Más allá de los resultados, las tácticas, las polémicas de turno y las teorías conspirativas, el fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde los argentinos nos reconocemos como comunidad. Una reflexión sobre la épica, la identidad, el sentido de lo colectivo y el vacío que empieza a insinuarse cuando comprendemos que hasta los grandes símbolos, como Lionel Messi, también tienen fecha de caducidad.
Hace varios días que, atravesado por la emoción mundialista, me hago esta pregunta: ¿Qué nos pasa a los argentinos con el fútbol? Y no es que me interese demasiado discutir, en este punto, si el técnico acertó con los cambios, si el árbitro cobró bien, o si el equipo estuvo o no a la altura de las circunstancias. Para eso ya existen demasiados programas de televisión, demasiadas radios y demasiadas mesas de café, sin dejar de mencionar a tantas y tantas voces más o menos creíbles que pululan por las redes. No, la pregunta que no deja de darme vueltas es otra, mucho más incómoda, mucho más difícil de responder: ¿Qué nos pasa a los argentinos con el fútbol?
Mientras más la pienso, más me convenzo de que el error consiste en creer que esa es una pregunta netamente ligada a lo deportivo. Entonces recuerdo una vieja historia que escuché en la voz de Alejandro Dolina hace muchos años. Dolina contaba que existe una leyenda que narra que hay dos ángeles encargados de custodiar las preguntas de los hombres. Uno protege las preguntas triviales; el otro, las preguntas profundas. El castigo para quien confunde lo trivial con lo profundo y lo profundo con lo trivial es severo: termina condenado a buscar respuestas simples para problemas que nunca lo fueron.
Tengo la impresión de que eso hacemos cada vez que hablamos de fútbol. Es decir, creemos que discutimos una formación, una táctica o un resultado, cuando en realidad estamos intentando entender algo mucho más complejo: quiénes somos.
Hace tiempo descubrí que el fútbol es una extraordinaria excusa para hablar de la Argentina (incluso para casi llegar a entenderla), porque hay muy pocas cosas capaces de desnudar tan rápidamente el alma de este país como una pelota rodando sobre el césped o sobre cualquier potrero de barrio. A lo largo de esos noventa minutos (o lo que dure el partido hasta el gol gana) aparecen nuestras virtudes, nuestras miserias, nuestras contradicciones, nuestras esperanzas y hasta nuestros miedos y frustraciones constantes. El fútbol, sospecho, funciona como uno de esos espejos que no refleja el rostro, sino el interior de las personas.
Hace unos años leí a Émile Durkheim, uno de los padres de la sociología moderna que estaba obsesionado con una pregunta que todavía sigue vigente: ¿qué hace que una sociedad sea realmente una sociedad y no apenas un conjunto de individuos viviendo en el mismo lugar? Durkheim encontró una respuesta tan hermosa como efectiva: decía que existen momentos excepcionales en los que las personas dejan de sentirse solas y experimentan algo que llamó «efervescencia colectiva», ligado esto a la sensación de formar parte de un cuerpo mucho más grande que ellas mismas.
Cada vez que la Selección nos regala un gol, entre otras cosas, pienso inevitablemente en ese concepto, porque durante unos segundos desaparecen todas las diferencias. Nadie pregunta a quién votaste, cuánto dinero tenés, qué religión practicás o en qué barrio vivís. Nos abrazamos con desconocidos, lloramos con personas cuyo nombre jamás sabremos, cantamos un himno que, por un instante, deja de ser una canción para convertirse en un abrazo colectivo.
Entonces entiendo, una vez más, que el fútbol no fabrica solamente campeones: fabrica también, y sobre todo, comunidad. Y en tiempos donde todo parece empujarnos hacia el individualismo, eso vale muchísimo.
Hace poco también volví sobre algunos textos de Byung-Chul Han, filósofo surcoreano que lleva años describiendo la soledad del hombre contemporáneo. Han sostiene que vivimos en una sociedad donde cada vez compartimos menos experiencias comunes. Todo está pensado para el individuo: las pantallas, los algoritmos, las redes sociales, incluso los consumos culturales. Cada uno habita en su propia burbuja.
Quizás por eso el fútbol emociona tanto: porque rompe esa lógica, porque durante un rato deja de existir el «yo» para reaparecer el «nosotros», y no sé si somos plenamente conscientes de lo extraordinario que resulta eso en la Argentina de hoy, donde algún desvelado insiste peligrosamente en que «el colectivismo es la causa del empobrecimiento y que sólo el individualismo y la libertad económica permiten el crecimiento».
Fascinados por lo imposible
Tal vez allí empiece a entenderse otra característica muy nuestra: la fascinación por las hazañas. No nos conmueven solamente las victorias: nos conmueven las victorias imposibles. Disfrutamos mucho más de un partido que parecía perdido y termina ganándose (vaya si disfrutamos de eso en este Mundial), que de una goleada cómoda.
Y creo saber por qué: porque esa es la historia que los argentinos nos contamos desde hace generaciones. Vivimos empezando de nuevo, nos levantamos después de cada crisis económica, de cada decepción política, de cada fracaso personal. Tenemos una extraña vocación por sobrevivir, y tal vez sea ese nuestro mayor talento, al tiempo que nuestra mayor condena. Cada vez que la Scaloneta da vuelta un resultado adverso sentimos que esa remontada también habla de nosotros. Como si durante un rato alguien estuviera demostrando, en una cancha de fútbol, que todavía vale la pena seguir creyendo a pesar de todo. A pesar, incluso, de nosotros mismos.
Albert Camus, el escritor francés que recibió el Premio Nobel de Literatura y que antes de dedicarse a escribir había sido arquero, decía que todo lo que sabía acerca de la moral lo había aprendido en una cancha de fútbol. Siempre me gustó esa frase porque invierte la lógica habitual: no convierte al deporte en algo menor, sino en una escuela donde aprendemos que nadie gana solo, que el talento sin solidaridad sirve de poco y que la gloria individual siempre depende del esfuerzo de los demás.
Es ahí, justamente, donde aparece otra palabra que nos suele dar miedo pronunciar: «patria». No la patria convertida en consigna, no la patria utilizada para dividir, sino la patria entendida como ese raro privilegio de sentir orgullo por pertenecer a un lugar.
Pienso muchas veces que los argentinos llevamos décadas escuchando todo aquello que hacemos mal y que nos siguen remarcando para hacernos creer que, en definitiva no servimos para nada: la inflación, las crisis, la pobreza, la corrupción, las oportunidades desperdiciadas. El fútbol, en cambio, nos devuelve una sensación distinta y que tanta envidia genera en nuestros líderes, absolutamente carentes del abrazo de lo colectivo genuinamente conquistado.
Durante noventa minutos recuperamos la posibilidad de creer que todavía existe algo en lo que podemos ser admirados por el mundo. No es soberbia, es necesidad. Necesitamos sentir, aunque sea por un rato, que todavía somos capaces de producir belleza, más allá de toda la mugre en la que nos hacen revolcar a diario.
De frente al abismo
Es entonces, en esta instancia, que llego inevitablemente a Lionel Messi. No para discutir si fue mejor que Maradona (esa es una discusión siempre vacía direccionada por los falsos moralistas que pretenden llevar agua para su molino), o si algún día aparecerá otro jugador de semejante dimensión. Esa conversación me resulta infinitamente menos interesante que otra: ¿Qué vamos a hacer cuando Messi ya no esté? Y no hablo aquí de la persona, sino del símbolo.
Durante casi veinte años vivimos con una tranquilidad silenciosa: pasara lo que pasara, ahí estaba él. Era nuestra reserva de ilusión. La prueba de que lo extraordinario todavía era posible. Pero el tiempo nunca negocia con nadie, y quizás por primera vez empezamos a sentir ese inquietante vértigo que aparece cuando uno comprende que las cosas más hermosas también terminan. Ya nos ocurrió con el Diego: no perdimos solamente al mejor jugador del mundo, perdimos también y fundamentalmente una manera de emocionarnos. Con Messi en franca retirada empezamos a mirar ese mismo precipicio; nos vamos poniendo de frente al abismo.
Seguramente (ojalá así sea) aparecerán otros grandes futbolistas; la historia siempre encuentra la forma de la continuidad. Pero los símbolos pertenecen a otra categoría: no nacen todos los días. A veces pasan generaciones enteras antes de que un pueblo vuelva a reconocerse en una sola persona, y tal vez sea eso lo que verdaderamente nos angustia. No la despedida (previsible) de Messi, sino el miedo a descubrir que la felicidad colectiva también tiene fecha de caducidad. Y sentir que esa fecha está demasiado cerca, nos abruma.
Entonces, al final de todo vuelvo a la misma pregunta inicial: ¿Qué nos pasa a los argentinos con el fútbol?
Cada vez estoy más convencido de que no amamos una pelota (aunque la amamos desde muy pequeños, sin importar la forma que tenga). Lo que amamos es esa versión de nosotros mismos que aparece alrededor de ella: una Argentina que se abraza sin preguntar, que deja de lado las diferencias, que vuelve a creer en la fuerza de lo colectivo, que se emociona con las hazañas, que encuentra en un gol la demostración de que siempre existe una oportunidad más.
Quizás por eso el fútbol nunca fue una pregunta trivial. Lo verdaderamente importante siempre fue aquello que revela sobre nosotros. Puede que esa sea la razón por la que, cuando un domingo cualquiera (y no tan cualquiera, como este último domingo) se apagan las luces de una cancha, sentimos que también se apaga esa pequeña esperanza de volver a ser el país que alguna vez imaginamos.