Notas+

Todos conservamos en algún lugar de la memoria a un profesor. Quizás ya no recordemos con precisión el contenido de sus clases, las fechas que escribió en el pizarrón o los textos que formaban parte del programa.
Una sociedad no recuerda todo. La memoria colectiva siempre selecciona y también olvida. Pero existen olvidos que deberían preocuparnos, especialmente cuando borran experiencias que costaron dolor, movilización y años de lucha.
Nirvana era una banda procedente de Aberdeen, Washington, que había construido cierto prestigio dentro del circuito independiente de Seattle. Tenía un álbum previo, Bleach, editado por Sub Pop en 1989, y acababa de dar el salto a una compañía grande, DGC Records. No parecía destinada, al menos todavía, a convertirse en el grupo de rock más importante del planeta.
Messi anunció que ya no jugará para la Selección argentina, y esta vez es diferente. Lo hizo después de 207 partidos, 125 goles, seis mundiales jugados y una carrera que atravesó prácticamente toda nuestra vida reciente. Y tal vez por eso resulte tan difícil explicar lo que se termina: porque cuando Messi llegó a la Selección, el mundo era otro. También nosotros.
La pregunta más interesante es cómo llegamos a aceptar explicaciones tan sencillas para problemas tan complejos y cuánto desarrollo les exigimos a quienes pretenden gobernarnos. Porque una cosa es simplificar una explicación para que todos podamos entenderla y otra muy distinta es simplificar la realidad.
Hay dos frases que atravesaron los siglos y que parecen adquirir una vigencia particular en este tiempo. Una se la atribuimos a Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. La otra pertenece a René Descartes: “Pienso, luego existo”. Entre ambas hay más de dos mil años de distancia, pero las une algo que hoy parece haberse vuelto incómodo: reconocer los límites de aquello que sabemos y aceptar la duda como parte del camino hacia el conocimiento.