Julio Olivera Chazarreta llegó a La Rioja cuando tenía seis años. Había nacido en Mendoza el 22 de octubre de 1946 y un diagnóstico médico llevó a su familia a buscar para él un clima más seco, más amable con aquella amenaza de asma que preocupaba a los adultos. La explicación pertenece a la medicina y al azar; lo que ocurrió después pertenece a otra cosa. El niño que llegó buscando aire terminó encontrando una provincia que habría de acompañarlo durante casi toda la vida y que, con el tiempo, comenzaría a aparecer convertida en palabras, personajes, paisajes, recuerdos y canciones. Cerca de cuatrocientas, según sus propios cálculos. Más de un centenar fueron grabadas por otros intérpretes. Algunas circularon tanto que comenzaron a desprenderse del nombre de quien las había escrito. Tal vez ése sea uno de los destinos más extraños del compositor popular: pasar años construyendo algo profundamente propio para descubrir, alguna vez, que ya pertenece a los demás.
Su historia con la música comenzó bastante antes de que pudiera imaginar una obra semejante. Había canciones dentro de la casa. Su madre, Marta Chazarreta, cantaba música melódica con el nombre artístico de Iris Grey y había actuado en radio; su tío Julio Florencio Chazarreta fue músico, pintor, lector voraz y una de esas personas capaces de abrirle a un chico varias puertas al mismo tiempo. Después aparecerían otras influencias familiares, el primo Nacho Chazarreta, la guitarra, el baile, el radioteatro, los conjuntos folklóricos y una relación con la cultura popular que nunca quedó encerrada en una sola disciplina. Por la rama paterna existía además un parentesco singular: José Viviano Olivera Garcés, su padre, era hermano de Laura Olivera Garcés, la madre de Leonardo Favio. Pero quizá lo más importante de aquella trama familiar no sean los apellidos conocidos sino el ambiente: la música, los libros, la radio, el teatro y la palabra formaban parte de un mismo mundo. Chazarreta se crió allí y nunca pareció necesitar demasiadas fronteras entre una cosa y otra.
Antes de quedar definitivamente asociado a la composición hizo casi de todo. Bailó, cantó, tocó la guitarra, integró grupos, participó en radioteatros y desarrolló durante más de veinticinco años el programa «En este cielo», donde también apareció aquel espacio llamado «Diálogos con brujas». Esa experiencia explica quizá una parte de su escritura: hay algo profundamente oral en muchas de sus canciones, una voluntad de contar antes que de exhibir recursos. Sus lecturas fueron amplias -Manuel J. Castilla, Atahualpa Yupanqui, Hamlet Lima Quintana, Armando Tejada Gómez, Leónidas Escudero, Sábato, Cortázar, Sartre, Bécquer, Gabriela Mistral-, pero cuando habla de aquello que aprendió de los grandes autores termina regresando a una idea sencilla: no complicar innecesariamente las cosas. Es una definición que merece detenerse un momento. La sencillez suele confundirse con facilidad, cuando casi siempre ocurre al revés. Escribir algo que pueda entrar rápidamente en la memoria de otro exige quitar mucho más que agregar.
Las canciones que se van
Hay composiciones que nacen con destino de escenario y otras que empiezan a circular casi como si siempre hubieran estado allí. Chazarreta conoce bien esa segunda experiencia. Ha insistido muchas veces en algo que parece menor y no lo es: que se diga quién escribió una canción. La radio presenta al intérprete, el público recuerda la voz, la melodía queda, pero el autor puede desaparecer. Esa preocupación tiene una razón evidente en su propia trayectoria. Más de cien obras suyas fueron grabadas por otros y algunas terminaron siendo conocidas por personas que acaso nunca supieron quién estaba detrás de ellas.
No hay necesariamente una injusticia en ese fenómeno. También puede existir allí una forma extraña de triunfo. Una canción comienza siendo una experiencia privada: alguien recuerda a una persona, contempla un paisaje, pierde un amigo, se enamora, escucha una historia o encuentra una frase. Después escribe. Otro la aprende, la canta, alguien más la escucha y un día aquello que pertenecía a una sola persona entra en una reunión, una peña, una radio o una Chaya. A partir de ese momento resulta mucho más difícil saber dónde termina el autor y dónde empieza la memoria colectiva.
Buena parte de la obra de Chazarreta siguió ese recorrido. Sus primeras composiciones estuvieron vinculadas con los amores de juventud; después llegaron los paisajes, la lluvia, el viento, los animales, los amigos, las pérdidas, las personas conocidas, la alegría y el dolor. La escritura fue envejeciendo con él. No porque abandonara los asuntos anteriores, sino porque comenzó a incorporar todo aquello que la vida iba dejando sobre la mesa. Por eso, cuando alguna vez intentó explicar qué podría encontrarse dentro de sus canciones, terminó diciendo algo mucho más preciso que cualquier catálogo: su vida estaría traducida en ellas.
La frase permite leer esas casi cuatrocientas composiciones de otra manera. Como una autobiografía que nunca fue escrita en orden. No hay capítulos ni cronología. Hay canciones. En una permanece el hombre joven; en otra, el amigo que murió; más adelante aparece un paisaje, una mujer, la Chaya, algún personaje que corría peligro de desaparecer de la memoria. Quien quisiera reconstruir algún día la vida de Julio Olivera Chazarreta tendría quizá que hacer justamente eso: poner todas esas canciones sobre una mesa e intentar descubrir qué fragmento de él quedó dentro de cada una.
Ahí adquieren otra dimensión obras dedicadas a personajes que no ocupan páginas centrales de los libros de historia. José Chaya, Quito Carnaval y tantas otras composiciones nacen de una forma particular de mirar alrededor. Chazarreta parece haber entendido muy pronto que la cultura de una provincia no está hecha únicamente de nombres célebres. También vive en aquel que canta una copla, en quien prepara una comida, en el vecino que todos conocen por un apodo, en el hombre que durante años aparece en una fiesta hasta que un febrero ya no aparece más. Escribirlos es impedir que desaparezcan completamente.
Tal vez por eso le gusta pensar sus obras como mojones, pequeñas piedras dejadas en un camino. La imagen resulta mucho más apropiada que la palabra legado, demasiado solemne para este caso. Un mojón no obliga a detenerse. Apenas indica que alguien estuvo allí. Otro puede encontrarlo, seguir su camino, moverlo incluso. Las canciones funcionan de una manera parecida: el autor las deja y después ya no sabe exactamente qué sucederá con ellas.
En Chazarreta esa concepción de lo popular llega incluso a lugares donde la solemnidad suele retirarse. Junto a César Torres escribió un Cantar de las comidas riojanas. Locro, empanadas, sabores cotidianos: aquello que cualquier familia puede colocar sobre una mesa convertido en materia poética. No hay allí una búsqueda de grandeza sino una idea mucho más amplia de cultura. También una comida guarda memoria. También una receta puede contar de dónde venimos. También una olla puede contener una provincia.
Lo que permanece
Llegar a los ochenta años después de haber escrito centenares de canciones podría invitar fácilmente al inventario. Cuántas obras, cuántos escenarios, quiénes las grabaron, cuántos reconocimientos. Esos datos sirven, pero dicen menos que otra pregunta: cuánto de una vida puede quedar verdaderamente dentro de una canción. Chazarreta parece haber respondido esa pregunta sin formularla durante décadas. Escribiendo.
Hay algo profundamente popular en esa manera de construir una obra. No porque renuncie a las lecturas ni porque busque una supuesta pureza espontánea, sino porque confía en que una canción debe ser capaz de salir de quien la escribió. Tiene que encontrar otra voz, otro oído, otro momento. De lo contrario queda apenas como pieza privada. Quizá por eso insiste tanto en los autores y, al mismo tiempo, ha debido aceptar la paradoja de ver cómo muchas de sus canciones comenzaron a caminar solas.
El compositor puede reclamar que su nombre no sea olvidado. Está bien que lo haga. Pero también sabe que existe un instante en el cual la obra empieza a desobedecerlo. Alguien cambia una palabra, modifica una entonación, la canta más rápido o más lento, la aprende sin haber conocido nunca al autor. Después otra persona cree haberla escuchado desde siempre. Ese instante probablemente sea imposible de fechar. No figura en ninguna efeméride. Pero acaso sea allí donde una canción comienza verdaderamente a ser popular.
Julio Olivera Chazarreta cumple ochenta años el 22 de octubre. Puede mirar hacia atrás y encontrar una vida repartida entre libros, radios, escenarios, afectos, pérdidas y cientos de composiciones. Él mismo dijo alguna vez que allí quedaría traducida su historia.
Puede ser. Aunque tal vez haya ocurrido algo todavía más curioso: después de tantos años, una parte de esa vida ya no está solamente en sus canciones. Está en quienes las cantan.