En “Ideario para mi muerte”, Ramón Guerrero se aventura en una zona temáticamente riesgosa y estéticamente exigente: la de escribir un poemario entero atravesado por la muerte, pero sin caer en el derrumbe retórico, el dramatismo fácil ni la solemnidad vacía. El resultado es un libro de una coherencia interna notable, donde la muerte no aparece como mero tema, sino como principio organizador de la experiencia, como horizonte existencial y como materia verbal. Ya desde las páginas iniciales, el autor declara su intención de pensar la muerte no como desenlace abstracto, sino como misterio íntimo, como forma de reflexión sobre la vida misma; y el prólogo orienta esa lectura al destacar que el poemario instala la muerte “como eje, como puerto, como destino o como reflexión”.
El libro se sostiene sobre una arquitectura simbólica muy clara. Sus poemas dialogan con dos grandes polos: por un lado, la finitud, la pérdida, la sombra, el duelo, el cuerpo que se extingue; por otro, la persistencia del poema, la luz, la memoria, la esperanza y la posibilidad de una trascendencia no dogmática, sino poética. Esa tensión le da al conjunto una respiración propia: no se trata de un libro que se complazca en la oscuridad, sino de un libro que atraviesa la oscuridad para interrogar qué queda cuando todo se apaga. En ese sentido, el texto de apertura del autor es especialmente revelador cuando afirma que en estas páginas “la muerte se desgarra en versos” y que cada poema intenta capturar “el instante fugaz” y entender “lo que queda cuando todo se desvanece”.
Uno de los mayores aciertos de Guerrero, en ese sentido, es la elección de un tono que combina intimidad, gravedad y limpidez expresiva. La voz poética no se coloca por encima del lector; al contrario, lo invita a entrar en un territorio donde la experiencia personal se vuelve compartible.
En poemas como “Mi alumbramiento”, el nacimiento se presenta como exilio y continuidad a la vez: el yo lírico sale del vientre materno, pero no abandona del todo la matriz originaria; conserva latidos, herencia, nombre y una “migaja de muerte” en cada mano. La imagen es poderosa porque desarma la idea convencional de que nacer es puro comienzo: aquí nacer ya implica desgaste, conciencia de la pérdida y marca de lo transitorio.
Ese gesto se vuelve central en “Ideario para mi muerte”, poema que no solo da título al libro sino que concentra su propuesta estética y filosófica. Allí aparece una voz que se reconoce en las “memorias de la muerte”, que asume la desaparición de la infancia, el desplome de las murallas interiores y la necesidad de parecerse a Dios en el acto de auscultar los propios latidos. La muerte, lejos de ser un accidente, es tratada como una forma de autoconocimiento. El poema concluye con una afirmación rotunda: “Hoy, desde esta noche profunda que llevo dentro, declaro que he muerto”. Esa declaración no clausura el sentido; al contrario, lo abre, porque la muerte queda ligada a la conciencia, al poema y a la memoria.

UNA COSMOVISIÓN
Desde el punto de vista formal, el libro trabaja con un verso libre de gran carga imagística, sostenido por una sintaxis abundante en encabalgamientos, enumeraciones, personificaciones y desplazamientos metafóricos. Guerrero privilegia un lenguaje de alta densidad simbólica, con imágenes que se suceden como visiones: barro, ceniza, greda, llanto, luz, mármol, sombra, alba, silencio, barro, fuego, viento, sal, agua. La insistencia en estos materiales no responde a una simple repetición ornamental; construye una cosmovisión. El sujeto poético es barro que piensa, sangre que recuerda, sombra que habla, luz que redime. La materia no es decorado: es destino.
El prólogo de Stella Bernasconi, que acompaña el volumen, acierta al señalar la singularidad de este modo de abordar la muerte. Subraya que el libro dialoga con Rilke y con la aceptación griega del límite, pero que lo hace desde una sensibilidad propia, tensa entre desgarro y serenidad. Esa lectura resulta pertinente porque en “Ideario para mi muerte” hay una dimensión claramente meditativa: la muerte no se representa como puro horror, sino como parte de un orden que el poeta intenta comprender. No obstante, conviene decir que Guerrero no escribe una poesía filosófica en sentido abstracto; su pensamiento está encarnado en imágenes, en una corporalidad verbal muy concreta. El poema piensa desde la carne y no desde la idea desnuda.
RESISTENCIA POÉTICA
Uno de los ejes más intensos del libro es la relación con la figura de Dios. La invocación aparece con múltiples nombres y modulaciones: “Supremo Hacedor”, “Gran Alfarero”, “Gran Amante”, “Rey de los Imperios”, “Ser de la Gran Luz y el Perdón”. Esta pluralidad nominal no es casual; expresa una búsqueda espiritual amplia, un diálogo que oscila entre la plegaria, la interpelación y la confianza. En poemas como “Ruego”, “Plegaria”, “Mi creador” y “Rey de los imperios”, la voz lírica se presenta a la vez como criatura, deudor y orante. No hay una religiosidad ingenua, sino una religiosidad trabajada por la conciencia de la fragilidad humana. Guerrero no se arrodilla desde la certeza, sino desde la intemperie.
En ese marco, el poema “Rey de los imperios” funciona como una de las piezas más logradas del libro. Allí lo divino no aparece asociado al dolor del sacrificio, sino a una presencia de “diafanidad”, cristal, agua y gracia. El Cristo sin maderos ni clavos es una imagen especialmente feliz porque desclava lo sagrado de la escena del martirio y lo sitúa en la esfera de la luz y la piedad. El poema mantiene, sin embargo, la conciencia de un mundo “aciago” que ignora esa dimensión. La fe, entonces, no se vuelve consigna: se vuelve resistencia poética. Otro gran mérito del libro es su capacidad para variar los registros sin perder unidad. Hay poemas de duelo explícito, como “Partir”, dedicado a su padre, donde la experiencia de la muerte se vuelve íntima, concreta, casi documental en su dolor. Allí el texto renuncia momentáneamente a la exuberancia metafórica para dar lugar a una escena desnuda: la mano fría, el último intento de sonrisa, la lágrima, el apagamiento. Esa contención le da una fuerza conmovedora porque el lenguaje parece estremecerse ante lo irreparable.
Hay también poemas de mayor densidad abstracta, como “Sol negro”, “Profético”, “Enigmas” o “Finitud”, donde el poeta ensaya una meditación sobre el tiempo, el origen, la sombra y el límite. En estos textos aparece una reflexión madura sobre el vivir como proceso de desgaste: la muerte “viene viviendo” desde el nacimiento; el tiempo es verdugo, pero también artesano; la finitud no es solo término, sino condición de posibilidad de la experiencia. Esta idea está formulada con especial precisión en “Finitud”, donde la muerte crece en los años “registrando cada tilde” en la memoria humana. La imagen de la muerte como archivista de la existencia es una de las más sugestivas del libro.
MÚSICA DE INSISTENCIA
En cuanto a la disposición del poemario, se percibe una secuencia deliberadamente orgánica. El índice muestra un recorrido que va del nacimiento al final, de la introspección a la alborada, del dolor al consuelo, del destierro al retorno. No es casual que haya poemas titulados “Mi alumbramiento”, “Comienzos”, “Vida”, “Introspección”, “Alborada”, junto con otros como “Epitafio”, “Parca”, “Territorio de ceniza” y “Mi sombra dice”. La alternancia entre vitalidad y extinción refuerza la idea de que el libro está construido como una meditación total sobre la existencia. El uso de la repetición también merece destacarse. Guerrero repite motivos, pero no por pobreza expresiva: repite para profundizar, para hacer resonar. La palabra “muerte” no cesa de reencarnarse en formas diversas; lo mismo ocurre con “poema”, “luz”, “sombra”, “silencio”, “alba”, “barro”, “ceniza”, “memoria”. Esa recurrencia produce una música de insistencia, una suerte de letanía personal que se vuelve reconocible. El libro tiene algo de salmo, algo de epitafio y algo de confesión. En su mejor zona, logra que la reiteración no canse, sino que grave el sentido.
Hay, además, una notable presencia del cuerpo. El yo poético siente, sangra, tiembla, envejece, llora, se fractura. La muerte no está escindida de la carne; por eso el poeta habla de “mis huesos”, “mis manos”, “mi sangre”, “mi frente”, “mi aliento”, “mis vértebras”, “mi sombra”. Esa materialidad vuelve más intensa la dimensión metafísica del libro, porque la trascendencia no se alcanza por evasión sino por atravesamiento de lo corporal. En Guerrero, el alma no flota: se arrastra, se afina, se incendia, se desmorona, se recompone. Al mismo tiempo, el libro conserva una entrañable vocación por la belleza. Incluso cuando nombra el dolor, lo hace con una voluntad de forma. La muerte no es aquí un tema tratado de manera cruda o descarnada; es una materia trabajada con delicadeza verbal. Hay una ética de la dignidad estética: incluso el epitafio debe cantar, incluso la pérdida debe hallar su música. Por eso “Mi sombra dice” resulta tan decisivo como cierre conceptual del volumen. Allí la muerte es definida como eco de la vida, horizonte, susurro, punto de convergencia donde todo se vuelve poesía. Ese final no es solo una clausura; es una clave de lectura retrospectiva para todo el libro.
PLENITUD EXPRESIVA
Si hubiera que situar el valor de “Ideario para mi muerte” en el panorama de la poesía contemporánea, habría que decir que se trata de un libro que apuesta por una lírica de fuerte aliento meditativo, con una imaginería amplia y una voz claramente reconocible. Su mayor fortaleza está en la coherencia: no hay dispersión temática, sino un diseño interior firme. Su mayor riesgo, al mismo tiempo, reside en esa misma abundancia metafórica, que por momentos roza la sobrecarga. Pero incluso allí el libro conserva una identidad poderosa, porque no busca austeridad minimalista sino plenitud expresiva. Como obra, este poemario ofrece algo valioso: permite hablar no solo de un libro, sino de una experiencia humana universal. Hablar de “Ideario para mi muerte” es hablar del nacimiento, del duelo, del padre, de la fe, de la memoria, de la vocación poética y de esa certeza inevitable que acompaña toda vida. Ramón Guerrero no escribe para cerrar el misterio, sino para darle forma verbal. Y en esa tarea logra algo poco frecuente: convertir la muerte en una posibilidad de conciencia y el poema en una forma de supervivencia.
En síntesis, “Ideario para mi muerte” es un poemario de madurez expresiva, hondura simbólica y evidente unidad estética. Su escritura, de tono lírico elevado y a la vez íntimo, convierte la meditación sobre la muerte en una celebración de la vida. Es un libro que no evade el abismo, pero tampoco se entrega a él: lo bordea, lo nombra, lo interroga y finalmente lo transforma en canto. Esa es, quizás (y entre muchas otras), su mayor virtud.
EL AUTOR
Ramón Guerrero. Poeta, escritor riojano. Ganador de premios provinciales, nacionales e internacionales. Participó de Antologías nacionales. Distinguido por el Concejo Deliberante como Ciudadano destacado con la distinción Ciudad los Azahares 2023. Publicó: Octubre y nada, poemas; Vigilias del Páramo, poemas; Detrás de aquella tarde, cuentos; Pájaros en tus sombras, poemas; Entre el Génesis y el Verbo, poemas; Exhumación de la Sed, poemas; Umbrales de Fuego, poemas; Un día después, poemas; La Fragilidad del silencio; María Eva, en Alas de Pueblo. Ex secretario de SADE y SALAC. Actual presidente de SADE La Rioja, filial Ariel Ferraro.