Hay hombres que pasan por un lugar y hay otros que, sin proponérselo, terminan quedándose para siempre en su memoria. Néstor Alberto Pantaleo fue uno de esos. No porque buscara trascendencia -todo lo contrario- sino porque durante décadas hizo algo más profundo y más silencioso: mirar. Y en ese acto, paciente y constante, fue construyendo una forma de ver La Rioja que hoy también nos pertenece.
Lo conocí como lo conocimos muchos: de vista, de presencia, de coincidencias. Siempre con la cámara cerca, siempre atento, siempre en el borde de la escena. No hacía falta tratarlo para saber quién era. Bastaba con verlo moverse con discreción entre la gente, casi sin interrumpir, casi sin hacerse notar. Estaba ahí, pero sin invadir. Como si entendiera que la fotografía no es irrumpir, sino esperar.
Pantaleo había nacido el 30 de octubre de 1935, en Rojas, provincia de Buenos Aires. Su historia con la fotografía empezó de una manera que hoy parece lejana: estudiando por correspondencia a los 18 años, cuando todavía no tenía una cámara en las manos. Aprendió primero a imaginar la imagen antes de capturarla. Terminó su formación en 1955, con una mezcla de intuición, disciplina y deseo. No había épica en ese comienzo, pero sí algo más importante: la persistencia.
Diez años después, en abril de 1965, llegó a La Rioja. No vino buscando instalarse definitivamente. Como tantas otras historias, la suya empezó casi de paso. Pero hay destinos que se reconocen rápido. A los pocos días ya estaba trabajando, registrando excursiones turísticas, internándose en paisajes que entonces eran más lejanos, más ásperos, más desconocidos. Su primer gran escenario fue Ischigualasto, cuando todavía pertenecía a La Rioja. Ahí empezó todo.
Y desde ahí, no se fue más.
Lo que siguió fue una vida entera dedicada a registrar una provincia en movimiento. Pantaleo fotografió actos oficiales, sí, pero también celebraciones populares, escenas rurales, trabajos cotidianos, calles, rostros, gestos. Fotografió la naturaleza, la fauna, la flora, pero nunca dejó de volver a lo mismo: el hombre y sus circunstancias. Así definía su interés. Y en esa frase -tan simple, tan directa- está contenida toda su obra.
Porque si algo tienen sus fotos, es humanidad.

No era un fotógrafo de espectáculo ni de artificio. No buscaba la imagen perfecta en términos técnicos, sino la imagen verdadera. Esa que aparece cuando el otro se olvida de la cámara. Esa que no se fuerza. Esa que se espera. Por eso su archivo -inmenso, diverso- es también una forma de memoria colectiva. En sus imágenes está la vida riojana en sus múltiples capas: lo público y lo íntimo, lo festivo y lo cotidiano, lo extraordinario y lo mínimo.
Durante su trayectoria realizó exposiciones en distintos puntos del país -La Rioja, Córdoba, La Falda, Salta, Mar del Plata, Catamarca, Buenos Aires- y también viajó al exterior. Incluso llegó a la Antártida en dos oportunidades, llevando su mirada a territorios extremos. Pero siempre volvió. Siempre La Rioja fue su centro.
Tal vez por eso su nombre se volvió, con el tiempo, una referencia inevitable. No solo por lo que hizo, sino por cómo lo hizo. Quienes lo trataron hablan de su bondad, de su cortesía, de su generosidad. De una humildad que hoy parece de otra época. Nunca necesitó ponerse en primer plano. Nunca buscó reconocimiento. Y sin embargo, el reconocimiento llegó.
En 2022, el Concejo Deliberante de La Rioja lo distinguió como Ciudadano Destacado. En ese acto se dijo algo que todos sabían: que era el “decano” de los fotógrafos riojanos. Pero más allá de los títulos, lo que se reconocía era otra cosa. Se reconocía una vida entera dedicada a mirar y a guardar.
Porque eso fue, en definitiva, lo que hizo Pantaleo: guardar. Guardar escenas que ya no están. Guardar rostros que el tiempo transformó. Guardar momentos que, sin su intervención silenciosa, se habrían perdido para siempre. En una provincia donde la historia muchas veces se transmite de manera oral, su trabajo aportó una dimensión distinta: la de la imagen como testimonio.
Hoy, al recordarlo, aparece esa sensación extraña que dejan ciertas presencias cuando se van. La de alguien que siempre estuvo. La de alguien que parecía formar parte del paisaje. Porque Pantaleo era eso también: una figura familiar, reconocible, casi inevitable. Estaba en los actos, en las calles, en los encuentros. Estaba donde pasaban cosas. Y también donde no parecía pasar nada.
Ahí, justamente, estaba su mirada.
Quizás por eso su legado no se mide solo en fotografías, sino en algo más difícil de nombrar: en la manera en que nos enseñó, sin decirlo, a prestar atención. A detenernos. A mirar dos veces. A entender que cada instante -por pequeño que sea- tiene una historia.
Por eso, La Rioja no solo recuerda a un fotógrafo. Recuerda a un hombre que la miró durante más de medio siglo y que, en ese gesto, la ayudó a reconocerse. Un hombre que llegó desde lejos y que, sin hacer ruido, se volvió parte de esta tierra.
Y hay algo profundamente justo en eso.
Porque al final, las personas no pertenecen a los lugares por el tiempo que pasan en ellos, sino por lo que hacen con ese tiempo. Y Pantaleo hizo memoria. Hizo historia. Hizo identidad.
Con una cámara.
Con paciencia.
Con respeto.
Con amor.