La memoria también aprende a amanecer

Una reseña para el libro «Hasta verte amanecer», de la poeta Alejandra Pultrone.

En “Hasta verte amanecer”, Alejandra Pultrone reúne tres libros escritos entre 2004 y 2019 y descubre, al mirarlos en conjunto, que entre ellos existía una conversación secreta. “Restos de poda”, “Plaza Washington” y “La soledad de los anhelos” trazan un recorrido por la infancia, los afectos, la enfermedad, la muerte del padre y las formas en que una ausencia cambia con el paso del tiempo. Más que una suma de poemarios, el volumen puede leerse como la historia de una voz que vuelve durante quince años sobre aquello que perdió para encontrar, finalmente, otra manera de nombrarlo. Quince años separan el comienzo y el final de la escritura reunida en “Hasta verte amanecer”. Entre 2004 y 2019, Alejandra Pultrone escribió “Restos de poda”, “Plaza Washington” y “La soledad de los anhelos” sin saber, al menos no desde el principio, que esos tres libros terminarían formando un único recorrido. La unidad apareció después. Fue el tiempo el que reveló que ciertas imágenes, ciertas pérdidas y ciertas preguntas habían seguido trabajando por debajo de cada poema. Ese dato no es secundario. Es, acaso, la primera clave de lectura.

Porque “Hasta verte amanecer” no parece pedir que sus tres partes sean entendidas como piezas independientes reunidas por una decisión editorial. Lo que emerge es otra cosa: una continuidad emocional que la propia autora reconoció retrospectivamente. Pultrone contó que recién al llegar a “La soledad de los anhelos” comprendió que allí se cerraba algo iniciado muchos años antes en “Restos de poda”. La escritura había construido una forma antes de que esa forma pudiera ser vista por completo. Esa revelación modifica el modo de entrar al libro. Ya no se trata solamente de leer poemas sobre la infancia, la familia, el padre, la enfermedad, la pérdida o el deseo. Se trata de observar qué hace el tiempo con esas experiencias. Cómo una imagen reaparece transformada. Cómo una herida cambia de lenguaje. Cómo aquello que en un momento fue cercanía se convierte después en memoria y, más tarde, en una forma distinta de presencia. En ese sentido, el verdadero tema de “Hasta verte amanecer” quizá no sea únicamente la pérdida. Es la duración de la pérdida.

LO QUE QUEDA DE LA PODA

El primer título del conjunto, “Restos de poda”, contiene ya una poética. Podar es cortar una parte de algo vivo. No es destruir el árbol, pero sí modificarlo. Después del corte quedan ramas, hojas, fragmentos que alguna vez pertenecieron a una unidad y que ahora aparecen separados de ella. La imagen permite leer buena parte del movimiento inicial de Pultrone: la memoria trabaja con aquello que quedó. No con el pasado entero, sino con sus restos. La infancia, la familia, las escenas domésticas, los lugares, los objetos y los vínculos aparecen entonces como materiales de una reconstrucción necesariamente incompleta. La memoria no devuelve una vida tal como fue. Selecciona. Desplaza. Ilumina una escena y oscurece otra. Conserva detalles mínimos mientras deja desaparecer acontecimientos que alguna vez parecieron decisivos. Por eso la idea de “restos” resulta tan significativa. Pultrone no parece buscar una autobiografía ordenada ni una cronología sentimental. Lo que se arma es una constelación. Una vida vuelve en fragmentos. Y allí comienza a definirse una de las tensiones que atravesará todo el volumen: aquello que ya no está puede seguir actuando sobre el presente. Una casa puede persistir después de haber sido abandonada. Una voz puede regresar cuando ya no existe el cuerpo que la pronunciaba. Un gesto aprendido en la infancia puede sobrevivir durante décadas. Los muertos pueden ocupar un lugar decisivo en la vida de quienes continúan. Y la poesía trabaja justamente en esa zona.

LA INFANCIA NO VUELVE INTACTA

En “Restos de poda”, la infancia puede leerse menos como un paraíso perdido que como un territorio reconstruido desde la distancia. Y esa diferencia importa. La nostalgia suele prometer que hubo un tiempo completo, luminoso, al que quisiéramos regresar. La memoria poética, en cambio, sabe que todo regreso modifica aquello que busca recuperar. Quien recuerda ya no es quien vivió la escena. Entre ambos está el tiempo. Por eso, cuando el pasado reaparece, lo hace atravesado por la conciencia adulta, por las pérdidas posteriores, por todo aquello que todavía no había ocurrido en el momento original. Una escena de infancia puede adquirir décadas después un sentido que entonces no tenía. Un gesto del padre puede volverse decisivo únicamente cuando el padre ya no está. Esa retroactividad de la memoria resulta central para comprender el conjunto. Los primeros poemas no quedan quietos en el pasado. La lectura de “Plaza Washington” los modifica. Y “La soledad de los anhelos”, a su vez, obliga a mirar de otro modo aquello que había comenzado quince años antes. Los tres libros se leen hacia adelante. Pero también hacia atrás. En “Plaza Washington”, el recorrido encuentra su núcleo más doloroso: la enfermedad y la muerte del padre. Aquí la memoria deja de ser solamente evocación y se vuelve confrontación con un cuerpo vulnerable. La enfermedad altera la percepción del tiempo. Los días ya no transcurren del mismo modo cuando existe la amenaza de una pérdida. Cada momento puede convertirse, sin que nadie lo sepa todavía, en el último. La figura paterna reorganiza entonces el paisaje del libro. No se trata únicamente de recordar al padre después de su muerte. El duelo comienza antes. Comienza cuando el cuerpo cambia, cuando la enfermedad impone sus ritmos, cuando la familia aprende nuevas rutinas, cuando la posibilidad de la ausencia entra en la vida cotidiana. Esa experiencia tiene una temporalidad propia. Hay una espera. Y en toda espera frente a la enfermedad conviven elementos contradictorios: esperanza y miedo, agotamiento y cuidado, negación y lucidez. El mundo exterior continúa mientras, dentro de una familia, el tiempo parece haberse concentrado alrededor de un cuerpo. La poesía intenta registrar esa alteración. No puede detener lo que ocurre, pero puede acompañarlo.

UNA PLAZA DESPUÉS DE LA MUERTE

El título “Plaza Washington” merece una atención particular porque desplaza el duelo hacia un espacio concreto. Las pérdidas modifican la geografía. Después de ciertos acontecimientos, una calle deja de ser solamente una calle. Una habitación ya no es simplemente una habitación. Una plaza puede quedar asociada para siempre a una persona, a una espera, a una enfermedad, a una conversación o a un momento que el tiempo no consigue disolver. Los espacios sobreviven a quienes los habitaron. Y esa supervivencia puede resultar dolorosa. La ciudad continúa. La gente camina. Los árboles cambian con las estaciones. Los bancos permanecen. Alguien atraviesa una plaza sin saber que, para otra persona, ese mismo lugar contiene una vida entera. Allí aparece una dimensión especialmente intensa de la poesía de duelo: la tensión entre la tragedia privada y la indiferencia del mundo. Cuando alguien muere, el mundo no se detiene. Esa continuidad puede sentirse casi como una ofensa. Pero también es la condición de la vida que sigue.

En la entrevista publicada anteriormente en 1591, Pultrone expresó una idea que resulta especialmente útil para leer este recorrido: cuando las cosas se vuelven poesía, algo se libera. La frase no debería funcionar como explicación cerrada del libro. Su valor está en otro sitio. Permite pensar qué ocurre cuando una experiencia íntima -la enfermedad de un padre, su muerte, una escena familiar, una ausencia- abandona el territorio exclusivamente privado y entra en el lenguaje. No desaparece el dolor. Cambia de estado. Ese pasaje parece fundamental en “Hasta verte amanecer”. La poesía no cura en un sentido simple. No repara la muerte ni devuelve a quien se perdió. Tampoco garantiza una reconciliación definitiva con el pasado. Pero produce una transformación. Lo vivido deja de estar encerrado únicamente en quien lo vivió. Al convertirse en poema puede circular. Otro lector puede entrar. Puede reconocer allí una experiencia propia. Puede descubrir que una imagen nacida de una biografía ajena toca algo de su propia historia. Tal vez sea eso lo que se libera. No el dolor. Su aislamiento.

LA PALABRA FRENTE A LO IRREVERSIBLE

Toda escritura de duelo enfrenta un límite: escribe sobre aquello que no puede modificar. La muerte ya ocurrió. La palabra llega después. Esa impotencia podría volver inútil el poema. Sin embargo, sucede lo contrario. Precisamente porque no puede cambiar los hechos, la poesía trabaja sobre otra materia: la relación que los vivos mantienen con ellos. Pultrone vuelve durante años sobre una pérdida que no permanece idéntica. Ese punto resulta decisivo. Solemos hablar del duelo como si fuera un camino lineal: primero el dolor, luego la aceptación, finalmente la superación. Pero “Hasta verte amanecer”, leído en su arco de quince años, permite pensar una experiencia mucho más compleja. Las ausencias no desaparecen. Se transforman. Hay días en que parecen lejanas. Otros en que regresan con una precisión inesperada. Una fecha, una calle, una voz parecida, una canción, un olor pueden abrir de pronto aquello que creíamos cerrado.

El tiempo no borra. Reorganiza. La reunión de “Restos de poda”, “Plaza Washington” y “La soledad de los anhelos” permite observar algo especialmente valioso: una poeta leyéndose a sí misma a través de los años, incluso antes de saber que estaba haciéndolo. Quince años implican transformaciones inevitables. Cambia la mujer que escribe. Cambia la relación con la infancia. Cambia la percepción del padre. Cambia el modo de entender la pérdida. Cambia incluso el sentido de los poemas anteriores. Ese desplazamiento evita que el volumen quede reducido a una repetición temática. La continuidad no significa inmovilidad. El mismo núcleo emocional es abordado desde distintas edades de la voz. En “Restos de poda” domina la lógica del fragmento y de aquello que la memoria rescata. En “Plaza Washington”, la experiencia de la enfermedad y la muerte concentra la escritura alrededor de una ausencia concreta. En “La soledad de los anhelos”, esa ausencia ya ha atravesado años de elaboración. No desaparece, pero convive con otras preguntas: el deseo, la soledad, lo que todavía se espera de la vida, aquello que no ocurrió, aquello que quizá ya no ocurra. La pérdida deja de ser un acontecimiento. Se convierte en una forma de conciencia.

LA SOLEDAD DE DESEAR

El título del tercer libro abre el recorrido hacia otra dimensión. “La soledad de los anhelos” no habla solamente de lo perdido. Habla también de aquello que se desea. Y todo anhelo contiene una ausencia. Se desea lo que no está. Lo que todavía no llega. Lo que alguna vez estuvo y podría regresar. O aquello que sabemos imposible, pero continuamos deseando. Después de la muerte del padre, el libro no puede volver al punto inicial. La voz ha atravesado una experiencia que modifica su relación con el mundo. Pero tampoco queda detenida para siempre frente a la pérdida. Aparece el anhelo. Y con él, una pregunta por lo que sigue. Tal vez allí se encuentre el movimiento más profundo del conjunto. La poesía que comenzó recogiendo restos y atravesó el centro oscuro del duelo llega finalmente a una zona donde todavía es posible desear. No se trata de una victoria. Mucho menos de una moraleja. Es una persistencia. Libros

Hay además una dimensión que atraviesa todo libro sostenido durante tantos años: la memoria no es únicamente mental. Recordamos con el cuerpo. Ciertos lugares producen una reacción antes de que podamos explicar por qué. Hay ausencias que se sienten físicamente. Hay fechas que alteran el ánimo. Hay palabras que conservan una temperatura. La enfermedad del padre introduce de manera inevitable la cuestión del cuerpo: el cuerpo que cambia, que pierde fuerzas, que deja de responder como antes. Frente a él aparece el cuerpo de quien acompaña, espera, cuida y teme. Después de la muerte, ese cuerpo ausente continúa ocupando espacio. Ya no está. Pero falta. Y faltar es también una forma de presencia.

UNA POESÍA DE LO CERCANO

La materia de “Hasta verte” amanecer está hecha de elementos próximos: familia, infancia, vínculos, espacios, enfermedad, muerte, memoria, deseo. Esa cercanía podría conducir a una escritura cerrada sobre sí misma. Sin embargo, el desafío de toda poesía íntima consiste justamente en atravesar la anécdota personal para alcanzar una experiencia compartida. El padre de la autora es su padre. Pero la ausencia puede ser la de cualquiera. La plaza es una plaza concreta. Pero todos conocemos lugares que dejaron de ser neutrales porque algo de nuestra vida quedó allí. La infancia pertenece a una biografía. Pero todos hemos descubierto alguna vez que el lugar al que queríamos volver ya no existe del mismo modo. Ahí la experiencia privada se vuelve literatura. No cuando deja de ser personal, sino cuando, siendo profundamente personal, encuentra una forma capaz de alojar a otros. Después de “Restos de poda”, “Plaza Washington” y “La soledad de los anhelos”, el título general adquiere toda su fuerza. “Hasta verte amanecer”. La elección es significativa porque el amanecer no aparece al comienzo del recorrido. Aparece después. Después de los restos. Después de la enfermedad. Después de la muerte. Después de la soledad. Después de los anhelos. Por eso sería demasiado simple interpretar el amanecer como optimismo. La luz que propone el título no niega la noche. Viene de ella. La ha atravesado. En esa secuencia puede encontrarse la arquitectura emocional del volumen. La escritura no conduce desde la tristeza hacia una felicidad reparadora. Conduce desde una experiencia fragmentada hacia otra forma de comprensión. La pérdida permanece. Pero ya no ocupa todo el horizonte. Y acaso allí vuelva a cobrar sentido aquella idea de Pultrone: cuando las cosas se vuelven poesía, algo se libera.

Después de quince años, la escritura permite mirar en conjunto aquello que, mientras ocurría, solo podía vivirse por partes. Los restos encuentran una relación. La plaza se integra a una historia. El padre continúa en la memoria. Los anhelos sobreviven a la muerte. El amanecer no devuelve lo perdido. Permite verlo de otra manera. “Hasta verte amanecer” encuentra su mayor potencia en ese largo movimiento. No es solamente un libro sobre el duelo ni una reunión de poemas escritos en distintas etapas. Es el registro de una conciencia que vuelve sobre su propia vida y descubre que el tiempo no resolvió sus preguntas, pero modificó la manera de formularlas. Entre 2004 y 2019, Alejandra Pultrone escribió tres libros. Leídos juntos, cuentan algo más. Cuentan cómo una voz aprende que recordar no es conservar intacto; que perder no significa dejar de amar; que el duelo no termina necesariamente, pero cambia; y que a veces la poesía no salva de la noche.

Hace algo más modesto y, quizá, más verdadero: acompaña hasta que amanece.

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