Una motosierra. En buena medida, alcanzó con eso. Durante la campaña electoral de 2023, Javier Milei representó buena parte de su diagnóstico sobre la Argentina y también de la solución que proponía mediante un objeto: había que cortar. El Estado sobraba, el gasto sobraba, la política era una casta y buena parte de nuestros problemas podían empezar a resolverse eliminando aquello que estaba de más. No hacía falta desarrollar demasiado. La imagen completaba el mensaje.
El problema, visto a la distancia, quizá no sea la motosierra. Tampoco Milei, al menos no exclusivamente. La pregunta más interesante es cómo llegamos a aceptar explicaciones tan sencillas para problemas tan complejos y cuánto desarrollo les exigimos a quienes pretenden gobernarnos. Porque una cosa es simplificar una explicación para que todos podamos entenderla y otra muy distinta es simplificar la realidad. Hablar sencillo es una virtud. Pensar que todo es sencillo puede ser un problema.
Y ese problema se vuelve concreto cuando llega el momento de gobernar. “Hay que cortar” puede decirse en dos segundos; decidir qué se corta es otra cosa. Detrás de aquello que llamamos gasto puede haber una universidad, una ruta, un medicamento, una obra pública, una jubilación, una investigación científica o una prestación para una persona con discapacidad. Lo que en una campaña cabe dentro de una palabra, cuando se convierte en política pública se multiplica en consecuencias. La simplificación del mensaje puede tener efectos muy poco simples sobre la vida de las personas.
Milei no inventó este fenómeno. Es, en todo caso, uno de sus grandes catalizadores en la Argentina. La política mundial lleva años transformándose al ritmo de las plataformas digitales y muchos dirigentes fueron incorporando la lógica del influencer: construyen una marca personal, una estética, una forma de hablar, determinados gestos, enemigos reconocibles y una relación directa con sus seguidores. Ya no alcanza con tener una propuesta. También hay que tener un personaje.
Y cuando la política empieza a funcionar como las redes, también comparte sus reglas. Hay que conseguir atención, reproducciones, comentarios, seguidores, interacciones. Un dirigente puede medir cuánta gente comparte su proyecto, pero ahora también cuántas personas compartieron su video. Y no deberíamos confundir ambas cosas: un millón de visualizaciones demuestra atención; no demuestra capacidad para gobernar.
La política siempre utilizó consignas, símbolos y frases memorables. El problema comienza cuando la consigna deja de resumir una propuesta y empieza a reemplazarla. Entonces todo adquiere una estructura sencilla: tenemos un problema, encontramos un culpable y ofrecemos una solución. La inflación, la inseguridad, el desempleo o la educación parecen poder explicarse encontrando un único responsable y quitándolo de la ecuación. Pero las sociedades rara vez funcionan así. Una decisión puede solucionar algo y empeorar otra cosa; beneficiar a algunos y perjudicar a otros. La realidad tiene una mala costumbre: suele ser bastante más compleja que nuestras consignas.
Nosotros tampoco somos ajenos. “Resumímelo”. “Decime lo importante”. “¿En pocas palabras?”. Son pedidos razonables en un mundo en el que nadie dispone de horas para estudiar cada asunto. Necesitamos síntesis. El problema comienza cuando confundimos síntesis con comprensión. Hoy podemos pedirle a una inteligencia artificial que resuma un libro de quinientas páginas en diez puntos. Puede ser muy útil. Pero leer esos diez puntos no significa haber comprendido el libro.
Con la política ocurre algo parecido. Podemos saber perfectamente qué quiere hacer un dirigente y no tener la menor idea de cómo piensa hacerlo. La motosierra decía qué. Pero no explicaba qué cortar, cuánto, cuáles serían las consecuencias, quién asumiría los costos ni qué se construiría después. Esas preguntas requieren algo que parece haber perdido valor: desarrollo.
Obligar a desarrollar las ideas
Y ahí los medios y quienes hacemos periodismo tenemos una responsabilidad importante. También nosotros vivimos dentro de la economía de la atención. Sabemos que una pelea genera clics, que un insulto produce reproducciones y que una frase brutal funciona mejor que una explicación. Podemos pasar un día entero contando que un dirigente “cruzó” a otro, que el otro “respondió” y que después alguien “redobló la apuesta”, sin conseguir que ninguno explique qué propone para solucionar aquello sobre lo que estaban discutiendo.
Tal vez el periodismo tenga que recuperar una función menos espectacular pero bastante más necesaria: obligar a desarrollar las ideas. Sacar al político, aunque sea durante unos minutos, de la lógica del reel.
– Voy a terminar con la inflación. ¿Cómo?
– Voy a generar empleo. ¿Cómo?
– Voy a mejorar la educación. ¿Cómo?
– Voy a reducir el Estado. ¿Cómo?
Y después vienen las demás preguntas: ¿cuánto cuesta?, ¿cuánto demora?, ¿quién gana?, ¿quién pierde?, ¿qué evidencia existe de que funcionará?, ¿qué pasa si no funciona?
Pero también hay una responsabilidad ciudadana. Solemos exigir esas explicaciones cuando habla alguien con quien no estamos de acuerdo. Al adversario le pedimos números, fuentes y demostraciones. Al dirigente que representa nuestras ideas muchas veces le aceptamos la consigna. Quizás una ciudadanía verdaderamente crítica comience cuando somos capaces de exigirle explicaciones también a aquel al que pensamos votar, al que ya votamos o con quien estamos de acuerdo.
Argentina está viviendo las consecuencias concretas de decisiones que alguna vez fueron presentadas mediante mensajes extraordinariamente sencillos. Podemos discutir si cada una fue acertada o equivocada, necesaria o innecesaria. Eso forma parte de la democracia. Pero detrás de cada palabra utilizada para simplificar había una realidad muchísimo más compleja esperando.
Una elección puede disputarse con consignas. Una identidad política puede construirse con símbolos. Un dirigente puede conseguir millones de seguidores utilizando las herramientas de un influencer.
Pero un país no puede gobernarse como una cuenta de redes sociales.
En algún momento termina el video, termina el reel, termina el discurso y termina la campaña.
El algoritmo termina cuando comienza la realidad.
Y la realidad tiene trabajadores, jubilados, empresarios, estudiantes, hospitales, universidades, escuelas, salarios y familias. Tiene intereses contrapuestos y consecuencias que no caben en una consigna.
No necesitamos dirigentes que hablen difícil. Necesitamos dirigentes capaces de explicar asuntos complejos de manera sencilla sin hacernos creer que esos asuntos son sencillos.
Y la próxima vez que alguien nos ofrezca una solución extraordinariamente simple para un problema extraordinariamente complejo, antes de aplaudirla, rechazarla o compartirla, quizá deberíamos hacer una pregunta.
Una sola: explíqueme cómo.