Jairo y la vida secreta y mágica de las canciones

Sus canciones llevan más de medio siglo acompañando historias que ya no le pertenecen solamente a él. En su paso por La Rioja, Jairo dialogó con 1591 Cultura+Espectáculos sobre su padre nacido en Olta, de la Misa Criolla y Ariel Ramírez, de aquellos comienzos en los que se cruzó con Sandro, de la música que cambia con las generaciones y de la libertad de elegir que defendió durante toda su carrera. Pero, sobre todo, vuelve una y otra vez a las historias: las que encontró en Daniel Salzano, las que una canción puede guardar durante décadas y las que los demás construyen con ellas sin que su intérprete llegue siquiera a saberlo.
Las canciones de Jairo hace mucho que dejaron de pertenecerle solamente a Jairo. Andan por otros lugares. Se quedaron en casas en las que acaso ya no vive nadie, en viajes cuyo destino importa menos que la compañía, en amores que sobrevivieron o terminaron, en tardes de fútbol, en bares, estaciones de trenes, despedidas. Un día, muchísimos años después de haber grabado una canción, alguien puede acercarse y contarle qué hizo con ella. Dónde la escuchó. A quién se la dedicó. Qué parte de su vida quedó para siempre atrapada entre aquellas palabras y aquella melodía.Eso también es una trayectoria, aunque no figure en ninguna discografía.

La de Jairo puede contarse, por supuesto, a partir de más de medio siglo de música, decenas de discos, escenarios en distintos lugares del mundo y canciones interpretadas en varios idiomas. Puede seguirse desde aquel Mario Rubén González que dejó Cruz del Eje con apenas 14 años hasta el artista que viviría durante un cuarto de siglo fuera de la Argentina; desde la canción francesa hasta el folklore, desde Piazzolla hasta Ariel Ramírez, desde los grandes escenarios europeos hasta el regreso permanente a Córdoba. Pero hay otra biografía menos visible: la que fueron escribiendo quienes escucharon sus canciones.

Él mismo lo descubrirá varias veces durante esta conversación. Lo hará cuando recuerde el llamado de Guillermo Barros Schelotto y descubra lo que “El ángel de la cancha” significó alguna vez para un futbolista antes de salir a jugar con Boca. Lo hará cuando hable de ese pequeño Bar Unión cordobés que terminó creciendo en la memoria colectiva hasta adquirir dimensiones imposibles. Y también cuando explique por qué cantar en vivo sigue siendo, después de tantos años, aquello que más disfruta: porque sobre el escenario, dice, las historias vuelven a cobrar vida.

Con todo ese bagaje de canciones e historias, Jairo pasó por el Teatro Víctor María Cáceres, donde interpretó la Misa Criolla junto al Coro Polifónico Provincial y luego desandó canciones de su extenso repertorio. Pero su paso por estos pagos tiene además una historia anterior a su carrera: su padre nació en Olta y, desde allí comienza esta conversación.

UNA HISTORIA QUE EMPIEZA EN EL OASÍS EN LOS LLANOS

Antes de empezar quería consultarle algo. Tengo el dato de que su padre nació aquí, en Olta, en La Rioja. ¿Puede ser?

Así es. Sí, porque la familia de él, la familia de mi abuela, la mamá de mi padre y la familia de ella, vivían en un pueblito que en ese tiempo sería como una aldea, me imagino yo, porque eran casas desperdigadas. Se llamaba Los Baldes. Entonces, cuando fue el momento del parto, se fueron a Olta y ahí nació mi padre. Después, con el tiempo, se fueron a vivir a Cruz del Eje, toda la familia, y ya se quedaron ahí. Creció ahí, fue a la escuela ahí…

¿La Rioja ocupó entonces espacios en los relatos de su padre?

Sí, incluso me acuerdo de haber ido a Los Baldes a visitar a unos tíos que vivían ahí, un hermano de mi abuela…

Y ahora llega nuevamente a La Rioja con una obra muy especial, la Misa Criolla, que va a compartir con el Coro Polifónico Provincial. ¿Por qué la Misa Criolla en este momento de su carrera, de su vida?

Bueno, la verdad es que hace mucho tiempo que la canto. Incluso la he cantado tres veces con Ariel Ramírez. Es una obra que conozco muy bien y que no sé por qué, por esas cosas raras que tiene la carrera de un artista, tal vez, nunca la grabé. Eso es algo pendiente. Probablemente con el tiempo la grabe, porque tengo grabada otra obra, María de Buenos Aires, por ejemplo, de Piazzolla. La grabé con el violinista Gidon Kremer hace unos años. Son dos obras conceptuales casi contemporáneas, dos obras cumbres desde el punto de vista estilístico. Ariel es impresionante el recorrido que hace por los ritmos, sobre todo del folklore del Norte argentino, siguiendo las palabras de la liturgia. Es impresionante el laburo que hizo Ramírez. Yo creo que cuando uno se detiene un poco a pensar dice: ‘Pucha, ponerle música a un texto, a un poema, ya tiene una dificultad muy importante; pero ponerle música a textos litúrgicos y respetarlos al máximo y ponerlos en ritmos también tan distintos es extraordinario’. Hay que tener mucho talento para hacer una cosa así. Es un placer para mí cantarla. Además, es una obra cantada en todo el mundo. No sé si no es la obra argentina más cantada en el planeta.

¿Qué significado tiene particularmente para usted cantarla?

Yo soy de formación religiosa católica y de chiquito iba mucho a la iglesia en Cruz del Eje, aunque mis padres no eran católicos practicantes. Seguí un poco la influencia de dos tías mías que eran muy beatas, dos hermanas de mi padre que habían puesto en el primer plano de sus vidas a la religión, y a mí me entusiasmaba mucho escucharlas. Me sonaba algo increíble, extraordinario, y con ellas empecé a ir a la iglesia. A tal punto que cuando terminé la escuela primaria y empecé el secundario -hice un año de secundario en Cruz del Eje- me fui a un seminario en Jesús María, un seminario chico, que no sé si existe todavía. Me quedé un tiempo allí y después me di cuenta de que mi vocación no pasaba por ahí. Pero era muy entretenido. Me gustaban mucho las charlas de un cura que amenizaba las comidas, los almuerzos, los postres, las meriendas contando historias o directamente leyendo cosas de la Biblia. Era fantástico, me encantaba, me llamaba mucho la atención. La familia venía a vernos y la verdad es que descubrí que si me quedaba más tiempo era porque tenían dos canchas de fútbol. Me gustaba mucho jugar a la pelota, así que eso no era una vocación (risas).

¿Hay algo de la Misa Criolla que se comprenda o se sienta de otra manera después de tantos años vividos, de tantos años recorridos y después de haberla interpretado tantas veces?

Me gusta mucho. Tiene una profundidad ya no solamente en los textos. La música de Ariel es algo que te lleva, que te transporta de una manera excepcional. Tiene una parte muy espiritual, toda la primera parte, y luego tiene partes festivas. El Gloria, por ejemplo: la gente baila, dan ganas de bailar, dan ganas de tocar palmas. Es un sentimiento mucho más profundo ahora que cuando la canté por primera vez, y la he cantado muchas veces en el camino.

Recientemente dijo en una entrevista que siempre quiso cantar aquello que le gustaba, sin importar de dónde viniera. Y de hecho en su repertorio conviven el folklore, el tango, la canción francesa, la poesía, la música popular. ¿Esa libertad fue una decisión consciente desde el comienzo de su carrera o la fue conquistando con los años?

Creo que al final de los años llegó a ser una decisión. Podría ser considerada como una decisión bien tomada o mal tomada, no lo sé, pero una decisión al fin. Al principio era un desorden. Era muy desordenado para todo y para elegir el repertorio también. Por eso me gustaba cantar de todo, porque lo que me gustaba en realidad era cantar. Entonces había alguna melodía que me gustaba y la cantaba. No me importaba de dónde provenía, no me importaba de qué se trataba, no me importaba si era una canción española, si era una canción mexicana. El folklore era la música que se escuchaba en aquella época, cuando yo era niño. Era la música que más se escuchaba, estaba de moda, era impresionante. Después, cuando vine a Buenos Aires, a los 14 años, que fue mi primera y única salida de Cruz del Eje y ya no volví más a vivir en casa de mis padres -me fui en muy buena relación con mis padres-, fue justamente para seguir esa vocación de cantar y pintar. Siempre voy a agradecer, de parte de mis padres, esa gran muestra de confianza, extraordinaria, que en ese momento era una muestra de confianza casi inconsciente, porque yo era muy chico. A los 14 años nadie está preparado para saltar de una ciudad chica como Cruz del Eje a Buenos Aires, que es una ciudad impiadosa. Es muy difícil, muy complicada y de hecho lo sufrí mucho los primeros tiempos. Pero empecé a cantar canciones mías y me decidí a cantar canciones sin seguir un estilo determinado. Me había contratado Canal 13 para cantar en un programa. Me habían visto en la entrega de los Martín Fierro; ¡en la cuarta entrega de los Martín Fierro! Yo era como la mascota del Canal 12 de Córdoba y me llevaron porque habían recibido un Martín Fierro por el programa de noticias. Entonces canté dos canciones que por supuesto no escuchó nadie esa noche, pero sí se interesó mucho la gente de Canal 13 y me ofrecieron un año de contrato. Por eso me vine a Buenos Aires. Una de las primeras veces que canté fue en el Club Atlético Lanús, en el Gran Buenos Aires. Cada cantante cantaba 15 minutos y después se iba a otro baile. Cuando fui a cantar a Lanús tenía que esperar a uno y después subía yo. Pero cuando llegué estaba cantando Sandro, Sandro y Los de Fuego, y era impresionante. Y lo de ‘Fuego’ le iba muy bien, porque le prendía fuego al escenario. Era tremendo. Yo quería ir a cantar eso, quería cantar rock and roll, pero dije: ‘No, no puedo cantar esto. Si está este tipo, yo no puedo cantar’.

Y después se dio el gusto de cantar con él, en una canción que se editó en el disco Ferroviario…

Sí, nos hicimos muy amigos. Yo tenía 14 años y él tenía 17. Éramos muy chicos.

Hablábamos de esa libertad para elegir qué cantar, pero siempre hubo también un trabajo muy especial con la palabra y con autores que tuvieron una relación muy exigente con los textos. ¿Qué tiene que tener una canción, desde la palabra, para que usted sienta que merece ser cantada?

Tiene que contar una historia. Eso es muy importante. Yo he trabajado con muy pocos autores en realidad. He grabado muchísimas canciones. No sé, desconozco sinceramente la cantidad de discos que he grabado. No me acuerdo. Deben ser casi cuarenta y pico, no lo sé, porque entre singles, discos grandes… Y además se suma que he grabado en otros idiomas porque, al haber vivido 25 años fuera de Argentina, he cantado en otros idiomas. Viví muchos años en Francia, entonces grabé discos en francés, en alemán, en portugués, en italiano con Franco Migliacci, que era el autor de Volare, que hizo la producción de mi primer disco en italiano. Fue maravilloso trabajar con él. Pero sí, lo que debe tener una canción es una historia. Y no encontré mejor autor para eso que Daniel Salzano, con quien trabajé los últimos 30 años, hasta su muerte. Un enorme escritor al que se le dio eso de escribir canciones y nos juntamos. Él se había ido a vivir a Madrid justo cuando yo me fui a vivir a París. Nos encontramos porque él me escribió una carta y, a partir de ahí, ya empezamos a escribir canciones y no paramos más.

ESCRIBIR UNA CIUDAD PARA QUE ALGUIEN LA CANTE

Daniel Salzano hizo durante décadas algo difícil de definir sin reducirlo: escribió Córdoba. No solamente sus calles reconocibles, sus bares, sus cines o sus personajes, sino otra ciudad construida con recuerdos, derrotas, humor y melancolía. Desde fines de los años sesenta publicó en La Voz del Interior una obra periodística y literaria profundamente ligada a esa geografía sentimental. Sus textos podían empezar en una esquina cordobesa y terminar en Gardel, Hollywood, el fútbol, un amor perdido o cualquier sobreviviente anónimo de la ciudad. Con Jairo encontró otra forma para esas historias. La sociedad entre ambos fue la más fecunda de las que Salzano construyó en la canción popular; de allí nacieron, entre muchas otras, Milagro en el Bar Unión y Los enamorados.

Quizá no resulte casual que, cuando se le pregunta qué exige de una canción, Jairo responda simplemente: “Tiene que contar una historia”. Salzano encontraba historias en los lugares en los que otros apenas hubieran visto una mesa, un parroquiano, un ferroviario, un estadio o una lluvia detrás de un vidrio. Después Jairo les prestaba la voz.

Esas historias son realmente extraordinarias…

No suelo escuchar nunca discografía mía. Es muy raro que escuche discos míos, pero estuve escuchando y escuché cuatro discos seguidos: estaba Balacera, estaba Ferroviario, estaba Cielos también y Estampitas. Y la verdad es que había un estilo. No me di cuenta entonces, sino muchos años después, de que había cierta coherencia en cuanto a la música y de que eran canciones que contaban historias. Unos meses después de que falleciera mi esposa recibí un mensaje que no sabía si era de verdad o mentira, porque te escriben mucho con seudónimos y cosas así. Me escribía desde Estados Unidos Guillermo Barros Schelotto, que en ese momento era entrenador allá. Soy muy amigo de Carlos Bianchi, entonces lo llamé a Carlos para preguntarle y me dice: ‘¿Qué número es?’. Le pasé el número y me dice: ‘Es Guillermo, es el teléfono de él, así que contestale sin problema’. Le contesté y quedamos en hablar un día por teléfono. Me dijo que tenía que hablar conmigo porque me quería contar algo. Me llamó, interrumpimos el ensayo en ese momento y me puse a hablar con él. Me contó que hacía mucho que me seguía y que yo lo había acompañado mucho a él y a su familia, a su mujer, en Estados Unidos. Me escuchaban muchísimo. Se conocían todas las canciones. Y me contó una historia que la verdad es que me conmovió, porque además yo soy hincha de Boca. Me dijo: ‘Hay una canción tuya que se llama El ángel de la cancha’, que es una canción que cuenta la historia de un hincha que se prepara para ir a la cancha, y lo cuenta con tantos detalles Salzano: cómo se prepara, cómo mira, cómo está el clima, todo ese tipo de cosas, hasta cuando llega a la cancha, cómo disfruta y demás. Y me cuenta Schelotto que le pedía a Carlos Bianchi, los días de partido, salir un ratito a dar una vuelta. En esa época concentraban en un hotel que se llamaba Los Dos Chinos, que no sé si existe ya. Entonces Guillermo se iba a dar una vuelta y con los auriculares escuchaba esa canción una y otra vez. Después, cuando iba a la cancha, cuando empezaba el partido, cuando salía, miraba la tribuna y quería ser el ángel de la cancha para todos los tipos que estaban ahí. ¡Qué bárbaro! ¡Qué historia!

Allí una canción completa un recorrido que sus autores difícilmente hubieran podido imaginar. Salzano escribe a un hincha; Jairo lo canta; años después, un futbolista escucha esa historia antes de salir a jugar y decide que quiere convertirse, por noventa minutos, en el personaje de la canción. La ficción vuelve al estadio de donde alguna vez había tomado sus materiales.

Hoy las canciones circulan de una manera muy diferente. Se escuchan en plataformas, muchas veces de forma fragmentada, en un contexto de velocidad permanente. Usted atravesó todas esas transformaciones. ¿Cómo observa la canción que se está haciendo y escuchando hoy?

Ha cambiado todo, sí. Sobre todo la forma de difusión de las canciones. Y yo creo que hay un corte generacional bastante grande, bastante fuerte. Yo soy de las personas que piensan que cada generación tiene su propia música, que se genera naturalmente, porque se transmite de boca en boca y a través de gente que tiene una edad parecida, en la adolescencia, en las escuelas. Eso va formando un estilo de música que se va generalizando en la medida en que los grupos o los cantantes tengan solidez como para mantenerse en el tiempo. A mí no me sorprende que haya un estilo nuevo que se haya impuesto. Le pueden llamar como quieran, urbano, por ejemplo. Pero yo creo que el rock se ha defendido muy bien frente a esta circunstancia. Cuando nosotros empezamos a cantar, en aquella época, había una lucha tremenda. A cualquiera que cantara cualquier otra cosa que no fuera tango le gritaban de todo, le tiraban monedas, era tremendo. No se podía cantar en ningún lado, te insultaban. Y no te digo nada si tenías el pelo largo. Ahora me parece que el rock, con la llegada de esta oleada de canciones de trap o rap o canción urbana, se defiende bastante bien, a pesar de la protesta de algunos intérpretes o autores contra el estilo, porque lo consideran poco musical. El rock se ha defendido muy bien y es un estilo que tiene muchos seguidores y una solidez que no tenía en aquella época de los ‘60. Es una cosa lógica lo que está sucediendo. Aunque lo que sí es cierto es que nadie tiene la certeza de que lo que uno hace vaya a funcionar.

¿Hay algo de la música actual que lo entusiasme, que le despierte curiosidad?

Me siguen gustando más o menos los mismos intérpretes que me gustaban cuando tenía 30 o 40 años. Y a esa música que escuchaba casi con obligación profesional, digamos, se ha sumado la música clásica, la música más antigua, la música que no escuchaba porque justamente era música que no pertenecía a mi generación. El hecho de haberme ido a vivir fuera de Argentina también hizo que me acerque un poco a la cultura de mi propio país. Es responsable de eso la nostalgia, la melancolía que uno tiene cuando está fuera, la necesidad de sentirte de algún lado, la cosa de pertenencia.

¿En qué momento tomó conciencia Jairo de que sus canciones ya formaban parte de los recuerdos de otros, más que de los suyos?

Bueno, cuando las canto en vivo. A mí lo que más me gusta de lo que hago es cantar en vivo. Me encanta. Me gusta mucho cantar en el escenario, subir al escenario y cantar, porque el escenario es un lugar único. Es como un premio que uno recibe: ‘Si te portás bien vas a ir al escenario, vas a cantar un ratito en el escenario’, algo así. Y salís a cantar y ahí todo es posible, porque todas las canciones, todas las historias que se cuentan en las canciones, es como si cobraran vida. Es como el tipo que escribe un storyboard para una película y de repente ve la película. Una cosa parecida. Y en el escenario es fantástico el clima que se crea dentro de uno. Si uno logra transmitir lo que siente en ese momento, creo que está logrado el propósito de la conexión con el público.

UN BAR, DOS SOLITARIOS Y DIOS SENTADO AL PIANO

Hay canciones que terminan construyendo lugares. “Milagro en el Bar Unión” pertenece a esa clase. Jairo y Salzano tomaron un pequeño bar de la calle 25 de Mayo, en Córdoba, y lo convirtieron en escenario para dos desconocidos solos, una noche de lluvia y una intervención divina que sucede sin estridencias. Hay cuatro palabras que resumen el universo que Salzano pudo imaginar allí: “Dios toca el piano”.

El resto pertenece a esa Córdoba que él supo contar tantas veces: neón, humo, whisky, tristeza, un disco en la vitrola, personas que llegan heridas y la posibilidad, siempre pequeña y enorme, de que algo ocurra.

¿Hay alguna canción que todavía lo sorprenda de alguna manera al momento de cantarla?

Sí, hay una canción que me gusta mucho cantar y que me gusta incluso cuando hago versiones distintas. De repente se me ocurre hacer un tema que ha sido muy rítmico como un blues. Se trata de ‘Milagro en el Bar Unión’, que es una canción que cuenta la historia de un bar y de dos personajes solitarios que se encuentran en ese bar, y quien está ahí para unirlos es Dios. Es un milagro y Dios toca el piano. En Córdoba había un piano bar que se llamaba Bar Unión, en la calle 25 de Mayo. Cuando uno hace una canción, se da cuenta de dónde van a parar las canciones o dónde la gente, en su imaginación, quiere que vayan a parar. Porque si toda la gente que me dice que ha estado en el Bar Unión y que lo ha conocido ha estado realmente, el Bar Unión tendría que haber sido algo así como el estadio Kempes (risas). Era un bar muy chiquito, pero tenía la gracia de que era un bar medio romántico, medio de trampa también a veces, con sus cortinitas. Lo dirigía una austríaca, que era la dueña del lugar. El marido había fallecido en un accidente ferroviario y ella siguió con el bar. Uno ponía el disco que quería, o de repente se ponía a tocar el piano y las parejas bailaban. Era algo muy especial y estaba en pleno centro de Córdoba. Así que es probable que mucha de la gente que me dice que estuvo haya estado de verdad. Pero muchísima.

Tal vez eso sea precisamente lo que una canción hace con un sitio verdadero: lo agranda. El pequeño bar de las cortinas deja de medirse en metros cuadrados y empieza a medirse por la cantidad de personas que aseguran haber estado allí, o que sienten que estuvieron porque Salzano y Jairo consiguieron llevarlas hasta una mesa bajo el neón.

Hay otra canción que conmueve mucho, que es Ferroviario, aun cuando la persona que la escucha no haya crecido en una familia de ferroviarios…

Sí, porque es un acto de rebeldía del tipo que quiere mostrar que no quiere perder una cosa y que les va a mostrar que no la quiere perder. Entonces decide un día hacer algo al respecto y ahí se forma la canción.

¿Sigue teniendo esos actos de rebeldía, Jairo?

Sí, afortunadamente sí. Yo siempre he tenido algo de eso, aunque sea de manera inconsciente, pero siempre lo he tenido. La prueba más grande que he encontrado en ese sentido es que siempre he sido un artista independiente. Nunca he sido un artista de una compañía multinacional. Siempre he hecho trabajos independientes. Mis discos siempre han sido independientes. He trabajado con compañías multinacionales para la distribución de los discos, pero a los discos los grabo yo. Eso tiene una ventaja: que uno canta lo que quiere. Es decir, que no te imponen nada. Porque yo creo que el 50 por ciento -por lo menos- de los directores artísticos de las compañías discográficas son músicos fracasados que no han llegado a cumplir su propósito, un cantante que se ha quedado a mitad de camino; entonces quieren imponer un criterio que ya ha fracasado a un intérprete nuevo. Y si el intérprete nuevo es independiente, no existe esa posibilidad.

VOLVER A LA RIOJA

Jairo pasó por La Rioja con una historia que, en realidad, había empezado mucho antes de su llegada al escenario. La provincia forma parte de su propia memoria familiar: su padre nació en Olta y esa raíz aparece cada vez que habla de este territorio con una cercanía que excede la circunstancia de una presentación. Esta vez volvió para cantar la Misa Criolla, para reencontrarse con canciones que acompañan a varias generaciones y, también, para saldar en parte una deuda que él mismo reconoce: haber cantado en La Rioja menos de lo que hubiera querido.

En ese regreso hubo algo más que un concierto. Estuvo la voluntad de encontrarse con un público al que Jairo dice sentir cercano, de avanzar en esa familiaridad que sólo se construye con los años y con canciones capaces de quedarse adheridas a la vida de los demás. Antes de su presentación, hablaba justamente de eso: de La Rioja, del poder íntimo de una canción, de la memoria y de aquello que todavía espera cada vez que sube a un escenario.

Llegar a un escenario como el de La Rioja, ¿tiene algún significado en particular? ¿Puede sentirlo de alguna forma más cercano?

Yo siento muy cercana a La Rioja. Por parte de mi padre, por supuesto, por la familia de mi abuela. Sin embargo, no es de los lugares donde más haya cantado en el interior. Es cierto que no canto en muchos lugares tampoco, no soy un cantante demasiado prolífico en ese sentido. Se ha ido dando naturalmente el hecho de que cante mucho en ciertas provincias más que en otras. La Rioja es un lugar en el que he sentido que he cantado muy poco para lo que yo hubiera anhelado cantar. Me parece que tendría que haber cantado mucho más y, si pudiera hacerlo, aunque el tiempo va poniendo sus límites, pediría hacerlo mucho más.

Aparte de la Misa Criolla, los riojanos pudieron escuchar algunas otras canciones también…

Sí, es un show aparte, menos santo. (Risas). Porque hay canciones de distinto tipo, canciones reconocidas, con las que de alguna manera la gente se siente identificada por la letra, por la música o por el momento en que las conocieron. Las canciones tienen esa magia extraordinaria de que la gente las pueda asociar a momentos importantes de la vida de cada uno.

En alguna entrevista planteó que no le gusta hablar de política porque la observa muy confusa. Pero más allá de la cuestión partidaria, ¿cree o siente que una canción puede modificar, aunque sea mínimamente, la realidad de una persona, su manera de mirar el mundo?

Puede ser, sí. Puede ser en una persona o en un reducido grupo de personas. En todo caso, la música tiene cierto poder en ese sentido, pero claro, es muy difícil que una canción llegue a cambiar algo. Sí ha habido canciones que en algún momento provocaron por lo menos un temblor de tierra, un terremoto, digamos, en algunos momentos difíciles. Por ejemplo, yo cantaba una canción cuando volvió la democracia aquí a la Argentina que se llama ‘Venceremos’. Es una canción que se cantaba en los años ‘60 en las manifestaciones que había en Estados Unidos por las luchas sociales, por los derechos sociales, y la cantaban los movimientos pacifistas, la gente de Martin Luther King. Es considerada en Estados Unidos como una canción de protesta y en realidad dice cosas muy simples. Trata de infundir algo de coraje en quien la escucha cuando dice que no tendremos miedo nunca más. Eso es bueno, es una frase, un verso muy justo y muy poderoso que se escribió en la versión en español de la canción. Y curiosamente, en la vuelta a la democracia en Argentina, esa canción tenía las palabras justas para ese momento, aunque había sido escrita muchísimo tiempo antes.

¿Qué espera que quede de este encuentro con La Rioja?

Yo quiero que me sientan como alguien cercano. Ese es mi mayor deseo. Que me sientan como alguien que camina por la calle todos los días. Eso me gustaría mucho: tener esa familiaridad de trato con la gente que te va a escuchar cantar, avanzar mucho en la conexión. Cuando uno va a cantar ya tiene eso de ganado. Es decir, la mirada es distinta, el público ya te mira con otros ojos.

Es lo que viene cosechando, por otra parte…

Sí, yo creo que por la sumatoria de la trayectoria, de los años. Tantos años cantando evidentemente te vas familiarizando. Aunque habrá gente que también diga: ‘Oh, este tipo otra vez’ (risas).

Y acaso allí, en esa última broma, se esconda otra explicación posible para una carrera tan extensa y extraordinaria. Jairo no habla del escenario como un pedestal. Habla de él como un lugar al que todavía espera merecer subir, de la canción como una historia que sólo se completa cuando alguien la recibe y de la familiaridad como una de las formas más profundas del vínculo con el público. Las canciones hicieron el resto.

Salieron de los discos, sobrevivieron a los formatos, encontraron otras generaciones y fueron quedándose donde pudieron: en un bar que ya es más grande en el recuerdo que en la realidad, en un futbolista dando una vuelta antes de un partido, en la memoria de una estación ferroviaria, en una persona que vuelve a escuchar una melodía y recupera por unos minutos un tiempo perdido.

Jairo las sigue cantando. Lo que ocurre después ya pertenece a los otros.

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