber que él mismo terminaría convertido en aquello sobre lo que tantas veces había escrito: un hombre obligado a abandonar un lugar.
No sería justo decir que la novela predijo su exilio. La literatura no necesita de semejantes milagros. Pero resulta imposible leer hoy el recorrido de Triclinio sin escuchar una resonancia posterior. Moyano había escrito sobre desplazados antes de convertirse en uno de ellos. Había imaginado personajes expulsados, empujados hacia territorios extraños, obligados a reconstruir una patria posible con los pocos objetos que podían llevar consigo. Después le tocaría hacerlo a él.

Un hombre, una mujer y un viaje
En una entrevista, Moyano explicó alguna vez que había escrito «El trino del diablo» también como una forma de enfrentarse a la violencia política de su tiempo. Para Moyano la literatura podía ser una manera de investigar la realidad, aunque esa realidad apareciera transformada por la imaginación, la música o el absurdo. Tal vez por eso su Rioja literaria puede desaparecer incluso por decreto. Hacia el final de la novela, aquella provincia que había nacido de una equivocación termina directamente desfundada, repartida entre territorios vecinos, como si el Estado pudiera corregir varios siglos después el error de Ramírez de Velasco. El círculo se cierra: primero se funda lo que no debía fundarse; finalmente se borra lo que nunca terminó de ser comprendido.
Pero La Rioja no desapareció. Y Moyano tampoco.
Murió lejos, en Madrid, en 1992, pero una parte fundamental de su obra sigue regresando inevitablemente a estas calles, a este paisaje y a esta provincia que convirtió en literatura. Por eso quizá importe poco discutir a estas alturas si Daniel Moyano fue un escritor riojano, cordobés, porteño o argentino. Hay pertenencias que no entran demasiado bien en los casilleros de una biografía. La Rioja está en Moyano porque él la miró, la padeció, se burló de ella, la quiso y finalmente la escribió. Y escribir un lugar es, de alguna manera, volver a fundarlo.
Entonces regreso a aquella historia de Morteros. Veo -o creo ver, porque las historias escuchadas en la infancia terminan construyendo sus propias imágenes- a un Daniel Moyano joven entrando al almacén de mi abuelo Fernando mientras afuera (creo) espera Irma y ambos están a punto de partir hacia alguna parte. Tal vez sucedió así. Tal vez no. Tal vez mi memoria agregó algo. Tal vez mi abuelo también había recibido ya esa historia de otras voces. Poco importa. Me gusta pensar en ese Moyano que todavía no sabe todo lo que vendrá después, que aún no escribió «El trino del diablo», que desconoce que un día inventará una ciudad fundada en el lugar equivocado y que mucho menos puede imaginar que terminará su vida al otro lado del océano.
Porque hay algo profundamente moyaniano en esa escena: un hombre, una mujer y un viaje. Después vendrá La Rioja. La ciudad que, según su literatura, nunca debió estar allí. Y que, sin embargo, para Daniel Moyano terminó estando exactamente donde debía.

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