La escritora y editora argentina Victoria Liendo irrumpe en el panorama literario con “Besos, no”, una primera novela que combina autobiografía velada, ironía social y una exploración incisiva del deseo, el matrimonio y el desarraigo entre París y Buenos Aires. Doctora en Letras por la Université Paris 8 y especialista en las obras de Victoria Ocampo y Witold Gombrowicz, Liendo vivió más de una década en Francia, donde desarrolló su carrera académica antes de dedicarse plenamente a la escritura y la edición.
En esta novela -ambientada entre el mundo cosmopolita europeo y los códigos sociales de la élite porteña- una narradora observa con lucidez y humor ácido el derrumbe de un matrimonio que alguna vez imaginó como destino. El resultado es el retrato de una antiheroína contemporánea que, mientras revisa su vida sentimental, pone también en cuestión las narrativas culturales del amor, la clase social y la identidad. Lejos de cualquier pertenencia generacional programática o de las lógicas de grupo del campo literario, Liendo reivindica una escritura profundamente individual: una literatura nacida del cuaderno íntimo, de la reflexión intelectual y de una mirada crítica sobre los consensos culturales de la época. En diálogo con 1591 Cultura+Espectáculos, la autora reflexiona sobre la escritura, la libertad del escritor, su relación con Francia, las tradiciones literarias que la formaron y las tensiones entre experiencia personal y ficción.

“BESOS, NO” PARECE MOVERSE EN UNA ZONA DELIBERADAMENTE AMBIGUA ENTRE AUTOBIOGRAFÍA, DIARIO ÍNTIMO Y FICCIÓN. ¿EN QUÉ MOMENTO ESA EXPERIENCIA PERSONAL -ESOS CUADERNOS, ESOS DIARIOS- DEJÓ DE SER VIDA ESCRITA PARA CONVERTIRSE EN LITERATURA?
El truco definitivo es el tiempo. Anotar la vida (que a veces compite con vivirla y por eso es importante tener disciplina) tiene la virtud de poder capturar todas las personas que fuimos. En el momento en que la anotación toca la hoja, está liberada de mí y puede abandonar sin riesgos ni alarmas la zona que dibujan mis recuerdos. ¿Qué importa si deja de existir en la memoria? Ahora vive en la tinta que marca el papel. Solo el azar conoce el día en que yo voy a toparme de nuevo con ella, a leerla, a descubrirla como si no fuera mi letra la que veo escrita; todos vivimos alguna vez ese momento en que te sorprendés de tu propia mente, en que podés verla como si fuera de otro. Supongo que pasaron muchos años entre mi primera anotación y el manuscrito final. La idea de pegar pedazos aleatoriamente, de un cuaderno y otro, mezclando diferentes épocas y coyunturas sentimentales, me la dio mi director de tesis, un hombre muy inteligente que sabe mucho de literatura. No creo que se acuerde de habérmelo dicho. Fue al pasar, pero me quedó, le hice caso. Después la historia de ese matrimonio fue abriéndose paso. Ahora, el secreto (ya no el truco) es tener una oreja que vigile tu estilo, alguien que escuche la música de tu prosa y se anime a aplicar un criterio estético, por más caprichoso o intuitivo que sea. Ningún escritor prescinde de un ojo corrector al que admire.
EN VARIAS ENTREVISTAS CONTASTE QUE DURANTE AÑOS LE ESCRIBISTE UN DIARIO A LA VIRGEN MARÍA Y QUE MUCHOS DE ESOS MATERIALES TERMINARON ALIMENTANDO LA NOVELA. ¿QUÉ OCURRE EN ESE PASAJE DE LA CONFESIÓN ÍNTIMA A LA CONSTRUCCIÓN NARRATIVA? ¿QUÉ SE PIERDE Y QUÉ SE GANA EN ESE TRÁNSITO?
No se pierde nada; se gana todo.
LA NOVELA TIENE ALGO DE ROMAN À CLEF, DONDE LA REALIDAD PARECE TRANSPARENTARSE DETRÁS DE LOS PERSONAJES. ¿TE INTERESA ESA INCOMODIDAD DEL LECTOR QUE INTENTA IDENTIFICAR “QUIÉN ES QUIÉN” O PREFERÍS QUE LA NOVELA SEA LEÍDA COMO UNA FICCIÓN AUTÓNOMA?
Me divierten las dos cosas, los lectores apasionados y los chusmas, los que viven en la fantasía y los que necesitan verificar datos para sentir que se quedan con algo de la historia. A mí el chisme siempre me parece un plan, y creo que las novelas que los guardan encriptados pueden tener mucha fuerza, como si fuera esa energía vital la que carga las palabras. No creo que los personajes sepan si pertenecen a la ficción o la no ficción; existen, son, no piden permiso para respirar y por eso existe también la novela, por el ímpetu expresivo que traen.
HAY UNA FRASE IMPLÍCITA EN LA NOVELA QUE RESUENA CON FUERZA: EL AMOR COMO RELATO QUE UNO FABRICA. ¿LA ESCRITURA FUE, EN TU CASO, UNA FORMA DE ORDENAR EL CAOS SENTIMENTAL O MÁS BIEN DE COMPLEJIZARLO?
A veces cuando empiezo con mis ensoñaciones (hablo de mi vida cotidiana) me freno y me digo (¿toda la gente habla sola?) ‘basta, fabulera’. Es una manera de recordarme que la literatura, como le escribió George Sand a Flaubert, te puede matar. La mente es muy poderosa, una se embarca y las cuentas las paga el cuerpo. Haber tenido en mi vida una inclinación desprejuiciada a guionar, producir, dirigir y actuar grandes historias de amor no fue al final tan práctico: con el tiempo y con las repeticiones, terminé convirtiéndome en una profesional del meet-cute, capaz de vivir la máxima cantidad de romances como me era posible sin nunca quebrar el pacto ficcional que tenía con el amor: cada vez era la primera, algo que nunca había sentido antes; todos eran, por una razón o por otra, radicalmente distintos a los anteriores, y el último era siempre the one. No me daba cuenta ni de mi participación voluntariosa en la nueva historia ni de lo parecida que era a otras. Amor o invento, yo creía en él con fervor. Un mareo importante que la escritura agradece, porque es literariamente fértil; en mí, la escritura funciona como un adaptógeno que siempre me da lo que necesito. Por un lado, me profundiza; por otro, me ordena, me cala, se mete con mis palabras más íntimas, las que nunca pronuncié, las que ignoro que viven en mí. Cosa no menor, escribir te permite dominar un pequeño mundo, ajustarte a una cronología que vos mismo diseñás. Somos Hacedores cuando abrimos el Word. Es bastante extraordinario.
EN LA NOVELA LA PROTAGONISTA ATRAVIESA UN MATRIMONIO QUE LENTAMENTE SE DESMORONA. ¿TE INTERESABA NARRAR LA CAÍDA DEL AMOR ROMÁNTICO O MÁS BIEN LA LUCIDEZ QUE APARECE CUANDO ESE MITO EMPIEZA A RESQUEBRAJARSE?
La caída del amor romántico me obsesiona desde siempre. Que algo tan poderoso como el acuerdo entre dos almas que llegan a sentirse una sola carne se desarme, se distraiga, ceda a cualquier impulso errático, o simplemente se desvanezcan en el tiempo, me desespera aún hoy. El problema con estas cosas es que son tan tristes como bellas, como es triste y bello todo lo que no fue. El amor se enciende en el obstáculo, es histérico, sin la falta no sabe quién es; con la falta, en cambio, goza en la certeza. Para un sentimiento tan libre, tan misterioso, tan fugaz por más duradero, es lindo tener certezas. Todo es afirmación cuando hay un molino contra el cual arremeter. Las rupturas lo que tienen es que son buenas historias. Una entiende mejor el arco amoroso de una pareja después de la caída, o será que soy tan ansiosa que el día después del derrumbe siento un gran alivio. Al menos hay data, hay hechos, algo para analizar. Lo otro es esperar la catástrofe, vivir con el corazón en la boca. ¿Cómo podemos las mujeres pasar tanto tiempo con hombres que nos urge vigilar? ¿Cuántas veces estuve de novia temiendo lo peor? Nunca tuve problemas en adaptar mi sistema nervioso a situaciones límites, fueran reales o imaginarias. Para mí celar a un hombre era una tarea que venía con el cuerpo, como menstruar o depilarse, algo que nos tocaba por default. No sé si alguien más habrá notado que lo primero que hacen dos mujeres que empiezan a frecuentarse cuando apenas se conocen es un rápido control de daños: ¿qué onda? ¿me puede matar? No llegamos a formularlo así, es un diálogo interior, instintivo, como es olerse en los perros. Debe ser la escena a la que más me ha costado sobrevivir, cuando de una aliada asoma una amenaza. Querría que fuéramos más seguras de un vínculo que nos vuelve poderosas. Entre que un hombre me desee y que una mujer me entienda, siempre voy a elegir lo segundo: la paz y la fuerza que dura.
ENTRE BUENOS AIRES Y PARÍS: LA EXPERIENCIA DEL DESARRAIGO
Entre dos ciudades que funcionan a la vez como promesa y como límite, la experiencia del desarraigo se vuelve en Victoria Liendo una forma de conciencia. París y Buenos Aires no aparecen como simples escenarios, sino como sistemas de sentido en tensión, donde la identidad se construye -y se fisura- en el vaivén entre pertenecer y observar. En ese desplazamiento, la memoria afectiva, las jerarquías culturales y las ficciones personales se entrelazan hasta volver indistinguible la experiencia vivida de la narrada. Lo que emerge no es solo el relato de una expatriación, sino una mirada que encuentra en la distancia -geográfica, lingüística, emocional- una forma singular de lucidez.
TU VIDA ESTUVO MARCADA POR UNA LARGA ESTADÍA EN FRANCIA: ESTUDIOS, DOCENCIA UNIVERSITARIA, MATRIMONIO. ¿QUÉ TRANSFORMACIONES PRODUJO ESA EXPERIENCIA EUROPEA EN TU MIRADA SOBRE LA ARGENTINA?
Cuando llegué a París, me sorprendía muchísimo que la gente comentara (post pregunta de rigor ‘de dónde sos’) ‘uuuuy, lejísimo’, ‘en el culo del mundo’, etc. Para mí Argentina era el centro absoluto de todo lo que valía la pena en el universo. Por estas cosas el clásico argentino gorilón que a los ocho años ya quería estar viviendo en Londres me juzga peronista o con bajo IQ. Lo cierto es que tienen razón: poco me importaba la grandeza de Europa (salvo la debilidad que tenía por Roma, que estudié como si fuera mi patria mítica en mi colegio de monjas humanista, lo más parecido a un monasterio de niñas nerds que he conocido en mi vida, contando las telenovelas y demás ficciones de la tele), yo quería estar en mi país. Me divertía lo nuestro. Me gustaba leer Mansilla, Sarmiento, Don Segundo Sombra. Me parecía ya inmenso todo lo que no sabía apenas sobre Buenos Aires, ¡imagínate Córdoba! ¡Tucumán! ¡El sur! El mundo ni entraba. No quise irme cuando me tocó hacer mi rito de clase: estudiar afuera, ganar mundo, volver fuerte. Tenía 25 años que en mí era como tener 16. Pasé las dos primeras semanas encerrada en un departamento divino (el más lindo que tuve en los quince años que me quedé allá), sin saber que era un departamento singularmente lindo, que lo que tocaría después serían celdas inhumanas que los franceses publican en anuncios inmobiliarios a precios desorbitantes como ‘studio’. A la tercera semana me enamoré. Lo vi cruzando Saint-Germain con un blázer de corderoy marrón y un montón de papeles bajo el brazo. Era un tesista de historia, que después hizo un carrerón, un chico muy inteligente y muy bueno. Juré que me casaba. Así me pasó después con un canadiense, con un chileno, con un italiano. Me casé con el francés. París se convirtió en mi aliada, como si fuera un gato que te sigue a todas partes aunque nunca te hable, porque ni siquiera cuando te mira está en tu dimensión, pero desde la suya no te abandona. Es una presencia, igual que un animal. París está y vos podés desgarrarte en llanto en tu studio de mierda o mirar el río con los mejores amigos del mundo, en algún punto da igual. París está. Pero casa es casa, y esta cultura que tenemos en Argentina es adictiva. Imposible no volver.
EN “BESOS, NO” HAY UNA PERCEPCIÓN MUY AGUDA DE LAS JERARQUÍAS CULTURALES ENTRE FRANCIA Y ARGENTINA. ¿DIRÍAS QUE ESA MIRADA NACE DE LA FASCINACIÓN O DE LA FRICCIÓN?
De la fricción, claramente. Me costó entenderlos, después quererlos me salió solo. No hay nada más francés que un francés.
LA PROTAGONISTA VIVE ENTRE DOS CIUDADES SIN SENTIRSE DEL TODO EN NINGUNA. ¿ESE DESARRAIGO ES UN RASGO GENERACIONAL O UNA EXPERIENCIA MÁS PERSONAL?
A mí lo que realmente me expulsó de la cultura argentina fue el kirchnerismo, pero no porque ellos me hicieran algo malo en particular, sino porque se armó una fiesta a la que, para entrar, yo debía negar mi origen, mis ideas, una parte de mí. Y yo veía que para los demás era fácil, no tenían que negar nada y además conectaban con la emoción buscada y sentían que eran mejores personas ahí, que les daba identidad y altura. Me quedé completamente afuera. Supongo que por eso me aferré tanto a Gombrowicz cuando estuve en Francia. Él, que en persona debe haber sido insoportable, a mí me resulta de lo más contenedor.
HAY ALGO CASI BORGIANO EN LA RELACIÓN CON FRANCIA: UNA MEZCLA DE AMOR, IRRITACIÓN Y ADMIRACIÓN. ¿PARÍS FUE PARA VOS UNA ESCUELA LITERARIA O UNA ESCUELA SENTIMENTAL?
Sentimental, sobre todo, aunque lo primero que hice cuando llegué fue comprarme una edición usada de Salammbô y meterme en la biblioteca histórica del Marais con un lápiz en la mano. Estaba feliz con mi plan hasta que empecé a leer. No entendía nada. Me frustré. Quería que el idioma fuera transparente para mí; verificar lo lejos que estaba me hacía sentir incapaz. La ansiedad hace eso. Los hombres, que son máquinas de crear ansiedad en chicas sentimentales, me daban mucho menos miedo. Nada me intimidó en mi vida más que los libros. Recién ahora los trato como si fuéramos amigos de confianza. Mi primer miedo intrusivo, de hecho, fue nunca aprender a leer. Crecer iletrada en un mundo de alfabetos. Estaba segura de que yo no iba a poder y pasé la salita de 4 preparando mi desgracia, anunciándola, encontrando pobres los consuelos de mi madre, que me aseguraba entre risas que llegado el momento no iba a tener ningún problema. La imaginación es peligrosa, madurar es aprender dominarla.

FORMACIÓN INTELECTUAL Y GENEALOGÍAS LITERARIAS
En la trama menos visible de toda escritura -esa donde se entrelazan lecturas, obsesiones y filiaciones electivas- la obra de Victoria Liendo encuentra una de sus claves más profundas. Su formación académica no aparece como un simple recorrido erudito, sino como un territorio de tensiones vivas entre tradiciones, donde figuras como Victoria Ocampo y Witold Gombrowicz dialogan más allá de sus antagonismos históricos. En ese cruce, la literatura se vuelve un sistema de formas, de gestos y de herencias -a veces conscientes, a veces fantasmáticas- que modelan una sensibilidad. Lo que está en juego no es solo una genealogía intelectual, sino una manera de leer y de escribir donde la tradición deja de ser un linaje fijo para convertirse en una experiencia íntima, casi secreta.
SOS DOCTORA EN LETRAS POR LA UNIVERSITÉ PARIS 8 Y TU TESIS ABORDÓ LAS OBRAS DE VICTORIA OCAMPO Y WITOLD GOMBROWICZ. ¿QUÉ DIÁLOGO ENCONTRASTE ENTRE DOS FIGURAS QUE, A PRIMERA VISTA, PARECEN TAN DISTINTAS?
Ambos tienen una pequeña obsesión con el mundo de las formas aristocráticas. En eso dialogan constantemente. En la vida real fueron distintos: para Gombrowicz, Ocampo era el enemigo, la representante máxima de la cultura rancia que él quería voltear; para Ocampo, Gombrowicz no existía. Yo no concibo la vida sin uno de los dos.
EN ALGÚN MOMENTO SEÑALASTE QUE AMBOS CONSTRUYEN LITERATURAS PROFUNDAMENTE ARISTOCRÁTICAS, INCLUSO EN CONTEXTOS DONDE LA ARISTOCRACIA ES MÁS BIEN SIMBÓLICA. ¿QUÉ TE INTERESA DE ESA TRADICIÓN?
El libro que escribió Laure Murat sobre Proust agarra con exactitud eso que tanto me interesaba cuándo empecé mi tesis. ‘Me tomó años entender una cosa muy simple’, así empieza, y lo que logra finalmente enunciar es que la aristocracia es un ‘un mundo de puras formas’. Ella, de familia noble francesa que vive en California, mira cómo miden la distancia entre los cubiertos con una regla en la presentación de Downton Abbey y reconoce un antiguo sabor, un signo que parece venir de su infancia. Se da cuenta cuán importante son los códigos mudos de ese mundo al que pertenece, de que nadie percibe la equidistancia entre el cuchillo, el tenedor y la cuchara; la toman como natural. Lo que no se ve y está calculado crea la ilusión de un mundo perfecto, abstracto y eterno. Ese sueño hecho de formas es lo que quise investigar.
TU NOMBRE -VICTORIA- FUE ELEGIDO EN HOMENAJE A VICTORIA OCAMPO. ¿SENTÍS QUE HAY UNA CONTINUIDAD, AUNQUE SEA INVOLUNTARIA, ENTRE ESA TRADICIÓN CULTURAL Y TU PROPIA ESCRITURA?
Me gustaría, pero no creo que la gente que sabe de genealogía y de tradición apruebe esa idea. Lo mío es todo fantasmático, como mi relación con Dios. Se parece más a la relación que un niño tiene con sus muñecos, en los que cree y a los que ama por sobre todos los demás objetos. Parece una herejía lo que digo; no lo es. Hablo de una sensibilidad de la infancia que nunca se me fue. De Victoria Ocampo lo que me imantó por completo, que una vez que lo leí ya no pude ser la misma, o fui más yo que antes, es el tercer tomo de su autobiografía, La rama de Salzburgo. No solo por su historia y su prosa límpida, oral, que es aún más luminosa en francés, sino por todas las lecturas guías que me dio. De ahí me volví devota de Stendhal, y lo seguí como si fuera el líder de un culto al que yo pertenecía antes de nacer. ¿Sabrá Stendhal quién soy?
ALGUNAS LECTURAS HAN ASOCIADO EL TONO DE “BESOS, NO” CON LA OBRA DE SARA GALLARDO, SOBRE TODO POR ESA MIRADA IRÓNICA SOBRE LA CLASE ALTA. ¿TE SENTÍS CERCANA A ESA LÍNEA DE LA LITERATURA ARGENTINA?
No me siento nada parecida a Gallardo, pero leí Los galgos abrazada al ejemplar y llorando. Me sigue poniendo mal no entender qué pasó entre ellos, y la manera en que se da el último encuentro, tan de repente y tan imperfecto. Me impactó. Lo leía pensando que iban a poder ser eternos (en la novela les preocupa un día separarse) y me angustió el profundo realismo del final. El incipit de esa novela se me quedó grabado a fuego, y lo uso muy seguido en la vida para sobrevivir y entenderla: ‘Lloré mucho la muerte de mi padre, pero no puedo decir que la herencia me tomara por sorpresa’. No sé si fue el imperfecto del subjuntivo que aún hoy me produce un efecto estético delicioso, o el hallazgo, la valentía de poner en palabras una aspecto tan incómodo de la vida interior que llevamos los seres humanos, esa coexistencia entre lo malo y lo bueno que encarnamos a diario.

ESCRITURA, LIBERTAD Y CAMPO CULTURAL
En el territorio siempre inestable del campo cultural, donde las afinidades estéticas suelen confundirse con pertenencias y consignas, la voz de Victoria Liendo se recorta con una incomodidad deliberada. Lejos de inscribirse en tradiciones de grupo o en consensos programáticos, su posición reivindica una idea de la literatura como práctica solitaria, refractaria a las lógicas de alineamiento. Entre la desconfianza hacia el “corporativismo cultural” y una defensa tajante de la libertad creativa, su mirada tensiona el vínculo entre escritura y política, y recupera una noción del escritor como alguien que avanza -sin certezas previas- en un territorio donde la imaginación no admite guiones ajenos.
HAS SIDO MUY CRÍTICA CON CIERTAS DINÁMICAS DEL CAMPO CULTURAL CONTEMPORÁNEO Y HABLASTE INCLUSO DE UN “CORPORATIVISMO CULTURAL”. ¿QUÉ TE INCOMODA DE ESA LÓGICA DE GRUPOS O MOVIMIENTOS LITERARIOS?
No confío mucho en mis exabruptos. Por un lado, cambio de opinión muy seguido, y por otro me ofendo con toda la intensidad que puede un corazón cuando alguien me decepciona, o cuando me siento atacada, o dejada de lado, y arremeto. El enojo es una emoción muy creativa, vigorosa. Yo, que soy bastante amiga de la anemia, cuando estoy enojada soy imparable. De golpe ya no me falta hierro y me sobran las palabras. La ira es luminosa. El corporativismo cultural, en mi opinión, existe y me parece la cosa más aburrida del mundo. Si tan sólo tuviera la suerte (buena o mala) de pensar como ellos, de querer escribir sobre los temas que se premian, los que más interés despiertan en los medios culturales dominantes… no me tocó.
EN TUS DECLARACIONES TAMBIÉN APARECE UNA DEFENSA MUY FUERTE DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL DEL ESCRITOR. ¿CREÉS QUE HOY LA LITERATURA CORRE EL RIESGO DE QUEDAR SUBORDINADA A AGENDAS POLÍTICAS O IDENTITARIAS?
La política, tal como se manifestó en los últimos 30 años, es peligrosísima para la literatura: todo lo aplana, todo lo reduce, todo lo polariza. La militancia es enemiga de la creación; si el guión no se toca, ¿que podés hacer? Escribir es no saber adónde vas y estar obligado a seguir. Si de antemano tenés todas las respuestas y todas las premisas listas para inocularle al lector, sos un funcionario freelance, un militante. El escritor no pertenece al mundo de la certezas.
DIJISTE ALGUNA VEZ QUE LA LITERATURA MILITANTE, EN EL MOMENTO EN QUE SE VUELVE MILITANTE, DEJA DE SER LITERATURA. ¿CÓMO PENSÁS HOY LA RELACIÓN ENTRE ESTÉTICA Y POLÍTICA? TAMBIÉN AFIRMASTE QUE MUCHOS DE LOS GRANDES ESCRITORES SE UBICAN MÁS A LA DERECHA QUE A LA IZQUIERDA, UNA AFIRMACIÓN PROVOCADORA EN EL CLIMA CULTURAL ACTUAL. ¿ES UNA PROVOCACIÓN O UNA HIPÓTESIS CRÍTICA SOBRE LA RELACIÓN ENTRE BELLEZA, TRADICIÓN Y LIBERTAD ESTÉTICA?
Mis afirmaciones suelen tener un 3% de boutade, pero nunca son deshonestas. Manuel Puig no era de derecha y está (para mí) entre los mejores. Los otros que puedo mencionar con admiración y frenesí (la lista es obvia) no comulgaban con las ideas de la izquierda.

LA VOZ NARRATIVA Y LA CONSTRUCCIÓN DEL YO
En toda primera novela hay una pregunta por la voz: de dónde viene, a quién pertenece, cuánto le debe a la experiencia y cuánto a la construcción. En el caso de Victoria Liendo, esa frontera se vuelve deliberadamente porosa. La narradora de “Besos, no” no busca ocultar su origen sino intensificarlo, llevarlo hasta un punto donde estilo e identidad se confunden y se potencian. Entre la lucidez introspectiva y una mirada filosa sobre los otros, la escritura se despliega como un espacio donde la intimidad y la observación social dejan de ser opuestas para integrarse en una misma operación: la de leer -sin concesiones- el teatro visible e invisible de la vida.
LA NARRADORA DE “BESOS, NO” ES INCISIVA, IRÓNICA, A VECES INCLUSO FEROZ EN SU MIRADA SOBRE LOS OTROS. ¿FUE DIFÍCIL CONSTRUIR ESA VOZ SIN QUE SE CONFUNDIERA COMPLETAMENTE CON TU PROPIA VOZ?
Nunca traté de esconder mi propia voz. Te diría que no existe sola, o que existe en todas partes, en cada uno de mis libros, en esta, la primera novela, y los que vienen ahora. En la voz está el estilo: es lo más difícil de tener y lo más fácil de trabajar cuando está.
HAY EN EL LIBRO UNA MEZCLA PARTICULAR DE FRAGILIDAD Y ALTIVEZ. ¿ES UNA ESTRATEGIA NARRATIVA O EL MODO EN QUE LA PROTAGONISTA SE PROTEGE FRENTE AL MUNDO?
En mi defensa de tesis, mi director dijo que yo representaba para él un oxímoron: ‘Una tenacidad, frágil o inestable’, alguien que parecía dudar de sus propias capacidades, y, sin embargo, no había dejado de avanzar hacia lo que él llamó, como suele hacerse en estas instancias, la excelencia. Igual me guardo el comentario porque me parece muy lindo. No sé si en el libro hay altivez y fragilidad, yo veo más bien una gran intolerancia a cualquier mínima disonancia entre ella y los demás. La protagonista (cuando habla con el lector) no está muy preocupada por lo que piensan de ella. Dice lo que piensa, para bien o para mal.
LA NOVELA PARECE MOVERSE ENTRE EL AUTOANÁLISIS Y LA OBSERVACIÓN SOCIAL. ¿TE INTERESA MÁS EXPLORAR LA INTIMIDAD O EL CONTEXTO QUE RODEA A LOS PERSONAJES?
Me interesa todo de la gente, cómo viven, qué comen, qué miran en la televisión, quién les da envidia, cuál es el pariente que más quieren, cuál es el que menos y por qué. El teatro de la sociedad me fascina con todos sus códigos visibles e invisibles.

LA LITERATURA COMO FORMA DE VIDA
A veces, el paso de la escritura íntima a la publicación no responde a una decisión programática, sino a una serie de desplazamientos afectivos, casi imperceptibles, que terminan por abrir la obra al mundo. En Victoria Liendo, ese tránsito parece estar marcado tanto por la aparición de una interlocutora decisiva como por una transformación más profunda: la caída de ciertas formas de vida que, al desmoronarse, liberan la escritura como destino. “Besos, no” emerge así no solo como un debut, sino como el punto de convergencia entre una experiencia personal decantada durante años y una voz que, al encontrar su forma, también encuentra su lugar en la tradición.
DECÍS QUE ESCRIBÍS DESDE SIEMPRE, PERO QUE NUNCA HABÍAS PENSADO EN PUBLICAR UN LIBRO. ¿QUÉ CAMBIÓ PARA QUE “BESOS, NO” FINALMENTE SALIERA AL MUNDO?
Apareció mi gran amiga María del Carril que, con toda la paciencia y la fe del mundo, se comprometió a leerla y corregirla conmigo hasta el final. Sin esa presencia constante que me daba confianza y me hacía reír a carcajadas no existiría este libro tal como existe. Después de esta experiencia, nos largamos a escribir juntas. Ahora mismo estamos terminando una épica porteña de los años ‘90 que protagoniza un grupo de amigas de un colegio de monjas de Recoleta. Se llama Las bienhechoras. Los que hayan vivido esa década se van a divertir.
TAMBIÉN DIJISTE ALGO QUE SE VOLVIÓ UNA FRASE MUY CITADA: “LA ESCRITURA ES MUCHO MEJOR QUE TENER MARIDO”. ¿LA LITERATURA ES, PARA VOS, UNA FORMA DE INDEPENDENCIA?
No es algo que elegí, se dio: en el momento en que me quedé sola, cuando el ideal de familia cayó y ya fue obvio que no iba a tener un matrimonio como el de mis padres, la escritura se manifestó sola. Siempre había estado ahí, era yo con mis inseguridades y algunas malas influencias que la retenía tapada en el fondo de mi alma, oculta en mis cuadernos, en mis mails.
En “Besos, no”, Victoria Liendo se inscribe en una tradición literaria que podríamos llamar -sin temor a exagerar- la tradición de las narradoras de conciencia: aquellas que convierten la experiencia íntima en un dispositivo de observación social. En ese registro, la novela no solo narra la historia de un amor fallido; también disecciona los códigos simbólicos de una clase, la educación sentimental de una generación y el modo en que ciertas fantasías culturales -el matrimonio, Europa, la sofisticación- pueden convertirse en trampas narrativas.
La fuerza del libro reside precisamente en esa mezcla de autobiografía disimulada, ironía y lucidez crítica. Liendo no escribe desde la épica ni desde el drama confesional, sino desde un territorio más ambiguo: el de la inteligencia que revisa su propia vida con una mezcla de distancia, humor y desilusión.
Hay en su escritura algo que recuerda a ciertas tradiciones cosmopolitas de la literatura argentina de Victoria Ocampo -a algunos registros contemporáneos- donde la experiencia europea funciona como espejo deformante para pensar la identidad local. Pero en Liendo ese diálogo no es reverencial: está atravesado por fascinación y rechazo, por admiración cultural y por una ironía que desarma el mito parisino.
Quizás por eso “Besos, no” funciona también como un gesto inaugural. No solo porque se trata de la primera novela de su autora, sino porque en ella se advierte una voz que parece haber encontrado su territorio: el de una narrativa que observa con precisión quirúrgica la vida social y sentimental sin renunciar a la inteligencia crítica.
En tiempos en que la literatura suele organizarse alrededor de movimientos, identidades o agendas estéticas compartidas, la figura de Victoria Liendo propone algo distinto: una escritora radicalmente individual, fiel a la tradición del cuaderno privado y del pensamiento solitario. Y quizá sea precisamente en esa soledad -en esa libertad- donde empieza su literatura.
VICTORIA LIENDO: ESCRIBIR CONTRA EL MITO DEL AMOR
En el mapa siempre movedizo de la narrativa argentina contemporánea, la aparición de “Besos, no” supuso una irrupción singular. Su autora, Victoria Liendo, no proviene del circuito habitual de los talleres literarios ni de la escena editorial emergente. Su formación pertenece a otro territorio: el de la investigación académica, la reflexión intelectual y una larga experiencia de vida entre Argentina y Francia. Ese cruce de mundos -entre la introspección privada y la cultura cosmopolita- es precisamente el que sostiene la voz de su primera novela.
Doctora en Letras por la Université Paris 8, Liendo dedicó buena parte de su trabajo académico a estudiar la obra de Victoria Ocampo y Witold Gombrowicz, dos figuras que, a su modo, encarnan la tensión entre aristocracia cultural, modernidad y exilio. Esa elección no parece casual. Algo de ese diálogo -entre tradición, cosmopolitismo y una mirada crítica sobre la cultura- reaparece, transformado, en su propia literatura.

Durante años, Liendo escribió sin intención de publicar. Cuadernos, notas, fragmentos de diarios personales: una escritura privada, casi secreta, que se fue acumulando con el tiempo. Parte de ese material estaba dirigido, según contó la autora, a la Virgen María, como una forma íntima de conversación espiritual. De esa práctica silenciosa surgió el germen de “Besos, no”, una novela que convierte la experiencia autobiográfica en un territorio ambiguo entre confesión, ironía y ficción.
La historia se mueve entre Buenos Aires y París, dos ciudades que en la tradición cultural argentina suelen funcionar como polos simbólicos. En la novela, ese desplazamiento no es solo geográfico: es también emocional y social. La narradora -una mujer que atraviesa el desgaste de un matrimonio y revisa su pasado sentimental- observa con agudeza los códigos de una cierta elite cultural, las expectativas que pesan sobre el amor y las formas en que los relatos sociales moldean la vida íntima.
Pero el centro del libro no es el escándalo ni la confesión. Lo que sostiene la narración es una voz: una mirada que combina ironía, lucidez y una cierta distancia crítica respecto de sí misma. La protagonista no se presenta como víctima ni como heroína. Más bien se analiza con una mezcla de severidad y humor que recuerda a ciertas tradiciones de la literatura europea, donde la introspección se vuelve también observación social.
En ese sentido, “Besos, no” puede leerse como una novela sobre el desencanto del relato romántico. El matrimonio, el amor, incluso la idea de una vida cosmopolita aparecen atravesados por una pregunta incómoda: cuánto de esas experiencias pertenece realmente al deseo personal y cuánto es el resultado de una narrativa cultural que aprendimos a repetir.
Esa conciencia crítica se extiende también al modo en que Liendo piensa la literatura. A diferencia de muchas voces contemporáneas que se identifican con corrientes estéticas o posiciones ideológicas explícitas, la autora reivindica una tradición más individual. Su concepción del escritor parece acercarse a la figura del intelectual autónomo: alguien que escribe desde la experiencia personal y desde una reflexión sobre la cultura, sin sentirse obligado a representar un movimiento o una causa.
Tal vez por eso su figura resulta, en cierto modo, anacrónica en el mejor sentido de la palabra. Hay en su escritura algo que remite a una época en la que la literatura se concebía como una forma de pensamiento, un espacio donde la vida privada, la observación social y la reflexión cultural podían coexistir sin jerarquías rígidas.
La aparición de “Besos, no” marca entonces un doble comienzo. Por un lado, el debut literario de una autora que llega a la ficción después de una larga maduración intelectual. Por otro, la aparición de una voz que parece interesada en recuperar una tradición poco frecuente en la narrativa contemporánea: la del escritor que transforma la experiencia personal en un laboratorio de ideas.
Si la literatura es, como decía Marcel Proust, una forma de recuperar el tiempo perdido, el libro de Victoria Liendo propone algo ligeramente distinto: recuperar las historias que nos contamos sobre el amor para descubrir, en ese proceso, hasta qué punto también son ficciones.