Frankenstein, la novela que desafió los límites de la creación humana

La historia de “Frankenstein” es a menudo reducida al mito del monstruo de cara espantosa, creado por un científico loco. Sin embargo, la riqueza del relato de Mary Shelley está mucho más allá de esta imagen icónica.
Cuando Mary Shelley escribió “Frankenstein”, o “El moderno Prometeo”, en 1818, no solo creó una de las historias más perturbadoras de la literatura occidental, sino que también dio inicio a un debate que aún hoy sigue siendo de gran vigencia: ¿hasta dónde debe llegar la ciencia en la búsqueda de sus propios límites? Dos siglos después, la novela sigue deslumbrando por su capacidad de captar la tensión entre el poder de la creación humana y las responsabilidades que esta conlleva, un dilema que no ha perdido relevancia ni en un mundo sumido en avances tecnológicos vertiginosos.La historia de “Frankenstein” es a menudo reducida al mito del monstruo de cara espantosa, creado por un científico loco. Sin embargo, la riqueza del relato de Mary Shelley está mucho más allá de esta imagen icónica. La criatura que Víctor Frankenstein crea no es el “monstruo” simplista de muchas adaptaciones cinematográficas, sino un ser profundamente complejo, que encarna el sufrimiento humano más universal: la búsqueda de aceptación, el dolor del rechazo y la desesperación ante la incomprensión. La verdadera monstruosidad no radica en su físico, sino en las circunstancias que lo llevan a convertirse en lo que es. Frankenstein, un joven y brillante estudiante de ciencias, pretende desafiar la naturaleza, dotando de vida a un cuerpo muerto, pero el resultado es desastroso.

Al ver a su creación, Víctor huye aterrorizado, dejando a su monstruo desamparado en un mundo que lo rechaza por su apariencia. La criatura, lejos de ser malvada por naturaleza, busca desesperadamente un lugar en la sociedad, pero se enfrenta a la hostilidad de un mundo que no lo comprende. Es este juego de “culpa y responsabilidad” el que ha convertido a “Frankenstein” en una obra atemporal. ¿Es el creador responsable de las acciones de su creación? ¿Hasta qué punto las circunstancias sociales y el abandono generan violencia? Estos interrogantes siguen siendo extremadamente relevantes en la actualidad, especialmente a la luz de los debates sobre bioética, inteligencia artificial y clonación.

VIGENCIA EN LA CIENCIA, LA MORAL Y LA SOCIEDAD

Aunque la novela se escribió en el contexto del Romanticismo, su impacto va mucho más allá de esa época. En su corazón late una reflexión sobre el poder destructivo de la “ambición científica desmedida” y los “límites de la creación humana”, un tema que sigue siendo urgente hoy, cuando los avances en genética, inteligencia artificial y biotecnología desafían constantemente las fronteras entre lo natural y lo artificial. Mary Shelley no solo anticipó los dilemas éticos de la ciencia moderna, sino que también introdujo la idea de que el progreso debe ir acompañado de “responsabilidad moral”.

La novela no es solo una reflexión sobre los peligros del conocimiento, sino también sobre la “alienación y la otredad”. La criatura de Frankenstein no es solo un “monstruo”; es un símbolo del otro, de aquellos que por sus características (ya sean físicas, sociales o culturales) quedan excluidos. La lucha del ser creado por encontrar su lugar en un mundo que lo rechaza refleja el dolor de millones de personas marginadas, oprimidas y excluidas. A medida que el mundo enfrenta nuevas crisis de identidad y pertenencia -ya sean raciales, sociales o políticas-, el relato de Shelley sigue siendo “un espejo inquietante” de las tensiones contemporáneas sobre la inclusión, la diferencia y la aceptación. Es imposible pensar en “Frankenstein” sin recordar las innumerables adaptaciones que ha tenido en cine, teatro, cómic, música y más. Desde la famosa película de 1931 dirigida por James Whale, que consolidó la imagen del monstruo con cara de “muerto viviente”, hasta los enfoques más contemporáneos que han tratado de adaptar la historia a nuestra era tecnológica, “Frankenstein” ha sido un lienzo en blanco sobre el que artistas de todo el mundo han proyectado sus propias visiones.

¿Por qué tantas adaptaciones? La respuesta está en su “temática universal”. La historia de un hombre que transgrede los límites de la naturaleza y se enfrenta a las consecuencias de sus actos sigue siendo relevante en un mundo en el que el poder de la ciencia y la tecnología continúa expandiéndose. Además, la novela presenta una “dramática dualidad”: el conflicto entre creador y creación, entre el ser humano y la monstruosidad, entre el individuo y la sociedad. Estos son temas que, sin importar el medio, siguen capturando la imaginación del público.

El cine, particularmente, ha encontrado en Frankenstein una mina de oro, porque la “figura de la criatura”, tanto en su forma monstruosa como en su trágica humanidad, es un símbolo que permite abordar cuestiones tan actuales como la ética en la ciencia, la alienación social y la lucha por la identidad. Además, cada nueva versión de la historia ofrece una oportunidad para reinterpretar el mito bajo nuevas luces, como lo ha hecho la literatura contemporánea, que encuentra en “Frankenstein” una reflexión sobre las ambiciones humanas y las consecuencias del poder desmedido.

UNA REFLEXIÓN PARA LA ERA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

En la actualidad, con el crecimiento de la inteligencia artificial y la genética, “Frankenstein” nos ofrece una “advertencia sobre el futuro”. La capacidad de los seres humanos para crear vida -en este caso, mediante avances en la ingeniería genética y las máquinas autónomas- plantea preguntas inquietantes. ¿Qué sucede cuando nuestra creación se sale de control? ¿Quién es responsable de sus acciones? En este sentido, Shelley no solo estaba escribiendo una historia de terror, sino también un “anticipo” de los dilemas éticos que ahora enfrentamos en la era digital y biotecnológica.

Hoy, Frankenstein se ha convertido en una especie de “metáfora de la creación humana” que ha trascendido el ámbito de la literatura gótica para convertirse en un texto que sigue siendo “vital” y pertinente. La pregunta fundamental que nos plantea la novela -¿quién es el verdadero monstruo?- sigue siendo una cuestión abierta en nuestra sociedad, en la ciencia y en la política.

En resumen, “Frankenstein” de Mary Shelley sigue siendo mucho más que una historia de terror. Es un ensayo filosófico, una tragedia moral, una reflexión sobre la ciencia, y una reflexión profunda sobre la humanidad misma. A medida que avanzamos en un futuro cada vez más marcado por el poder de la creación humana, este clásico literario se erige como una advertencia continua sobre los límites de nuestro conocimiento y nuestras responsabilidades. En un mundo que se enfrenta a dilemas éticos sin precedentes, “Frankenstein” sigue siendo una obra imprescindible y trascendente.

CUANDO UN CLÁSICO LITERARIO VUELVE A MIRAR A LA HUMANIDAD A TRAVÉS DEL CINE

Si en la presente nota afirmábamos que Frankenstein perdura como una obra fundacional porque expone, con brutal honestidad, las zonas más oscuras de la condición humana -el miedo al otro, la arrogancia del conocimiento, la fragilidad del afecto-, la nueva adaptación de Guillermo del Toro llega para demostrar que esas tensiones no sólo siguen vigentes, sino que pueden adquirir nuevos matices en la sensibilidad contemporánea.

La novela de Mary Shelley, publicada en 1818, conserva una potencia casi profética: advertía sobre las derivas éticas de la ciencia, sobre la responsabilidad moral del creador y sobre la soledad como marca indeleble de la existencia moderna. Estas ideas, que han atravesado dos siglos, encuentran en la versión de Del Toro un cauce expresivo que reafirma por qué Frankenstein es un clásico de trascendencia mundial, y por qué se trata de uno de los relatos más revisitados por el cine, el teatro y la cultura popular.

Lo que Del Toro propone no es una simple transposición cinematográfica. Es, más bien, un diálogo íntimo con el texto original. Allí donde Shelley reflexionaba sobre los límites del progreso y las pulsiones morales del individuo, Del Toro recupera ese espíritu para traducirlo en imágenes que respiran tragedia, poesía y un profundo humanismo.

La criatura de Shelley, nacida en la palabra, era ya un símbolo de nuestra propia ambigüedad ética. En la película, encarnada por Jacob Elordi, ese símbolo se vuelve carne y gesto: un ser que observa el mundo con la misma mezcla de desconcierto y esperanza que imaginó la joven autora británica en una noche tormentosa de 1816. El director mexicano amplifica esta sensibilidad y la convierte en el centro emocional de su relato.

En la reseña de Frankenstein señalábamos que el libro sigue vigente porque interpela dilemas que nunca terminamos de resolver: ¿Qué significa crear? ¿Qué implica asumir la responsabilidad de lo que engendramos? ¿Qué nos vuelve humanos: el acto de nacer o la necesidad de ser amados?

Del Toro retoma exactamente esas preguntas. Su Frankenstein es una obra que no elude el horror -lo estético, lo conceptual, lo moral-, pero lo utiliza como vehículo para volver a la esencia del mito: la tragedia de quienes buscan un lugar en el mundo y sólo reciben rechazo.

Así, la vigencia de Shelley se transforma en una vigencia audiovisual: el cine, una vez más, se apropia de un texto clásico no para ilustrarlo, sino para reactualizar su discurso ético ante un siglo atravesado por debates sobre inteligencia artificial, biotecnología, identidades y otredad. El escenario cambia, las preguntas persisten.

En la primera nota explicábamos por qué Frankenstein es uno de los libros más adaptados de la historia: porque su estructura narrativa y su densidad filosófica permiten múltiples lecturas, desde el terror hasta la tragedia romántica, desde la ciencia ficción hasta el drama existencial.

La película de Guillermo del Toro confirma esta tesis. Él no compite con las versiones anteriores; se suma a una genealogía creativa que reconoce que el mito está vivo precisamente porque puede reinventarse. Shelley creó un arquetipo, y Del Toro lo actualiza sin traicionarlo: su monstruo vuelve a ser una metáfora sobre nosotros mismos.

En definitiva, la película funciona como un eco visual de lo que sostuvimos respecto de la novela: Frankenstein es una obra inagotable. La literatura abrió el camino; el cine lo expande. Shelley planteó las preguntas; Del Toro vuelve a formularlas desde otro lenguaje. La criatura sigue caminando, no por los bosques helados de Europa, sino por los paisajes imaginarios del siglo XXI. Pero sigue buscando lo mismo: comprensión, ternura, y el derecho a existir.

Y mientras esa búsqueda permanezca irresuelta -en la ficción y en la vida- Frankenstein continuará siendo un espejo imprescindible.

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