Carlos María Quiroga, el hombre que imprimió sobre las ruinas

Primero hubo que contar las casas caídas. Las paredes abiertas. Los templos dañados. Los patios convertidos en montones de adobe. Durante semanas, La Rioja contó pérdidas. El terremoto del 27 de octubre de 1894 había sacudido una ciudad pequeña y vulnerable, había dejado muertos, heridos, familias a la intemperie y una sensación difícil de medir: la de que aquello que parecía firme podía venirse abajo en apenas unos segundos. Carlos María Quiroga tenía veintitrés años. Mientras la ciudad trataba todavía de reconocerse entre sus escombros, decidió fundar un periódico.
Lo llamó Laurel.
Hay nombres que parecen elegidos después de conocer la historia. Éste podría ser uno de ellos. El laurel era la corona de quienes habían vencido, y aquel periódico nacía precisamente cuando alrededor resultaba difícil encontrar algo parecido a una victoria. A comienzos de 1895 todavía había mucho por reconstruir en La Rioja, pero Quiroga entendió, quizá sin necesidad de formularlo de esa manera, que una ciudad tampoco vive solamente de paredes. Hacen falta casas, por supuesto. Hacen falta techos. Hace falta volver a poner una puerta donde el terremoto dejó un hueco. Pero también hacen falta palabras para explicar lo ocurrido, para discutir lo que viene, para decir quién murió, quién necesita ayuda, qué decide el gobierno, qué reclama un vecino, qué piensa alguien sobre aquello que todos acaban de vivir. Una ciudad también se reconstruye cuando vuelve a contarse a sí misma.
Carlos María Quiroga había nacido en La Rioja el 4 de noviembre de 1871. Su vida terminaría recorriendo el periodismo, la docencia y la política con una intensidad que vuelve tentadora la enumeración: diputado provincial, vicegobernador, gobernador interino, docente, legislador, impulsor de iniciativas institucionales, hombre vinculado al escudo provincial y a la creación de la biblioteca y el archivo de la Legislatura. Pero quizá una lista diga menos de él que aquella decisión tomada a los veintitrés años. La ciudad acababa de caer y él quiso imprimir.
No sabemos cuánto ruido hacía la imprenta de Laurel. Tampoco cuántos ejemplares salían de cada tirada, cuántas personas podían comprarlos ni cuántas hojas sobrevivieron a ese tiempo en que los diarios nacían con facilidad y desaparecían muchas veces de la misma manera. Pero la imagen permanece: tinta fresca sobre una ciudad todavía herida. El periodismo como una forma de levantar algo mientras alrededor otros levantaban paredes.

Escribir también era pelear
Años después, Quiroga pasó a formar parte de otra experiencia periodística importante. Durante doce años dirigió aquel «El Independiente» fundado en 1901 por Pelagio B. Luna, un periódico anterior y completamente distinto del diario cooperativo que con el mismo nombre nacería en La Rioja varias décadas después. Las fuentes lo recuerdan como un periodista “de garra” y dicen que llegó a jugarse el pellejo en el oficio. La expresión no parece exagerada para una época en la que un periódico provinciano difícilmente podía mantenerse a distancia de las pasiones políticas.
La prensa riojana de aquellos años no era un territorio sereno. Los diarios tomaban partido, polemizaban, denunciaban, acompañaban candidaturas, enfrentaban gobiernos y respondían a grupos políticos, económicos o religiosos. La palabra impresa podía abrir una discusión, pero también una enemistad. Podía costar una persecución, una cárcel o la necesidad de abandonar por un tiempo la provincia. A Quiroga le tocó conocer ese costado áspero. Su nombre aparece asociado a episodios de persecución y prisión por sus ideas, en una tradición periodística riojana que conoció demasiado pronto la censura y el castigo. Eso modifica también la imagen inicial.
El muchacho que imprimía Laurel después del terremoto no estaba eligiendo solamente un oficio. Elegía una forma de intervenir. Para él, el periodismo no parece haber sido un lugar desde donde contemplar la provincia, sino una manera de participar en ella. Y esa misma necesidad reaparece después en la política y en la educación. Carlos María Quiroga parece haber pertenecido a una generación convencida de que las instituciones todavía podían inventarse, que una provincia podía organizar sus símbolos, sus archivos, sus escuelas, sus calles y hasta la memoria de sí misma.
Tal vez por eso hay algo particularmente significativo en que haya estado vinculado tanto con los periódicos como con los archivos.
Un diario nace para durar un día. Un archivo se construye para durar después de todos nosotros. Entre ambos extremos transcurrió buena parte de su vida: escribir lo urgente y conservar lo que no debía perderse.
La Rioja de finales del siglo XIX y comienzos del XX necesitaba las dos cosas. Venía de décadas de guerras civiles, de aislamiento, de carencias materiales y de una catástrofe que literalmente había tirado casas al suelo. Empezaba, con enormes dificultades, a pensarse como una provincia capaz de construir una administración más compleja, ampliar la educación, ordenar instituciones y participar de una modernidad que llegaba siempre más lentamente que a las grandes ciudades del país. Quiroga se movió dentro de ese proceso con una característica que aparece una y otra vez en su trayectoria: la imposibilidad de quedarse quieto.
Si había que enseñar, enseñaba. Si había que legislar, legislaba. Si había que organizar una biblioteca, participaba. Si había que discutir en un periódico, escribía. Y cuando la ciudad se cayó, fundó uno.

Lo que no pudo derrumbar el terremoto
Hay algo profundamente riojano en aquella escena de 1895. No porque La Rioja tenga algún monopolio sobre la resistencia, sino porque buena parte de su historia parece construida alrededor de la obligación de recomenzar. Sequías, guerras, aislamiento, pobreza, terremotos, derrotas políticas: una y otra vez la provincia tuvo que aprender a hacer con poco aquello que otros podían hacer con mucho.
Laurel pertenece a esa genealogía.
No fue un edificio nuevo ni una obra pública monumental. Eran hojas impresas. Sin embargo, en una ciudad golpeada por el terremoto, poner palabras en circulación era también decir que la vida continuaba. Que todavía había algo para discutir. Que podía existir un mañana al cual dirigir una noticia.
Quizá por eso Carlos María Quiroga merece ser recordado desde allí antes que desde cualquiera de los cargos que ocupó después. Los cargos pasan rápido por las biografías. Una imagen, en cambio, puede quedarse.
Un muchacho de veintitrés años. Una ciudad llena de paredes partidas. Una imprenta. El olor de la tinta. Y unas hojas que comienzan a salir mientras todavía se levantan los escombros.
Carlos María Quiroga fundó Laurel cuando La Rioja tenía muchas cosas más urgentes que un periódico. O eso podía parecer. Porque una ciudad necesita saber que sigue viva. Y a veces alcanza con que alguien vuelva a imprimirla.

 

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