Adaptando libremente la novela «La procesión de las contradicciones» de Martín Alanís, el siempre creativo César Torres construye una puesta donde la palabra se vuelve cuerpo, la memoria se transforma en rito y las contradicciones humanas adquieren una dimensión universal. Con una destacada labor actoral y un preciso trabajo de iluminación y sonido, «Caballos en la Memoria» confirma las posibilidades del teatro para expandir y resignificar una obra literaria.
Algunas novelas parecen estar destinadas a encontrar una segunda vida sobre un escenario. No porque estén construidas a partir de grandes acontecimientos, sino porque detrás de sus páginas laten voces, conflictos y personajes que reclaman una presencia física para desplegar toda su potencia. Eso sucede con «La procesión de las contradicciones», la novela de Martín Alanís que obtuvo el Primer Premio del Concurso de Narrativa de la Feria del Libro de La Rioja y que hoy vuelve a cobrar vida bajo otra forma gracias a «Caballos en la Memoria», la nueva producción de la Comedia Provincial Riojana.
La adaptación realizada por el director César Torres no se limita a trasladar la historia al lenguaje teatral. Su principal virtud consiste en descubrir las posibilidades escénicas que ya estaban contenidas en el texto original y potenciarlas hasta convertirlas en una experiencia profundamente sensorial, donde la palabra, el cuerpo, la luz y el sonido dialogan permanentemente.
La novela de Alanís se sostiene sobre una característica que atraviesa buena parte de su obra: la oralidad. El propio autor ha señalado que trabajar desde las voces permite ganar en subjetividad y construir personajes más complejos. Esa condición encuentra en el teatro una traducción natural. Lo que en la literatura aparece a través del relato, en escena adquiere cuerpo, gesto, respiración y presencia.
La historia gira alrededor de una situación aparentemente sencilla. Dos abuelas disputan el afecto de su único nieto. Sin embargo, detrás de esa anécdota doméstica comienza a desplegarse un universo mucho más complejo donde afloran viejos resentimientos, diferencias sociales, creencias populares, fanatismos religiosos y deseos de poder cuidadosamente ocultos bajo el manto del amor familiar.
La disputa, en realidad, no gira solamente alrededor de Bruno (el perrito). Lo que está en juego es algo más profundo: la necesidad de imponer una visión del mundo, de ejercer influencia sobre el otro, de determinar qué camino debe seguir. A medida que la historia avanza, las contradicciones que dan nombre a la novela se transforman también en las contradicciones de los propios espectadores.
TENSIÓN CONSTANTE
Es allí donde aparece con claridad la mano de César Torres.
La puesta se organiza como una ceremonia. Más que asistir a una narración convencional, el público participa de una suerte de ritual donde dos figuras enfrentadas buscan imponer su verdad y conquistar adhesiones. Perla y Chabela aparecen construidas desde el contraste permanente. Una parece encarnar ciertas contradicciones de la urbanidad; la otra emerge desde el interior profundo (Malanzán) con una energía desafiante y disruptiva. Entre ambas se establece una tensión constante que sostiene toda la estructura dramática.
La disposición escénica contribuye decisivamente a esa construcción. La pasarela central funciona como un territorio simbólico donde se enfrentan fuerzas opuestas, donde lo sagrado y lo profano, lo humano y lo sobrenatural, parecen convivir en un delicado equilibrio. Alrededor de ellas circulan otras voces, otras presencias y otras figuras que amplifican el conflicto y convierten la disputa familiar en una reflexión mucho más amplia sobre la condición humana.
Uno de los aspectos más logrados de la puesta es el trabajo de iluminación y sonido, concebido por el propio Torres. Lejos de cumplir una función técnica o decorativa, ambos elementos se integran plenamente a la dramaturgia.
La iluminación construye sentido. La obra se sostiene sobre un preciso juego entre la luz y la oscuridad, entre aquello que se revela y aquello que permanece oculto. Las luces cenitales recortan a las protagonistas en momentos clave, aislándolas del resto del espacio y otorgándoles una dimensión casi confesional. Por momentos, la luz parece señalar quién posee la palabra y quién domina el relato. En otros, funciona como una especie de reflector sobre la memoria, iluminando fragmentos de vidas atravesadas por culpas, deseos y frustraciones.
Las imágenes de la puesta refuerzan esa sensación. Los cuerpos emergen desde la penumbra como apariciones. Las sombras envuelven la escena y convierten cada intervención en un acontecimiento cargado de tensión. Hay una búsqueda estética evidente que encuentra en la penumbra (casi oscuridad) una herramienta expresiva fundamental.
El diseño sonoro acompaña esa construcción con igual precisión. Entre sus recursos más sugestivos aparece la presencia recurrente de los caballos. Sus tropeles atraviesan la obra como una resonancia constante, una fuerza invisible que parece provenir de un lugar anterior a la razón. Son una imagen sonora poderosa, capaz de remitir al destino, a la fe, a los impulsos más profundos de los personajes o incluso a aquello que los seres humanos no terminamos de comprender y terminamos nombrando simplemente como voluntad divina.
EL VERDADERO CORAZÓN DE LA OBRA
Pero -es importante e indispensable señalarlo- si la puesta alcanza verdadera intensidad es gracias al trabajo actoral.
Francisco Sotomayor del Castillo y Safira Saraví cargan sobre sus hombros el peso principal de la obra y lo hacen con interpretaciones de enorme precisión. Ambos construyen personajes complejos, contradictorios y profundamente humanos, evitando cualquier tentación caricaturesca pese a que dichos personajes podrían conducir fácilmente hacia ese territorio.
Sotomayor del Castillo compone una Doña Perla de gran presencia escénica, capaz de oscilar entre el humor, el exceso, la fragilidad y la dureza con notable naturalidad. Saraví, por su parte, entrega una Doña Chabela igualmente sólida, construida desde matices que enriquecen permanentemente la disputa central.
Lo más interesante es la manera en que ambas actuaciones se complementan. Ninguna busca imponerse sobre la otra. La fuerza dramática surge precisamente de ese contrapunto permanente, de ese choque de voluntades que nunca pierde intensidad y que constituye el verdadero corazón de la obra.
Junto a ellos, Pedro Romanazzi, Giannina Allegretti, Facundo Aredes, Agostina Díaz, María José Barrionuevo, Gonzalo Abdala, María Gabriela Mercado Aguilar e Ignacio Páez completan un elenco que contribuye a consolidar el universo escénico imaginado por Torres.
A casi seis décadas de su creación, la Comedia Provincial Riojana vuelve a demostrar su capacidad para asumir desafíos artísticos ambiciosos y dialogar con la producción cultural local desde una mirada contemporánea. Porque «Caballos en la Memoria» no es solamente una adaptación teatral de una novela premiada. Es la confirmación de que una obra literaria puede encontrar nuevas formas de existencia cuando es leída con sensibilidad, inteligencia y audacia.
Si Martín Alanís construyó en «La procesión de las contradicciones» un universo poblado por voces contundentes e incontrastables, César Torres consigue que esas voces respiren, discutan, recen, sufran y conmuevan frente al público. Y en ese encuentro entre literatura y teatro aparece, quizás, el mayor logro de la propuesta: transformar una historia profundamente riojana en una experiencia escénica capaz de interpelar a cualquiera que alguna vez haya convivido con sus propias contradicciones.
FICHA TÉCNICA
Caballos en la Memoria
Adaptación libre de la novela La procesión de las contradicciones, de Martín Alanís.
Dirección General y Adaptación: César Torres
Elenco
Doña Perla: Francisco Sotomayor del Castillo
Doña Chabela: Safira Saraví
Actúan además:
Pedro Romanazzi
Giannina Allegretti
Facundo Aredes
Agostina Díaz
María José Barrionuevo
Gonzalo Abdala
María Gabriela Mercado Aguilar
Ignacio Páez
Diseño de iluminación y sonido: César Torres
Luminotecnia: Iván Sancevich
Sonotecnia: Fabricio Quinteros
Ambientación: Gonzalo Abdala
Peinados: Luis Córdoba
Máscaras: Rosario Casulli
Asistencia de dirección: Leonardo Arellano
Producción ejecutiva: Fabricio Quinteros
Producción General: Dirección de Artes Escénicas
Organizan:
Subsecretaría de Arte y Creatividad
Secretaría de Culturas
Comedia Provincial Riojana – 58 años llevando teatro a la comunidad riojana.