En el absurdo

Una reseña para el libro «Tilde, tilde, cruz», del escritor Fernando Chulak.

Lo raro, lo extraño, lo excepcional, lo misterioso, incomoda por momentos y, por momentos, molesta, estorba. Es como la basura debajo de la alfombra. No la vemos, pero sabemos que está. Y la basura es siempre basura, sin importar dónde la pongamos. Incluso al quemarla, en esa transformación de sustancia, sigue siendo la misma basura que ahora contamina de otra forma. Laurita, personaje central de Tilde, tilde, cruz (Beatriz Viterbo Editora), la última novela del escritor Fernando Chulak, lo sabe mejor que nadie. «Quemadora» compulsiva de objetos -que ella misma recolecta- en su mayoría inútiles, inservibles, comprende entre tantas cosas que no logra comprender, que el fuego no purifica, sino que termina por atrapar definitivamente eso que se vuelve ceniza y que, al volverse ceniza, perdura por siempre.

Es, en definitiva, una manera más de encarcelamiento, de ponerse detrás de los barrotes de una realidad acuciante para quien, por definición social, vive atrapada en una locura sistemática, pero que en la percepción individual, interna, sobrevive como puede a las circunstancias inesperadas y crueles de una vida que no eligió pero que, al final de cuentas, termina por quedarle cómoda, en una especie de zona de confort poco confortable, pero de alguna manera segura.

Chulak juega con esa dicotomía constante entre lo que parece real y lo que parece irreal, entre la conciencia y la inconsciencia, entre la cordura y la locura. Y lo hace de manera completamente despojada. No hay prejuicios ni pretensiones respecto de esta historia que gira en torno a una chica de treinta y pico que vive en un pueblo sola, cuya madre falleció poco después del parto y sus hermanos -todos mayores- partieron cuando terminaron la escuela, por lo que ella quedó al cuidado de su padre, que finalmente murió.

Desde ese lugar va tejiendo el escritor una trama que habita en un escenario de por sí repleto de sentidos y lleno de tensiones, como lo es Villa Epecuén, un pueblo en ruinas, ubicado en el partido de Adolfo Alsina y que llegó a tener 1.500 habitantes y a recibir visitas de 5 mil turistas cada verano; un diamante en la llanura pampeana hasta 1985, cuando una violenta crecida del lago lo sumergió por completo. Paralelismos mediante e inevitables, unos y otros hechos -los que atañen a Epecuén y los que perturban a Laurita- generan ese ambiente en el que desanda lo raro, lo extraño, lo excepcional, lo misterioso que incomoda por momentos y, por momentos, molesta, estorba.

Y es que esta novela de Chulak, que se alzó en 2019 con el Premio Gombrowicz, tiene ese fin (que no necesariamente debió ser el perseguido por su autor): otorga un espacio en el absurdo cotidiano en que nos sumergimos, muchas veces sin siquiera notarlo. Y en el absurdo, se sabe, puede caber también lo opuesto, en convivencia perfecta.

Pero volviendo al galardón obtenido por Tilde, Tilde, Cruz, el jurado de aquel prestigioso certamen literario interpretó la novela como «la historia de un fingimiento», cuyo «asunto no es la verdad que ese fingimiento encubre, la que se oculta, la que va quedando por debajo o por detrás», sino «la verdad que ese mismo fingimiento expresa: la verdad que ese mismo fingimiento es. ¿Y de qué otra cosa, en última instancia, están hechas las ficciones? De fingimientos, pero también de lo raro, de lo extraño, de lo excepcional que incomoda, molesta, estorba. Como la verdad oculta. Los trastornos de un personaje que se trasladan al lector, al punto tal que resulta complejo saber si lo que sucede, sucede realmente, o si es solo parte de una acolchonada imaginación en la que el personaje vive y, por qué no, vivimos. «En mí caso, la literatura me sirve para no convertirme en un hombrecito gris, para eso escribo; esa es la función que tiene en mí: salirme un poquitito y explorar», afirma Chulak en relación a su oficio. Sale y explora. Y, al mismo tiempo, nos invita a salir y explorar, que no es más que adentrarnos en ese lugar penado para lo irracional. Y todo está allí, al alcance de la lectura. Y en lo absurdo.

EL AUTOR. Fernando Chulak (Buenos Aires, 1980) obtuvo en 2019 con esta novela el Premio Gombrowicz. En 2018 publicó su primera novela, Jauría (Negro absoluto, Aquilina). En 2017 un libro de cuentos suyo resultó finalista del Premio Provincia de Córdoba y en 2014 fue Primera Mención en el concurso del Fondo Nacional de las Artes. Antes fue finalista del Premio Itaú en 2011 y en 2012, y del Manuel Mujica Láinez 2012, entre otros.

 

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp