El 4 de noviembre de 1926, Ema Reyes y un grupo de mujeres riojanas dieron vida a una biblioteca destinada a los niños. El dato puede parecer sencillo hasta que se intenta imaginar aquella ciudad. Los libros no circulaban con facilidad, las bibliotecas eran pocas y todavía quedaba mucho camino por recorrer para que mujeres y chicos ocuparan plenamente los espacios culturales. Abrir una biblioteca infantil significaba entonces algo bastante más ambicioso que colocar estantes y reunir ejemplares: había que convencer a una comunidad de que leer también podía ser un asunto de la infancia y que existía una educación posible más allá de los horarios escolares. Aquella institución, que con los años se convertiría en la Biblioteca Popular Teniente Marcelino Reyes, sobrevivió largamente a sus fundadoras. Tal vez por eso sea un buen sitio para empezar a contar la vida de una mujer que pareció obsesionada con una tarea: construir lugares para que otros pudieran entrar.
Ema Reyes había nacido en La Rioja el 12 de junio de 1880. Era hija de Marcelino Reyes, militar, periodista, historiador y autor del Bosquejo Histórico de la Provincia de La Rioja, una figura fuertemente vinculada a la vida política y cultural de la segunda mitad del siglo XIX. Creció, por lo tanto, en una casa donde la historia provincial, la educación y los asuntos públicos difícilmente fueran conversaciones extrañas. Años después sería ella misma quien preservaría parte de la memoria de su padre, publicaría recuerdos sobre su trayectoria y dejaría registrado un episodio que resulta particularmente revelador del clima educativo que precedió a su propia generación: en septiembre de 1868, un grupo numeroso de mujeres riojanas había elevado al presidente Domingo Faustino Sarmiento un pedido para que se instalara una escuela pública en la provincia, devastada por las guerras civiles. Un mes más tarde, mediante el ministro Nicolás Avellaneda, se dispuso la creación de la Escuela Superior de La Rioja.
Ema todavía no había nacido cuando aquellas mujeres reclamaron una escuela. Pero llegó al mundo doce años después y terminó formando parte de una generación que hizo de la educación una de las herramientas disponibles para ensanchar el lugar social de las mujeres. Se graduó como maestra normal en 1901, en momentos en que el normalismo argentino estaba produciendo una transformación profunda: la docencia ofrecía a muchas mujeres una profesión, un salario, presencia pública y una posibilidad de intervención social que iba bastante más allá de enseñar lectura, escritura y aritmética.
En su caso, fue exactamente eso lo que ocurrió.
Como directora de la Escuela Castro Barros, convirtió al establecimiento en uno de los centros educativos con mayor proyección cultural de la ciudad. Pero la escuela nunca pareció alcanzarle. Impulsó la Biblioteca Femenina Castro Barros, promovió en 1916 el primer monumento dedicado a Pedro Ignacio de Castro Barros y una década después participó de la creación de aquella biblioteca destinada a los niños que llevaría el nombre de su padre. La educación aparecía una y otra vez, pero siempre desbordando el aula: libros, memoria histórica, instituciones, espacios de encuentro.
Una mujer fuera del aula
Hay un dato menos conocido que ayuda a comprender mejor al personaje. Ema Reyes también promovió la práctica deportiva entre las mujeres y las recopilaciones históricas riojanas vinculan aquella actividad con el surgimiento del Lawn Tennis Club. Vista desde el presente, la referencia puede parecer apenas una curiosidad. Mirada desde comienzos del siglo XX, adquiere otra dimensión. El deporte femenino implicaba ocupar físicamente espacios públicos y sociales que durante mucho tiempo habían estado reservados a los hombres o condicionados por normas muy rígidas sobre aquello que una mujer podía y debía hacer.
No hace falta atribuirle a Reyes categorías políticas que quizás nunca utilizó para definirse. Sus acciones resultan suficientemente elocuentes. Educación femenina, bibliotecas, lectura infantil, actividad cultural y deporte aparecen dentro de una misma trayectoria. La preocupación parece haber sido siempre ampliar posibilidades.
Ese rasgo permite además observarla sin necesidad de convertirla en una figura perfecta. Ema Reyes pertenecía a una familia con posiciones sociales y culturales que seguramente facilitaron caminos inaccesibles para muchas otras mujeres de su tiempo. La educación normalista también respondía a un modelo en el que la mujer era aceptada como maestra, en parte, porque se suponía que ciertas cualidades maternales podían trasladarse naturalmente al aula. Pero algunas docentes utilizaron aquella puerta entreabierta para atravesarla bastante más de lo previsto. Reyes fue una de ellas.
La biblioteca femenina resulta especialmente significativa. Una sala de lectura destinada a mujeres no significaba únicamente disponer de novelas, ensayos o publicaciones. Era también un lugar donde podían encontrarse, conversar, intercambiar ideas y participar de una vida intelectual que durante generaciones había tenido protagonistas mayoritariamente masculinos. Lo mismo sucedía con aquella biblioteca infantil inaugurada en 1926: detrás de los libros había una determinada idea de ciudad.
La institución tuvo, además, una historia menos lineal de lo que podría imaginarse. Nació vinculada a la Asociación Castro Barros y fue consolidándose hasta obtener reconocimiento como biblioteca popular. Con los años atravesó momentos de actividad intensa y también períodos de dificultades. Pero permaneció. Décadas después seguirían subiéndose aquellos escalones para entrar en salas pobladas de anaqueles antiguos, libros que habían atravesado generaciones y personas dispuestas a sostener el mismo principio con el que había empezado todo: una biblioteca debía permanecer de puertas abiertas.
Hay algo especialmente apropiado en esa supervivencia. Ema Reyes podía promover un monumento, pero dedicó buena parte de sus energías a instituciones que necesitaban personas para continuar existiendo. Un monumento permanece quieto. Una biblioteca sólo vive mientras alguien abre la puerta, acomoda un libro, recibe a un lector o decide que vale la pena conservar aquello para quien llegará mañana.
Dejar instituciones
Su relación con la memoria tampoco fue abstracta. El nombre de Marcelino Reyes reaparece constantemente en su recorrido. Conservó documentos y recuerdos familiares, escribió sobre su padre y contribuyó a que una biblioteca llevara su nombre. Pero sería injusto reducirla a la tarea de custodiar la memoria paterna. Mientras Marcelino Reyes había escrito parte de la historia de La Rioja, Ema construyó algunos de los lugares desde donde esa historia podía seguir leyéndose.
También perteneció a una ciudad que estaba cambiando lentamente. Cuando nació, en 1880, todavía eran recientes las guerras civiles que habían dejado escuelas destruidas y una estructura institucional frágil. Cuando murió, el 25 de octubre de 1958, La Rioja llevaba décadas de expansión educativa, nuevas instituciones culturales, bibliotecas y una presencia femenina mucho mayor en ámbitos profesionales y públicos. Ella había atravesado casi ochenta años de esa transformación y había participado concretamente en una parte de ella.
Quizá allí resida la razón por la que vale la pena recordarla.
No porque haya pronunciado una frase destinada a los manuales ni porque protagonizara un acontecimiento espectacular. Su historia pertenece a otra clase de transformaciones: aquellas que suceden despacio y cuyos resultados terminan volviéndose tan normales que olvidamos que alguna vez hubo que inventarlos.
Una mujer dirigiendo una escuela. Otras mujeres reuniéndose alrededor de libros. Niños entrando a una biblioteca pensada especialmente para ellos.
Mujeres practicando deporte. Ninguna de esas escenas parece extraordinaria hoy. En los primeros años del siglo XX no eran tan evidentes.
Ema Reyes murió el 25 de octubre de 1958. Quedaron las escuelas por las que pasó, las bibliotecas que ayudó a crear, los papeles que conservó y algunas huellas dispersas de una vida dedicada a organizar, impulsar y convencer. No necesitó construir su lugar en la historia mediante un gran gesto.
Lo hizo de una manera quizá más difícil: fue abriendo puertas y procuró que, después de ella, no volvieran a cerrarse.