¿Cómo se entiende el mundo sin Messi en la Selección?

Hay cosas que uno cree permanentes no porque piense que durarán para siempre, sino porque estuvieron ahí durante demasiado tiempo. Una casa a la que siempre se vuelve, aunque más no sea en la memoria. Una voz que reconocemos aun antes de escuchar lo que dice (y las voces que olvidamos, sin querer). Un banco en una vereda. Una persona a la que damos por sentada en ciertas y determinadas escenas de nuestra vida. No pensamos demasiado en su existencia, simplemente contamos con ella.
Durante más de veinte años, para nosotros, Lionel Messi fue también eso.
No porque ignoráramos que algún día iba a poner fin a su relación con la Selección Nacional. Sabíamos que ocurriría. El cuerpo envejece, las carreras terminan, y hasta las historias más extraordinarias encuentran su última página, sin vuelta. Pero una cosa es saber que algo terminará y otra muy distinta es poder entender verdaderamente cómo será el mundo después del punto final.
Messi anunció que ya no jugará para la albiceleste, y esta vez -lo sabemos- es distinto. Lo hizo después de 207 partidos, 125 goles, seis mundiales jugados (uno ganado) y una carrera que atravesó prácticamente toda nuestra vida reciente, como si 20 años no fueran nada. Puede que por eso resulte tan difícil explicar lo que acaba: porque cuando Messi llegó a la Selección, el mundo era otro. También nosotros.
Tenía 18 años cuando debutó en 2005. No existía el iPhone, Twitter todavía no había nacido, tampoco WhatsApp ni Instagram. YouTube daba sus primeros pasos y Facebook era apenas una red universitaria que empezaba a expandirse. No llevábamos un mapa, una cámara, un diario, una televisión, una biblioteca, nuestras conversaciones, nuestros recuerdos y buena parte de nuestra vida dentro de un teléfono.
Néstor Kirchner era presidente de la Argentina. George W. Bush gobernaba Estados Unidos. Benedicto XVI acababa de convertirse en Papa y aun faltaban años para que escucháramos hablar cotidianamente de algoritmos, criptomonedas, streaming, inteligencia artificial o influencers. El Diego estaba vivo, y Messi ponía primera a esa particular historia.
Después, después pasó el mundo: se derrumbó Lehman Brothers y una crisis financiera puso en cuestión algunas de las certezas sobre las que parecía descansar la economía global; Barack Obama llegó a la Casa Blanca; hubo levantamientos en el mundo árabe que hicieron caer gobiernos que parecían eternos; aparecieron nuevos movimientos políticos y desaparecieron otros; cambiaron presidentes, partidos, alianzas, enemigos. Y Messi estaba.
En 2013, un argentino apareció vestido de blanco en el balcón de la Basílica de San Pedro y dijo que los cardenales habían ido a buscar un Papa “casi al fin del mundo”. Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco. Messi ya llevaba ocho años jugando para Argentina. Vimos nacer aquel pontificado. Vimos transcurrir sus años. Y vimos a Francisco partir hacia otro plano en 2025. Pero Messi estaba.
Entre una cosa y otra hubo mundiales, derrotas, alegrías, discusiones interminables y ridículas sobre si sentía la camiseta, comparaciones con Maradona, finales perdidas y esa imagen de 2014 que quedó suspendida durante años: Messi pasando junto a la Copa del Mundo en el Maracaná, mirándola desde una distancia que nos perecía la cara visible del abismo.
También cambió nuestra relación con él: primero fue la promesa, después, el prodigio, después vino la impaciencia, el reproche y la sospecha absurda de que podía ser extraordinario para todos menos para nosotros. Después llegaron las derrotas y cierta crueldad tan nuestra que convirtió en obligación aquello que en cualquier otro lugar hubiese sido privilegio.
Hasta que en 2016 Lío dijo basta. Si, lo hicimos. Fuimos nosotros. Después de otra final perdida anunció que no jugaría más para la Selección y por unos meses nos dimos de frente, anticipadamente, con aquello que hoy es definitivo: un futuro sin él.
Pero volvió. Y tal vez aquella vuelta haya reforzado una ilusión que desde entonces nos acompañó: hasta cuando Messi se iba, Messi regresaba. Por eso terminamos creyendo, de una manera inexplicable, que siempre habría otra vez. Otra Eliminatoria. Otra Copa América. Otro Mundial. Otra noche cualquiera en la que Argentina jugaría y el número 10 estaría allí.
Entonces llegó 2020, y el mundo que creíamos estable se detuvo. Las calles quedaron vacías, cerraron las fronteras, los aviones quedaron en tierra. Aprendimos a hablar de cuarentenas, contagios, curvas y distancias. Dejamos de abrazarnos. Miramos a nuestros padres a través de una pantalla y tuvimos miedo de cosas que hasta unos meses antes eran inconcebibles.
Por primera vez una generación entera comprendió que la normalidad podía desaparecer de un día para otro. D10S también partió, aunque parecía imposible; un día Diego dejó de estar. Pero Messi estaba también para curarnos de tanta orfandad.
Un año después llegó el Maracaná. La Copa América de 2021 no cambió solamente su palmarés, sino algo mucho más profundo: nuestra manera de mirarlo. Después de tantos años esperando que Messi nos diera algo, empezamos a querer que el fútbol finalmente le diera algo a él. Y se lo dio.
En 2022 Europa volvió a conocer una guerra a gran escala con la invasión rusa a Ucrania. Ese mismo año comenzó a expandirse masivamente una tecnología que pocos meses antes parecía ciencia ficción: máquinas capaces de conversar con nosotros, escribir, traducir, crear imágenes, responder preguntas. El mundo de 2005 ya casi había desaparecido por completo.
Y en diciembre de 2022, en Lusail, Messi levantó la Copa del Mundo. ¡Ya está! ¡Ya está!, nos dijo. Pero no le creímos.
Podría haber terminado allí y hubiera sido un final perfecto. Pero Messi siguió: otra Copa América, otro Mundial, otra final, con 39 años y empujando los límites de algo que hacía tiempo había dejado de parecer razonable, natural.
Hasta que llegó este día. 31 de agosto de 2026. Y ahora sí. Ahora no hay otra vez. La certeza se invirtió.
Pero quizás el verdadero asunto no sea todo lo que le ocurrió al mundo mientras Messi jugaba. Quizás lo más extraordinario sea todo lo que nos ocurrió a nosotros mientras él estuvo. Porque veinte años no son solamente presidentes, guerras, papas, pandemias o revoluciones tecnológicas. Son, para muchos, una vida.
Los chicos que vieron debutar a Messi hoy son adultos. Quienes tenían veinte años tienen más de cuarenta. Quienes tenían treinta se acercan a los sesenta. En esos años nacieron nuestros hijos. Vimos crecer a nuestros hijos. Cambiamos de trabajo, de casa, de ciudad, de amigos, de ideas. Algunas personas que estaban a nuestro lado en Alemania 2006 ya no estaban en Brasil 2014. Algunas que estuvieron en Brasil ya no llegaron a Qatar.
Llegaron otras. Hubo mesas que se hicieron más grandes. Y otras que se fueron quedando vacías. Nuestros padres envejecieron. También nosotros. Pero mientras todo eso ocurría había ciertos momentos en los que el tiempo parecía volver al mismo lugar. Argentina jugaba. Salía el equipo. Y Messi estaba ahí. Esa era nuestra certeza. Y también nuestra forma de entender el mundo.
De allí, tal vez, que conservamos una cronología íntima hecha de Mundiales: ¿Dónde vimos Alemania 2006? ¿Con quién estábamos en aquel partido contra Alemania en 2010? ¿A quién abrazamos cuando Argentina llegó a la final en Brasil? ¿Cómo era nuestra vida cuando perdió las finales con Chile? ¿Dónde estábamos aquella mañana imposible contra Arabia Saudita en Qatar? ¿Quién estaba a nuestro lado cuando Montiel caminó hacia el punto del penal? ¿Quién sigue estando hoy? Quizás ésa sea la verdadera medida del tiempo, no los calendarios.
Messi fue durante más de veinte años una de esas presencias contra las que medimos, sin saberlo, nuestra propia vida. Mientras todo cambiaba, él permanecía. Y ahora la permanencia se convirtió en una fractura.
No porque de pronto descubramos que un futbolista puede retirarse. Eso lo sabíamos, igual que sabemos de la muerte: ocurre aunque no queramos. Pero lo que descubrimos es otra cosa: que aquello que estaba incorporado al paisaje de nuestras emociones también puede desaparecer. Que ya no vamos a volver a preguntarnose si Messi estará en el próximo Mundial. Que ya no habrá un próximo partido con él en la Selección. Que alguna vez, muy pronto, Argentina saldrá a jugar, alguien llevará la camiseta número 10 y nuestros ojos buscarán durante un instante una figura que no estará allí. Quizás (es más que probable) debamos vivir con ese fantasma durante años.
El fútbol, mientras tanto, intentará resolver ese problema con la facilidad brutal con la que siempre suele resolver estas cosas. Aparecerán nuevos jugadores. Otros chicos que se aprenderán otros nombres. La Selección seguirá ganando y perdiendo; habrá nuevas historias. El mundo también seguirá. Siempre sigue.
La pregunta, entonces, no es cómo jugará Argentina sin Messi. La pregunta es otra: ¿Cómo vamos a entender al mundo sin él en la Selección?
Quizás haya que empezar por aceptar que durante más de veinte años vimos cambiar el mundo mientras Messi se vestía de lo permanente, de lo certero. Y que ahora, cuando finalmente lo vemos irse, entendemos algo que acaso habíamos conseguido postergar: no es solamente Messi el que se va, una parte de nosotros -incluso parte de lo que creíamos entender- también se va con él.

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