Desde sus primeras páginas, González construye una relación íntima con la geografía riojana. Las montañas no son solo un entorno físico: son presencia, carácter, destino. El paisaje aparece dotado de voz y de voluntad, como si hubiera modelado no solo el cuerpo de los hombres que lo habitan, sino también su modo de pensar y de sentir. Leídas hoy, esas descripciones dialogan con una tradición latinoamericana que vincula territorio e identidad, anticipando preguntas que la literatura y las ciencias sociales retomarían décadas más tarde.
Pero Mis montañas no es un libro bucólico. Bajo la prosa envolvente, late una conciencia histórica aguda. González escribe desde un país que se moderniza aceleradamente, y lo hace con la certeza de que ese proceso implica pérdidas irreversibles. El mundo que evoca —la vida rural, las relaciones comunitarias, la oralidad, el tiempo lento— ya estaba en retirada cuando el libro fue escrito. La escritura funciona entonces como un gesto de preservación, casi como un acto de resistencia frente al avance de la uniformidad moderna.
Desde la mirada del siglo XXI, esta dimensión adquiere una resonancia particular. En tiempos de globalización, desplazamientos masivos y crisis ambientales, Mis montañas puede leerse como una temprana reflexión sobre el desarraigo. González no idealiza sin fisuras el mundo provincial, pero lo presenta como un espacio de sentido, capaz de ofrecer una ética y una sensibilidad que la modernidad urbana tiende a erosionar.
El yo que habla en Mis montañas no es el del político ni el del jurista, sino el del testigo. Sin embargo, esa voz íntima nunca se desprende del todo del intelectual que piensa la Nación. La infancia narrada no es solo recuerdo personal: es matriz cultural. González construye su memoria individual como una clave para entender la historia colectiva del interior argentino, un interior que había sido derrotado militar y simbólicamente, pero que seguía vivo en la experiencia cotidiana de sus habitantes.
Aquí aparece uno de los núcleos más interesantes del libro: la tensión entre provincia y Nación. Desde el presente, Mis montañas puede leerse como una respuesta silenciosa al relato triunfal de la modernización liberal. Frente a la Buenos Aires cosmopolita y al discurso del progreso, González opone la densidad del paisaje, la sabiduría popular y la experiencia histórica de La Rioja. No se trata de una reivindicación política explícita, sino de una afirmación cultural profunda.
La escritura misma acompaña esa operación. La prosa es rica, sensorial, cargada de imágenes, pero nunca desbordada. González escribe con una musicalidad que remite tanto al romanticismo como a una tradición ensayística sobria. Desde el siglo XXI, ese estilo puede parecer ajeno a las urgencias actuales, pero justamente allí radica su fuerza: Mis montañas exige una lectura lenta, atenta, casi contemplativa, en abierta contradicción con los ritmos contemporáneos.
Otro aspecto que hoy adquiere relevancia es la relación entre memoria y poder. Mis montañas fue escrito por un hombre que ya había ingresado en la escena pública nacional. No es el relato de un marginado, sino el de alguien que mira hacia atrás desde una posición de autoridad. Esa distancia introduce una ambigüedad fértil: el libro es, al mismo tiempo, un homenaje al origen y una despedida. González no propone volver al mundo que describe; lo fija en la escritura como quien guarda algo valioso antes de seguir adelante.
Desde esta perspectiva, Mis montañas dialoga con el resto de su obra política e institucional. El hombre que evoca la infancia riojana es el mismo que luego diseñará leyes, universidades y estructuras estatales. El paisaje interior no se opone al Estado: lo funda simbólicamente. La sensibilidad que se forja en la montaña es la que, más tarde, buscará ordenarse en instituciones.
Leído hoy, el libro permite comprender mejor a González como figura compleja: no solo el pensador del orden, sino también el escritor de la memoria; no solo el arquitecto del Estado, sino el intérprete de una experiencia provincial que el Estado debía, de algún modo, integrar. Mis montañas es el reverso íntimo de su proyecto público.
En el siglo XXI, cuando las discusiones sobre identidad, territorio y memoria vuelven a ocupar un lugar central, Mis montañas ofrece una clave temprana y todavía vigente. No como modelo a imitar, sino como texto para interrogar. Su valor reside menos en las respuestas que propone que en las preguntas que deja abiertas: ¿qué se pierde cuando se progresa?, ¿qué lugar ocupa el interior en la construcción nacional?, ¿cómo se traduce una experiencia local en un proyecto colectivo?
Más de cien años después, Mis montañas sigue siendo un libro vivo. No porque describa un mundo intacto, sino porque registra, con una sensibilidad excepcional, el instante en que ese mundo comenzaba a desaparecer. Leerlo hoy es aceptar ese viaje hacia atrás, sabiendo que no hay retorno, pero también reconociendo que en esa memoria se esconden claves esenciales para entender quiénes fuimos y, quizás, quiénes todavía somos.

MIS MONTAÑAS: FRAGMENTOS LEÍDOS DESDE HOY – UNA SELECCIÓN COMENTADA
1. EL PAISAJE COMO ORIGEN
“Las montañas que me rodearon en la infancia no eran mudas; hablaban un lenguaje severo, áspero, que el niño aprende antes que las palabras.”
Desde el comienzo, González establece una relación orgánica entre paisaje y subjetividad. Las montañas no son decorado: son maestras. Leído hoy, este pasaje anticipa una concepción del territorio como fuerza formativa, muy cercana a lecturas contemporáneas que vinculan identidad, ambiente y cultura. El paisaje no se contempla: se internaliza.
2. INFANCIA Y TIEMPO LENTO
“La vida corría entonces con una lentitud que hoy parece imposible, como si el tiempo mismo hubiera tenido que adaptarse a la respiración de los cerros.”
Aquí aparece una de las nostalgias centrales del libro: el tiempo no acelerado. Desde el siglo XXI, este fragmento resuena con fuerza frente a la experiencia contemporánea de la hiperconectividad y la urgencia permanente. González no idealiza ingenuamente el pasado, pero lo presenta como una experiencia temporal alternativa, hoy casi perdida.
3. PROVINCIA Y MEMORIA COLECTIVA
“En cada casa humilde había una historia, y en cada historia, un eco lejano de las guerras, de las montoneras, de la sangre derramada sin relato.”
Este pasaje conecta la memoria íntima con la historia política. Las guerras civiles, ausentes de los grandes relatos oficiales, sobreviven en la oralidad provincial. Leído hoy, el texto dialoga con los debates sobre memorias subalternas y la historia narrada desde los márgenes del poder central.
4. EL INTERIOR FRENTE AL RELATO NACIONAL
“Desde lejos, la provincia parece silencio; de cerca, es una voz baja que nunca deja de decir.”
González formula aquí una metáfora poderosa: el interior como voz apagada, no como ausencia. Esta idea resulta clave para una lectura federal contemporánea. Mis montañas puede leerse, en este punto, como un gesto de restitución simbólica del interior frente al discurso dominante de la Nación moderna.
5. NATURALEZA Y CARÁCTER MORAL
“El hombre que nace entre montañas aprende pronto el valor del esfuerzo, porque nada le es dado sin lucha.”
La asociación entre geografía y ética es explícita. González construye una pedagogía del paisaje: la dureza del entorno forja el carácter. Desde hoy, esta afirmación puede leerse críticamente —por su determinismo—, pero también como un intento temprano de pensar la relación entre condiciones materiales y subjetividad social.
6. ESCRITURA COMO REGRESO
“Volver por la palabra fue la única manera de no perderlo todo.”
Este fragmento condensa el sentido profundo del libro. Mis montañas no propone un retorno físico, sino uno simbólico. La escritura aparece como acto de preservación frente al avance de la modernidad. Desde el siglo XXI, esta idea dialoga con la escritura autobiográfica como archivo, memoria y resistencia cultural.
7. LA DESPEDIDA IMPLÍCITA
“Nada de aquello volverá, y sin embargo vive mientras alguien lo recuerde.”
Aquí se hace explícita la conciencia de pérdida. González no escribe para restaurar el pasado, sino para fijarlo. Esta lucidez le otorga al libro una dimensión moderna: Mis montañas no es una elegía ingenua, sino una despedida consciente. La memoria no anula el cambio, pero lo humaniza.
8. EL YO ÍNTIMO Y EL HOMBRE PÚBLICO
“Antes de las leyes y de los cargos, estuvo esta tierra.”
Este pasaje permite leer el libro como el reverso íntimo del González estadista. El escritor recuerda que, antes del Estado, hubo experiencia. Desde hoy, esta frase ilumina toda su obra pública: las instituciones que pensó no nacen del vacío, sino de una memoria territorial concreta.
Leídos hoy, estos fragmentos muestran que Mis montañas no es solo un libro sobre el pasado, sino sobre la pérdida, la pertenencia y la traducción de una experiencia local en un lenguaje nacional. Las notas al margen no buscan domesticar el texto, sino abrirlo: mostrar que, más de un siglo después, González sigue dialogando con preguntas que aún no hemos terminado de responder.