La memoria viva de un mundo que desaparece

Una reseña para el libro «Girón de Historia», de Perfecto Paciente Bustamante

Publicado originalmente en 1922 y recuperado más de un siglo después por Plano Editorial, el libro de Perfecto P. Bustamante constituye una obra fundamental para comprender la historia, las costumbres y el universo simbólico del valle de Famatina. Impulsada por Héctor David Gatica, esta reedición devuelve al presente un texto precursor que, entre el ensayo, la crónica, el relato oral y la memoria autobiográfica, conserva una forma de vida que comenzaba a extinguirse mientras el autor la escribía.

Perfecto Paciente Bustamante declara desde las primeras páginas de Girón de historia que no pretende hacer literatura ni entregarse a los artificios de la retórica. Dice escribir impulsado por una obligación: contar lo vivido para evitar que las generaciones venideras ignoren quiénes fueron quienes las precedieron y cuánto les deben. Esa aclaración inicial podría interpretarse como una simple declaración de modestia, pero contiene, en realidad, el principio que sostiene toda la obra. Bustamante escribe porque siente que un mundo está desapareciendo y porque comprende que, si nadie recoge sus palabras, sus costumbres, sus canciones y sus historias, terminará borrado por el tiempo.

Publicado por primera vez en 1922, Girón de historia vuelve a circular gracias a una edición revisada de Plano Editorial, realizada en 2024 dentro de la colección Patrimonio. Esta recuperación tuvo como principal impulsor al escritor Héctor David Gatica, quien desde hacía décadas reconocía en el libro de Bustamante un testimonio fundamental de la cultura riojana y anhelaba verlo nuevamente publicado. Como integrante del Consejo Asesor de la editorial, Gatica promovió el proyecto que finalmente permitió rescatar la obra y devolverla a los lectores.

Su intervención se completa con el texto “Algunos conceptos sobre Girón de historia”, incorporado en esta edición. Allí recuerda el descubrimiento del libro, una visita realizada en 1987 a la familia Bustamante en Famatina y el deseo, sostenido a lo largo de los años, de que la obra volviera a publicarse por su importancia testimonial. También señala sus principales virtudes, establece relaciones con otros autores riojanos y no elude algunas diferencias con las interpretaciones históricas y políticas de Perfecto Bustamante. Su lectura es, por lo tanto, afectiva y crítica: reconoce el valor patrimonial del libro sin convertirlo en una pieza intocable.

Como explica Fernando María Justo en la introducción que también acompaña esta nueva edición, Bustamante se anticipó a una forma de investigación que recién mucho después sería reconocida: no estudió las manifestaciones folklóricas como elementos aislados, sino como partes de un mismo universo cultural. En sus páginas conviven el paisaje, la minería, las celebraciones religiosas, la Chaya, los cuentos junto al fogón, la música, los trabajos comunitarios, la alimentación, los juegos infantiles, las creencias sobrenaturales y la memoria política. Cada componente remite a los demás y ayuda a reconstruir una sociedad completa.

FAMATINA COMO PAISAJE Y FORMA DE VIDA

El verdadero protagonista del libro es el valle de Famatina. No aparece solamente como un espacio geográfico ni como el escenario donde suceden las historias, sino como una presencia viva que organiza la existencia de sus habitantes. Bustamante describe sus arroyos, huertos, árboles frutales, flores, quebradas y montañas con una intensidad que desmiente su anunciada renuncia a la literatura. Aunque asegure que no busca hacer retórica, su prosa alcanza momentos de una profunda belleza cuando contempla el movimiento de las aguas, el color de los cultivos o la vida escondida entre las serranías.

Esa mirada sobre el paisaje no es neutral. El valle constituye para Bustamante una suerte de territorio original, un mundo donde la naturaleza y las personas todavía podían mantener una relación directa. La flora no es solo un catálogo de especies: cada planta posee una utilidad, una propiedad medicinal, alimentaria o simbólica. Tampoco la fauna se reduce a una clasificación. Las aves tienen voces, comportamientos e historias; dialogan con las leyendas y ofrecen señales que la comunidad sabe interpretar. El pishco-curaca, el crespín, el cacuy, el coyuyo, los jilgueros y el cóndor pertenecen simultáneamente al orden natural y al imaginario colectivo.

Lo mismo ocurre con el cerro. Para los mineros y arrieros, el Famatina es una entidad consciente, capaz de entregar sus riquezas a quienes considera merecedores y de cerrarse ante los extraños. Las tormentas repentinas, los vientos y las dificultades para ascender son leídos como decisiones de una montaña protectora. Bustamante no observa estas creencias desde la superioridad del hombre ilustrado que se propone corregirlas. Las registra y, en muchos casos, parece compartirlas. Sabe que una leyenda no necesita ser comprobada para expresar una verdad sobre el vínculo entre una comunidad y el territorio que habita.

La minería ocupa un lugar central porque ha modelado la identidad del valle. El autor conoce ese universo desde adentro y dedica páginas memorables a describir al minero como un tipo humano particular: resistente, orgulloso, sacrificado, generoso y propenso a gastar durante sus breves regresos al pueblo lo obtenido después de largos períodos en la montaña. Las anécdotas mineras oscilan entre el heroísmo, el humor, la aventura y la tragedia. En ellas se reconoce una vida sometida a la altura, al frío, al viento y a la incertidumbre, pero también rodeada de una épica propia.

En ese punto aparece una de las preocupaciones políticas que atraviesan el libro: la propiedad y el destino de las riquezas minerales. Bustamante cuestiona las legislaciones que alejaron la explotación de las manos locales y facilitaron su concentración en capitales extranjeros. Sus reflexiones pueden resultar desordenadas o apasionadas, pero contienen una pregunta que conserva plena actualidad: quién decide sobre los bienes de un territorio y quién recibe los beneficios de su explotación.

Gatica recupera especialmente este aspecto en su texto preliminar. Destaca la oposición de Bustamante a que las riquezas del Famatina pasaran a manos foráneas y proyecta esa preocupación sobre los debates mineros contemporáneos. Su lectura demuestra que la reedición no obedece únicamente a una voluntad de conservación histórica. El libro vuelve a circular porque varias de las preguntas formuladas hace más de un siglo continúan abiertas.

EL ARCHIVO DE UNA CULTURA

La sección dedicada a las leyendas, tradiciones y celebraciones constituye el núcleo más conocido de Girón de historia. Allí se encuentran algunas de las primeras recopilaciones riojanas del Llastay, el duende, el tigre uturunco y las “fantasmas” blancas y negras. El autor no se limita a resumir los relatos: registra las circunstancias en que esas presencias son vistas, los rituales para obtener su protección y las consecuencias que puede sufrir quien desafíe las reglas del mundo sobrenatural.

El Llastay es presentado como rey y protector de los guanacos. El duende, con una mano de lana y otra de hierro, puede acariciar o castigar. El uturunco conserva inteligencia humana cuando se transforma en tigre. En estas criaturas sobrevive una concepción de la naturaleza en la que los seres humanos no son propietarios absolutos del mundo, sino participantes de un orden que impone límites y exige respeto.

La Chaya recibe un tratamiento particularmente detallado. Bustamante reconstruye sus preparativos, la elaboración de la aloja, los ramos de albahaca, el almidón perfumado, las cabalgatas, los “obligos”, las vidalitas y los topamientos entre comadres. También dedica un apartado específico al Pusllay, personificación del Carnaval, cuyo entierro marca el final de la celebración. La fiesta aparece como una experiencia total en la que se mezclan música, bebida, cortejo amoroso, sátira, identidad comunitaria y memoria indígena.

El libro conserva, además, numerosas coplas y partituras. Las vidalitas expresan dolores amorosos, observaciones filosóficas, burlas y comentarios sobre la vida cotidiana. Bustamante comprende que las canciones no son meros adornos de una celebración: en ellas una comunidad habla de sí misma. El mérito documental de estas transcripciones resulta incalculable, pues permite escuchar, a más de cien años de distancia, voces que de otro modo habrían quedado perdidas.

Ese afán de conservación se extiende a todos los rincones de la vida comunitaria. El autor describe la cueca, las serenatas, los esquinazos, las fiestas de Navidad y San Pedro, los pesebres, las cruces, los velorios de angelitos, las adivinanzas, los juegos de prendas, los dichos populares y los entretenimientos infantiles. Explica cómo se realizaban las mingas para recoger el trigo, cómo se preparaban las poleadas, de qué manera se fabricaban las vasijas de barro y cómo funcionaban los telares. También registra utensilios, comidas y procedimientos que entonces podían parecer demasiado comunes para merecer una explicación, pero que hoy constituyen una valiosa fuente de conocimiento.

Uno de los personajes más entrañables es Ño Juancho, un hombre solitario, medio sordo, vestido con poncho y ushutas, que conversa consigo mismo y cuenta historias a los niños junto al fogón. Bustamante lo presenta como el último representante de un tiempo extinguido. Sus relatos —el perro de la Peña Negra, el toro de un solo cuerno, la calaverita de trenzas y las burras sin cola que desaparecen debajo de una piedra— muestran la vitalidad de una imaginación que convierte cada camino, quebrada o formación rocosa en la puerta de acceso a otro mundo.

También aparecen Mama Franshi, Pedro Urdimán y una vasta galería de narradores, bromistas, mineros, ancianas y personajes populares. A través de ellos, Girón de historia conserva algo más difícil de atrapar que una costumbre: conserva una manera de contar. Las repeticiones, exageraciones y digresiones forman parte de la oralidad de esas historias. El libro parece escuchar antes de escribir.

Por eso, su valor no se limita a la cantidad de información que reúne. Bustamante registra las palabras con las que se nombraban objetos, plantas, comidas, trabajos y vínculos sociales. Anota sus significados, explica su empleo y conserva formas lingüísticas regionales. La edición actualiza cuestiones ortográficas para facilitar la lectura, pero mantiene los modismos y giros particulares del autor. Esa decisión permite que el texto resulte accesible sin borrar la voz que lo hace singular.

La tarea editorial fue especialmente compleja. Los ejemplares originales conservados en bibliotecas populares se habían convertido en objetos frágiles y quebradizos, mientras que varias páginas presentaban problemas de legibilidad. Al no poder acceder a las fotografías originales, fue necesario recuperar las imágenes a partir de esos ejemplares centenarios. Las diferencias de calidad visual que puedan observarse son, por lo tanto, las marcas materiales de la supervivencia del libro. La edición conserva veinticinco imágenes, además de las partituras, y respeta la peculiar disposición de títulos elegida por Bustamante.

EL PROGRESO BAJO SOSPECHA

La llegada del ferrocarril representa el gran quiebre histórico de la obra. Bustamante reconoce su capacidad para transportar personas, mercaderías y novedades, pero desconfía profundamente de aquello que se presenta como progreso inevitable. Según su mirada, el tren no solo acorta distancias: también altera los ritmos de la comunidad, introduce necesidades artificiales, facilita la salida de las riquezas locales y abre las puertas a relaciones comerciales desiguales.

Antes del ferrocarril, sostiene, la vida estaba organizada alrededor de la producción familiar, la palabra empeñada, la solidaridad vecinal y una economía ajustada a las necesidades. Después llegan las mercaderías, el endeudamiento, la especulación y la dependencia. El productor trabaja más, amplía sus cultivos y obtiene mayores cosechas, pero deja de ser dueño de aquello que produce. El progreso material no garantiza la felicidad y puede incluso destruirla.

Esta oposición está atravesada por una evidente idealización del pasado. El viejo Famatina aparece como una sociedad armónica, casi exenta de delitos, ambiciones y conflictos, mientras que el mundo moderno concentra los vicios y las formas de degradación. La nostalgia lleva al autor a simplificar ambas realidades. También emergen prejuicios étnicos, sociales y de género propios de su época, expresados en referencias despectivas hacia inmigrantes, mujeres extranjeras o prácticas que se apartaban del orden patriarcal que él consideraba natural.

Una lectura actual no debería ocultar ni disculpar esas marcas. Forman parte del documento y revelan las limitaciones de la mirada que lo produjo. Pero tampoco invalidan la intuición central de Bustamante: detrás de determinados procesos de modernización pueden existir pérdida de autonomía, concentración económica y destrucción de los vínculos comunitarios. Su desconfianza no nace solamente del miedo a lo nuevo, sino de observar cómo ese supuesto progreso transforma al propietario en deudor, al productor en dependiente y a la comunidad en mercado.

El ferrocarril es, en ese sentido, más que un medio de transporte. Representa la irrupción de otro sistema de valores. Frente a la velocidad, Bustamante reivindica la contemplación; frente a la acumulación, la suficiencia; frente al comercio impersonal, la palabra; frente al individualismo, las prácticas comunitarias. La minga aparece como el mejor ejemplo de ese mundo: el trabajo colectivo no se organiza mediante un salario, sino a través de la reciprocidad, la comida compartida, el baile y la fiesta.

Es posible cuestionar cuánto había de realidad y cuánto de idealización en aquella sociedad evocada. Sin embargo, la crítica de Bustamante adquiere fuerza porque fue formulada mientras la transformación estaba ocurriendo. No escribe desde una nostalgia construida muchas décadas después. Observa cómo el viejo orden se retira y procura dejar constancia de aquello que se está perdiendo.

CUANDO LA HISTORIA SE VUELVE HERIDA

En su tramo final, Girón de historia cambia de tono. La reconstrucción folklórica cede lugar a relatos históricos atravesados por la experiencia familiar. Aparecen referencias al Chacho Peñaloza, a Juan Facundo Quiroga, a las montoneras y a las luchas políticas provinciales, pero la historia pública comienza a confundirse con el dolor privado del autor. Las breves anécdotas sobre el Chacho muestran al caudillo en su dimensión popular: sencillo en el trato, cercano a sus tropas y capaz de condensar una situación política en unas pocas palabras. Bustamante contrapone esa forma directa de ejercer el liderazgo con las maniobras de la política posterior, a la que observa como un sistema de ocultamiento y manipulación de la voluntad popular. La ironía atraviesa estos episodios y permite que la historia abandone momentáneamente la solemnidad.

El relato del asesinato de su padre, atribuido a Pedro Gordillo, y la extensa evocación de su madre convierten luego el libro en una memoria familiar. Bustamante ya no escribe únicamente para conservar las tradiciones de Famatina: escribe para denunciar una injusticia, reparar una ausencia y salvar del olvido a quienes, según siente, fueron sacrificados sin recibir reconocimiento. La figura materna domina las últimas páginas. Ceferina aparece como una mujer marcada por la muerte violenta de su esposo, el despojo, la pobreza y una religiosidad inquebrantable. El autor narra su deterioro y su muerte con una intensidad que desborda cualquier pretensión documental. Hay culpa, admiración tardía y un intento desesperado por comprender lo que no supo ver cuando ella todavía vivía. La prosa se vuelve reiterativa, exclamativa y por momentos desgarrada.

Gatica observa que estos recuerdos familiares acaso habrían encontrado un lugar más apropiado en un libro autobiográfico. Su señalamiento es atendible, porque el cambio altera la unidad del conjunto. Sin embargo, ese aparente desvío permite descubrir la motivación más profunda de Bustamante. El mismo impulso que lo lleva a preservar leyendas, canciones y costumbres lo conduce a rescatar la historia de sus padres. La memoria colectiva y la memoria familiar responden a una amenaza común: la desaparición. El libro entero puede leerse entonces como un acto de reparación. Cada descripción, cada copla y cada nombre anotado intenta impedir una segunda muerte. Bustamante teme que a su familia le ocurra lo mismo que a las canciones, los oficios y las tradiciones del valle: que sobrevivan sus consecuencias, pero se olvide a quienes las hicieron posibles.

En ese sentido resulta especialmente significativo el relato “Una vida simple”, dedicado a Ramón Torres, un hombre que transforma con su trabajo un terreno despreciado y establece allí una relación de convivencia con plantas, aves y animales. Cuando muere, la finca continúa produciendo, pero nadie recuerda quién la hizo posible. Los nuevos ocupantes aprovechan sus frutos sin conocer al hombre que convirtió aquel espacio estéril en un vergel. Esa imagen resume la pregunta esencial del libro: ¿qué sucede cuando una comunidad disfruta de una herencia, pero olvida a quienes la construyeron? La edición de Plano Editorial, impulsada por Héctor David Gatica y concretada con la colaboración de los descendientes de Bustamante, permite reencontrarse con una obra inclasificable, imperfecta y extraordinaria. Fernando María Justo aporta una introducción que sitúa al autor como precursor de los estudios folklóricos riojanos, mientras que el texto de Gatica reconstruye la historia de su propio vínculo con el libro y fundamenta la necesidad de rescatarlo. A esos aportes se suma el trabajo editorial de transcripción, actualización y recuperación de las imágenes originales.

Sin la persistencia de Gatica, posiblemente Girón de historia habría continuado siendo una referencia conocida por investigadores y especialistas, pero inaccesible para la mayoría de los lectores. Su intervención fue decisiva para transformar un anhelo largamente sostenido en una reedición concreta. Reconocer ese impulso también forma parte de la historia del libro: toda obra recuperada necesita de alguien capaz de advertir su valor y de insistir para que vuelva a circular.

La escritura de Bustamante conserva irregularidades, reiteraciones, cambios abruptos de registro y una organización que no responde a las convenciones actuales. Precisamente por eso mantiene la impresión de una voz que necesita decirlo todo antes de que sea demasiado tarde. Su aparente desorden reproduce el movimiento de la memoria, que avanza mediante asociaciones, recupera nombres, se demora en detalles y vuelve una y otra vez sobre las heridas que no consigue cerrar.

Girón de historia no es únicamente un libro sobre el pasado riojano. Es un libro sobre la lucha entre la memoria y el tiempo. Perfecto P. Bustamante recogió aquello que veía desaparecer y lo convirtió en un inmenso reservorio de voces, imágenes, creencias y experiencias. Más de un siglo después, sus páginas siguen recordándonos que un pueblo no está hecho solamente de grandes acontecimientos, sino también de sus canciones, sus palabras, sus comidas, sus miedos, sus celebraciones y sus muertos.

La reedición devuelve al patrimonio de La Rioja uno de sus testimonios fundamentales. Pero también devuelve algo más difícil de nombrar: la respiración de un mundo que ya no existe como entonces y que, sin embargo, continúa viviendo cada vez que alguien vuelve a abrir este libro.

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