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Samuel Luna había nacido en la ciudad de La Rioja en 1874. Se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires y regresó a su provincia para ejercer. Ese regreso importa. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, estudiar en Buenos Aires podía significar también quedarse allí, buscar otro horizonte profesional, integrarse a un mundo con más recursos y posibilidades.
En “El viento sopla”, Fabián Soberón y Alejandra Pultrone construyen una ficción alrededor de la poesía de Anahí Lazzaroni.
Eran aproximadamente las cuatro y media del 27 de octubre de 1894 y, en apenas veintiséis segundos, buena parte de la ciudad de La Rioja quedó en el suelo.
Era de madrugada y la Chaya llevaba horas de escenario, música, cuerpos cansados y un público que ya había pasado por varios estados de ánimo. Chito Zeballos subió acompañado por Colacho Brizuela. No llegó para acelerar la fiesta ni para ofrecer una canción fácil de seguir. Llegó con aquello que mejor sabía hacer: decir. Recitar.
La Rioja nació con una promesa enterrada bajo las montañas. Menos de un año después de fundar la ciudad, Juan Ramírez de Velasco marchó hacia Famatina detrás de noticias sobre plata, oro y azogue. Había escuchado hablar de aquellas riquezas y quiso comprobar cuánto había de cierto.