“Ser su nieto es un orgullo y una responsabilidad histórica”: recuerdos y legado de Joaquín V. González a través de su familia

Al conmemorarse un nuevo aniversario del natalicio de Joaquín V. González, su nieto reflexiona sobre la figura del educador, político y pensador riojano, y comparte recuerdos, enseñanzas familiares y el significado de su legado para las nuevas generaciones.

Ángel Larguía tiene casi 90 años y nunca conoció a su abuelo, Joaquín V. González. Sin embargo, su vida estuvo atravesada por esa presencia fundante: el educador, el intelectual y el hombre público que dejó una huella decisiva en la Argentina. Nieto del gran riojano, Larguía reconstruye en esta entrevista recuerdos transmitidos por su madre, escenas familiares, anécdotas y reflexiones sobre el legado de quien, dice, combatió sobre todo a la ignorancia. Entre el orgullo y el peso del apellido, comparte una memoria íntima y afectiva que mantiene viva la figura de González en la familia.

Habla despacio, a veces se detiene a buscar entre sus recuerdos un nombre o una fecha, y vuelve sobre una idea como la manera más efectiva de afirmarla mejor. Ángel Larguía está por cumplir 90 años y lo dice con naturalidad: la memoria ya no es la de antes. Pero cuando la conversación se detiene sobre la figura de su abuelo, la voz se vuelve firme y aparece una certeza repetida a lo largo de toda la charla: ser nieto de Joaquín V. González es, para él, una mezcla inseparable de orgullo y responsabilidad.

No llegó a conocerlo -nació diecisiete años después de su muerte-, pero creció rodeado de relatos familiares, libros y una herencia simbólica que lo acompañó a los largo y ancho de toda la vida. Su madre, Amalia González, hija del intelectual riojano, fue el puente de esa memoria doméstica: la casa de dos plantas en Buenos Aires, el estudio donde Joaquín trabajaba de noche, las hijas que miraban si había luz antes de entrar a saludarlo, la disciplina silenciosa que imponía su dedicación al trabajo y al estudio.Con los años, Larguía fue asumiendo que ese vínculo no era solo familiar sino también público. Llevar el apellido de uno de los grandes pensadores argentinos implicaba, dice, honrar su memoria. Esa conciencia lo acompañó desde la juventud -cuando profesores y compañeros le pedían que contara anécdotas del abuelo ilustre- hasta hoy, cuando observa con emoción que en La Rioja la figura de González ha cobrado nueva y merecida valoración.

En esta conversación, el nieto recorre recuerdos heredados, escenas familiares y reflexiones sobre la vigencia del pensamiento de Joaquín V. González. Aparece el educador obsesivo, el lector incansable, el político que evitó una guerra y el humanista que veía en la ignorancia a su principal enemiga. Y aparece también Ángel Larguía que, a casi nueve décadas de vida, sigue sintiendo que esa herencia es al mismo tiempo un orgullo profundo y una responsabilidad que lo acompaña.

¿QUÉ RECUERDOS, ANÉCDOTAS TIENE DE JOAQUÍN V. GONZÁLEZ?

Yo tengo en mi memoria muchas cosas, muchas historias, pero claro, a los 90 años -que voy a cumplir-… Hay muchas historias, anécdotas que están escritas. Yo soy Ángel Larguía, nieto de Joaquín V. González. Ser nieto de Joaquín V. González se siente como un orgullo familiar, mezclado, digamos, con una responsabilidad histórica indescriptible. Es un honor ser descendiente de un prohombre argentino como Joaquín V. González, que tanto dio a su patria. Entonces, uno trata de vivir equilibrando el orgullo de ser nieto con la responsabilidad de honrar su memoria. Creo yo que los descendientes de todo prohombre tienen que honrar esa memoria con un agradecimiento grande porque haya existido y haber hecho lo que hizo por su patria.

¿CÓMO SIENTE, ÁNGEL, QUE SE PUEDE PRESERVAR Y HONRAR ESA MEMORIA DE JOAQUÍN V. GONZÁLEZ? ¿CÓMO LO VIVIÓ USTED A LO LARGO DE SU VIDA?

Bueno, de muchas maneras. Tengo hasta historias graciosas. Yo estuve parte del primario y todo el secundario en Buenos Aires. Mis compañeros, que sabían que era nieto de Joaquín, me agarraron: ‘Vos tenés que hablar toda la hora’. Entonces le dijeron al profesor y el profesor dijo: ‘Ah, sí, no quiero historia, no me venga a decir que nació el 6 de marzo; lo que quiero es que nos cuente una anécdota familiar’.

¿Y QUÉ ANÉCDOTA RECUERDA QUE CONTÓ EN ESE MOMENTO?

Recuerdo que conté que mi abuelo tenía diez hijos. Que decían que el mayor era César, pero que la mayor era una hija llamada Hortensia, y ahí le siguen todos. Mi madre se llamaba Amalia y era la penúltima. La última es Estela González, y ahí sí hay una anécdota de mi abuelo, de Joaquín. Él la anotó como Victoria, pero la madre quería que se llame Estela, como su hermana, una señora casada aquí en Córdoba con un señor muy conocido también históricamente. Y justamente se le dijo Estela hasta el día de su muerte. Esa tía iba mucho a Nonogasta, a mi casa, con su marido.

¿SU MADRE, AMALIA, LE CONTABA SOBRE JOAQUÍN?

Sí, sí, sí, me contaba mucho

¿QUÉ COSAS LE CONTABA, POR EJEMPLO?

Ella me contaba cosas que me impresionaron. Cuando eran chicas, vivían en una casa de dos pisos, en calle Belgrano, creo, en Buenos Aires, y mi abuelo tenía un estudio abajo. No hacían ruido porque Joaquín estaba trabajando, estudiando, lo que fuere. Y a la mañana, cuando iban al colegio, sería a las ocho, póngale, ellas miraban y si veían que había luz en la rendija de la puerta del estudio, entraban, le daban un beso, lo saludaban y se iban. Y si no, salían calladitas, sin hacer ruido, para no despertarlo, porque seguro estaba durmiendo. Hay quien dice que Joaquín V. González jugaba mucho, que era un jugador empedernido. Eso no es exacto. Si justamente mi madre me contaba lo mucho que trabajaba. No se olvide que fue diputado, senador o ministro, y a su vez era presidente de la Universidad de La Plata. No sé cómo era el funcionamiento de entonces, pero fue un hombre que tuvo muchísimo trabajo y dejó un legado impresionante. Sus obras completas son de 25 volúmenes, de un promedio de 700 hojas cada volumen. Yo tengo aquí la colección completa y me abruma.

APARTE DE ESA COLECCIÓN QUE ME CUENTA QUE TIENE, ¿HAY OTROS OBJETOS, CARTAS O DOCUMENTOS PERSONALES QUE HAYA GUARDADO?

Se ve que no le tocó a mi madre… eran tantos los hijos… Tengo una carta acá, a mi padre, cuando recién siquiera la conocía a mi madre. Pero sin duda que hay recuerdos que lo definen, como cuando funda la primera biblioteca, que al final ahí empezó a leer. Fundó esa biblioteca a la que iban a ir los chicos de Nonogasta, de siete, ocho, nueve años. Él dice que entonces estudió, leía mucho, pero leía a Voltaire, por ejemplo. En la Universidad de La Plata, en el cuarto donde él dormía -se ve que se quedaba de noche a veces en la Universidad-, ahí está justamente Voltaire, lo tienen ahí. Porque casi todo lo de Joaquín, por lo menos mi madre, lo ha donado a la Universidad.

UNA ÉTICA DE LA ESPERANZA

Se ha escrito mucho sobre Joaquín V. González. Su obra, su pensamiento político, su papel en la educación argentina y su figura pública han sido largamente estudiados. Sin embargo, en torno a él persisten también zonas menos exploradas: el hombre íntimo, las pasiones profundas que orientaron su vida y los valores que su familia procuró preservar como herencia moral. En esa trama de memoria doméstica y legado histórico se inscribe el testimonio de su nieto.Para Larguía, hay una clave que atraviesa toda la vida de su abuelo: la fe absoluta en la educación. La define como una convicción casi obsesiva, nacida en una época en la que el conocimiento solo podía conquistarse a través del estudio y los libros. Esa devoción lo ubica -con matices- en la estirpe de los grandes educadores fundacionales del país. No solo por su acción institucional, sino por su concepción humanista del saber como herramienta de progreso individual y colectivo.

Otro eje esencial de su pensamiento -y de su biografía- fue la relación con la tierra y la montaña. Proveniente del interior profundo riojano, González desarrolló un temprano interés por la minería, al punto de crear la primera cátedra específica en la materia en la Argentina y redactar el manual con el que se formaron generaciones. En esa conjunción entre territorio y conocimiento aparece una constante: comprender el país desde sus recursos, su geografía y su potencial productivo.

Ese vínculo entre naturaleza, trabajo y cultura también dejó huellas en la familia. Larguía lo reconoce en su propia vida ligada a la vitivinicultura en Nonogasta, como una continuidad simbólica de aquella mirada que unía identidad y suelo. Pero por encima de todo, el nieto identifica en González un rasgo que considera definitorio: el optimismo. No un optimismo ingenuo, sino una ética de la esperanza sostenida aun en la adversidad, expresada con claridad en su célebre Lección de optimismo, pronunciada cuando debió dejar la conducción universitaria en tiempos de la Reforma.Desde esa perspectiva -educación, tierra y confianza en el porvenir- Larguía reconstruye la figura de su abuelo. No solo el intelectual y el hombre público, sino el referente moral cuya memoria continúa interpelando a sus descendientes. Porque, como repite a lo largo de la conversación, ser nieto de Joaquín V. González es un orgullo, pero también una responsabilidad histórica.

SE CONOCE MUCHO DE LA VIDA DE JOAQUÍN, O SE CREE SABER MUCHO, PERO HAY OTRAS COSAS QUE POR AHÍ NO SE SABEN, Y TAMBIÉN HAY MUCHOS MITOS EN TORNO A SU FIGURA. ¿QUÉ VALORES USTED CREE QUE VINIERON DE SU VIDA Y SU OBRA Y QUE DESDE SU FAMILIA SE INTENTARON PRESERVAR? ¿CUÁLES SON LOS VALORES QUE MÁS LO DEFINEN A JOAQUÍN?

Bueno, era un adicto a la educación. Lo más importante para él era la educación. Y eso es algo que quedó para siempre, tanto que algunos hasta lo comparan con (Domingo Faustino) Sarmiento, algo que me parece exagerado, pero sin duda que fueron los educadores más importantes del país y los primeros. Después ya vinieron otros, y otros métodos más rápidos. Pero en esa época no había otra forma de instruirse que no fueran los libros. Joaquín creó la cátedra de minería única que hubo en el país en esa época, y el libro con que se estudiaba era el suyo. Y esa es una anécdota que se puede contar, porque siendo ministro del Interior viene a Córdoba a rendir Derecho, viene a dar los cursos, a rendir para ser abogado. Entonces lo examinan, y le toca derecho minero. Y justamente le dicen los profesores: “Alumno González, cuéntenos sobre la reforma de la ley de minería”. Y él da una cátedra. Los profesores le pusieron 10 y felicitado, y se preguntaron: “¿No habrá una nota más alta para ponerle?”. Pero Joaquín era bastante humilde.

Y HAY TAMBIÉN UN LEGADO MUY GRANDE, JUSTAMENTE EN TORNO A LA MINERÍA, QUE TIENE QUE VER CON ÉL…

Claro. A él le inspiró mucho el tema de la minería porque venía de la montaña, y él siempre hablaba de sus montañas. En ese tiempo había mucha minería en La Rioja.

USTED SE DEDICÓ A CULTIVAR LA UVA, EN NONOGASTA. ESA ES TAMBIÉN UNA VOCACIÓN QUE MUCHO TIENE QUE VER CON EL LEGADO DE JOAQUÍN V. GONZÁLEZ LIGADO CON LA TIERRA…

Sí, en todo, en realidad. Todo está vinculado con su famosa Lección de Optimismo, en la que dice: “Bueno, ya ves que no soy un pesimista ni un desencantado ni un amargado por derrota alguna…”. Eso fue parte del discurso cuando la Universidad lo saca porque vino la Reforma Universitaria y se le hace un homenaje muy lindo. Eso está en las obras completas.

BASE INSUSTITUIBLE DEL PROGRESO HUMANO

La memoria de las grandes figuras públicas no es estática: se transforma con el tiempo, se atenúa o se reaviva según las épocas y las sociedades que las recuerdan. En La Rioja, la figura de Joaquín V. González atraviesa hoy, según percibe su nieto Ángel Larguía, un proceso de revalorización sostenida. Durante décadas -sugiere- su nombre tuvo mayor resonancia en el escenario nacional que en su propia provincia natal. Hoy, en cambio, observa un reconocimiento más profundo, más consciente, casi como si la tierra de origen hubiera vuelto a apropiarse de su legado.Esa percepción abre inevitablemente una pregunta: ¿cómo dialogaría el pensamiento de González con el presente? Larguía ensaya una respuesta que no se detiene en etiquetas ideológicas. Cree que su abuelo habría mantenido intacta su preocupación central: la educación como fundamento de toda vida social. Para González, la ignorancia no era solo una carencia individual, sino un problema colectivo que debía ser combatido desde el Estado y la cultura. Su paso por el Consejo Nacional de Educación y su obsesión pedagógica respondían a esa convicción: el progreso de una nación dependía de la formación de sus ciudadanos.En esa misma línea, su ubicación política aparece, en la mirada del nieto, menos como pertenencia partidaria que como ética pública. González aceptó ser llamado conservador, pero se definía a sí mismo cercano a un ideario democrático y progresista, y participó junto a Lisandro de la Torre en la formulación del Partido Demócrata Progresista. Más que la adscripción, lo definía una concepción del Estado orientada al bien común, la educación y la paz.

Ese último principio emerge con fuerza en el recuerdo familiar: su papel decisivo en la política exterior argentina de comienzos del siglo XX. Como ministro del Interior y responsable de la Cancillería en un momento de máxima tensión con Chile, González intervino en las negociaciones que condujeron a los pactos de desarme que evitaron la guerra. Para Larguía, ese episodio revela un rasgo esencial del pensamiento de su abuelo: la convicción de que la civilización debía imponerse sobre la violencia y que la diplomacia podía prevalecer sobre el conflicto armado.Cuando se le pregunta qué aspectos de ese legado siguen vigentes, el nieto vuelve una y otra vez al mismo núcleo: el valor del estudio, la lectura y la formación intelectual. En una época -dice- en la que el conocimiento no estaba mediado por tecnologías ni inmediatez, González construyó su saber con disciplina y libros.

Esa ética del aprendizaje, cree Larguía, es la herencia más urgente de transmitir a las nuevas generaciones. Porque, aun en un mundo saturado de información, la educación continúa siendo -como lo fue para su abuelo- la base insustituible del progreso humano.

¿SIENTE QUE LA FIGURA DE JOAQUÍN V. GONZÁLEZ SIGUE VIVA EN LA RIOJA? ¿SIENTE QUE SE LO TIENE EN CUENTA

Veo que estos últimos años se le ha dado mucha más importancia de la que tenía. Antes era más importante quizás en el país; hasta en Salta hay un pueblo que se llama Joaquín V. González. En todo el país es importante su figura, pero acá en La Rioja ahora le han dado mucha importancia, seriamente. Yo lo veo así.

SI DE PRONTO JUGÁRAMOS A IMAGINAR LA MIRADA DE JOAQUÍN EN ESTE TIEMPO QUE NOS TOCA VIVIR, ¿QUÉ CREE QUE LE PREOCUPARÍA O QUÉ LE INTERESARÍA DE ESTE TIEMPO QUE ESTAMOS ATRAVESANDO A NIVEL POLÍTICO, A NIVEL SOCIAL?

Él podía ser socialista o conservador, de cualquier partido político, pero yo creo que seguiría con la educación. Para él la ignorancia era algo que había que corregir y por eso luchó mucho, como que fue presidente del Consejo Nacional de Educación varias veces. Y como político… no sé, hace mucho que lo leí, pero me acuerdo. Dice: “A mí me dicen que soy conservador; yo dejo decirme, pero debería pertenecer a un partido demócrata y progresista”. Y justamente le tocó, junto con Lisandro de la Torre, hacer las bases del Partido Demócrata Progresista.

¿QUÉ ASPECTOS DEL PENSAMIENTO DE JOAQUÍN V. GONZÁLEZ CONSIDERA QUE SIGUEN HOY VIGENTES Y QUE ES NECESARIO QUE SIGAN VIGENTES TAMBIÉN?

Seguro que sería la educación. Era un hombre instruido. En esa época no teníamos los métodos de ahora, las computadoras ni la inteligencia artificial. Hoy se sabe todo al instante, de todo. Entonces había que leer, leer muchos libros. Y eso hacía González. Eso hay que inculcarle a los chicos. Yo antes, cuando me ocupaba más y me pedían que hable en las escuelas, me refería justamente a que triunfó gracias a sus estudios, sus lecturas, sabía de todo. La educación para él fue lo más importante, aunque fue político. Hasta le tocó ser ministro del Interior de Roca cuando venía la guerra por los límites con Chile, y Roca lo puso a cargo de la Cancillería. E hicieron el tratado de paz de desarme que fue el primer tratado universal, o sea, del mundo, del desarme internacional. Y así se evitó la guerra con Chile de esa época. Estaba totalmente en contra de la guerra. Su protagonismo fue impresionante en tantos sentidos…

UNA PRESENCIA HEREDADA

Al acercarse al final de la conversación, el relato de Ángel Larguía abandona progresivamente el terreno de la historia pública para ingresar en una zona más íntima: la relación imposible con el abuelo que nunca conoció. Allí, la figura monumental de Joaquín V. González deja de ser únicamente el estadista, el educador o el intelectual, y se convierte en una presencia heredada, transmitida por la memoria familiar y por la gravitación de su obra.

Cuando piensa en las nuevas generaciones, Larguía imagina a su abuelo atravesando el tiempo sin nostalgia ni rechazo por la modernidad. Cree que, así como en su época la formación se edificaba en la lectura y el estudio disciplinado, hoy González habría abrazado los medios contemporáneos para el mismo fin: difundir conocimiento. No hay, en esa visión, una oposición entre tradición y progreso, sino una continuidad: los instrumentos cambian, pero la educación permanece como núcleo moral y civilizatorio. La célebre afirmación de la Lección de Optimismo -que señalaba a la ignorancia como su único enemigo- aparece así como una idea que trasciende épocas y tecnologías.

Pero la conversación deriva inevitablemente hacia una dimensión más personal. Larguía recuerda que nació trece años después de la muerte de su abuelo y que, por lo tanto, su vínculo no es afectivo sino histórico. No hay recuerdos compartidos ni escenas familiares: solo la conciencia de pertenecer a una genealogía excepcional. Ante la hipótesis de un encuentro imaginario, su respuesta es reveladora en su sencillez: no sabría qué decirle; lo admiraría.

Esa distancia no disminuye el peso de la herencia; por el contrario, la vuelve más exigente. Ser descendiente de un “prohombre” -como lo define- implica una responsabilidad moral permanente: honrar la memoria, estar a la altura de un nombre que excede lo familiar y pertenece también a la historia colectiva. En esa tensión entre orgullo y deber se cifra, quizá, el legado más íntimo de Joaquín V. González: no solo una obra que interpela al país, sino una presencia que continúa modelando la identidad de quienes llevan su sangre.

¿QUÉ LE GUSTARÍA QUE LAS NUEVAS GENERACIONES SUPIERAN DE JOAQUÍN? ¿QUÉ DEBERÍAN TENER EN CUENTA LAS NUEVAS GENERACIONES EN TIEMPOS EN QUE, COMO BIEN LO DECÍA USTED, VIVIMOS PERMANENTEMENTE ACELERADOS?

Y bueno, que si en esa época se instruía leyendo, ahora se instruye con otros métodos también. No hay que despreciar lo moderno. Supongo que Joaquín hubiera buscado la forma de divulgar el conocimiento por cualquier modo, también en esta época y por los métodos modernos, pero siempre el conocimiento.Justamente él, después del discurso de la Lección de Optimismo en La Plata, dejando el rectorado —o la presidencia, como se llamaba entonces—, dice que lo único que tenía como enemigo era la ignorancia. Era lo que más le preocupaba y en lo que creo que fue muy útil al país: en luchar contra la ignorancia.

SI DE PRONTO, TAMBIÉN IMAGINARIAMENTE, PUDIERA HABLAR UN RATO CON JOAQUÍN, ¿QUÉ LE DIRÍA DESDE SU LUGAR DE NIETO?

Amor filial no tengo, digamos, porque no lo conocí. Cuando él murió me faltaban 17 años para nacer. Él murió el 21 de diciembre del 23 y yo nací en noviembre del 36. Si tuviera esa posibilidad, la verdad es que no sé qué haría. Admirarlo, seguro

ME DECÍA AL PRINCIPIO, ÁNGEL, QUE POR MOMENTOS SIENTE MUCHO ORGULLO, PERO TAMBIÉN MUCHA RESPONSABILIDAD…

Mucha responsabilidad tenemos los que en general somos familiares de los prohombres del país. A mí me ha tocado ser nieto de Joaquín V. González. Me hubiera gustado heredar un poco más de su sabiduría. Sería un buen tema para charlar.

La conversación con Ángel Larguía se apaga lentamente, como si también ella quisiera respetar ese silencio reverente con el que, según contaba su madre, las hijas de Joaquín V. González se movían en la casa para no interrumpirlo mientras trabajaba. El nieto y su testimonio quedan entonces en esa misma penumbra de memoria: un hombre que no conoció a su abuelo y, sin embargo, ha vivido acompañado por su presencia durante casi nueve décadas.

En su relato no hay nostalgia por lo vivido -porque no hubo vida compartida- sino una forma más compleja y persistente de filiación: la de quien hereda un nombre que pertenece tanto a la historia como a la familia. De allí nace esa mezcla que repite una y otra vez, como si fuera una definición de sí mismo: orgullo y responsabilidad. Orgullo por descender de uno de los grandes constructores culturales del país; responsabilidad por estar, de algún modo, a la altura de esa memoria.

Cuando la entrevista termina, queda flotando su deseo más íntimo: haber heredado algo más de la sabiduría de Joaquín. No lo dice con tristeza, sino con una humildad que también parece aprendida de esa tradición que admira. Tal vez, sin proponérselo, ya haya heredado lo esencial: la convicción de que la memoria de los grandes hombres no vive solo en los libros ni en los monumentos, sino en quienes la sostienen con respeto, conciencia y gratitud.Y así, en la voz pausada de este nieto riojano que se aproxima a los noventa años, la figura de Joaquín V. González vuelve a adquirir dimensión humana. No solo como estadista, educador o intelectual, sino como una presencia transmitida de generación en generación. Una presencia que, en Ángel Larguía, sigue encontrando palabras para decirse: ser su nieto es, todavía, un orgullo… y una responsabilidad histórica.

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