La Rioja nació con una promesa enterrada bajo las montañas. Menos de un año después de fundar la ciudad, Juan Ramírez de Velasco marchó hacia Famatina detrás de noticias sobre plata, oro y azogue. Había escuchado hablar de aquellas riquezas y quiso comprobar cuánto había de cierto. En 1592 llegó hasta la zona, tomó muestras y volvió con la certeza de que allí existía algo que podía transformar el futuro de la nueva población. El proyecto minero, sin embargo, no terminó de concretarse. Décadas más tarde, mientras la agricultura avanzaba y sostenía buena parte de la economía local, aquella riqueza seguía siendo eso: una posibilidad.
Doscientos dieciocho años después, el 25 de octubre de 1810, alguien volvió a escribir desde el poder sobre la misma montaña. Esta vez ya no gobernaba un representante de la Corona española. La Primera Junta llevaba apenas cinco meses instalada en Buenos Aires y se encontraba tratando de construir autoridad en medio de una revolución incierta, una guerra que recién comenzaba y un territorio cuyas obediencias todavía estaban en disputa. Ese día, en una comunicación dirigida a Juan José Castelli, apareció una frase breve: el mineral de Famatina “llama la atención de la Junta”. No era una observación casual. La nueva autoridad quería fomentarlo y buscaba personas capaces de trabajar sus minerales. Poco después pediría además un perito para instalar una callana destinada a fundirlos.
Habían cambiado los hombres, las banderas y las razones políticas. La montaña seguía prometiendo riqueza. Tal vez allí haya una de las historias más persistentes de La Rioja. No solamente la historia de sus minerales, sino la de una provincia que desde muy temprano aprendió a mirar hacia Famatina imaginando que una parte de su futuro podía estar escondida dentro de la piedra. Oro. Plata. Cobre. Riqueza. Trabajo. Desarrollo. Cada época utilizó palabras diferentes, pero detrás de muchas de ellas sobrevivió una misma expectativa: algún día aquello que estaba debajo de la tierra dejaría de ser promesa y se convertiría definitivamente en prosperidad.
La revolución también necesitaba dinero
La Revolución de Mayo suele llegar hasta nosotros convertida en una colección de símbolos. El Cabildo, la plaza, los paraguas, los nombres que aprendimos en la escuela. Pero cualquier revolución necesita algo menos heroico y bastante más concreto: recursos. Hay que pagar soldados, alimentar ejércitos, mover armas, comprar provisiones, mantener funcionarios y sostener una estructura política que todavía no sabe si podrá sobrevivir.
En octubre de 1810 la Junta tenía los ojos puestos en el norte. Potosí continuaba siendo un centro económico decisivo y las minas del Alto Perú formaban parte de una estructura que había sostenido durante siglos buena parte del mundo colonial. La documentación de aquellos días muestra hasta qué punto la minería preocupaba a las nuevas autoridades. El mismo 25 de octubre en que Famatina llamó su atención, la Junta pidió a Castelli información precisa sobre las reservas de azogue, indispensables para determinadas técnicas de beneficio de la plata. Pocos días después volvió a escribirle preocupada por evitar trastornos en el laboreo del Cerro de Potosí. Famatina entró en ese mapa.
No era un descubrimiento. Las noticias sobre sus minerales venían de mucho antes y habían acompañado incluso el origen colonial de La Rioja. Pero la Revolución volvió a depositar sobre la montaña una nueva expectativa. Si el acceso a las riquezas del Alto Perú podía volverse incierto, aquella sierra riojana adquiría otra importancia. El poder político recién nacido veía allí una posibilidad de recursos.
Eso cambia bastante la manera de observar aquel 25 de octubre. La Primera Junta no estaba simplemente interesada en una explotación remota. Estaba pensando también cómo sostenerse. Detrás de los discursos sobre soberanía aparecía una pregunta mucho más elemental: de dónde sacar el dinero necesario para construir el nuevo orden.
Famatina parecía ofrecer una respuesta. La había ofrecido también dos siglos antes. Y volvería a ofrecerla muchas veces.
Durante el siglo XIX aparecieron nuevas exploraciones, sociedades mineras, empresarios, proyectos de inversión y expectativas de explotación. Las minas se transformaron en parte de las disputas económicas y políticas de la provincia. Después llegaron La Mejicana, los capitales extranjeros y aquella obra desmesurada que todavía permanece colgada de la montaña como si alguien hubiera querido dejar allí una prueba física de cuánto se llegó a creer en el mineral de Famatina.
El Cable Carril Chilecito-La Mejicana comenzó a construirse a comienzos del siglo XX. Tenía más de treinta kilómetros, nueve estaciones y salvaba más de tres mil metros de desnivel entre Chilecito y la mina. Fue una de las obras de ingeniería más impresionantes de su tiempo. Por sus vagonetas bajaban minerales desde las alturas y subían alimentos, herramientas, combustible y todo lo necesario para mantener una explotación situada en un lugar donde hasta respirar significaba un esfuerzo. Finalmente parecía que aquella promesa de siglos encontraba la tecnología capaz de hacerla realidad. Pero la historia volvió a complicarse.
La explotación tuvo ciclos irregulares, las empresas cambiaron, algunas quebraron, los costos de transporte se hicieron difíciles de sostener y la actividad terminó extinguiéndose. El Cable Carril permaneció. La gran maquinaria se volvió patrimonio. Las instalaciones mineras quedaron como ruinas en la montaña. La promesa sobrevivió a quienes intentaron convertirla en negocio.
Tener riqueza
Quizá ése sea el aspecto más incómodo de esta historia. La Rioja ha convivido durante siglos con la idea de ser una provincia rica en recursos y, al mismo tiempo, con la experiencia recurrente de la escasez. No significa que una cosa explique automáticamente la otra. Ningún mineral garantiza por sí mismo desarrollo, como tampoco basta con saber que existe oro debajo de una montaña para que una sociedad prospere. Entre una veta y el bienestar de una comunidad existen capital, tecnología, mercados, infraestructura, decisiones políticas, conflictos sociales y una pregunta decisiva: quién obtiene finalmente los beneficios. Pero la expectativa quedó. Cada cierto tiempo Famatina volvió a aparecer como posibilidad. Y cada generación debió discutirla con sus propias palabras.
Ramírez de Velasco buscaba metales para consolidar una ciudad naciente dentro del orden colonial. La Junta de Mayo necesitaba recursos para sostener una revolución. Los empresarios del siglo XIX miraron las vetas como oportunidad económica. A comienzos del XX se levantó una obra monumental para llevar el mineral hasta el ferrocarril y de allí hacia los puertos. Mucho después aparecerían otras discusiones: inversión, empleo, agua, ambiente, autonomía, desarrollo, propiedad de los recursos. La montaña seguía siendo la misma. Lo que cambiaba era aquello que cada época esperaba encontrar en ella.
Por eso el 25 de octubre de 1810 quizá tenga un valor mayor que el de una simple efeméride minera. Aquella nota de la Junta dirigida a Castelli es apenas una línea en un archivo, pero contiene una historia que empieza mucho antes y todavía no ha terminado. Una autoridad política mira hacia Famatina y vuelve a preguntarse qué podría obtener de allí.
Habían pasado dos siglos desde Ramírez de Velasco. Pasarían casi otros dos hasta las discusiones contemporáneas. En el medio hubo exploraciones, inversiones, proyectos, máquinas, obreros, caminos, leyes, compañías que llegaron y compañías que se fueron. Hubo momentos en que pareció que finalmente la montaña cumpliría aquello que durante generaciones se había esperado de ella. Y después hubo que volver a empezar.
Tal vez la verdadera historia de Famatina no sea entonces la del oro ni la plata ni el cobre. Tal vez sea la historia de una expectativa. La de una provincia que durante más de cuatro siglos escuchó que poseía una riqueza extraordinaria y que, sin embargo, nunca terminó de resolver la enorme distancia que existe entre tener recursos y convertirlos en prosperidad.
La Rioja nació mirando hacia Famatina. La Primera Junta volvió a mirar hacia allí en 1810. Después lo hicieron empresarios, políticos, compañías y generaciones enteras. Todos encontraron algo: minerales, proyectos, inversiones, conflictos, esperanzas.
Lo único que siempre pareció estar un poco más lejos fue aquello que la montaña prometía desde el principio: el futuro.