Que vuelvan los trenes

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Que vuelvan los trenes

Había una vez un niño. Un niño que creció entre calles de asfalto manchadas con negro y pegajoso alquitrán. Un niño que vivía trepado a los árboles y que por las siestas le gustaba asomarse al balcón a ver cómo pasaba el silencio en el calor de una ráfaga de viento que golpeaba en la cara.

Había una vez un niño que jugaba a la pelota descalzo hasta romperse los dedos, aún dejando de lado las recomendaciones de mamá. El pecho al viento y el pelo cortito, como un cepillo apuntando al cielo. Había una vez un niño que le presumía a la vecinita de enfrente. Desgarbado, pequeño, jugaba a enamorar a la princesa que lo tenía todo. Y aunque sabía que la princesa de sus juegos no sería nunca la princesa de su vida, igual blandía la espada contra los malvados que querían secuestrarla. Había una vez un niño valiente.

Había una vez un niño que hubiera dado la vida por un beso de aquella princesa, luego de haber terminado con todos y cada uno de los bandidos. Un tiro para cada uno. Y a otra cosa. A seguir jugando. La princesa seguía allí, inmutable, mirándolo esquiva desde alguna ventana hacia la calle. Y él, corriendo detrás de una pelota, hasta que mamá decía: final del juego y a la cama.

Había una vez un niño que podía pasar la noche entera en la terraza de su casa mirando las estrellas. Me quedo con esta, esta y esta, decía. Y también con la luna, que aunque no era de él, sabía que podía regalarla de todas maneras. Era la luna para su princesa.

Había una vez un niño que jugaba a escaparse al infinito montado en un carruaje sobre rulemanes viejos, hasta que el infinito llegaba a su fin en la barranca que daba justo a las vías del tren. Había una vez un niño al que le gustaba ver pasar los trenes hasta que los trenes dejaron de pasar, no sin antes llevarse al mejor amigo a rumbos desconocidos que el niño nunca alcanzaría con su mirada.

Había una vez un niño que visitaba el ferrocarril abandonado, esperando en los andenes los regresos de quienes ya no venían, porque ya no había trenes. Había una vez un niño que cruzaba dos, tres o cuatro veces la misma pasarela de una punta a la otra por sobre el ferrocarril para divisar la llegada del tren que yo no llegaba. Había una vez un niño que, finalmente, dejó atrás las pasarelas y también a su princesa de cuentos con bandidos en armaduras invencibles.

Había una vez un niño que comenzó a descubrir otras calles, otros lugares, otros universos. Había una vez un niño que creció.

Y entonces aquel niño dejó de ser aquel niño que había sido. Pero nunca murió. Porque los niños nunca mueren. Viven ocultos en la parte más libre de las almas de los humanos. Y cada tanto, solo cada tanto y si la magia lo permite, regresan para hacernos ver que la vida no es más que un constante volver a empezar, siempre como si volviéramos a nacer.

Había una vez un niño que ahora vive en mí. Lo descubrí ya de hombre y hace poco tiempo, cuando de pronto quiso salir corriendo desde mi alma y alcancé a manotearlo de una pierna. Atónito, sorprendido. Ocurre que había una vez un niño dormido en el sueño de una princesa que no era más que aquella princesa que alguna vez, cuando niño, había querido rescatar. Aquella princesa, claro está, no era la misma que ésta, la que ahora estaba conmigo, siendo yo ya todo lo pretendidamente no niño que podía ser.

Pero si era una princesa real y tangible. Una princesa que nos hizo -a él, mi niño, y a mi- temblar las piernas tal como le temblaban al niño al enfrentar a valientes caballeros acorazados, con armaduras de acero invencible y armados con espadas de gran filo. Así fue como mi niño volvió a mí. Y no porque yo lo haya buscado, sino porque de golpe, en mi humanidad de hombre me sentí tocado en el alma. Y es ahí, en el alma, donde dicen que habitan los niños.

Por tanto, no sólo encontré a mi niño, sino que también descubrí a través de él dónde quedaba mi alma. Y no sólo a través de él. Sino también a través de la princesa que también encontré en una tarde tiernamente gris. Fue esa misma tarde la que me tragué todo el aire del lugar por completo, sólo por querer respirar a aquella mujer y atesorarla. Ahora era mi princesa. Y la princesa de mi niño. Y a ella sólo le bastó con darme un beso para que aquello ocurriera así. Y para que me tuviera entre sus manos. Tan sólo con un beso. Que no fue más que el primer beso de aquel niño que había una vez y que sigue estando.

Ahora lo sé, porque fue ella también la que me ayudó a reencontrarlo. Desde entonces, tanto a mi niño como a ella intento ponerles un nombre. Tal vez algún día lo encuentre para mi niño. Tal vez simplemente pueda llamarle Infancia que, aunque es una palabra bastante amplia, encierra bien lo que mi niño es. Pero no creo que pueda encontrar un nombre para ella. Tal vez sea por eso que de pronto, en un arrebato de decisión descontrolada, elegí ponerle Princesa. Y ella sabrá ahora, al leerme, por qué se lo dije desde siempre.

Porque valieron la pena las batallas perdidas. Y también valieron la pena las batallas ganadas. Y sobre todo la de la conquista. Que no fue precisamente mi conquista sino la de ella. Y es que vale la pena también reconocerlo. Tanto yo como mi niño debemos decir que no ganamos la última batalla. La última batalla la ganó ella. Y nos ganó. Y no quiere decir esto precisamente que hayamos perdido. No. Todo lo contrario. Nos ganó porque ganamos. Y hablo por los dos.

Porque ahora mi niño vive en mi, pero fuera de mi. Es como que de alguna manera recuperó la libertad y corre y vaga por las calles y por las noches y se mete entre los autos para recuperar la sensación del asfalto con las mismas manchas de alquitrán, y corre y vaga detrás de una pelota y se lanza a descubrir nuevos horizontes montado en una carro con ruedas de rulemán, hasta que el horizonte alcanza su punto máximo en alguna barranca que da a alguna vía de tren.

La vía sigue vacía, el tren sigue sin pasar y aunque por momentos el niño se sienta allí a observar la nada y los ojitos se le llenan de lágrimas, ya no espera a que nadie regrese. Pero es esa melancolía que nos queda.

Ahora lo veo a mi niño cruzar por la pasarela, dos, tres, cuatro veces. Ya no mira hacia abajo, mira hacia el más allá. Y una vez que deja atrás la pasarela vuelve a jugar a contar las baldosas que lo separan desde la estación de trenes hasta su casa, de dos en dos, porque no le gustan los números impares. Ahora lo veo a mi niño jugando al policía y al ladrón en alguna plaza, o saltando hasta el cielo en la rayuela. Y es tan parecido a aquel niño que había una vez.

Pero no sólo hay un niño. Ahora hay también un hombre. Aunque este hombre también es un poco niño. Hay ahora un hombre que pelea contra molinos de viento tal como lo hacía aquel Quijote de la Mancha. Hay ahora un hombre que espera firme a los caballeros que acorazados llegan con sus grandes y filosas espadas y armaduras invencibles y aguanta estoico los embates. Todos, como si fueran los últimos. Hay ahora un hombre que quiere cuidar a su princesa real y tangible. A esa princesa que ya no lo mira esquiva desde una ventana, sino que una y mil veces repite el increíble y magnífico gesto de posar sus labios en los de él.

Esa princesa, esa misma, no es más ni menos que la princesa que les dio la vida a ambos. Al niño que había una vez y al hombre que hay ahora. Hombre y niño conviven ahora también en ella. Había una vez un niño. Ahora hay un hombre. Hubo siempre una princesa. Sólo falta entonces que vuelvan los trenes.

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