Gatica, el coleccionista de almas

Una reseña para el libro «Este canto es América», del fundamental escritor riojano.

Fue por los años ’60 cuando un muy joven (que aún lo es, por cierto) Héctor David Gatica emprendió su viaje por algunas de las geografías poéticas de América. En aquel entonces, con su asombro a cuestas, recorrió parte de Chile, Paraguay, Bolivia y Perú para ofrendarnos luego, desde la amplitud de su palabra, un muestrario de rutas y colores; de horizontes y de aromas; de rincones y miradas; de encuentros y de poesía. Y puede que aquí, la palabra OFRENDA, a la que señalo muy especialmente, sea de manera esencial un punto de partida para entender esta monumental obra que hoy nos convoca.

Porque fue por aquellos años también, que derivaron más tarde en el libro «Geografía poética de América», que se comenzó a gestar en su mente, «Este canto es América», de manera simultánea con la revista «Poesía Amiga», que fundó, precisamente, en 1960. Digo SIMULTANEIDAD, que es otra palabra que lo asiste en su incansable hacer para una obra que no se detiene. Y digo INCANSABLE.

Aquella experiencia de viajero, al igual que este libro, creo, son el muestrario más claro y contundente de su ESENCIA: el corazón latiéndole al ritmo de un descubrir cansino pero constante, sin prisas, pero sin pausas, a cielo abierto y a sentimiento desprovisto de vestiduras. A flor de piel, esta otra versión del escritor riojano, es la más honrada expresión de un hombre frente a lo sorpresivo de lo nuevo, frente a lo que se descubre por primera vez, al igual que el niño cuando toma la primera bocanada de aire y larga luego el llanto como señal de una vitalidad a la que le proseguirá la calma de saberse al fin humano. HUMANO, digo, y subrayo.

Gatica se afirma, en este y en cada uno de sus libros, en su esencia fundamental, la de siempre, como irrefutable concepto que lo acompaña hasta estos días. Y lo cito: «Un poeta sin amigos es un pájaro sin árboles, que puede cantar, sí, y su canto liberarse solo; pero sus pies de hombre quedan atados a un encierro muy gris y estrecho». E, incluso, va un poco más allá en su indagarse e indagarnos. Y lo cito nuevamente: «¿Qué oficio hay que le permita a un hombre viajar a lugares no conocidos seguro de encontrar amigos por la identificación de su trabajo?» La respuesta, en este sentido, es contundente. Afirma Gatica: «La poesía realiza este milagro, quizás porque ella no tenga caracteres definidos de oficio. Mañana mismo si me fuera a otra nación que no conozco estaría con nuevos amigos por la sola hermandad anónima de la poesía». Digo POESÍA. Y remarco.

Lo señala muy bien en el prólogo de «Este canto es América» la secretaria de Culturas, Patricia Herrera, cuando afirma: «Decir el nombre de Gatica es decir Poesía». Y agrega, también, en una muy acertada dirección: «no hay pueblo en nuestra geografía que no haya sido leído por la mirada atenta de Gatica». Y luego señala: «la labor de Gatica se constituye en una de las principales vías de reconocimiento y difusión de narradores, dramaturgos y poetas de todo el territorio». Suscribo, en un todo.

Pero digo también que la obra de nuestro querido escritor entra en este punto, además, en el terreno de lo paradójico. Digo PARADÓJICO y lo acentúo, al menos, por un par de motivos. El primero de ellos, lo señala el propio Gatica, cuando nos cuenta que esta antología «comenzó a ser elaborada en completa soledad en el sur de los llanos riojanos, lugar poblado de obrajes de hacheros, carreros, carboneros, donde sólo se transitaba de a caballo o en sulky, por caminos guadalosos con profundas huellas. Conjuga aquí, el escritor, su soledad extrema con el juego de las compañías que supo traer hasta su tierra. Esta antología, que se convierte en un mapa esencial de nuestra geografía literaria nacional, cuenta, «fue concebida en un humilde, oculto lugar rural llamado Villa Nidia, que ni figura en los mapas», pero que existe. Sí, existe, aunque aún haya quienes no lo crean o piensan que es una invención del escritor.

El segundo de los motivos que se asocia a lo paradójico es que a partir y pese a ese contexto de extrema carencia y soledad, Gatica ha sabido construir a lo largo del tiempo y de su tiempo en base y gracias a una inclaudicable voluntad asociativa, generosidad y concepción de la creación como parte de un ecosistema colaborativo.

Digo INCLAUDICABLE y me pregunto -y les pregunto- si frente a semejante muestra de solidaridad literaria -y, en definitiva. humana- hemos respondido en una misma dirección y con la misma fuerza, con la misma contundencia, con la misma convicción. Me pregunto -y les pregunto- si hemos terminado de comprender y de tomar nota, y sobre todo consciencia, respecto de la magnitud real de su obra y de su legado. Me pregunto -y les pregunto- si realmente hemos llegado a dimensionar lo enorme de su grandeza en la relación que mantiene con su tierra y con su construcción histórica, con su obra y con su proyecto que exceden completamente sus ambiciones y que, como tales, superan también a lectores y a muchos intelectuales desprevenidos o ignorantes, en el sentido del pleno desconocimiento de las claras señales de que estamos frente a un verdadero prodigio que sobrepasa, incluso, a la misma literatura.

Y me pregunto -y les pregunto- si hemos caído en la cuenta, en un país que ha hecho de la palabra federalismo una moneda de cambio bastardeada, una declamación las más de las veces vacía, de que Gatica nos entrega con «Este canto es América» un muestrario de federalismo explícito y se calza el traje que mejor le queda: el de caudillo literario, a la par de tantos hombres y mujeres que nos han enorgullecido a lo largo de nuestra riojanidad hecha historia.

Gatica es sinónimo de literatura, también de escritor, de poeta;pero también de recopilador, de gestor cultural.Gatica es embajador honorario de la cultura de los llanos, donde muchos pretendieron y pretenden entramparlo como una manera de minimizar su gesta, sin caer en la cuenta de que es embajador de La Rioja toda. Y que es, además, dueño de una escritura que no cesa de escribirse, de ampliarse, de difundirse, de volver a empezar, de marcar un rumbo. Y Gatica es, al mismo tiempo, mucho más que todolo anteriormente señalado, mucho más que sus libros, incluso, que han dado la vuelta al mundo.

Gatica es, además de todo y como si fuera poco, un coleccionista de almas. Pero no un simple coleccionista, un coleccionista pasivo, de esos que acumulan en las repisas o en las bibliotecas y cada tanto pasan un trapito para que no se note la tierra. Y es aquí donde radica, a la hora de hablar específicamente de «Este canto es América» y a la parde su generosidad imposible de imitar, uno de sus gestos más colosales.

Dice JUARROZ en una de sus poesías verticales:

Pienso que en este momento

tal vez nadie en el universo piensa en mí,

que sólo yo me pienso,

y si ahora muriese,

nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,

como cuando me duermo.

Soy mi propio sostén y me lo quito.

Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto

que pensar en un hombre

se parece a salvarlo.

Esta es, precisamente, la tarea más extraordinaria de Gatica a la que quiero hacer referencia puntualmente. Dejando ya de lado su obra, con pasajes maravillosos e indispensables como los que nos regala en «Memoria de los Llanos» o en «Los fundadores del Olvido», sin dejar de hacer mención, por supuesto, a «La Cantata Riojana», el escritor, el poeta, ejerce la más noble de las labores que un hombre pueda ejercer, sin importar ya cuál sea su oficio: PENSAR EN EL OTRO. En otros hombres y en otras mujeres. Y en brindar sostenes para que no se tapice de ausencia todo. Gatica es un coleccionista de almas. Pero aún más: es la garantía de la salvación de esas almas en el acto mismo de pensarlas. A mí me salvó también, al pensarme para incluirme en este libro y para que hoy lo acompañe.

«Este canto es América», en su primer tomo, apareció en 1993. En sus páginas, la poesía reflejó las almas rescatadas por Gatica de poetas y escritores de América Central y América del Sur. Pero, al mismo tiempo, reflejó también la frustración de su autor frente al desinterés y la falta de difusión, sumado esto a la imposibilidad de completar el derrotero previsto. Una pena, como injusta contrapartida de tanto empeño, gozo y emoción por cada palabra.

Este segundo tomo que hoy presentamos está dedicado íntegramente a la Argentina, provincia por provincia y es una antología única en su tipo. No podemos permitirnos que ocurra lo mismo que con el tomo I. No podemos permitirnos, bajo ningún punto de vista que nuestro hombre fundamental de las letras imagine, ni siquiera fugazmente y tal como afirmaba Juarroz, que en este o en algún momento futuro tal vez nadie en el universo piensa en él. No podemos ni debemos permitirnos no pensar en Gatica. No podemos ni debemos permitirnos no salvarlo.

Gatica es nuestro. Tenemos el enorme privilegio de poder caminar con él por las calles de esta ciudad, de poder escucharlo, de poder compartir un café, una lectura, uno de sus inolvidables recitados, tal y como ocurrirá en un rato. Es nuestro, pero es también de todos. Es de estos pagos, pero también del pago de los otros, de los que coleccionó sus almas para rescatarlos, para salvarlos. Pero ocurre, también y muy a pesar nuestro, que Héctor David Gatica hay uno solo. Por eso debemos pensar en él. Más que nunca. Para que no olvidemos, para que no perdamos de vista que su viaje, el viaje del escritor y del poeta es, como él bien lo define y como bien lo ha demostrado, un canto eterno en su nombre y en el patrimonio que nos ofrenda.

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