La más dulce de las carcajadas

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La más dulce de las carcajadas

Casi sin darme cuenta suelto una carcajada. Luego me sonrojo y bajo la mirada. La fila en el banco, a las 8.15, es interminable. Ella está parada justo frente a mí, pero no puede verme. Está gorda y sostiene con sus manos un coche. Me cuesta reconocerla, pero lo hago por la curvatura de su nariz.

Giro la cabeza. Él, está exactamente cuatro lugares detrás de mí. Me mira y se sonríe entre dientes. Doy vuelta la cara.

La verdad es que no recuerdo cuándo fue que se fueron. Primero él, para poner más énfasis en su familia y separarse al poco tiempo. Después ella, olvidándolo todo.

Fueron amantes, diría, desde el momento mismo en que se conocieron. Ocho años, creo. Todos, absolutamente todos lo sabían. Yo no.

Hacía tiempo no los veía. Alguien me había dicho por allí que ella, al final, se había salido con la suya. Y agregó: le hizo un hijo. Poco importaba.

Lo que sí me llama la atención, ahora, es su figura desalineada, sus caderas demasiado anchas. Si es verdad que se salió con la suya, no es menos verdad que la maternidad le cayó pesada.

En su rostro hay, además, un dejo de desgano que se confunde con enojo. Entre ellos, cruzan algunas miradas, pero es como si no se vieran.

Él hace fila como cualquier otro, lejos de los privilegios. Pienso que el tiempo, a la larga o a la corta, nos empareja.

El reloj marca casi las 8.30 y avanzamos unos cuatro pasos. Reina en el banco un murmullo que se aproxima al silencio y al aburrimiento.

Un policía nos escruta como si fuéramos todos sospechosos de cometer, en un momento, algún delito. Los cajeros trabajan frenéticamente, pero no se nota.

Pienso en la burocracia de los establecimientos públicos, pero no me quejo. Seguramente debe haber cosas peores, me digo, como por ejemplo el paso del tiempo y sus irremediables consecuencias.

Ella es, para mí, un buen ejemplo. Pero no es el único. Algunas personas perecen envejecer aquí mismo. La fila va un poco más rápido ahora, aunque no lo suficiente como para que algunos rostros cambien sus estupefactas expresiones.

Ya casi no recuerdo cuándo fue la última vez que cruzamos algunas palabras. Cuando ella se fue yo no estaba. Cuando volví su lugar estaba vacío, pero tampoco se notaba demasiado.

Lo que si se extrañó durante algún tiempo fueron sus interminables disquisiciones sobre la moralidad y la ética, discursos que encontraban siempre cómplices en el asentimiento, aún cuando todos sabían que aquello que expresaba en voz alta, nada tenía que ver con los hechos. Todos, menos yo.

Algo que resultó ser normal y que podría estar pasando ahora, cuando las agujas del reloj marcan las 8.43 y ella sale raudamente, como si escapara de algo, como aquella última vez en que estuvimos juntos.

A lo lejos y entre la gente, me parece ver que el coche que lleva entre sus manos, está vacío. Aquel policía que nos escrutaba a todos, apura el paso detrás de ella.

Me doy vuelta. El ya no está en la fila y veo la cara de sorpresa de las personas que intentan mirar hacia afuera. Algunos están caídos y veo manchas de sangre fresca en el piso. Pero tras el desparramo, casi todos retoman su lugar. El reloj marca exactamente las 8.44.

Desde afuera llega el sonido ensordecedor de dos disparos. Algunos se agachan. Pero nadie, nadie, se mueve de su lugar. Reina nuevamente el silencio y en mí, el presentimiento de que esta vez…de que esta vez sí. Se lo merecen, me digo. Era tan inevitable como el paso del tiempo y sus consecuencias irremediables.

Ahora, sólo pienso en salir de ahí y, tal vez, soltar la más dulce de las carcajadas.

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