Alina Diaconú: la escritura como una forma de misterio

Nació en Rumania, hizo del castellano su lengua literaria y construyó en la Argentina una obra atravesada por el exilio, la identidad, la memoria y las preguntas esenciales de la existencia. Amiga de Cioran y María Kodama, interlocutora de Borges y autora de una extensa producción narrativa, poética y aforística, Alina Diaconú recorre en esta entrevista las marcas de una vida dedicada a la palabra y sostiene una certeza paradójica: la literatura no ofrece respuestas, sino que multiplica las preguntas.

Nació en Bucarest en 1945 y pasó allí los primeros catorce años de una infancia que aún conserva como “un país en sí”: la casa, el jardín, la parra, los gatos, la nieve, los sabores, las primeras amistades y la figura de su abuelo. Esa memoria íntima sobrevivió al otro paisaje de aquellos años, el de la Rumania sometida al régimen comunista, que terminaría empujando a su familia al exilio y convirtiendo a la Argentina, desde 1959, en el territorio donde habría de construir otra vida.

Llegó a Buenos Aires siendo adolescente y sin dominar el castellano. La apropiación de esa nueva lengua no fue solamente una necesidad de adaptación: terminó convirtiéndose en el acontecimiento decisivo de su formación como escritora. Ella misma sitúa un momento preciso para ese pasaje: cuando comenzó a soñar en castellano y descubrió que ya no necesitaba traducir mentalmente lo que escribía. Una profesora de Lengua y Literatura reconoció entonces su vocación y su búsqueda estética a través de la palabra. El idioma adquirido dejó de ser extranjero y se transformó en el espacio donde desarrollaría toda su obra.

Desde la publicación de “La señora”, en 1975, Diaconú desplegó una trayectoria que atravesó la novela, la poesía, el ensayo, la entrevista y el aforismo. En ese camino también confluyeron algunas de las grandes figuras intelectuales del siglo XX.

Conoció a Eugène Ionesco, construyó una profunda amistad con Emil Cioran, dialogó en numerosas ocasiones con Jorge Luis Borges y mantuvo durante casi cuatro décadas un vínculo entrañable con María Kodama. Pero al evocarlos evita deliberadamente el monumento: de aquellos nombres extraordinarios recuerda, ante todo, la modestia, la calidez, el humor y la capacidad de tratarla como a una igual cuando ella todavía era una joven insegura de su propia escritura. Frente a Borges, en cambio, permanece intacto el asombro por aquella inteligencia capaz de lanzar reflexiones como “flechas”, desde un cuerpo que parecía frágil en contraste con la velocidad y profundidad de su pensamiento. A los 80 años, lejos de clausurar su recorrido, Diaconú continúa escribiendo. “Luciérnagas curiosas”, su más reciente reunión de aforismos, concentra dos décadas de pensamientos breves que ella define como pequeñas luces capaces de aparecer en medio de la sombra: reflexiones irónicas, metafísicas, escépticas y, a veces, místicas, muchas de ellas nacidas espontáneamente y anotadas en servilletas de los cafés que frecuenta. “Hay como un mini-ensayo en cada frase”, dice. Quizá allí pueda encontrarse también una clave para leer toda su trayectoria: la escritura no como lugar de llegada, sino como ejercicio permanente de interrogación. Porque después de una vida atravesada por países, idiomas, pérdidas, amistades extraordinarias y libros, Diaconú desconfía de las respuestas definitivas. Prefiere la inquietud, la perplejidad, la duda, ese “no saber” que -dice- obliga a continuar buscando. Y si la literatura ha acompañado casi toda su existencia, no ha sido para explicarle el mundo. Al contrario: ha enriquecido su vida interior y multiplicado las preguntas. Desde ese territorio, el de quien todavía busca, conversa con 1591 Cultura + Espectáculos.

LA INFANCIA COMO PAÍS, LA LENGUA COMO DESTINO

En la vida de Alina Diaconú hay un territorio que nunca terminó de desaparecer: la infancia. Bucarest permanece en los recuerdos familiares, en los sabores, en el paisaje doméstico y en las primeras experiencias afectivas; pero también en la marca del exilio y de una partida que la obligó a comenzar nuevamente en otro país.

La llegada a la Argentina significó además habitar una lengua desconocida. Con el tiempo, el castellano dejó de ser una herramienta de adaptación para convertirse en algo mucho más profundo: la lengua desde la cual habría de construir toda una obra literaria.

NACIÓ EN BUCAREST Y LLEGÓ CON SUS PADRES A BUENOS AIRES CUANDO TENÍA 14 AÑOS. ¿QUÉ CONSERVA HOY DE AQUELLA ADOLESCENTE QUE DEBIÓ ABANDONAR SU PAÍS Y EMPEZAR NUEVAMENTE EN UN LUGAR DESCONOCIDO?

Conservo mi infancia que es un país en sí, según Rilke. Mi casa, el jardín, la parra, los gatos, la nieve, los sabores de ciertos platos típicos. Los primeros amores imposibles, las amigas-confidentes, mi abuelo.

LLEGÓ A LA ARGENTINA SIN HABLAR ESPAÑOL Y TERMINÓ CONSTRUYENDO EN ESTA LENGUA TODA UNA OBRA LITERARIA. ¿EN QUÉ MOMENTO SINTIÓ QUE EL ESPAÑOL HABÍA DEJADO DE SER UNA LENGUA APRENDIDA PARA CONVERTIRSE EN SU LENGUA DE ESCRITORA?

Cuando empecé a soñar en castellano, cuando sentí que en mis trabajos escritos para el colegio ya no estaba traduciendo mentalmente. Y cuando vi que recibía muy buenas notas en mis composiciones, porque tuve una profesora que transmitía pasión en sus clases de Lengua y Literatura. Ella captó mi vocación y mi búsqueda estética a través de la palabra. Así, acaso sin saberlo, me estimuló sobremanera. Se llamaba Srta. Guglielmino.

EL EXILIO, LA MEMORIA Y LA IDENTIDAD ATRAVIESAN DISTINTOS MOMENTOS DE SU OBRA. ¿ESCRIBIR FUE TAMBIÉN UNA MANERA DE RECONSTRUIR ALGO DE AQUELLO QUE HABÍA QUEDADO ATRÁS?

Fue una catarsis, no cabe duda.

LA ESCRITURA COMO MISTERIO

Más de medio siglo de escritura permite mirar hacia atrás, pero Diaconú parece resistirse a una lectura lineal de su propia trayectoria. Los géneros cambiaron, también las experiencias, las ideas y los contextos, aunque ella reconoce una misma esencia atravesando sus libros. Incluso la relación con aquello que escribió tiene algo de extrañamiento: una vez publicada, la obra parece desprenderse de quien la creó. En esa distancia aparece una concepción singular de la literatura, cercana al trance y al misterio, como si escribir fuera menos un acto de voluntad que una forma de escuchar aquello que pide ser escrito.

SU TRAYECTORIA ABARCA MÁS DE MEDIO SIGLO Y PRÁCTICAMENTE TODOS LOS GÉNEROS: NOVELA, CUENTO, POESÍA, ENSAYO, PERIODISMO, ENTREVISTAS Y AFORISMOS. ¿QUÉ PERMANECE DE AQUELLA MUJER QUE COMENZÓ A PUBLICAR Y QUÉ CAMBIÓ RADICALMENTE EN SU MANERA DE ENTENDER LA LITERATURA?

Lo que permanece es la esencia, lo que uno es desde que llega a este mundo. Eso no cambia. Lo que cambian son los gustos, las creencias, los mil avatares de la vida. En mis libros pueden estar esos cambios, pero la semilla de mi forma de ser y de ver el mundo se encuentra intacta en todos ellos, cualquiera sea el género elegido.

HA ESCRITO DURANTE MÁS DE MEDIO SIGLO. ¿QUÉ RELACIÓN TIENE HOY CON LA ESCRITORA QUE FUE A LOS TREINTA O CUARENTA AÑOS? ¿HAY LIBROS SUYOS QUE TODAVÍA RECONOCE PLENAMENTE COMO PROPIOS Y OTROS DE LOS QUE SIENTE QUE SE HA ALEJADO?

No siento ningún libro mío como propio. Siempre es como si lo hubiese escrito otra persona. Ni siquiera los más recientes. La escritura, para mí, es una suerte de trance, donde yo transcribo lo que me ‘dictan’. ¿Quién? Misterio. Tengo un aforismo en ‘Luciérnagas curiosas’ que dice: ‘Yo no escribo lo que escribo. Se escribe’.

MEMORIA DE UN MUNDO INTELECTUAL

La trayectoria de Diaconú también estuvo atravesada por encuentros excepcionales. Borges, Emil Cioran, Eugène Ionesco y María Kodama no aparecen en sus recuerdos únicamente como nombres consagrados de la cultura, sino como personas con las que compartió conversaciones, afinidades y afectos. Lo que permanece de aquellos vínculos no es solamente la dimensión literaria o filosófica, sino algo más íntimo: la inteligencia, el humor, la generosidad, la amistad. Desde esa memoria personal, Diaconú reconstruye también una época cultural que percibe hoy como extinguida.

A LO LARGO DE SU VIDA TUVO LA POSIBILIDAD DE CONVERSAR Y ESTABLECER VÍNCULOS CON FIGURAS COMO JORGE LUIS BORGES, EMIL CIORAN O EUGÈNE IONESCO. ¿QUÉ DEJARON ESOS ENCUENTROS EN USTED MÁS ALLÁ DE LA LITERATURA Y DEL PESO DE ESOS NOMBRES?

Lo que me dejaron literaria y filosóficamente, lo describí muchas veces. Lo más importante para mí fue el contacto humano con ellos y descubrir la modestia, la calidez, el sentido del humor y el respeto por el interlocutor que los caracterizaba. Así son ‘los verdaderamente grandes’. Yo era una muchacha insegura en lo que hacía y me trataron como a una igual.

SU RELACIÓN CON CIORAN TERMINÓ CONVIRTIÉNDOSE EN UNA AMISTAD QUE USTED RECONSTRUYÓ AÑOS DESPUÉS EN “QUERIDO CIORAN”. AHORA QUE PUBLICA UN LIBRO DE AFORISMOS, ¿RECONOCE ALGUNA HUELLA DE ÉL EN SU MANERA DE PENSAR Y ESCRIBIR LO BREVE?

Sí, por supuesto. Pero no por imitarlo, sino por tener ideas existenciales muy parecidas a las de él. Desde siempre. Por algo se dio esa amistad y afinidad.

TAMBIÉN CONOCIÓ Y ENTREVISTÓ A BORGES. CON EL PASO DE LOS AÑOS, CUANDO DESAPARECE LA IMPRESIÓN INMEDIATA DE HABER ESTADO FRENTE A UNA FIGURA EXTRAORDINARIA, ¿QUÉ RECUERDO HUMANO CONSERVA DE ÉL?

Borges tenía respuestas tan sagaces, tan sarcásticas a veces, que en el ‘tête-à-tête’, a mí, hasta me desconcertaban. Su velocidad mental, unida a su profundidad, eran deslumbrantes. Había algo contradictorio casi entre ese hombre ciego, balbuceante, apocado, disminuido físicamente y la genialidad de sus reflexiones que parecían flechas.

MANTUVO DURANTE DÉCADAS UNA ESTRECHA AMISTAD CON MARÍA KODAMA. MÁS ALLÁ DE SU VÍNCULO INEVITABLE CON BORGES Y DE LA FIGURA PÚBLICA QUE LLEGÓ A REPRESENTAR, ¿QUIÉN ERA LA MARÍA KODAMA QUE USTED CONOCIÓ?

Para mí María fue como una hermana. Una amistad de casi 40 años nos unió. La María que yo conocí siguió siendo enigmática, misteriosa, secreta, etérea, hermética, con algo fantasmal, pero lo que sucedía era que entre nosotros había un vínculo afectivo muy hondo que no necesitaba de las confidencias o confesiones que todos esperaban de ella (y que nunca recibieron). Yo sabía qué le podía preguntar, qué no, qué le gustaba, qué detestaba, y ella que era tremendamente intuitiva se daba cuenta de eso. Creo que, sobre todo, reconocía mi lealtad y fue muy generosa conmigo. Me presentó libros, me escribió prólogos, me publicó algunos volúmenes cuando la Fundación tenía su Editorial. Por algo me puso en una dedicatoria que yo era ‘su mejor amiga’. La extraño enormemente.

USTED CONOCIÓ Y FRECUENTÓ A ALGUNOS PROTAGONISTAS EXTRAORDINARIOS DE LA CULTURA DEL SIGLO XX. MIRANDO HACIA ATRÁS, ¿SIENTE QUE PERTENECIÓ A UN MUNDO INTELECTUAL QUE YA NO EXISTE? ¿QUÉ CREE QUE SE PERDIÓ Y QUÉ APARECIÓ EN SU LUGAR?

Yo tuve la dicha de conocer a seres e intelectuales extraordinarios. Únicos. Fue una época que se extinguió. En la actualidad, no encuentro señales para ser optimista.

TECNOLOGÍA, HUMANIDAD Y UNA ÉPOCA EN TRANSFORMACIÓN

Haber vivido entre mundos tan distintos le permite a Diaconú observar el presente desde una perspectiva atravesada por varias transformaciones históricas. El exilio, los cambios políticos, las mutaciones culturales y, más recientemente, la revolución tecnológica modificaron profundamente nuestra relación con el tiempo, la palabra y los otros. Su mirada evita cualquier celebración ingenua del progreso: detrás de cada avance reconoce también una pérdida y plantea una pregunta incómoda sobre aquello que una sociedad puede sacrificar cuando transforma aceleradamente sus modos de vivir y comunicarse.

SU VIDA ATRAVESÓ EL EXILIO, GRANDES TRANSFORMACIONES POLÍTICAS Y CULTURALES Y, FINALMENTE, UNA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA QUE MODIFICÓ NUESTRA RELACIÓN CON LA PALABRA Y CON LOS OTROS. DESPUÉS DE HABER VIVIDO Y ESCRITO A TRAVÉS DE MUNDOS TAN DIFERENTES, ¿QUÉ SIENTE QUE HEMOS GANADO Y QUÉ CREE QUE HEMOS PERDIDO?

Lo que se gana siempre es a expensas de lo que se pierde. Se ganó en tecnología, se perdió en humanidad.

LUCIÉRNAGAS EN LA SOMBRA

En “Luciérnagas curiosas”, Diaconú condensa dos décadas de pensamientos en una forma mínima: el aforismo. Son frases nacidas muchas veces de manera repentina, registradas antes de que desaparezcan, como pequeñas iluminaciones que buscan abrir una grieta en lo cotidiano. Allí confluyen algunas de sus preocupaciones de siempre: la existencia, la espiritualidad, la sociedad, la incertidumbre y el misterio. Lejos de proponerse como respuestas definitivas, esas breves piezas parecen asumir la duda como método y como destino: pequeñas luces que no disipan la oscuridad, pero permiten verla de otro modo.

DESPUÉS DE HABER TRANSITADO GÉNEROS QUE PERMITEN UNA EXTENSIÓN MUCHO MAYOR, ¿QUÉ ENCUENTRA EN EL AFORISMO? ¿LA BREVEDAD REPRESENTA UNA FORMA DE LIBERTAD O UNA EXIGENCIA TODAVÍA MAYOR?

Yo no releo nada de lo que ya vio la imprenta. Me hace mal porque soy una obsesiva con la corrección y siempre me topo con alguna errata o algún error. Creo que ‘Luciérnagas curiosas’, si bien reúne aforismos escritos durante 20 años, mantiene una unidad absoluta, porque resume y refleja mis inquietudes de siempre. Siempre hablo de lo mismo y con el mismo tono. Es un libro para abrir en cualquier lado, en cualquier página, y ver qué ‘lucecita’ puede brillar en la sombra. Son reflexiones sintéticas, irónicas, metafísicas, escépticas, místicas a veces. Mucha gente se identifica con ellas. Creo que hay como un mini-ensayo en cada frase. Una chispa, un relámpago, un llamado de atención. Aparecen en mí espontáneamente, como una revelación, y si no las anoto en el momento, se esfuman. Me las olvido. La mayoría de mis aforismos fueron escritos en servilletas de papel de los cafés que frecuento en mi vida cotidiana.

EN “LUCIÉRNAGAS CURIOSAS” CONVIVEN OBSERVACIONES SOBRE LA CONDICIÓN HUMANA, LA POLÍTICA, LA SOCIEDAD, LA ESPIRITUALIDAD Y LA VIDA COTIDIANA. ¿HAY PREGUNTAS O PREOCUPACIONES QUE LA ACOMPAÑAN DESDE SIEMPRE Y SOBRE LAS CUALES TODAVÍA NO HA ENCONTRADO RESPUESTAS?

No hay respuestas. O, al menos, respuestas concluyentes. Todo para mí es inquietud, perplejidad, duda. Y ese ‘no saber’ es una de las maravillas de la vida, porque nos obliga a seguir buscando.

DESPUÉS DE TANTOS AÑOS ESCRIBIENDO, ¿LA LITERATURA LE HA DADO ALGUNA RESPUESTA IMPORTANTE SOBRE LA EXISTENCIA O LE HA ENSEÑADO, FUNDAMENTALMENTE, A FORMULAR MEJORES PREGUNTAS?

La literatura (mis lecturas y los textos propios) enriquece la vida interior, las búsquedas internas y, en mi caso, aumenta un consustancial placer ante lo estético y lo fantástico. Respuestas, no. Al contrario, creo que multiplica las preguntas. Es que no hay respuestas concluyentes ni en la literatura, ni en la filosofía, ni en las ideologías. Sólo la iluminación búdica, el Nirvana, puede revelarnos esa verdad última que tanto nos obsesiona. Pero en ese caso, la respuesta llega justamente gracias a la ausencia del pensamiento, a la ‘no mente’.

EL TÍTULO CONVIERTE A ESTOS PENSAMIENTOS EN PEQUEÑAS LUCES QUE APARECEN EN LA OSCURIDAD. SI TUVIERA QUE ELEGIR UNA “LUCIÉRNAGA” PARA ILUMINAR ESTE MOMENTO DE SU VIDA, ¿CUÁL SERÍA?

‘¿Nos damos cuenta de que cada despertar es un milagro?’

En Alina Diaconú, la escritura parece conservar intacta una zona de misterio. Después del exilio, de las lenguas, de los libros, de las amistades extraordinarias y de una vida atravesada por profundas transformaciones culturales, permanece la misma inquietud frente a aquello que no termina de revelarse.

Tal vez por eso “Luciérnagas curiosas” resulte una imagen tan precisa para este momento de su obra. Sus aforismos no buscan iluminarlo todo ni ordenar el mundo bajo una certeza definitiva. Apenas producen un destello: una frase breve, una intuición, una pregunta que aparece y obliga a mirar de nuevo.

Diaconú sostiene que la literatura no le ha dado respuestas, sino que ha multiplicado sus preguntas. Y en esa afirmación parece condensarse buena parte de su recorrido: escribir como una forma de búsqueda, de perplejidad, de atención frente a lo inexplicable.

Queda, entonces, una última luz. Una de esas frases que nacen de pronto y que ella anota antes de que se desvanezcan: “¿Nos damos cuenta de que cada despertar es un milagro?”

ALINA DIACONÚ

Nació en Bucarest, Rumania, en 1945, y llegó a la Argentina junto a sus padres cuando tenía 14 años. El exilio marcó de manera profunda su vida y su obra: dejó atrás la infancia, el paisaje familiar y la lengua materna, y comenzó en Buenos Aires un proceso de reconstrucción personal que también sería lingüístico. El castellano, aprendido en la adolescencia, terminó convirtiéndose en la lengua de toda su producción literaria.

Narradora, poeta, ensayista, periodista y autora de aforismos, desarrolló una trayectoria de más de medio siglo. Publicó su primera novela, La señora, en 1975, y desde entonces construyó una obra atravesada por la memoria, la identidad, el desarraigo, la condición humana, la espiritualidad y la búsqueda de sentido. Entre sus libros se encuentran Buenas noches, profesor, Enamorada del muro, Cama de ángeles, Los ojos azules, El penúltimo viaje, Los devorados, Una mujer secreta, Avatar y Querido Cioran. Historia de una amistad.

A lo largo de su vida estuvo vinculada con algunas de las figuras más relevantes de la cultura del siglo XX. Conoció y entrevistó a Jorge Luis Borges, mantuvo una profunda amistad con Emil Cioran y Eugène Ionesco y estuvo unida durante casi cuatro décadas a María Kodama. De esos encuentros, sin embargo, Diaconú suele rescatar menos el peso de los nombres que la dimensión humana: la inteligencia, la modestia, el humor, la calidez y la amistad.

Su escritura más reciente encontró en el aforismo una forma especialmente afín a sus inquietudes. En Luciérnagas curiosas reúne pensamientos escritos a lo largo de dos décadas: reflexiones breves, irónicas, metafísicas, escépticas y, en ocasiones, místicas, que condensan una mirada sostenida por la duda y la perplejidad. A los 80 años, Diaconú continúa concibiendo la literatura no como un territorio de respuestas definitivas, sino como una forma de seguir preguntando.

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