“Yo hice toda mi vida teatro en La Rioja”, dice Saldaño a 1591 Cultura+Espectáculos, y en esa frase cabe una biografía entera. No se trata solo de un dato cronológico, sino de una definición identitaria. Su vida artística estuvo atravesada por el teatro en todas sus dimensiones posibles: como actor, como director, como docente, como creador de personajes, como gestor cultural y como formador de públicos. El teatro fue su oficio, pero también su modo de estar en el mundo.
Durante décadas, su nombre estuvo presente en salas, escenarios alternativos, festivales, barrios, pueblos del interior y espacios comunitarios. En una provincia donde hacer teatro nunca fue sencillo, Miguel eligió quedarse y construir. Actuar, dirigir, producir, enseñar. Sostener proyectos aun cuando las condiciones eran adversas. “Yo nunca pensé el teatro como algo elitista. Siempre lo pensé para la gente”, afirma, y esa idea atraviesa toda su obra.
Su teatro nace de la observación de lo cotidiano, de la oralidad popular, del contacto directo con el público. “No concibo el teatro sin público”, suele decir. Para Saldaño, el hecho teatral no es un ejercicio introspectivo ni un gesto cerrado sobre sí mismo: cobra sentido en la mirada del otro, en la risa compartida, en la emoción que circula.

En ese vínculo con el público, el humor ocupa un lugar central. No como evasión, sino como herramienta expresiva. “El humor es una forma de decir verdades”, sostiene. Verdades que surgen de mirar con atención la vida diaria, los gestos mínimos, las contradicciones sociales. En su trabajo, la risa no humilla ni ridiculiza: refleja. “La gente se ríe porque se reconoce”, explica. “Yo no me burlo, yo observo”.
De esa mirada nace, por ejemplo, “La Chola”, unos de los personajes más emblemático de su trayectoria. Una creación que lo acompañó durante años y que se volvió marca identitaria de su obra. “La Chola me permitió decir muchas cosas que, de otra manera, no se podían decir”, reconoce Miguel. Con una transformación física y vocal precisa, el personaje funcionó como espejo incómodo y entrañable a la vez, capaz de poner en escena tensiones sociales, hipocresías y verdades cotidianas desde el humor popular.
“La Chola” trascendió el espectáculo para convertirse en un puente directo con el público. Incluso hoy, lejos de La Rioja, sigue formando parte de su identidad artística. “Es un personaje que viaja conmigo”, dice. “Porque nace de mi historia, de mi gente, y eso no se pierde”.

Pero reducir la trayectoria de Miguel Saldaño a sus personajes sería injusto. Otro eje fundamental de su recorrido es la docencia. A lo largo de los años coordinó talleres de teatro para distintos públicos, siempre desde una concepción que entiende la enseñanza como proceso y no como mera transmisión técnica. “Enseñar teatro no es formar actores solamente”, afirma. “Es ayudar a que alguien se encuentre consigo mismo”.
Esa mirada lo llevó a trabajar en contextos diversos y a desarrollar propuestas comunitarias, donde el teatro funciona como herramienta de expresión y encuentro. En ese camino, su labor con personas con discapacidad adquirió un peso particular. Tanto en La Rioja como ahora en México, Miguel desarrolló talleres donde el teatro deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio de transformación.
“Eso es lo que más me conmueve de todo lo que estoy viviendo”, confiesa. Habla de procesos lentos, profundos, de avances pequeños pero significativos. De padres y madres que se emocionan al ver a sus hijos expresarse. “Cuando alguien se me acerca llorando y me dice ‘gracias’, ahí entendés que el teatro es mucho más que un espectáculo. Es una herramienta de dignidad”.

A lo largo de su carrera, Saldaño también incursionó en la radio y en proyectos audiovisuales, ampliando su campo de acción y su vínculo con el público. Su voz y su presencia se volvieron reconocibles, reforzando una identidad artística cercana, accesible. “El artista del interior aprende a hacer de todo”, reflexiona. En su caso, esa versatilidad nunca diluyó su poética: la fortaleció.
Sin embargo, y como ocurre con muchos artistas que desarrollan su obra lejos de los grandes centros culturales, el reconocimiento institucional no siempre acompañó su recorrido en términos de merecimientos. Saldaño es consciente de esas tensiones y las nombra sin rencor. “A veces tenés que irte para que miren lo que hiciste”, dice. No como reproche, sino como constatación.
En ese sentido, la decisión de partir a México fue un punto de inflexión. No una ruptura, sino una continuidad en otro escenario. “Irse duele”, admite. “Duele dejar la familia, los amigos, los lugares donde uno se construyó”. Hay una vida entera que queda atrás cuando se cruza una frontera. Pero también hubo una sensación clara de agotamiento. “Sentí que había llegado a un techo. Que si no me movía, me iba a quedar repitiéndome”.
Hoy, Miguel vive en Santiago, estado de Nuevo León, una ciudad del norte de México con fuerte identidad cultural y vida comunitaria activa. Desde allí transita esta nueva etapa. “Estoy en un lugar muy tranquilo, muy cuidado, con una energía muy linda. Es una ciudad que te abraza, y eso, cuando estás lejos de tu tierra, no es poca cosa”.

En México, algo lo sorprendió: el valor que se le da a su trayectoria. “Acá valoran muchísimo la experiencia. Todo lo que yo hice durante años en La Rioja acá tiene peso”. La distancia le permitió resignificar su propio recorrido y confirmar que su forma de hacer teatro tiene sentido más allá de las fronteras.
A pesar de la distancia, Saldaño no se siente desconectado de su lugar de origen. “Yo no dejé La Rioja. La llevo en la forma de hablar, en el humor, en la manera de trabajar”. Su identidad artística está atravesada por su provincia, y eso se percibe también en el nuevo contexto. “La gente se da cuenta de que vengo de otro lugar, de que traigo otra escuela. Y eso es lo que tengo para ofrecer”.
UN ARTISTA QUE SIGUE ANDANDO
Miguel Saldaño es parte de la historia cultural de La Rioja. Un artista que eligió quedarse cuando muchos se iban, que sostuvo el teatro cuando parecía no haber condiciones, que formó públicos y dejó huella en generaciones de espectadores y artistas. Su partida genera nostalgia, pero también interpela.
Porque su historia habla del lugar del artista en las provincias, del reconocimiento, del derecho a buscar nuevos horizontes sin renegar de lo construido. Hoy, desde México, Miguel sigue haciendo lo que siempre hizo: teatro. Con la misma pasión, la misma entrega y la misma convicción.
“Yo sigo siendo el mismo”, dice. “Solo cambié de escenario”.
Y quizás ahí esté la clave de este viaje. No se fue para dejar atrás lo construido, sino para ponerlo a prueba en otro lugar. Para comprobar que el teatro -cuando es verdadero- no tiene fronteras.
Porque hay artistas que se van.
Y hay otros, como Miguel Saldaño, que viajan llevando su patria, su oficio y su historia a cuestas.
