La carne somos nosotros

Una reseña para el libro «Cadáver exquisito» de la escritora Agustina Bazterrica.

Un frigorífico funciona como cualquier otro. Hay controles sanitarios, protocolos, cámaras, operarios, cuchillos, cadenas de producción y especialistas que conocen cada etapa del proceso. Los cuerpos llegan, son clasificados, sacrificados, desangrados, cortados y preparados para el consumo. El sistema es eficiente. La industria prospera. La única diferencia es que esos cuerpos son humanos. Ese es el mundo de Cadáver exquisito, la novela con la que la escritora argentina Agustina Bazterrica construyó una de las distopías más inquietantes de la literatura latinoamericana contemporánea. Publicada originalmente en 2017 y ganadora del Premio Clarín de Novela de ese año, la obra alcanzó una notable proyección internacional, especialmente a partir de su edición en inglés, Tender Is the Flesh, traducida por Sarah Moses y publicada en 2020. La premisa es brutal: un virus vuelve peligrosa la carne animal para el consumo humano. Los animales son sacrificados, la industria alimentaria entra en crisis y los gobiernos legalizan una nueva forma de producción: la cría, faena y comercialización de carne humana. El canibalismo deja de ser tabú y se convierte en sistema. Ya no se habla de personas, sino de “producto”, “cabezas”, “carne especial”. La humanidad se reorganiza alrededor de una maquinaria que necesita convertir cuerpos en mercancía. El protagonista, Marcos Tejo, trabaja en un frigorífico. Conoce cada etapa de esa cadena: la crianza, la selección, el transporte, la matanza, el despiece, la venta. Sabe cómo funciona el horror porque forma parte de él. Pero Bazterrica no lo presenta como un monstruo evidente, sino como un hombre quebrado, cansado, atravesado por pérdidas personales y por una sensibilidad que convive con la obediencia. Allí aparece uno de los grandes aciertos de la novela: el espanto no es una excepción, sino una rutina.

En Cadáver exquisito no hay grandes discursos morales ni explicaciones tranquilizadoras. La autora construye un mundo donde todo ha sido asimilado por la administración, la publicidad, la ciencia, la familia, el mercado y el lenguaje. Esa normalización es lo verdaderamente insoportable. La novela no pregunta solamente qué pasaría si los seres humanos comieran carne humana. Formula una inquietud mucho más cercana: ¿cuántas atrocidades puede aceptar una sociedad cuando están reglamentadas, nombradas de otro modo y convertidas en negocio? La época de publicación también importa. En 2017, el debate sobre el consumo de carne, el maltrato animal, la crisis ambiental, los cuerpos descartables y la violencia del capitalismo ya ocupaba un lugar creciente en la conversación pública. Pero la novela encontró una segunda vida después de 2020, cuando su traducción al inglés circuló en un mundo atravesado por la experiencia pandémica. Aunque el libro fue escrito antes del COVID-19, su imaginación sobre virus, bioseguridad, miedo, control social y reorganización de la vida cotidiana adquirió una resonancia inesperada.

Uno de los mayores hallazgos de Cadáver exquisito está en el uso del lenguaje. Bazterrica entiende que toda violencia necesita primero una operación verbal. Para matar sin culpa, hay que dejar de nombrar al otro como humano. Por eso, en la novela, las personas criadas para consumo no son llamadas personas. Se las despoja de identidad, de voz, de nombre, de historia. La lengua hace el trabajo previo de la maquinaria: anestesia, distancia, convierte la sangre en procedimiento. Esa decisión literaria vuelve a la novela profundamente política. Porque no habla únicamente de canibalismo. Habla de los modos en que las sociedades convierten vidas en recursos. Habla de cuerpos explotados, empobrecidos, sometidos, encerrados, producidos para beneficio de otros. La distopía funciona porque lleva al extremo una lógica reconocible: la de un mundo que clasifica, jerarquiza y consume. Marcos es el punto de entrada a ese universo. A través de él recorremos frigoríficos, criaderos, laboratorios, restaurantes exclusivos, cotos de caza, carnicerías y reuniones familiares. Cada espacio revela una forma distinta de complicidad. El horror no está concentrado en un villano, sino distribuido en instituciones perfectamente reconocibles. Empresarios, técnicos, funcionarios, científicos, consumidores y ciudadanos comunes participan de una organización que nadie quiere mirar de frente, pero de la que casi todos se benefician.

La novela avanza con una prosa seca, precisa, casi quirúrgica. No se demora en la ornamentación ni busca belleza en el sentido tradicional. Su eficacia está en la frialdad. Bazterrica describe lo intolerable con una naturalidad que produce un efecto más fuerte que cualquier exceso melodramático. La violencia no se grita: se informa. Y justamente por eso golpea. Hay una dimensión de género muy poderosa, especialmente en la representación de los cuerpos femeninos. Las mujeres reducidas a reproducción, carne, deseo o disponibilidad exponen una violencia que excede la distopía. La novela muestra cómo el sistema decide qué cuerpos sirven, para qué sirven y cuánto valen. En ese sentido, Cadáver exquisito dialoga con debates contemporáneos sobre patriarcado, explotación reproductiva, trata, violencia sexual y apropiación del cuerpo ajeno.

También existe una lectura ecológica evidente. La desaparición de los animales no conduce a una transformación ética, sino a una adaptación monstruosa del mercado. El sistema no se detiene ante la catástrofe: busca un reemplazo. Si una materia prima se vuelve inutilizable, encuentra otra. La novela no imagina un colapso total, sino algo más inquietante: la continuidad. El mundo sigue funcionando. Las empresas se reconvierten. Las familias se adaptan. Los restaurantes ofrecen nuevos platos. La vida cotidiana aprende a convivir con lo inadmisible. Esa es una de las razones por las que el libro alcanzó tanta circulación internacional. Tender Is the Flesh llevó la novela a nuevos lectores y fue abordada desde el terror, la ciencia ficción, la distopía política, la crítica al capitalismo y las lecturas ecofeministas. Su potencia reside en que admite todas esas entradas sin agotarse en ninguna. No es solamente una novela de horror corporal. Es una novela sobre la obediencia social.

El título original, Cadáver exquisito, agrega otra capa de sentido. Remite al juego surrealista de creación colectiva en el que distintas partes terminan formando una figura inesperada. Pero aquí el cadáver ya no es una metáfora lúdica: es cuerpo administrado, fragmentado, repartido. La sociedad entera participa de esa composición monstruosa. Cada sector aporta una parte: la ley, la empresa, la ciencia, el consumidor, el lenguaje, la familia. El resultado es una obra colectiva del horror. A diferencia de muchas distopías, la novela de Bazterrica no se sostiene en grandes explicaciones sobre el origen del régimen. Le alcanza con mostrar el presente de ese mundo. Esa economía narrativa refuerza la sensación de inevitabilidad: importa menos cómo se llegó hasta allí que la manera en que todos aprendieron a seguir. El lector completa los huecos porque reconoce los mecanismos. La burocracia, el marketing, la negación y la costumbre son materiales demasiado familiares.

El final —que conviene no revelar— confirma la dureza ética de la novela. No hay consuelo fácil ni una salida sentimental que repare el daño acumulado. Bazterrica conduce al lector hasta una zona de incomodidad extrema y lo deja allí, obligado a revisar sus propias expectativas. En ese gesto reside buena parte de la fuerza del libro. Para Agustina Bazterrica, Cadáver exquisito significó una consagración. La novela la ubicó en un mapa literario mucho más amplio: ganó un premio importante en Argentina, circuló por numerosos países, fue traducida a múltiples idiomas y se convirtió en una de las obras argentinas contemporáneas con mayor proyección internacional. Su llegada al mercado anglosajón amplificó ese recorrido y la instaló entre las voces latinoamericanas más reconocidas dentro del terror y la distopía contemporánea. Su vigencia resulta evidente. En tiempos de crisis climática, precarización laboral, discursos de odio, consumo acelerado y naturalización de la violencia, Cadáver exquisito funciona como una alarma. No porque anuncie literalmente un futuro caníbal, sino porque expone una pregunta decisiva: ¿qué ocurre cuando una sociedad acepta que algunas vidas valen menos que otras?

La novela sigue circulando con fuerza porque no se limita a provocar rechazo físico. Obliga a pensar. La incomodidad que genera la lectura es apenas la superficie de otra sospecha, mucho más difícil de apartar: que el mundo imaginado por Bazterrica no está tan lejos del nuestro.

Cadáver exquisito es una obra feroz, seca, inteligente y profundamente perturbadora. Una novela argentina que encontró lectores en todo el mundo porque toca un temor universal: descubrir que la barbarie no siempre llega como ruptura. A veces se instala de manera gradual, se vuelve legal, aprende el lenguaje de la eficiencia, encuentra una estrategia de marketing y termina servida en la mesa.

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