¿En qué momento dejamos de intentar comprender lo que el otro quiso decir para empezar a responder únicamente a lo que creemos que quiso decir?
Hace unos días publiqué una columna de opinión sobre el deterioro de la palabra en el debate público. Entre los comentarios apareció uno que llamó particularmente mi atención. Un lector calificó mi planteo como «falso». No dijo que estaba en desacuerdo. No cuestionó los argumentos centrales del texto. Simplemente concluyó que mi pensamiento era falso.
Al principio pensé que se trataba de una discusión más, de esas que abundan en las redes sociales y que rara vez conducen a algún lugar. Sin embargo, con el correr de las horas entendí que ese intercambio era apenas un síntoma. Lo verdaderamente importante no era quién tenía razón. La pregunta era otra: ¿por qué nos cuesta cada vez más comprender lo que el otro intenta decir antes de elaborar una respuesta?
Quizás allí se esconda uno de los rasgos más inquietantes de nuestro tiempo.
Hace décadas, el reconocido teórico de la comunicación Paul Watzlawick formuló uno de los axiomas más conocidos de la disciplina: «Es imposible no comunicarse». Tenía razón. Todo comunica: las palabras, los silencios, los gestos, las omisiones e incluso aquello que decidimos callar.
Sin embargo, sospecho que hoy deberíamos agregar una preocupación distinta: nunca fue tan fácil comunicarnos; nunca fue tan difícil comprendernos.
Vivimos en una época en la que nunca escribimos tanto, nunca opinamos tanto y nunca tuvimos tantas herramientas para expresar lo que pensamos. Las redes sociales, los servicios de mensajería y las múltiples plataformas digitales hicieron posible una conversación permanente. Estamos comunicándonos casi todo el tiempo. Y, paradójicamente, pocas veces parecemos habernos entendido tan poco. Tal vez el problema de nuestra época ya no sea la comunicación.
Tal vez el verdadero problema sea la interpretación.
Porque es perfectamente posible comunicarse sin comprenderse. Y sospecho que eso es exactamente lo que nos está ocurriendo como sociedad.
Comprender no significa coincidir. Comprender no implica resignar convicciones ni abandonar principios. Comprender significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: hacer el esfuerzo honesto de entender qué quiso decir el otro antes de decidir si estamos o no de acuerdo.
Parece una obviedad. Sin embargo, cada vez ocurre menos.
Teléfono descompuesto
Con demasiada frecuencia respondemos a lo que creemos que el otro quiso decir y no a lo que efectivamente dijo. Escuchamos atravesados por nuestras propias certezas, por nuestras preferencias políticas, por nuestros prejuicios, por nuestras experiencias y hasta por la imagen previa que tenemos de quien habla. El mensaje queda relegado. Lo reemplaza la interpretación que hacemos de ese mensaje. Y, a partir de allí, discutimos con una versión construida por nosotros mismos.
Es una especie de teléfono descompuesto contemporáneo. Pero con una diferencia fundamental: ya no es el mensaje el que se va deformando a medida que pasa de una persona a otra. Hoy muchas veces se deforma antes incluso de ser escuchado.
Tal vez por eso resulta cada vez más habitual que una opinión sea presentada como una mentira, que una interpretación sea tratada como si pretendiera ser un hecho irrefutable o que el simple desacuerdo sea leído como un intento de engaño.
Hemos empezado a confundir hechos con interpretaciones, e interpretaciones con opiniones. Y cuando eso ocurre, desaparece el espacio donde verdaderamente habita el diálogo.
No deja de sorprenderme que muchas discusiones actuales ya no giren alrededor de los argumentos, sino alrededor de las identidades. Antes de analizar lo que alguien dice, solemos preguntarnos quién lo dice. Y una vez que creemos tener esa respuesta, el resto parece venir solo. El pensamiento queda etiquetado antes de ser leído. La conclusión aparece antes que la reflexión.
Entonces ya no hay preguntas. Sólo confirmaciones.
Y esa lógica atraviesa prácticamente todos los ámbitos de la vida social. Está en la política, por supuesto. Pero también en los medios de comunicación, en las universidades, en los grupos de WhatsApp, en las mesas familiares y hasta en las conversaciones más cotidianas. Es un modo de relacionarnos que, poco a poco, hemos ido naturalizando.
Sería muy cómodo pensar que esto les ocurre únicamente a quienes piensan distinto de nosotros. La verdad es que nadie está completamente a salvo de esa tentación. Todos, alguna vez, hemos respondido antes de comprender. Todos hemos escuchado desde nuestras propias certezas. Todos corremos el riesgo de creer que entendimos cuando, en realidad, apenas confirmamos aquello que ya pensábamos.
Escuchar para comprender
Después de muchos años estudiando, enseñando y ejerciendo la comunicación, empiezo a preguntarme si el mayor desafío de nuestro tiempo ya no pasa por aprender a hablar mejor, sino por volver a aprender a escuchar. Pero escuchar de verdad. No esperando el turno para responder. No buscando rápidamente el argumento que confirme nuestra posición. Escuchar para comprender.
Porque comprender no es coincidir. Pero hemos empezado a actuar como si sólo pudiera comprenderse aquello con lo que ya estamos de acuerdo. Y allí, quizás, radique uno de los mayores problemas de nuestra convivencia.
Tal vez nunca logremos pensar igual. Y, en realidad, tampoco hace falta. Las sociedades crecen precisamente porque existen miradas diferentes sobre una misma realidad.
El desafío es otro: Volver a hacer el esfuerzo de comprender aquello con lo que decidimos no estar de acuerdo. Comprender al otro no garantiza que vayamos a coincidir con él, pero probablemente sea la única manera de que la conversación siga siendo posible.