¿De qué estamos Hechos?

¿De qué estamos Hechos?

Papeles del Café Gijón, de José “Pepe” Novo

¿De qué estamos hechos los seres humanos? Teorías puede haber miles, entre particulares y caprichosas, como aquella que alguien se atrevió a deslizar al señalar que estamos literalmente conformados por “polvo de estrellas”. La tomo, probablemente, porque se trata de una de las ideas más científicamente poéticas que se haya cultivado. A través de los siglos más de una voz advirtió esta constitución sideral en el ser humano, basada fundamentalmente en un antiguo proverbio: “Sé humilde pues estás hecho de tierra. Sé noble pues estás hecho de estrellas”. A principios del siglo XX, el influyente ocultista, místico, alquimista, escritor, poeta, pintor, alpinista y mago ceremonial inglés Aleister Crowley promovía la idea de que “cada hombre y cada mujer es una estrella”. En los tiempos más próximos, el rockstar del cosmos, Carl Salgan, advirtió, por su parte: “El cosmos está también dentro de nosotros. Estamos hechos de la misma sustancia que las estrellas”.
Pero, ¿de qué estamos hechos los seres humanos? Seguramente, muchos de nosotros nos hayamos hecho esta pregunta, casi inevitablemente, observando la borra del café en la tasa vacía; intentando leer, tal vez, algún que otro designio que pueda ligarse, estrecharse o conjugarse en lo cotidiano que nos toca. En esto, en lo puntualmente cotidiano, queda claro, estamos lejos de considerarnos estrellas. Apenas polvo, quizás, queriendo dejar huellas sobre el amplio lienzo del mundo, y anhelando que no nos soplen, luego, los vientos; o que no nos desaparezcan, más tarde, las voraces barredoras de la memoria. Porque, ¿de qué otra cosa podemos estar hechos los seres humanos que no sea de memoria?
Memoria como cristales desde los que observamos el afuera cual reflejo del adentro; de nuestro adentro. Memoria de cristales de un bar, de un café y de su aroma, y del vapor humedeciéndonos la punta de la nariz; lo más parecido a una revelación, como cuando el poeta amanece y abre la ventana y corre la cortina y en la habitación entra una luz como la mirada de su madre y el cielo resucita de su muerte nocturna y es un día más o un día menos, según como se mire. Pero siempre, siempre, una invitación a la vida. Y a observar la vida pasar a través de los cristales. De eso se trata, creo yo, en definitiva (aunque no sólo de eso), Papeles del Café Gijón, de José Antonio Novo. De abrir la ventana, de correr la cortina. De desplegar el mapa de la extensa geografía de la memoria, envuelta en tramas de sensaciones, emociones, vivencias. Propias y ajenas. Y de una profunda, honda manera de migrar lo simple hacia una complejidad que nos abarca, que nos menciona, que nos determina y nos conmueve.
“A cualquier tomador de café, sin proponérselo, le irrumpen en la soledad imágenes parecidas que pudieron pertenecer al autor de este libro. Pero cualquier tomador de café no las advierte. Las ve en su cerebro, entre sorbo y sorbo pero no sabe qué ve e ignora lo que su cerebro le dice”, afirma el escritor cordobés Néstor Merigo en el prólogo de este libro de Novo. Y es cierto.
Resulta francamente imposible no intentar ubicar los puntos de encuentro, las conexiones, las vinculaciones, las referencias a uno mismo (lector), respecto de la poesía de “Pepe”. Y no importa ya si haya sido escrita en Madrid o en Córdoba; o si fue escrita ayer o hace tantos años. Un beso -el primero o el último- es siempre el siguiente. El que está por venir. Es una búsqueda, una indagación constante. Como que alguien pudiera darnos algunas pistas o simplemente decirnos “dónde vive el amor / por qué avenidas mapas y países encontrarlo”. O como si fuera posible recobrar los amigos que ya no están. Los amigos que ya no están, y sus abrazos. A los viejos bailando en la cocina. A aquella mujer sagrada en aquella primera vez. O los atardeceres de los años setenta.
Porque, volviendo al principio, o mejor dicho, arribando hacia el final ¿de qué estamos hechos los seres humanos? Teorías podrá haber miles, millones, entre particulares y caprichosas. Y algunas podrán, incluso, aproximarse demasiado a la respuesta. Pero tal vez, pensándolo bien, ni siquiera sea necesaria esa respuesta. O tal vez simplemente alcance con observar a través de los cristales. De los del Café Gijón o de cualquier otro. Y es que estamos hechos de observar la vida pasar a través de los cristales. Como si pudiéramos vivirla. Y estamos hechos, como bien nos muestra y nos da pistas el poeta: de amigos, de encuentros, de abrazos, de besos dados y besos perdidos, de amores enteros, de amores truncos, de papá y mamá, de los hermanos, de calles, de lugares, del café, del aroma a café, de la música, del tiempo que se nos fue, de los días y de los meses que ya no volvieron. En definitiva, estamos hechos de las cosas de la vida. Y de nostalgias. De las nostalgias, por cada una de ellas.
Dice Merigo, volviendo al prólogo: “Si alguien me interrogara acerca del género de estos escritos, respondería sin más: ¡Es la literatura!”. Yo agrego, además, que Papeles del Café Gijón, de José Antonio Novo es de lo que estamos hechos los seres humanos: de la poesía, ni más ni menos.

PERFIL
José Antonio Novo nació en Deán Fúnes (Córdoba). Periodista, poeta y compositor. Trabajó en diarios, revistas, radios y canales de televisión de Córdoba y Buenos Aires. Colaboró en diarios y revistas de Zaragoza y Barcelona (España) en la década del ‘70. Publicó el libro de poesía Canto de un hombre solo (Editorial Sol Urbano) y Hombre de pan y luz (Ediciones del Boulevard). Presentó los espectáculos poéticos-musicales Canto de un hombre solo y En nombre de todos en distintas ciudades de la Argentina, junto a notables músicos cordobeses. Fue Subsecretario de Cultura de la Municipalidad de Córdoba y Director de Promoción de los Derechos Humanos de la provincia de Córdoba.

(La presente nota fue publicada en el suplemento 1591 Cultura + Espectáculos de diario NUEVA RIOJA)

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