El regreso del Tigre

Facundo Quiroga había aprendido algo que sólo enseñan las derrotas verdaderas: el ruido que hace un ejército cuando deja de obedecer. Lo había escuchado en La Tablada y otra vez en Oncativo. Había visto retroceder a sus hombres, perder caballos, armas y provincias; había sentido cómo el nombre que hasta entonces abría caminos comenzaba a pronunciarse como si perteneciera al pasado. José María Paz lo había vencido dos veces y durante un tiempo pareció que el Tigre de los Llanos había encontrado, finalmente, a quien pudiera encerrarlo. Pero Facundo no sabía quedarse dentro de una derrota.
El 4 de noviembre de 1831 estaba en Tucumán.
Entre una fecha y otra habían pasado apenas veinte meses y una cantidad suficiente de acontecimientos como para cambiar el mapa político del país. Paz, el gran estratega unitario, había caído prisionero casi por accidente, enlazado por una boleadora cuando recorría sus posiciones cerca de El Tío. La Liga del Interior perdió de pronto al hombre que la mantenía unida. Gregorio Aráoz de Lamadrid tomó el mando. Quiroga entendió entonces que la guerra había vuelto a abrir una puerta y empezó a caminar hacia ella.
Había reconstruido sus fuerzas después del desastre. Volvió a juntar hombres, caballos y fidelidades. Volvió a recorrer provincias. Desde Cuyo avanzó sobre el Interior como alguien que ya conocía el precio de perder y había decidido no pagarlo nuevamente. En septiembre derrotó al coronel Videla Castillo en Rodeo de Chacón. Después siguió hacia el norte. Lamadrid retrocedió hasta Tucumán.
Allí ya no quedaba mucho territorio detrás.
El campo donde iban a encontrarse tenía memoria. Veinte años antes, casi sobre esa misma tierra, Manuel Belgrano había peleado contra el ejército realista en la batalla de Tucumán. Entonces se combatía por una patria que todavía no existía del todo. En 1831, esa patria ya tenía nombre pero seguía sin ponerse de acuerdo acerca de su forma. Españoles y americanos habían dejado lugar a argentinos enfrentados contra argentinos.
El suelo era el mismo.
Lo que había cambiado era el enemigo.

Tres horas en La Ciudadela
La mañana del 4 de noviembre encontró frente a frente a cerca de dos mil hombres de Lamadrid y algo menos bajo las órdenes de Quiroga. Las cifras varían según las reconstrucciones, como casi todo lo que queda después de una guerra civil, pero no cambia lo esencial: ninguno de los dos ejércitos podía marcharse de allí sin entregar algo mucho más importante que el campo.
Lamadrid tenía artillería y una posición preparada. Su plan era esperar. Dejar que los federales avanzaran, castigarlos con los cañones cuando estuvieran al alcance y arrojar después la caballería sobre las filas desordenadas. Quiroga debía hacer lo contrario: moverse.
Y se movió.
Cerca de las diez de la mañana comenzó la batalla.
Los federales atacaron por los flancos. Los cañones unitarios respondieron y durante un momento lograron lo que Lamadrid esperaba: el avance comenzó a desordenarse. El humo de la pólvora debió mezclarse con el polvo levantado por cientos de caballos. Las órdenes se gritaban para hombres que apenas podían escucharlas. Una línea avanzaba mientras otra retrocedía. Las lanzas aparecían y desaparecían entre cuerpos, monturas y tierra.
Una batalla deja de parecerse muy rápido al dibujo que alguien hizo antes sobre una mesa.
Juan Esteban Pedernera recibió la orden de cargar contra la caballería riojana. Sus jinetes avanzaron, llegaron casi hasta el choque y se desbandaron. Lamadrid intentó contener el hueco enviando la reserva, pero los que huían atropellaron a quienes debían avanzar. Otros jefes no respondieron como esperaba. Javier López terminó retirándose con sus hombres. Luis Castro, que debía caer sobre la retaguardia federal, nunca apareció.
La línea unitaria empezó a doblarse.
Entonces la batalla adquirió esa forma brutal que ninguna estrategia termina de prever: hombres intentando sostener un lugar mientras alrededor todo comienza a irse.
Quiroga estaba allí.
No en una colina distante contemplando el combate, sino dentro de aquel movimiento de caballos y hombres. Había aprendido en Oncativo lo que ocurre cuando una derrota empieza a contagiarse y sabía que una tropa puede perder primero en la cabeza y después en el campo. Recompuso sectores, empujó nuevamente a sus hombres hacia adelante y mantuvo la presión sobre las posiciones de Lamadrid.
La batalla duró alrededor de tres horas.
Tres horas pueden ser muy poco para decidir la historia de varias provincias.
También pueden ser una eternidad cuando se mide el tiempo entre una carga y la siguiente.
Al mediodía, La Ciudadela ya tenía dueño.
Lamadrid consiguió escapar. A su alrededor se deshacía el ejército que José María Paz había construido para sostener la Liga del Interior. El combate había terminado, pero algo mucho más grande acababa de derrumbarse con él.
Facundo había vuelto.

La victoria y su sombra
El triunfo de La Ciudadela llevó a Quiroga al punto más alto de su poder militar. La Liga Unitaria quedó destruida y el predominio federal se extendió sobre las provincias del Interior. Tucumán quedó bajo la influencia del vencedor, que poco después convocaría a reorganizar sus autoridades y abriría el camino para la llegada de Alejandro Heredia al gobierno provincial.
Para entender lo que aquello significaba desde La Rioja hay que volver por un instante a los Llanos.
Facundo no había salido de una provincia poderosa. La Rioja no tenía puerto, grandes rentas aduaneras ni una población capaz de competir con las regiones más ricas. Era una provincia de montañas, travesías, animales y distancias. Sin embargo, desde allí había surgido un hombre que en 1831 podía decidir gobiernos a cientos de kilómetros de su casa y modificar el equilibrio político del país.
Eso también explica el mito.
No solamente su ferocidad, sus victorias o aquella figura que sus enemigos terminarían convirtiendo en encarnación de la barbarie. Facundo contenía otra imagen mucho más incómoda para el poder central: la posibilidad de que desde una provincia pobre del Interior surgiera alguien capaz de obligar a Buenos Aires a mirar hacia tierra adentro.
La victoria no lo vuelve inocente.
Después de La Ciudadela hubo ejecuciones, confiscaciones y represalias. Las guerras civiles argentinas estaban muy lejos de cualquier romanticismo y Quiroga participó plenamente de su crueldad. El Tigre podía mostrar gestos inesperados de clemencia y, poco después, ordenar fusilamientos. Podía reclamar organización nacional y al mismo tiempo gobernar la victoria con métodos que hoy resultan brutales. La épica no necesita limpiar la sangre para existir. Tal vez ocurra exactamente lo contrario: necesita admitirla.
Porque la grandeza histórica de La Ciudadela no consiste en convertir a Facundo en un héroe sin sombras.
Consiste en verlo regresar.
Ese hombre había sido vencido por Paz hasta el punto de parecer terminado. Había perdido poder, ejército y territorio. Podía haber desaparecido como tantos jefes de las guerras civiles que alguna vez dominaron una provincia y después quedaron reducidos a una línea en los libros.
No ocurrió. Volvió desde los márgenes. Juntó otra vez a sus hombres. Atravesó el país.
Y fue detrás de quienes creían haberlo derrotado hasta encontrarlos en Tucumán.
Cuando la tarde cayó sobre La Ciudadela, quedaron muertos, heridos, armas abandonadas y caballos sin jinete. El polvo empezó lentamente a regresar a la tierra. Lamadrid marchaba hacia el exilio. La Liga del Interior se convertía en recuerdo.
Facundo seguía allí. Tal vez miró el campo. Tal vez no tuvo tiempo. Las guerras todavía no permitían detenerse demasiado a contemplar las victorias.
Pero aquel 4 de noviembre de 1831 debió saber que había conseguido algo que pocos hombres alcanzan después de haber sido vencidos de verdad.
Había regresado al mismo escenario de la historia que parecía haberlo expulsado.
Y desde aquella tarde ya no era solamente el caudillo de una provincia perdida detrás de las montañas.
Era Facundo Quiroga. El Tigre de los Llanos. El riojano que había aprendido a caer sin aprender jamás a quedarse en el suelo.

 

Comparte este contenido en tus redes
Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp