Aprender a mirar lo que siempre estuvo ahí

Volvemos a leer «El origen de las especies», de Charles Darwin.

El 22 de septiembre de 1832, un muchacho inglés de veintitrés años se encontraba frente a unas barrancas de la costa bonaerense, cerca de Punta Alta. Había llegado a bordo del Beagle, una embarcación que recorría los mares del sur, y llevaba consigo una curiosidad difícil de satisfacer. Se llamaba Charles Darwin. Aquella mañana comenzó a excavar en una tierra que parecía guardar cosas de otros tiempos. Entre las capas de sedimentos aparecieron huesos enormes, restos de animales que ya no existían y que, sin embargo, conservaban semejanzas inquietantes con criaturas todavía vivas. No había allí ninguna revelación inmediata, ninguna certeza capaz de explicar el mundo. Había, sencillamente, algo que no terminaba de encajar con lo que se sabía. Y Darwin tenía una cualidad que terminaría siendo decisiva: sabía quedarse mucho tiempo frente a una pregunta.

Todavía faltaban veintisiete años para que aquellas inquietudes encontraran una forma definitiva en un libro. En ese tiempo, Darwin regresaría a Inglaterra, estudiaría sus colecciones, intercambiaría cartas con naturalistas de distintos países, criaría palomas, observaría plantas, insectos y animales domésticos, y llenaría cuadernos con anotaciones que muchas veces parecían no conducir a ninguna parte. También dudaría. Muchísimo. La imagen del científico que descubre una verdad y corre a comunicarla resulta demasiado sencilla para explicar lo que ocurrió. Darwin necesitó años para reunir pruebas, ponerlas a discusión consigo mismo y aceptar las consecuencias de sus propias conclusiones.

Cuando El origen de las especies apareció finalmente en Londres, el 24 de noviembre de 1859, su autor tenía cincuenta años. El editor John Murray había preparado una tirada de 1250 ejemplares, comprometida rápidamente por los pedidos del comercio librero. Darwin había escrito un libro de ciencia, pero también había introducido una perturbación en la manera en que los seres humanos se pensaban a sí mismos. Las especies, sostenía, no eran formas inmutables colocadas de una vez y para siempre sobre la Tierra. Cambiaban a lo largo de generaciones innumerables. Entre las variaciones heredables que aparecen en los organismos, algunas favorecen la supervivencia y la reproducción en determinadas condiciones. La selección natural podía explicar, sin necesidad de un plan previo, una parte fundamental de la extraordinaria diversidad de la vida.

Sin embargo, lo verdaderamente fascinante del libro no está solamente en la dimensión de aquella idea, sino en el modo en que Darwin invita a acompañarlo hasta ella. El origen de las especies no se lee como una proclama escrita por alguien que conoce todas las respuestas. Su autor vuelve una y otra vez sobre las dificultades de su explicación, considera objeciones, reconoce aquello que todavía ignora y busca en los detalles más modestos una pista que permita avanzar. Las palomas, los escarabajos, las flores, las semillas transportadas por el agua o los animales que habitan las islas adquieren una importancia inesperada. Nada parece demasiado pequeño para merecer atención. La naturaleza deja de ser un paisaje inmóvil y comienza a mostrarse como una historia que se escribe lentamente, sin testigos capaces de contemplarla completa.

EL TIEMPO ESCONDIDO EN LAS COSAS

Hay una forma particular de belleza en esa escritura. Darwin no necesita adornar el mundo para volverlo extraordinario. Le alcanza con observarlo de cerca. Un jardín puede contener relaciones de dependencia y competencia que escapan a nuestra mirada; un fósil puede hablar de criaturas desaparecidas millones de años atrás; dos animales aparentemente distintos pueden conservar señales de un parentesco remoto. La vida, que solemos percibir en el instante, comienza a desplegarse sobre una profundidad temporal casi inconcebible. Aquello que vemos es apenas una pequeña escena de una historia mucho más larga.

Quizá por eso resulta tan significativo que algunas de las preguntas decisivas de Darwin hayan nacido también en territorio argentino. En las barrancas de Punta Alta encontró restos de grandes mamíferos extinguidos; en las llanuras observó animales, paisajes y formas de vida que lo obligaron a comparar lo presente con lo desaparecido. Aquellos hallazgos no contenían por sí solos la teoría de la evolución, pero contribuyeron a una inquietud que ya no lo abandonaría. En una tierra lejana a los grandes centros científicos de su época, Darwin comenzó a reunir indicios de que el mundo natural tenía un pasado mucho más complejo de lo que se suponía.

La historia posterior del libro suele contarse a través de las controversias que provocó, especialmente por sus consecuencias para las interpretaciones religiosas sobre el origen de los seres vivos. Es una parte importante de su trayectoria, aunque quizá haya terminado por ocultar otra más íntima y perdurable. Darwin no solamente modificó una explicación científica. También nos enseñó que comprender exige aceptar la posibilidad de estar equivocados, que las certezas heredadas deben exponerse a las pruebas y que una pregunta bien formulada puede resultar más fecunda que una respuesta apresurada.

Ese aprendizaje conserva una actualidad singular. Vivimos rodeados de afirmaciones inmediatas, de opiniones que reclaman adhesión antes de ofrecer fundamentos y de explicaciones que pretenden reducir cualquier complejidad a unas pocas palabras. La lectura de Darwin propone otro ritmo. Obliga a detenerse, comparar, desconfiar de las primeras impresiones. Nos recuerda que la paciencia intelectual no es una debilidad y que la duda, cuando está acompañada por la búsqueda rigurosa de evidencias, constituye una forma de conocimiento. También permite comprender fenómenos que forman parte de nuestras preocupaciones contemporáneas. La resistencia de ciertas bacterias a los antibióticos, las transformaciones de las poblaciones animales o las dificultades que enfrentan numerosas especies ante los cambios ambientales encuentran en la evolución una herramienta fundamental de interpretación. No porque Darwin hubiera previsto esos problemas, sino porque su obra ayudó a construir una manera de estudiar la vida que continúa desarrollándose, corrigiéndose y ampliándose con los descubrimientos de la genética y de otras disciplinas.

Hay, además, una consecuencia menos evidente y acaso más conmovedora. Si la vida posee una historia compartida, nuestra presencia en el mundo deja de ser un acontecimiento separado de todo lo demás. Los árboles, los pájaros, los insectos que cruzan una ventana y los animales con los que convivimos participan de una trama de parentescos, cambios y persistencias que excede largamente nuestra existencia. No se trata de imaginar una naturaleza armoniosa, porque Darwin sabía que también está atravesada por la competencia, la muerte y la extinción. Se trata de comprender que formamos parte de ella, incluso cuando nuestras costumbres nos hacen sentir que vivimos fuera de sus límites. Hacia el final de El origen de las especies, Darwin se detiene ante una ribera cubierta de plantas, habitada por pájaros, insectos y lombrices. Es una escena sencilla, casi doméstica. Después de cientos de páginas dedicadas a explicar los mecanismos de la transformación de los seres vivos, elige regresar a un pequeño fragmento del mundo. Allí encuentra una grandeza que no necesita de monumentos ni de acontecimientos excepcionales: la de innumerables formas de vida relacionadas entre sí, surgidas a lo largo del tiempo mediante procesos naturales.

Han pasado 167 años desde que aquel libro llegó a las librerías de Londres. Muchas de sus explicaciones fueron ampliadas y algunas corregidas por investigaciones posteriores, como corresponde a cualquier conocimiento científico vivo. Pero permanece intacta su enseñanza más hermosa: la posibilidad de mirar lo cotidiano y descubrir que nunca fue tan simple como creíamos. Pienso entonces en aquel joven de veintitrés años que caminaba por las barrancas de Punta Alta, recogiendo huesos bajo el cielo de una Argentina que todavía estaba construyéndose como país. No sabía todavía qué libro escribiría ni cuánto cambiaría el mundo después de publicarlo. Tenía unas herramientas, algunos cuadernos y la obstinación de quien no se conforma con lo evidente. Tal vez allí resida la razón más profunda para volver a leer a Darwin: en recordar que el conocimiento comienza, muchas veces, cuando alguien se detiene frente a algo que todos han visto y se atreve a preguntarse qué historia esconde.

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