Antología imprescindible

Una reseña para el libro «Escritores riojanos» del historiador riojano Roberto Rojo

Todo está atravesado por la historia. Desde los acontecimientos más pequeños hasta los hechos más trascendentales se abren las puertas a una mirada posterior que nos ubica en espacio y tiempo con –a veces, y este es uno de esos casos- asombrosa precisión. Así queda trazado el itinerario de un viaje en el que los nombres en primera persona, se tornan fundamentales para un yo colectivo actual, presente, que se proyecta también hacia el futuro próximo.
“Escritores riojanos” (de Joaquín V. González a Bravo Tedín) del historiador Roberto Rojo puede aparecer como una antología caprichosa, tal como el propio autor lo sugiere desde su honestidad intelectual, pero no por eso menos imprescindible a la hora de sumergirse el lector en un universo que se afirma en la palabra como una huella extensa de memorias que marcan las diferentes épocas en que la trascendencia de las obras, aunque en algunos casos exiguas por las limitaciones propias y externas de aquellos tiempos, terminó por traspasar fronteras.
Así, Rojo traza también su propia historia, anclada en preferencias personales a las que no escapa, pero también a partir de una visión escrutadora que pone en contexto a todos y cada uno de los actores elegidos, con una rigurosidad propia de “lector perseverante” que decide “capturarlos vivos con sus virtudes y flaquezas, con sus mensajes y negaciones, con sus odios y amores”, tal el objetivo que da a luz a este libro.
“¿Lo habré logrado?”, se pregunta luego con modestia e incertidumbre el autor. La respuesta, claro está, queda abierta a los ocasionales lectores que trasunten por las páginas de un libro que es mucho más que un libro dedicado a escritores riojanos, dada la pericia de Rojo para abarcar universos paralelos a los universos individuales descriptos y que, en una suerte de concatenación y resolución de continuidad en el tiempo, en muchos casos terminan por tocarse.
Desde “Joaquín V. González: el genio olvidado”, hasta “Miguel Bravo Tedín: la cultura es una risa”, el autor se inmiscuye –capítulo a capítulo- no sólo en el análisis particular de las obras, sino también en las vidas de esos escritores a los que muestra como lo que fueron y son: simples seres humanos que, en su trascender desde un legado que brota entre volúmenes casi olvidados, vivieron y viven sus vidas asistiendo y siendo parte de una cotidianeidad que los muestra, al mismo tiempo, tan invencibles como vulnerables.
En resumidas cuentas, el autor pone esas existencias al desnudo y las ofrece como muestrario fiel de diferentes épocas de riojanidad, con sus luces y sus sombras, pero herencia al fin de una historia que, como se dijo en un principio, todo lo atraviesa -desde los acontecimientos más pequeños hasta los hechos más trascendentales- y deja una estela que permite reconstruir el pasado en este presente en el que la historia se sigue escribiendo, a la espera de un Roberto Rojo que, en su rol de escritor, dé a luz a un nuevo libro que nos lo cuente.

 

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