Ariel Ferraro volvió a la Argentina cuando la dictadura había terminado y la democracia empezaba a reconstruir un país atravesado por ausencias. Regresó después de años de exilio en España, con libros, papeles, poemas, recuerdos y una vida que había seguido ocurriendo lejos de La Rioja. Había esperado esa vuelta. La había imaginado. Tal vez también la había escrito antes de que fuera posible. Pero regresar no significó recuperar aquello que había dejado. El país era otro. La gente era otra. Él mismo era otro. Y el 4 de noviembre de 1985, poco tiempo después de aquel retorno, murió en Buenos Aires. Tenía sesenta años.
Hay regresos que no alcanzan a convertirse en llegada. Ferraro conoció esa intemperie. Había nacido el 20 de septiembre de 1925 en Corral de Isaac, en los Llanos riojanos, y construyó desde muy joven una relación intensa con la poesía, el periodismo, la docencia, el teatro y la actividad cultural. Fue una de las figuras centrales de una generación que intentó ampliar el lenguaje literario de La Rioja sin romper con aquello que la hacía propia. La tierra siguió estando en sus poemas, pero dejó de ser apenas paisaje. Se volvió memoria, historia, conflicto, materia humana. En sus libros convivieron la greda, los antepasados, los sueños, la política, la violencia, la música y una forma profundamente personal de mirar una provincia que nunca necesitó ser pintoresca para ser universal.
Ferraro perteneció al grupo Calíbar y fue, durante años, uno de esos hombres capaces de convertir cualquier conversación, una lectura o una reunión en un acto cultural. Mario Paoletti dijo alguna vez que la verdadera Dirección de Cultura de La Rioja la llevaba Ferraro puesta “como se lleva la ropa”. La frase sirve porque describe algo más amplio que una función institucional: había en él una necesidad permanente de mover libros, poetas, ideas, canciones, discusiones. Su presencia no terminaba en lo que escribía. Estaba también en aquello que provocaba alrededor.
Su poesía llegó además a la canción. Ramón Navarro y otros músicos encontraron en sus textos una materia capaz de volverse melodía. Zamba del cercador, Elegía a la Victoria Romero, Canción por nuestro origen, Cuequita del incendiado quedaron entre las obras que ayudaron a ensanchar el cancionero riojano. No era un poeta prestándole palabras al folklore. Había en esos textos una misma búsqueda: nombrar el territorio sin encerrarlo, hacer que la historia de La Rioja pudiera entrar en una canción sin reducirse a una postal.
Escribir la distancia
Mucho antes de que el exilio se convirtiera en experiencia concreta, Ferraro había escrito Exilio submarino. El título adquiriría después una resonancia difícil de ignorar. No porque la poesía pueda adivinar el futuro, sino porque algunas palabras parecen esperar durante años el acontecimiento que terminará por volverlas más hondas. Cuando la dictadura militar lo obligó a marcharse del país, el exilio dejó de ser una imagen.
España fue refugio y también distancia. Allí continuó escribiendo, enseñando, pensando una Argentina que ya no podía tocar. La literatura adquirió entonces otra clase de memoria. La Rioja comenzó a existir también como recuerdo: los Llanos, las voces, los amigos, los nombres de una geografía que desde lejos podían volverse todavía más precisos. A veces la ausencia afina aquello que la cercanía vuelve cotidiano.
El exilio modifica incluso la manera de pronunciar la palabra casa. Uno puede conservar una dirección, un paisaje, una canción, pero mientras tanto el tiempo trabaja sobre todo aquello que se dejó atrás. Mueren personas. Cambian las ciudades. Se rompen vínculos. Aparecen silencios. La vida continúa sin pedir permiso. Por eso volver nunca es recorrer en sentido inverso el mismo camino.
Ferraro regresó cuando la democracia volvió a la Argentina. Había razones para celebrar: terminaba un tiempo de persecuciones, censura, cárceles, desapariciones y exilios. Pero la democracia podía restituir derechos; no podía devolver los años perdidos. Tampoco podía reconstruir intacto el mundo que cada exiliado había conservado en la memoria.
Según los recuerdos familiares y de quienes estuvieron cerca de él, ese regreso estuvo atravesado por el desacomodo y una profunda tristeza. Había vuelto al país que quería recuperar, pero la pertenencia no siempre obedece a una frontera. Puede ocurrir que uno regrese al sitio correcto y, sin embargo, siga sintiéndose lejos.
Tal vez allí resida la zona más dolorosa de su historia. Ferraro había convertido La Rioja en materia poética durante décadas. Había escrito sus tierras, sus personajes y sus heridas. Después tuvo que aprender a hacerlo desde el otro lado del océano. Cuando finalmente pudo regresar, descubrió que la patria también podía convertirse en una forma del extrañamiento.
Murió en Buenos Aires el 4 de noviembre de 1985. Su muerte llegó cuando todavía escribía y corregía. Los materiales recuperados después mostraron poemas inéditos, versiones sucesivas, textos sobre los que continuaba trabajando. No dejó una obra clausurada sino una obra interrumpida. Esa diferencia importa. Un poeta no termina necesariamente cuando publica su último libro. A veces sigue corrigiendo una palabra hasta que la muerte decide por él.
Ferraro había llamado a uno de sus libros Antepasados del insomnio. Quizá esa imagen sirva también para pensar lo que quedó. Hay poetas que continúan despiertos dentro de las palabras de una comunidad. Sus versos reaparecen en una canción, en una biblioteca, en la voz de otro poeta, en alguna vieja edición o en el nombre de alguien que todavía recuerda una conversación.
La Rioja permaneció en Ariel Ferraro incluso cuando él no podía permanecer en La Rioja.
Después volvió.
Y acaso allí comenzó su último exilio.
No el que obliga a cruzar un océano, sino aquel más silencioso que consiste en regresar al lugar que uno ama y descubrir que el tiempo también puede desterrarnos.