El día en que La Rioja se derrumbó

Primero fue el ruido. Los testimonios reconstruidos muchos años después hablaron de un sonido sordo, parecido al de un tropel que avanzaba desde Vargas. Después vino el movimiento. Las paredes empezaron a crujir, las cornisas cedieron, los techos se desplomaron y una nube de polvo fue apagando la tarde. Eran aproximadamente las cuatro y media del 27 de octubre de 1894 y, en apenas veintiséis segundos, buena parte de la ciudad de La Rioja quedó en el suelo.
Un terremoto puede durar menos de un minuto y modificar durante décadas la forma de una ciudad. Lo extraño es que casi nadie lo recuerde.
No ocupa en la memoria colectiva riojana el lugar que tienen otras grandes tragedias argentinas. No tiene una fecha repetida cada año, ni una ceremonia que la devuelva al presente, ni siquiera un relato demasiado extendido entre quienes caminan hoy por las mismas calles que quedaron cubiertas de adobe, piedras, maderas y escombros aquella tarde. Sin embargo, el sismo del 27 de octubre de 1894 fue uno de los mayores registrados históricamente en la región. El Instituto Nacional de Prevención Sísmica lo incluye entre los grandes terremotos destructivos argentinos y los estudios posteriores estimaron una intensidad extrema en el área afectada.
La Rioja tenía entonces alrededor de catorce mil habitantes. Era una ciudad baja, de casas construidas mayoritariamente con adobe, gruesas paredes y techos pesados, extendida alrededor de una plaza que todavía concentraba buena parte de la vida religiosa, política y social. No había automóviles atravesando las calles, ni teléfonos en cada casa, ni sirenas, ambulancias, Defensa Civil o mensajes capaces de recorrer el país en segundos. El medio más rápido para avisar que una ciudad acababa de derrumbarse era el telégrafo.
Y el terremoto también había cortado el telégrafo.
Durante algunas horas, La Rioja estuvo destruida y prácticamente sola.

Cuando se levantó el polvo
El gobernador Guillermo San Román consiguió enviar recién a la mañana siguiente un mensaje al ministro del Interior. Describió una ciudad cubierta por una nube de polvo, edificios cayendo en todas direcciones y vecinos huyendo hacia calles, patios y terrenos abiertos. El telegrama decía que templos, escuelas y edificios públicos habían quedado destruidos o seriamente comprometidos y que toda la población permanecía a la intemperie porque las casas que continuaban en pie podían convertirse en una trampa con cualquier réplica.
Las cifras iniciales de muertos y heridos fueron contradictorias. Los primeros telegramas hablaban de ocho víctimas; comunicaciones posteriores reducían ese número. Los informes sobre el interior también se corregirían con el paso de los días. No era extraño. En una provincia donde las comunicaciones habían quedado interrumpidas y las noticias viajaban desde departamentos distantes a caballo o mediante líneas telegráficas dañadas, contar muertos, casas y pueblos destruidos era también parte del caos.
Lo que no necesitaba demasiada precisión era el paisaje.
La parte alta de la Casa de Gobierno se había derrumbado. Los colegios normales quedaron inutilizados. Las iglesias de La Merced, San Nicolás y la Matriz resultaron gravemente afectadas. San Francisco, construida en adobe y con techo de paja, cayó. Santo Domingo, con sus gruesos muros de piedra, resistió mucho mejor que el resto, aunque perdió parte de su campanario.
El Colegio de las Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón quedó prácticamente destruido. Allí hubo religiosas muertas y heridas bajo los escombros. Las crónicas posteriores difieren incluso en la cantidad exacta, otro indicio de una ciudad que trataba todavía de entender qué había sucedido mientras removía piedras con las manos.
Y entonces ocurrió algo que hoy resulta difícil imaginar.
Las plazas se transformaron en campamentos.
La gente sacó colchones, mantas, comida y lo que podía rescatar. Familias enteras durmieron bajo árboles o improvisaron toldos lejos de las paredes. El propio gobernador instaló su comedor en una cochera y durmió, junto con ministros y familiares, en la plaza pública. Una de las mujeres de la sociedad riojana cuya vivienda se había convertido en escombros pasó las noches bajo los naranjos, protegida apenas por una carpa improvisada.
La ciudad seguía temblando.
Durante el día siguiente continuaron las réplicas. Cada nuevo movimiento debía devolver de golpe el sonido de la tarde anterior. Nadie podía saber si aquello había terminado o si el próximo temblor sería todavía peor. El miedo no estaba solamente en la memoria de lo ocurrido, sino en cualquier pared que permaneciera inclinada, en una cornisa agrietada, en la posibilidad de que comenzara a llover sobre miles de personas obligadas a dormir afuera.
Y mientras tanto había que retirar escombros.
El Gobierno organizó cuadrillas de obreros. La Guardia Nacional acudió con picos y palas. Se restringió la circulación de carruajes porque las calles estaban ocupadas por vecinos que habían levantado allí refugios precarios. La ciudad que apenas un día antes funcionaba con la normalidad modesta de una capital provinciana se había convertido en un enorme campamento.
El terremoto había alterado incluso la relación de los riojanos con sus iglesias.
La mayoría estaba destruida o inutilizada. Rosendo de la Lastra y Gordillo, vicario de La Rioja, concentró los oficios religiosos en Santo Domingo, uno de los pocos templos que todavía podía utilizarse, y habilitó una capilla improvisada en un pequeño kiosco de la plaza principal. También consiguió una vivienda particular para que las religiosas sobrevivientes del colegio destruido pudieran continuar enseñando a las niñas.
Durante un tiempo, una ciudad sin iglesias suficientes tuvo una capilla en la plaza.
Hay imágenes que explican mejor una catástrofe que cualquier estadística.

Una provincia también en el suelo
El terremoto no terminó en los límites de la Capital.
Las primeras noticias del interior llegaron lentamente y, como suele ocurrir después de una catástrofe, algunas exageraron daños y otras resultaron incompletas. Chilecito reportó construcciones agrietadas, comercios con botellas caídas y relojes detenidos por el movimiento. En Anillaco y Aminga cayeron templos y viviendas. En Aimogasta y Los Sauces hubo derrumbes de tapias y casas. En Chamical se contabilizaron decenas de construcciones destruidas y murieron niños bajo los escombros. Sanagasta sufrió daños enormes y sus habitantes también quedaron viviendo a la intemperie.
Guandacol apareció inicialmente en las noticias como prácticamente destruido. Villa Unión sufrió graves daños y llegaron a abrirse grietas en el terreno por las que brotaban agua y barro. Las versiones posteriores del geólogo Guillermo Bodenbender, enviado a estudiar el fenómeno, moderarían algunas de aquellas primeras informaciones y demostrarían que el estado de conmoción había generado exageraciones. Pero eso no disminuye la magnitud del sismo: muestra simplemente lo difícil que resultaba reconstruir una catástrofe cuando cada pueblo comunicaba lo sucedido como podía.
La onda sísmica fue sentida a enormes distancias.
En Río Cuarto la gente salió a las calles. En Córdoba aparecieron grietas en iglesias. En Rosario se detuvieron relojes. En Tucumán hubo escenas de pánico. Y en Buenos Aires, según las crónicas reproducidas posteriormente, hasta el Senado interrumpió apresuradamente su sesión cuando comenzó a moverse el edificio.
Por unas horas, una catástrofe ocurrida en el oeste argentino hizo temblar buena parte del país.
La sismología todavía estaba dando sus primeros pasos. En los periódicos circulaban interpretaciones diversas acerca de qué podía haber provocado semejante movimiento. El geólogo Guillermo Bodenbender recorrería luego las zonas afectadas y publicaría un estudio específico, El terremoto argentino del 27 de octubre de 1894. Llegaría a conclusiones mucho más cercanas a la explicación tectónica moderna y, sobre todo, dejaría una advertencia que parece escrita para décadas posteriores: había que evitar construcciones peligrosas y aprender a utilizar mejor los materiales disponibles.
Era una enseñanza demasiado cara.
La ciudad estaba construida para otra realidad.
Después del terremoto ya no podía ignorarlo.

La ciudad que vino después
Quizá sea allí donde el terremoto de 1894 adquiere su verdadera dimensión.
No solamente destruyó edificios. Separó dos ciudades.
Hubo una La Rioja anterior al 27 de octubre y otra que debió reconstruirse después.
Algunos de los templos que habían organizado durante generaciones el paisaje urbano desaparecieron o tuvieron que ser rehechos. El proyecto de San Nicolás quedó convertido en ruinas durante años. La Iglesia Matriz sufrió daños irreparables. Nuevos edificios comenzaron a levantarse sobre la memoria de aquellos que habían caído.
Hasta la geografía religiosa terminó modificándose.
La destrucción de templos y la reconstrucción posterior ayudaron a reorganizar el centro religioso de la ciudad y consolidaron con el tiempo el lugar de San Nicolás dentro de la identidad riojana. Lo que hoy parece eterno —la Catedral, las procesiones, las imágenes que forman parte natural del paisaje urbano— también tiene detrás una historia de derrumbes y reconstrucciones.
Tal vez por eso resulte todavía más extraño el olvido.
No quedan demasiadas señales visibles que adviertan al caminante que aquí, una tarde de primavera, la ciudad estuvo prácticamente en ruinas. No hay que esquivar escombros para cruzar la plaza ni mirar con temor una cornisa. Las generaciones siguientes hicieron lo que hacen las ciudades después de cada desastre: reconstruyeron, reemplazaron, pintaron, volvieron a vivir.
Y al reconstruir también borraron.
Las catástrofes poseen esa paradoja. Durante unos días parecen ocuparlo todo. Son el único tema de conversación, modifican horarios, rutinas, casas, afectos. Después llega el trabajo cotidiano de volver a la normalidad. Una generación recuerda perfectamente dónde estaba cuando ocurrió. La siguiente escucha alguna historia. La otra apenas reconoce la fecha.
Hasta que, alguna vez, nadie recuerda.
El 27 de octubre de 1894 podría ser una de esas fechas.
Hoy podemos caminar por el centro de La Rioja sin pensar que hubo otra ciudad debajo de ésta. Podemos entrar a una iglesia, atravesar una plaza, mirar una fachada centenaria sin preguntarnos qué había exactamente allí antes de que el suelo comenzara a moverse.
Pero aquella tarde, durante veintiséis segundos, la historia riojana quedó suspendida.
Cuando se disipó el polvo, los vecinos salieron de los patios y comenzaron a reconocerse entre los escombros.
Había que contar muertos.
Había que rescatar heridos.
Había que buscar dónde dormir.
Y después, aunque nadie pudiera saber todavía cuánto tiempo llevaría, había que volver a levantar La Rioja.
Lo hicieron.
Tal vez demasiado bien.
Porque ciento treinta años después, la ciudad sigue allí.
Y casi hemos olvidado la noche en que se cayó.

Comparte este contenido en tus redes
Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp