A veces la enfermedad llegaba antes que el dinero. En las casas pobres de La Rioja de comienzos del siglo XX, llamar al médico podía significar también preguntarse cómo pagarle. No había obra social que amortiguara la preocupación, ni una red sanitaria capaz de llegar con facilidad a todos, ni demasiadas alternativas cuando la fiebre subía o el cuerpo comenzaba a rendirse. Samuel Luna entraba igual. Revisaba al enfermo, dejaba indicaciones, aconsejaba a la familia y se iba. En esos hogares, según lo recuerdan las fuentes riojanas, no recibía un centavo.
Tal vez por eso su nombre quedó en la memoria de una manera distinta. No asociado a una gran operación, a un descubrimiento científico o a una institución que llevara su firma, sino a un gesto repetido muchas veces: llegar donde hacía falta y no dejar una deuda detrás.
Samuel Luna había nacido en la ciudad de La Rioja en 1874. Se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires y regresó a su provincia para ejercer. Ese regreso importa. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, estudiar en Buenos Aires podía significar también quedarse allí, buscar otro horizonte profesional, integrarse a un mundo con más recursos y posibilidades. Luna volvió a una provincia donde la medicina debía abrirse paso entre distancias, precariedades y una pobreza que no era excepcional sino parte de la vida cotidiana.
La práctica médica tenía entonces otra intimidad. El consultorio no siempre era el centro de todo. El médico iba a la casa, veía el dormitorio, la mesa, la ropa, el agua disponible, el modo en que vivía una familia. La enfermedad no aparecía aislada del resto de la existencia. Se enfermaba el cuerpo, pero alrededor estaban también la falta de alimento, el hacinamiento, el trabajo agotador, las dificultades para comprar remedios y la certeza de que cualquier gasto inesperado podía desordenar un hogar entero.
En ese paisaje social se construyó la figura de Samuel Luna.
Entrar donde nadie podía pagar
Las efemérides riojanas lo recuerdan como un médico de “sentido altruista y caritativo” y señalan que su nombre era respetado y querido en los hogares más humildes. La frase puede sonar solemne si se la deja sola. Pero alcanza con imaginar la escena para que recupere espesor.
Una puerta. Una familia esperando. Un hombre acostado desde hace días. Una madre con un niño enfermo. Una fiebre que no cede. Y el médico entrando sin que nadie sepa todavía cómo podría pagarle.
No hace falta convertir a Samuel Luna en santo. Tampoco sabemos cuántas veces ocurrió ni en qué casas. La documentación disponible no permite reconstruir cada visita. Pero sí conserva una memoria persistente: allí donde la pobreza hacía de la consulta médica un lujo, Luna no cobraba.
Eso dice algo sobre él y dice también mucho sobre aquella Rioja.
Porque si un médico se vuelve memorable por no cobrar, significa que cobrar podía ser una barrera. Y si la barrera era el dinero, la enfermedad también estaba repartida según la clase social. La medicina no podía escapar a esa desigualdad. Luna, al menos en su práctica personal, eligió no reforzarla.
Su vida tuvo además otra dimensión. Era hermano de Pelagio B. Luna, una de las figuras políticas más importantes que dio La Rioja, y formó parte de una familia profundamente ligada al radicalismo. Él mismo tuvo militancia y llegó a presidir el partido en la provincia. Esa faceta no debería ocupar el centro de la crónica, pero ayuda a entender que no era un médico ajeno a la vida pública. Había una preocupación por lo colectivo que atravesaba más de un terreno.
La política y la medicina se tocaban en un punto sencillo: ambas podían convertirse en servicio o en privilegio. Samuel Luna parece haber elegido lo primero.
La memoria de un gesto
Murió en La Rioja el 3 de noviembre de 1940. Para entonces ya era una figura conocida de la ciudad, no sólo por su apellido o por su actividad política, sino por la manera en que había ejercido la profesión. En una provincia donde los nombres de los médicos podían adquirir una cercanía casi familiar, el suyo quedó unido a los sectores que menos tenían.
Después vendrían otras formas de organización sanitaria, nuevos hospitales, especialidades, sistemas de cobertura, campañas públicas y una medicina cada vez más técnica. El vínculo entre médico y paciente también cambiaría. Pero durante buena parte de la vida de Samuel Luna, la atención dependía todavía de algo muy concreto: que alguien llegara. Él llegaba.
Eso, quizá, explica la persistencia de su recuerdo. No sabemos qué medicamento indicó en su última visita, ni cuántos kilómetros caminó o recorrió para ver a un enfermo, ni cuántas familias intentaron pagarle sin poder hacerlo. La historia grande casi nunca guarda esos detalles. Prefiere las leyes, los cargos, las elecciones, los nombres que ocuparon un despacho.
La memoria popular, en cambio, suele elegir otra cosa. Recuerda quién estuvo. Quién entró. Quién no preguntó primero cuánto podían pagarle.
Samuel Luna murió hace más de ocho décadas. Su nombre permanece en una calle de la ciudad y en algunas páginas de la historia política riojana. Pero quizá haya una forma más precisa de recordarlo.
Pensar en una casa pobre. En alguien enfermo. En el sonido de unos pasos que llegan. Y en un médico que, al terminar, guarda sus cosas y se va sin dejar cuenta.