Ramiro González: “Los riojanos tenemos una historia poderosa de lucha”

A tres décadas de haber iniciado su camino en la música, Ramiro González recorre una historia atravesada por la escritura, el folklore y una identidad riojana que la distancia nunca diluyó. Desde Córdoba, pero con sus raíces cada vez más cerca, habla de la infancia, de “Pympe” y “Pica” Juárez, del oficio de componer, de una cultura popular en permanente transformación y de las razones por las que todavía escribe sobre “lo bello y lo injusto”.

Hay una guitarra que quedó huérfana en una casa del barrio Facundo Quiroga y que, sin saberlo, terminó abriendo una puerta. Era de Mario, el hermano mayor de Ramiro González, que se marchaba a estudiar a Córdoba y no pudo llevársela. Ramiro ya tocaba el charango desde los ocho años. Tenía a mano unos cancioneros de Arnoldo Pinto, aquellas revistas “Toco y Canto” y la curiosidad suficiente para empezar a buscar acordes. Antes habían estado su madrina Marta cantándole canciones de María Elena Walsh y una tía abuela, Shalo, que cuando tenía cuatro años le regaló un pequeño bombo con el que cantaba “Luna tucumana” en el patio de su casa. Si hubiera que buscar un origen, quizá habría que rastrearlo allí.

Pero las historias suelen ser bastante menos lineales de lo que parecen cuando se las mira desde lejos. Ser hijo de “Pympe” González podría sugerir una infancia naturalmente rodeada por su música y por las peñas de La Rodadera. Ramiro corrige esa imagen. Sus padres se separaron antes de que él naciera y la primera influencia musical que reconoce dentro de su casa fue la de su hermano Mario. Recién alrededor de los 14 años comenzó a frecuentar La Rodadera y más tarde incluso trabajó allí. La relación con su padre tampoco fue sencilla: hubo ausencias, dos caracteres fuertes, discusiones y, con el tiempo, una reconciliación con su figura. “Pympe” terminaría convirtiéndose, según sus propias palabras, en una suerte de “llave maestra” que le permitió entrar en contacto con artistas, escritores, fotógrafos, cineastas, bailarines, músicos y también con la gente sencilla de los lugares más recónditos de La Rioja.

Después vendrían Horizonte, el Pre-Cosquín, la revelación en el festival, “Pica” Juárez, la partida a Córdoba, las canciones, los discos y una trayectoria que ya atravesó 30 años. Pero debajo de ese recorrido aparece otra historia: la de alguien que nunca terminó de entender la música solamente como una profesión. Tocar, dice, ha sido para él una forma de meditación, un refugio al que acudir cuando hace falta. Con la escritura ocurre algo diferente: está siempre. Sin embargo, González rechaza para sí las palabras “escritor” y “poeta” y prefiere definirse como un letrista de canciones, aunque reconoce que es a la palabra a la que más tiempo y dedicación le ha entregado: a la métrica, los recursos literarios, la síntesis y esa capacidad de la poesía para condensar un mundo en unas pocas líneas.

Ese mundo, inevitablemente, tiene a La Rioja en el centro. González vive desde hace muchos años fuera de la provincia, pero la distancia parece haber producido el efecto contrario al desarraigo. Cuando llegó a Córdoba descubrió la dimensión del bagaje cultural que llevaba consigo. Y desde allí siguió escribiendo sobre una tierra poblada por el Chacho, Facundo, Angelelli, Wenceslao Pedernera, las coplas, las chayas, los patios y una historia que entiende atravesada por la lucha. “Los riojanos somos esdrújulos en cualquier parte”, dice en uno de los pasajes más luminosos de la conversación. Y agrega algo que quizá explique buena parte de su obra: “somos una cultura fuerte, musical y poéticamente hablando”.

Ahora, cerca de los 50 años, esa relación con su origen adquirió incluso una nueva materialidad. Junto a su compañera compró una pequeña finca con viñedo y una bodega artesanal en Agua Blanca; ambos estudian enología y pasan allí parte de su tiempo. Mientras su vida familiar continúa asentada principalmente en las sierras de Córdoba, la bodega se convirtió para él en otra manera de regresar, de acercarse a las raíces y de profundizar en la cultura riojana.

Tres décadas después de aquellos primeros pasos, Ramiro González no parece demasiado interesado en construir una épica alrededor de su propia trayectoria. Habla de la precariedad del oficio, de las celebraciones familiares perdidas por estar de gira y de una industria que muchas veces obliga al músico a ocuparse de la popularidad, las pantallas y otras exigencias que siente ajenas a la creación. Tampoco se siente especialmente cómodo con la condición de referente. Los reconocimientos, dice, son una “caricia” después de tantos años de trabajo. Lo verdaderamente importante sigue ocurriendo en otro lugar: cuando algo lo conmueve y necesita escribir. Mientras eso suceda, asegura, seguirá haciéndolo, “para bien y para mal, sobre lo bello y lo injusto”.

EN LOS PRINCIPIOS

En la historia de Ramiro González, la música aparece mucho antes que la decisión de convertirse en músico. Está en las canciones de María Elena Walsh que le cantaba su madrina Marta, en aquel bombo que recibió de niño, en el charango y, sobre todo, en una guitarra que su hermano Mario dejó en casa cuando se marchó a estudiar a Córdoba. También está “Pympe”, su padre, aunque de una manera bastante menos lineal de lo que podría imaginarse desde afuera. Hubo ausencias, encuentros, desencuentros y una relación que fue transformándose con los años. La infancia y la adolescencia permiten descubrir así un entramado familiar y cultural del que surgirían, casi naturalmente, la música y la escritura.

SI TUVIERAS QUE BUSCAR EL MOMENTO EN QUE EMPEZÓ TODO, ANTES INCLUSO DE PENSAR QUE IBAS A SER MÚSICO, ¿A QUÉ ESCENA DE TU INFANCIA VOLVERÍAS?

Posiblemente a mi madrina Marta, hermana más chica de mi mamá cantándome con la guitarra canciones de María Elena Walsh; o a los 4 años cuando mi tía abuela Shalo me regaló un bombo de madera terciada y yo cantaba ‘Luna tucumana’ en el patio de casa, en el Barrio Facundo Quiroga. Aunque lo que realmente me marcó fue cuando mi hermano Mario se fue a estudiar a Córdoba y mi vieja le dijo que no podía llevarse la guitarra; ahí quedó una guitarra huérfana en casa, y como ya tocaba el charango desde los 8 años, sentarme con unos cancioneros de Arnoldo Pinto o unas revistas ‘Toco y canto’ se dio de manera natural; supongo que esa guitarra de mi hermano fue la puerta de entrada a todo lo que vendría después.

SOS HIJO DE “PYMPE” GONZÁLEZ Y CRECISTE EN UNA CASA ATRAVESADA POR LA MÚSICA Y POR LAS PEÑAS DE LA RODADERA. ¿QUÉ SIGNIFICÓ CRECER EN ESE AMBIENTE Y QUÉ COSAS DE TU PADRE RECONOCÉS HOY EN EL ARTISTA QUE SOS?

En verdad, muy por el contrario de lo que mucha gente piensa, crecí en una casa donde ‘Pympe’ no estaba, separado de mi vieja unos meses antes que yo nazca. La música primera en mi vida fue mi hermano Mario, no teníamos ni un pasacassete, ni radio, ni nada que se le parezca por entonces. Luego, pasada la infancia, comencé a frecuentar La Rodadera, a eso de los 14 años, cuando estaba en avenida Perón, frente a la escuela Industrial; más tarde empecé a trabajar ahí cuando se mudó a la Av. Ramírez De Velasco. Ser hijo del ‘Pympe’ no fue fácil, a decir verdad. Ambos tuvimos siempre carácter fuerte y eso, sumado a sus ausencias, no fue una buena combinación; lo peleaba bastante, como todo adolescente. Luego me fui calmando, aceptándolo como era y fue una especie de llave maestra que me abrió las puertas de mucha gente importante en mi vida, del mundo del arte sobre todo, artistas plásticos, cineastas, fotógrafos, actrices y actores, escritoras y escritores, bailarinas y bailarines, gente de la música a montones. Pero también campesinos, a donde sea que fuera con él, en los lugares más recónditos tenía gente conocida, amorosa y humilde que lo quería y nos trataba como familia.

DURANTE LA ADOLESCENCIA TAMBIÉN TOCABAS ROCK CON AMIGOS DEL BARRIO. ¿CÓMO CONVIVÍAN ESOS MUNDOS? ¿CUÁNDO APARECIÓ EL FOLKLORE COMO UNA ELECCIÓN PROPIA Y NO SOLAMENTE COMO UNA MÚSICA QUE VENÍA DE TU CASA?

El rock estuvo siempre por mi hermano; el rock nacional, las revistas ‘Toco y Canto’ que mencionaba anteriormente. Luego, en la adolescencia, con los amigos del barrio, los compañeros del colegio, aunque para ser honesto no era tan de ese palo, me gustaba, pero cuando agarraba la guitarra tocaba folclore. A los 16 años cuando entro al grupo Horizonte empieza a meterse en mi cabeza la idea de componer y dedicarme; luego ganar el Precosquín y ser revelación del festival fue una confirmación de que se podía llegar lejos si uno se lo propone.

EMPEZASTE A ESCRIBIR MUY JOVEN, INCLUSO ANTES DE ASUMIRTE COMO COMPOSITOR. ¿QUÉ APARECIÓ PRIMERO EN VOS: LA NECESIDAD DE ESCRIBIR O LA NECESIDAD DE HACER CANCIONES? ¿SEGUÍS SINTIÉNDOTE, COMO ALGUNA VEZ DIJISTE, “MÁS ESCRITOR QUE OTRA COSA”?

En verdad fue todo junto: hacer canciones y escribir; primero fue como un juego en el que escribía lo que le sucedía a mis amigos y vecinos, unas canciones de amor bastante cliché y sonsas, cuyo germen está bastante patente en mi primer zamba ‘Entre tu amor y mi amor’ que no me identifica para nada: ni en la forma de concebir los vínculos, ni en la forma de escribir, pero es un recordatorio de dónde vengo, del camino recorrido, los aprendizajes y la certeza de que cuando uno cambia es para bien. Creo que lo de escritor me queda grande, también lo de poeta, aunque escribo poemas; me considero un buen letrista de canciones, que es una rama bastante específica de la poética, hacerlo de manera adecuada, a mi entender, requiere cierta preparación técnica, un conocimiento de recursos literarios, de métrica, forma, acentuación y estilos. Ser hijo de una docente creo me brindó esa parte técnica, el acceso a los libros de gramática, que me incentivaran a leer, en fin. Lo de la inclinación hacia la escritura es que me fascina escribir, me apasiona, le puse mucho más dedicación a intentar leer y descifrar poemas y letras de canciones, lo sustancial de la poesía, el poder de la palabra, la síntesis, todo eso siempre tuvo más dedicación de mi parte que la música, que es algo más bien terapéutico, como una meditación donde uno se sumerge y sale renovado. Tocar siempre me dio calma y fue un refugio, y no es que uno ande por la vida buscando refugio a cada rato, solo en los momentos necesarios; en cambio escribir estuvo mucho más presente como algo que me apasiona.

UN CAMINO PROPIO

La posibilidad de que la música dejara de ser solamente una pasión comenzó a tomar forma durante la adolescencia. Horizonte llegó en 1994 y, poco después, los escenarios y el reconocimiento confirmaron que aquel camino podía convertirse en una elección de vida. En esos años también apareció “Pica” Juárez, una presencia decisiva no tanto desde una enseñanza formal como desde la generosidad, el acompañamiento y la posibilidad de acceder a un universo artístico mucho más amplio. Pero elegir la música como profesión implicaba también desafiar ciertos mandatos de época: González recuerda aquellos años como un tiempo en el que dedicarse al arte difícilmente era entendido como una profesión.

La partida hacia Córdoba, en 1998, terminaría de marcar ese proceso. Se fue por razones personales, familiares y políticas, pero también porque sentía que La Rioja ofrecía pocas posibilidades para desarrollarse artísticamente. Paradójicamente, fue la distancia la que le permitió dimensionar todo lo que llevaba consigo: una historia, una cultura y una forma de mirar el mundo que terminarían convirtiéndose en una de las mayores fortalezas de su obra.

EN 1995 ESCRIBISTE “ENTRE TU AMOR Y MI AMOR” Y POCO DESPUÉS LLEGÓ HORIZONTE. ¿QUÉ CAMBIÓ EN VOS CUANDO INGRESASTE AL GRUPO Y EMPEZASTE A COMPRENDER QUE AQUELLO PODÍA TRANSFORMARSE EN UNA VIDA DEDICADA A LA MÚSICA?

En realidad fue al revés: en 1994 llegó Horizonte, y en el ‘95 la zamba que escribí en el campo de la familia de Franco Brey, no recuerdo bien el motivo, porque escribía mucho por entonces y aunque era bastante enamoradizo, escribía mucho sobre las cosas que me contaban mis amigos, sacaba de ahí algunas temáticas. Lo que sí sé es que me odiaron porque me pasé toda la madrugada hurgando la melodía junto al fogón, al lado de la carpa donde dormían el resto de los changos de Horizonte y otros amigos.

EN ESOS PRIMEROS AÑOS APARECE UNA FIGURA FUNDAMENTAL: “PICA” JUÁREZ. LO MENCIONASTE COMO ALGUIEN QUE PRÁCTICAMENTE TE TOMÓ COMO PUPILO. ¿QUÉ APRENDISTE DE ÉL QUE TODAVÍA LLEVÁS CON VOS?

No sabría decirte que aprendí puntualmente del ‘Pica’ porque yo era bastante retraído y no preguntaba mucho, pero tener semejante referente como un hermano mayor llevándote de aquí para allá te hace, como con mi viejo, conocer mucha gente. Pica siempre fue un tipo generoso, por demás; no recuerdo haber pagado un pan o algo que se le parezca estando con él, todos los viajes, las estadías y los gastos de muchos años los pagó como quien está becando a alguien. Supongo que hacía eso conmigo y con mucha otra gente como posiblemente le hubiera gustado que alguien lo hiciera con él. Creo que recién ahora, a mis casi 50 años, vengo a caer en la cuenta de muchas cosas de ‘Pica’, sobre todo de lo poético. Desde su primer disco ‘Mensajería de soles’, fue un transgresor, con una fluidez poética admirable. Indudablemente tengo ‘yeites’ de su toque en la mano derecha cuando rasgueo la guitarra; los tengo muy identificados porque es una cosa que me encanta, algunas síncopas, no sé.

HORIZONTE FUE REVELACIÓN DE COSQUÍN EN 1997 Y TUVO LUEGO UN RECONOCIMIENTO MUY IMPORTANTE EN LA CHAYA. ERAS MUY JOVEN Y DE PRONTO APARECIERON ESCENARIOS GRANDES. ¿CÓMO VIVISTE ESE MOMENTO Y QUÉ IMAGINABAS ENTONCES QUE IBA A SER TU CARRERA?

En verdad no imaginaba mucho, me hubiera gustado seguir en el grupo, pero ya se notaba que para la mayoría de ellos era una especie de hobbie y yo tenía claro que quería seguir haciendo música; no es fácil elegir este camino cuando lo que exigía la sociedad en ese tiempo era ser profesional, y ser ‘profesional’ era algo que parecía antagónico al mundo del arte. Ese estigma es posiblemente el factor determinante para que nuestra profesión no sea vista como tal y sea tan precarizada. A lo mejor me imaginaba recorriendo el país con el grupo y haciendo carrera con ellos.

EN 1998 TE FUISTE A VIVIR A CÓRDOBA. ¿POR QUÉ TE FUISTE DE LA RIOJA Y QUÉ PRODUJO ESA DISTANCIA? ¿NECESITASTE ALEJARTE DE TU LUGAR PARA DESCUBRIR CUÁNTO HABÍA DE RIOJANO EN VOS?

Me fui por muchos motivos, algunos políticos, otros familiares, personales. Sentía que en La Rioja no había un horizonte claro para desarrollarse artísticamente, todo se agotaba en una que otra peña, y la docencia nunca fue una opción. Me costaba el menemismo a flor de piel, me siguen costando las postergaciones y los privilegios de unos pocos, aunque veo que La Rioja creció para bien en muchos aspectos; la Universidad Nacional fue determinante en ese aspecto y yo no lo veía tan claro entonces. Luego, charlando una vuelta con Ramón Navarro, decíamos que a veces el estar lejos te da cierta mirada nostalgiosa y romantizada del lugar. Yo le decía que cuando llegué a Córdoba me di cuenta del bagaje cultural que traía desde La Rioja y de que esa era una fortaleza enorme. Desde lo personal me fui porque era muy malcriado por mi vieja; ser el menor en el contexto que me tocó a mí, con algunas dificultades en la infancia, generó cierta sobreprotección de la cual necesitaba alejarme para crecer. Siempre fui bastante autoexigente, y sentir esa dependencia nunca me sentó bien.

LA CONSTRUCCIÓN DEL AUTOR

Antes de que los discos pudieran ordenar una trayectoria, las canciones ya circulaban. “Mojando la vida”, su primer trabajo, tardó años en editarse formalmente, pero González se encargó de repartir copias mucho antes de que eso ocurriera. Detrás había una obra construida con pocos recursos económicos y sostenida, según recuerda, por el esfuerzo y el afecto de artistas, vecinos y familiares. La posterior aparición de la Ley del Disco permitió finalmente convertir aquel material en una edición formal.

Pero la construcción del autor había empezado bastante antes. La historia riojana estaba presente en su formación familiar, en los libros heredados, en figuras como Ramón Navarro, “Pica” Juárez, “Pympe” González y Héctor David Gatica, y en una conciencia histórica que reconoce especialmente en su tía abuela María Salomé Páez. De allí surge una escritura en la que la canción puede nacer de una injusticia, una emoción, un paisaje, un verso o una melodía, pero que con el paso del tiempo también incorporó el oficio: guardar palabras, imágenes y fragmentos hasta encontrar la forma capaz de convertirlos en canción.

TU PRIMER DISCO, “MOJANDO LA VIDA”, TUVO UNA HISTORIA PARTICULAR: FUE GRABADO MUCHOS AÑOS ANTES DE QUE FINALMENTE PUDIERA EDITARSE. ¿QUÉ SIGNIFICARON ESOS AÑOS DE ESPERA? ¿HUBO MOMENTOS EN LOS QUE PENSASTE QUE ESE DISCO NUNCA IBA A SALIR?

La verdad que no me preocupó jamás que no saliera, yo mismo me encargué de piratearlo y regar copias truchas por todos lados antes de editarlo. Sabía que había sido generado con el esfuerzo de muchísima gente, y con el amor incondicional de muchos artistas, vecinos y familia; tardó porque éramos pobres y editar un disco salía mucho dinero, más con las características de mi primer disco, entonces apareció la Ley del Disco que posibilitó la edición.

TUS CANCIONES ESTÁN LLENAS DE LA RIOJA, PERO NO SOLAMENTE DE SUS PAISAJES: APARECEN EL CHACHO, FACUNDO, FELIPE VARELA, LA CHAYA, LA MEMORIA POPULAR, DETERMINADAS INJUSTICIAS Y DETERMINADAS LUCHAS. ¿EN QUÉ MOMENTO ENTENDISTE QUE ESCRIBIR CANCIONES TAMBIÉN PODÍA SER UNA MANERA DE CONTAR LA HISTORIA DE TU PROVINCIA?

Desde el primer momento entendí eso: no hace falta mucho ingenio teniendo a un Ramón Navarro, un ‘Pica’ Juárez, mi viejo mismo, leyendo al tío David Gatica (‘tu tío del corazón’, decía mi viejo); estoy lleno de tías y tíos del corazón que me heredaron esa mirada y la fueron moldeando con sus cuadros, sus obras poéticas y musicales. Sin ir más lejos la Tía abuela que mencionaba antes, Shalo, María Salomé Páez, hermana de mi abuelo materno, fue secretaria de Zacarías Agüero Vera, parte de la Junta de Historia y Letras, Bibliotecaria del Archivo Histórico de la Provincia, me heredó parte de su biblioteca personal; sin dudas a ella le debo esa conciencia histórica, aunque soy un mal aprendiz.

¿CÓMO NACE UNA CANCIÓN DE RAMIRO GONZÁLEZ? ¿PARTÍS DE UNA PALABRA, UNA HISTORIA, UNA MELODÍA, UNA IMAGEN? ¿Y CÓMO SABÉS CUÁNDO UNA CANCIÓN FINALMENTE ESTÁ TERMINADA?

No tengo ni idea de cómo nace, hay tantas formas… y por suerte en mi caso ninguna fórmula, aunque conozco muchas y me interesan un montón, las estudio y a veces me desvelo pensando en cómo transmitir ese conocimiento. A veces es una idea, a veces una emoción, un paisaje, la luz del atardecer, la añoranza de un tiempo, una injusticia. A veces es un verso, a veces una melodía suelta. Como llevo muchos años haciéndolo junto fragmentos, frases, ideas, como pequeños tesoros, a veces solo son acumulaciones a veces vuelvo a ellos y sale algo lindo. Pero ya hace un tiempo, cuando quiero hablar de algo, el oficio artesanal se impone, y todos esos recursos literarios y las experiencias me van allanando el camino para concretar lo que busco. Al final saber si está terminada o no es intuición y algo de autocontrol de asumirse humano y aceptar ciertos ‘errores’, por llamarlo de algún modo.

FOLKLORE, TRADICIÓN E IDENTIDAD

González relativiza la idea de pertenecer a una generación que se propuso “renovar” el folklore. Para él, esas transformaciones forman parte del movimiento natural de una cultura que nunca permanece quieta. Su mirada, sin embargo, es crítica respecto de los procesos históricos que fueron debilitando determinados saberes y formas de transmisión, y también de la homogeneización musical que advierte en las nuevas generaciones. No plantea una defensa inmóvil de la tradición: propone conocer profundamente las bases para poder reinterpretarlas desde un presente inevitablemente atravesado por otras músicas y sensibilidades.

Esa preocupación dialoga con proyectos como “Danzas con fundamento”, aunque González evita adjudicarse el papel de docente o preservador. Prefiere hablar de agradecimiento y devolución hacia un mundo del que formó parte desde muy joven. Algo semejante ocurre con sus propias canciones: tampoco las considera completamente suyas. Las palabras, los sonidos y los conocimientos existían antes que él; el autor, sostiene, apenas los toma prestados, los reorganiza y ofrece una perspectiva posible. La creación aparece así menos como propiedad individual que como parte de una construcción cultural colectiva.

FORMÁS PARTE DE UNA GENERACIÓN QUE RENOVÓ PROFUNDAMENTE EL FOLKLORE SIN RENEGAR DE QUIENES ESTUVIERON ANTES. ¿CÓMO SE CONSIGUE DIALOGAR CON UNA TRADICIÓN SIN QUEDAR ATRAPADO EN ELLA? ¿QUÉ SIGNIFICA PARA VOS HACER FOLKLORE EN 2026?

Primero creo que jamás hubo una intención de renovar nada, creo se da periódicamente ese fenómeno y tiene que ver con que la cultura es dinámica, como un organismo vivo, siempre está en constante cambio. A nosotros nos tocó una parte, pero si miramos en retrospectiva, la década del ‘60 fue un caldo de ebullición, los ‘70 también, en los ‘80 aparece una generación fabulosa y así en cada tiempo. A nosotros nos tocó la mal llamada ‘globalización’ que en realidad venía de antes y fue un movimiento de aculturación, colonialista, de imposición de un montón de cosas, desde la comida rápida, la moda, la música, el cine, etc. Los ‘90 fueron una apertura desmedida y una destrucción de un montón de cosas como la industria nacional, la autonomía y la soberanía, algo muy similar a lo que ocurre actualmente. Tampoco hay que olvidarse del Golpe de Estado Cívico Militar y Eclesiástico, que exterminó generaciones enteras de gente comprometida, amorosa y muy talentosa. Grandes pensadoras y pensadores, científicos, artistas, gente de a pie, sensible y comprometida con los demás desde lo humano. Por todo eso la deshumanización actual y la falta de compromiso como parte del ‘no te metas’ o el ‘algo habrán hecho’ deshizo gran parte de nuestro acervo cultural, fragmentó y dividió posiciones, se perdieron muchos eslabones que posiblemente hubieran sido los encargados de transmitirnos esos conocimientos y sensibilidades humanas. En ese contexto con tanta cosa perdida desde adentro y tanta otra impulsada desde afuera, la música popular de raíz folclórica sufrió una serie de consecuencias que hoy se ven claramente en la influencia del pop en la gente joven que canta folclore; pasa lo mismo en Venezuela, en Colombia. Hace un par de años me tocó compartir en un encuentro hermoso con grupos de diferentes países y noté que no es un fenómeno exclusivo de nuestro país; ese mismo contexto se dio en muchos lugares, entonces uno oye pianistas que tienen mucho de Bill Evans y Chick Corea y poco de los Hermanos Ábalos o Elvira Ceballos, lo mismo en los guitarristas: mucho Pat Metheny, Jimi Hendrix y poco Atahualpa Yupanqui o Eduardo Falú. Entonces se van perdiendo giros, figuras rítmicas muy particulares y únicas de nuestra música popular, y surge algo más bien híbrido tirando más a música Indie que a Folclore. Si bien yo vengo del folclore, me encanta y lo respeto profundamente, no me considero un folclorista, me gusta la música, recién ahora a mi edad estoy volviendo a escuchar los clásicos del folclore y redescubro esas formas musicales, casi como animales en peligro de extinción, y me interesa ahondarme en ellas. Por estos días con Eduardo Falú, tratando de sacar cosas en la guitarra, pero siempre desde una aproximación ya indudablemente impregnado por otra información armónica, rítmica y melódica. Casi diría contaminado por esas otras expresiones, pero no reniego de eso. Creo que encontrar un balance, y conocer esas bases es una buena forma de reinterpretar nuestra música popular.

HAY ALGO INTERESANTE EN TU RECORRIDO: RECIBISTE UNA TRADICIÓN DE QUIENES TE PRECEDIERON Y HOY PROYECTOS COMO “DANZAS CON FUNDAMENTO” BUSCAN RECUPERAR MÚSICAS Y DANZAS QUE CORREN RIESGO DE DESAPARECER. ¿SENTÍS QUE CON LOS AÑOS TAMBIÉN APARECIÓ UNA RESPONSABILIDAD DE TRANSMITIR?

Creo que si algo me ha caracterizado siempre ha sido no considerarme nada más que lo que soy: un tipo al que le gusta hacer música sencilla y accesible, agradecido del recorrido generoso que me tocó en suerte. Desde ese lugar nace ‘Danzas con fundamento’. Me críe en concursos como el Intercolegial de Saldán Folclore Joven, o el Precosquín; tuve la suerte de que mi viejo fuese algunos años pareja de Silvia Zerbini, también la dicha de ser parte de la organización del Encuentro Nacional Cultural San Antonio de Arredondo durante 25 años consecutivos, junto al negro Valdivia y la gente que como yo formamos parte de la organización. Si bien no soy bailarín me ha tocado estar rodeado por ellas y ellos en ese encuentro, aprendiendo también de su arte, y desde ese lugar fue una especie de devolución y agradecimiento, no mucho más que eso. Claro está, tuve el privilegio de estar acompañado por el Cuarteto de Cuerdas Magnolia que este año cumple 20 años de trayectoria y me honran porque le dan un toque distinguido y delicado con sus arreglos a mis canciones. Por ahí el único compromiso que asumí fue el de darle contenido social a las letras, que hablen de las problemáticas de algunos oficios vinculados a las regiones donde se hallan distribuidas, o de donde son características algunas de esas danzas. Pero nada más alejado de la docencia que yo; no tengo la formación académica para atribuirme tamaña responsabilidad, habiendo tanta gente capacitada técnica y pedagógicamente.

TUS CANCIONES FUERON INTERPRETADAS POR OTROS ARTISTAS Y COMPARTISTE CAMINO CON MÚSICOS DE UNIVERSOS MUY DIVERSOS. ¿QUÉ SUCEDE CUANDO ESCUCHÁS UNA CANCIÓN TUYA EN OTRA VOZ? ¿SENTÍS QUE DEJA DE PERTENECERTE UN POCO Y EMPIEZA A FORMAR PARTE DE ALGO COLECTIVO?

Es un pregunta interesante, aunque frecuente y bastante difícil de responder porque es difícil poner en palabras lo que siente uno al escuchar el mensaje que uno intenta compartir, resonando en otras voces. Por un lado es la sensación de confirmación de que no es uno solo el que siente eso que manifiesta, sino que hay otra gente que se identifica y replica el mensaje, y después no deja de sorprenderme porque aunque uno se dedique a esto, en mi caso particular, ni por asomo me imagino una canción para que la cante otra gente. Creo que el día que lo haga de ese modo va dejar de ocurrir, y creo que sería un acto de justicia ante esa especulación. Respecto a dejar de pertenecerme, creo que nunca son mías del todo; el conocimiento es algo universal que nos pertenece a todos, está en nuestras culturas toda la información, yo solo reordeno palabras y saberes aprendidos en una matriz métrica que coincide con una matriz musical, pero todo: las sílabas que componen una palabra, su sonoridad y sentido, como los intervalos musicales, son preexistentes a mí, yo solo los tomo prestados por un rato como un niño que toma las piezas de un rompecabezas y lo arma. La foto o el cuadro estaban ahí, yo tomo una instantánea desde mi perspectiva y la comparto.

COMPAÑIA Y REFUGIO

Tres décadas de canciones ofrecen una distancia suficiente para mirar el camino recorrido sin convertirlo en una simple enumeración de logros. En este tramo de la conversación, Ramiro González pone el foco en lo que permanece y en lo que cambió con el paso del tiempo: la música como refugio, el costo de hacer de ella un oficio y una riojanidad que, lejos de diluirse con los años vividos en Córdoba, parece haberse vuelto todavía más consciente. Porque si algo atraviesa toda su obra es la convicción de que el lugar donde se nace no siempre se abandona: muchas veces sigue hablando a través de las canciones.

CUANDO MIRÁS AL CHICO QUE APRENDÍA CHARANGO, AL ADOLESCENTE QUE ESCRIBÍA Y TOCABA ROCK, AL JOVEN QUE LLEGÓ A HORIZONTE Y AL MÚSICO QUE DESPUÉS SE FUE A CÓRDOBA, ¿QUÉ PERMANECE INTACTO EN EL RAMIRO GONZÁLEZ DE HOY Y QUÉ CAMBIÓ COMPLETAMENTE?

Intacto: que la música ocupa un lugar de compañía y refugio en mi vida, donde todo es posible. Cambió que a veces eso se rompe, un poco vinculado a este oficio como profesión, cuando exige un montón de cosas que muchas veces no tienen nada que ver con la música, por lo menos para mí, y son frívolas, vacías e inútiles para la vida, como la popularidad, hablarle o estar muchas mas horas frente a una pantalla, manejando o haciendo otras cosas, en vez de componer, tocar, cantar o escribir.

VIVÍS FUERA DE LA RIOJA DESDE HACE MUCHOS AÑOS Y, SIN EMBARGO, BUENA PARTE DE TU OBRA PARECE HABER SEGUIDO CONVERSANDO CON ELLA. DESPUÉS DE TANTO TIEMPO, ¿QUÉ SIGNIFICA HOY PARA VOS SER RIOJANO? ¿LA RIOJA ES UN LUGAR, UNA MEMORIA, UNA MANERA DE MIRAR EL MUNDO?

Uno no elije dónde nacer y sin embargo pareciera que el lugar lo elige a uno y es un vínculo muy fuerte. Que no esté permanentemente habitando el territorio no va a cambiar el echo de que nací allá y que como bien decía Baudelaire y parafraseaba a su modo Daniel Moyano: ‘La verdadera vida transcurre en la infancia’, y agregaba esto último: ‘Lo demás es puro exilio’. La mayor parte de mi educación formal fue en escuelas públicas de La Rioja, la historia que aprendía ahí es de La Rioja, no me imagino de qué otra cosa podría hablar más que de mi pequeño universo conocido; ahí aparecen las referencias de la historia de nuestro país en la cual nuestro terruño cumplió un papel fundamental, aunque en los papeles perdimos con varios referentes asesinados: Chacho, Facundo, Angelelli, Wenceslao Pedernera que es un símbolo de alguien que trabaja la tierra y busca el bien de sus colegas y coterráneos y fue asesinado frente a su familia de una manera atroz y mafiosa, como un mensaje para amedrentar a los que buscan el bien común. Del mismo modo que los Argentinos somos fáciles de identificar en cualquier lugar del mundo, los riojanos somos esdrújulos en cualquier parte y tenemos una historia poderosa de lucha que nos enorgullece, y también una ristra de coplas y chayas como para entretener y extender al infinito cualquier guitarreada. Somos una cultura fuerte, músical y poéticamente hablando; no sé cuantos pueblos del mundo tienen algo parecido, pero no son la mayoría. La Chaya es única, y transcurre en cada patio, es una tradición que nos atraviesa aunque seamos alérgicos a la harina. Por otro lado hace algunos años compramos una pequeña finca con un viñedo en Agua Blanca, con una pequeña bodega artesanal, y junto a mi compañera estamos estudiando enología y pasamos bastante tiempo allá, aunque nuestra vida, hijos y la mayor parte de nuestras actividades estén en las sierras de Córdoba. Creo que la bodega de alguna forma es otra forma de acercarme a mis raíces y profundizar sobre nuestra cultura riojana.

UN VÍNCULO QUE PERMANECE

Ramiro González parece resistirse a convertir su trayectoria en una sucesión de logros. La música continúa siendo para él compañía y refugio, pero hacer de ella una profesión también introdujo obligaciones que muchas veces siente alejadas de lo esencial: la exposición, las pantallas, la búsqueda de popularidad y todo aquello que termina quitándole tiempo a tocar, cantar, escribir o componer. También conoce el otro lado del oficio: las giras, las ausencias familiares, la precariedad y un trabajo que considera todavía insuficientemente reconocido.

En medio de ese recorrido hay algo que permanece: La Rioja. La distancia no debilitó ese vínculo y quizá hasta lo volvió más consciente. Su historia, sus personajes, la chaya, las coplas y una determinada memoria colectiva continúan apareciendo en su manera de pensar y de escribir. Ahora, además, una pequeña finca, un viñedo y una bodega artesanal en Agua Blanca le ofrecen otra manera de volver a las raíces. Cerca de los 50 años, y después de treinta de música, González sigue sin preguntarse demasiado cuánto queda por hacer: mientras algo consiga conmoverlo, dice, seguirá escribiendo sobre “lo bello y lo injusto”.

CUMPLISTE TREINTA AÑOS DE TRAYECTORIA Y RECIBISTE DISTINTOS RECONOCIMIENTOS, PERO ALGUNA VEZ DIJISTE QUE NUNCA TRABAJASTE PARA CONVERTIRTE EN REFERENTE. ¿QUÉ TE PASA CUANDO MÚSICOS MÁS JÓVENES TE RECONOCEN JUSTAMENTE EN ESE LUGAR QUE VOS OCUPABAS FRENTE A “PYMPE”, “PICA” JUÁREZ U OTROS ARTISTAS CUANDO COMENZABAS?

Agradezco, al fin y al cabo son reconocimientos de colegas, o gente que da sus primeros pasos, como alguna vez los dio uno; no trabajo para ello pero tampoco reniego, lo tomo como una caricia o una palmadita de consuelo. No es fácil ser músico, trasnochar, perderse todas las celebraciones familiares porque andamos de gira. Saber que es un trabajo mal visto y peor remunerado. Teniendo en cuenta eso, tener algún reconocimiento a tanto esfuerzo es gratificante, pero lo más importante es que uno sea feliz haciéndolo, porque si uno trabaja por el reconocimiento ajeno está poniendo el foco en otro lugar. Como en cualquier oficio, imagino que la cuestión no es cómo lo vean los demás sino cómo lo viva uno, que al fin y al cabo es quien está dentro del cuero y mama las experiencias vinculadas al oficio.

DESPUÉS DE TREINTA AÑOS DE CANCIONES, DISCOS, ESCENARIOS Y CAMINOS RECORRIDOS, ¿QUÉ COSAS TODAVÍA TE FALTAN DECIR? ¿QUÉ SIGUE MOVILIZANDO A RAMIRO GONZÁLEZ CUANDO SE SIENTA A ESCRIBIR UNA CANCIÓN?

No sé, no es algo que me pregunte muy seguido; mientras haya algo que me conmueva, imagino que seguiré escribiendo para bien y para mal, sobre lo bello y lo injusto. Es raro porque en mi caso escribo para mí, como una especie de reflexión o conjuro que me allane el camino, no para los demás. Es más: a veces me pregunto a quién le puede interesar lo que uno piensa. Por lo pronto me hace bien, y mientras eso pase lo voy a seguir haciendo.

UN AFORTUNADO

Al final, la conversación vuelve al principio. Al chico que alguna vez recibió un charango, tomó aquella guitarra que había quedado en casa y comenzó un recorrido cuyo destino todavía desconocía. González prefiere no imaginar qué podría decirle hoy a ese niño. No cambiaría lo vivido, tampoco las dificultades y frustraciones, y acaso por eso elegiría guardar silencio para no quitarle a aquella historia su encanto. Después de tanto tiempo recorrido, su conclusión es mucho menos solemne que cualquier balance de carrera: se aprende a caminar a los tumbos y, quizás, a vivir de la misma manera. Para él, ambos aprendizajes siguen.

SI PUDIERAS VOLVER POR UN INSTANTE A AQUELLA CASA DE TU INFANCIA Y ENCONTRARTE CON EL CHICO DE OCHO AÑOS QUE RECIBE UN CHARANGO, ¿QUÉ LE DIRÍAS SOBRE TODO LO QUE VA A OCURRIR DESPUÉS?

No sabría decirte, probablemente no le diría nada para que no pierda el encanto. Aunque es algo que oigo bastante seguido y suena a cliché (no me asusta ser cursi), no cambiaría nada de lo vivido, con todas las dificultades y frustraciones, que son más que los logros, no cambiaría nada. Tengo mucho más de lo que imaginaba, soy un afortunado en medio de tanta desgracia humana. Como dice Silvio: ‘Yo me muero como viví’. Así que lo dejaría pasar sin decirle nada. Aprendemos a caminar a los tumbos, pareciera que a vivir también y ambos aprendizajes son hermosos.

Quizás por eso Ramiro González no tiene nada para decirle a aquel niño que alguna vez empezó a descubrir la música entre un bombo, un charango y una guitarra que había quedado en casa. Prefiere no advertirle sobre los escenarios que vendrán, las canciones, los viajes, las dificultades ni los reconocimientos. Dejar que todo suceda. Que se equivoque, que encuentre su camino, que aprenda.

Treinta años después de haber convertido la música en oficio, tampoco parece demasiado interesado en hacer balances definitivos. Hay algo más sencillo que permanece: tocar como refugio y escribir cuando alguna belleza, una injusticia, un recuerdo o una emoción reclaman palabras. Tal vez allí esté la continuidad entre aquel chico del barrio Facundo Quiroga y el hombre que hoy se acerca a los 50 años.

Cuando se le pregunta qué le diría si pudiera volver a encontrarse con él, González elige preservar el misterio. “Probablemente no le diría nada para que no pierda el encanto”, responde. No cambiaría siquiera las frustraciones, que asegura fueron más que los logros. Porque, después de todo, quizá no haya una manera demasiado distinta de hacerlo: “aprendemos a caminar a los tumbos, pareciera que a vivir también y ambos aprendizajes son hermosos”.

Y acaso esa sea también una buena manera de entender su recorrido: no como un camino trazado de antemano, sino como una vida que fue encontrando en la música y en la palabra una forma de contarse a sí misma y, al hacerlo, de seguir contando a La Rioja.

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