El 12 de octubre de 1880 Severo Chumbita estaba lejos del ruido de los campos de batalla. Habían pasado los tiempos de las lanzas, de los caballos al galope, de los hombres que aparecían detrás de un cerro y podían cambiar en una tarde el gobierno de una provincia. También habían pasado el Chacho, Felipe Varela, las montoneras, las persecuciones y los años de cárcel. Chumbita viajaba junto a su esposa Rosaura Villafañe por tierras catamarqueñas cuando la muerte lo encontró en Miraflores. Tenía alrededor de sesenta años y llevaba apenas tres en libertad. Su cuerpo fue llevado después hasta Aimogasta, donde fue enterrado. Parecía el final discreto de una vida que había atravesado, sin embargo, algunos de los capítulos más violentos de la organización nacional.
Había sobrevivido. Ese fue, acaso, su rasgo más extraordinario. Facundo Quiroga cayó en Barranca Yaco. Ángel Vicente Peñaloza terminó asesinado después de rendirse y su cabeza fue exhibida como escarmiento. Felipe Varela murió lejos de los campos en los que había peleado. Chumbita, en cambio, alcanzó a regresar a su tierra después de haber participado en prácticamente todos los levantamientos federales riojanos de la década de 1860. Fue perseguido, perdió bienes, vio destruida parte de su hacienda, permaneció siete años preso y llegó a enfrentar un proceso judicial que terminó en la Corte Suprema. Vivió lo suficiente para asistir a la derrota de su mundo.
Pero su historia había empezado mucho antes de las montoneras.
El agua, la tierra y un apellido
Los Chumbita estaban en el norte riojano antes de que Severo empuñara un arma. Investigaciones sobre las memorias indígenas de Arauco reconstruyeron la presencia de aquella extensa familia en Aimogasta y Machigasta y encontraron detrás de ella una genealogía que conducía hasta antiguos cacicazgos. José Francisco Chumbita, abuelo de Severo, había sido cacique en Arauco y llegó a viajar a Buenos Aires a comienzos del siglo XIX para reclamar por el agua de los habitantes de Machigasta y Aimogasta. El apellido no era solamente un apellido: era también una forma de pertenencia al territorio.
En ese paisaje seco, el agua decidía casi todo. Decidía dónde podía levantarse una casa, dónde plantar, dónde criar animales y cuánto valía una tierra. Las disputas por los turnos de riego y las propiedades formaban parte de la vida cotidiana, y Severo, que llegó a desempeñarse como juez de paz y comandante de milicias, conocía bien esos conflictos. Vivía en una finca de Machigasta, tenía un molino, ganado, cultivos y una particular pasión por los caballos. Las memorias familiares lo recuerdan como un hombre al que los vecinos acudían para resolver pleitos y pedir consejo.
Esa raíz ayuda a comprender algo que suele perderse cuando las guerras civiles quedan reducidas a una sucesión de nombres y batallas. Las montoneras no surgieron solamente de las ambiciones de los caudillos. En ellas confluyeron hombres de campo, pequeños propietarios, milicianos y descendientes de antiguas comunidades indígenas que llevaban generaciones defendiendo agua, tierras y formas locales de autoridad. Investigaciones contemporáneas colocan precisamente a los Chumbita dentro de ese largo hilo que conecta las disputas indígenas de Arauco con las rebeliones federales del siglo XIX.
Cuando Severo Chumbita entró de lleno en las guerras civiles, por lo tanto, no lo hizo desde la nada. Su padre, Juan Orencio, también había ocupado posiciones de mando. Y el propio Severo terminó convirtiéndose en uno de los hombres fuertes de Arauco, ligado al Chacho Peñaloza y luego a Felipe Varela.
Los hombres que seguían volviendo
Durante los años sesenta del siglo XIX, las provincias del oeste argentino se convirtieron en un territorio de levantamientos, ocupaciones y represalias. Chumbita estuvo entre quienes resistieron el nuevo orden político surgido después de Pavón. Peleó junto a las fuerzas federales del Chacho y, después del asesinato de Peñaloza en 1863, volvió a las armas cuando Felipe Varela encabezó la rebelión contra el gobierno de Bartolomé Mitre y contra la Guerra del Paraguay. Las fuentes lo ubican como uno de los principales jefes montoneros del norte riojano y del oeste catamarqueño.
No se trataba de pequeñas escaramuzas perdidas en los Llanos. En 1867, Chumbita intervino activamente en el levantamiento que se expandió por Catamarca. Participó en la toma de Tinogasta y posteriormente reunió sus tropas con las de Felipe Varela antes de la batalla del Pozo de Vargas. Las fuerzas federales llegaron allí numerosas pero exhaustas, con problemas de agua y armamento. La derrota del 10 de abril marcó un punto de inflexión, aunque no terminó inmediatamente con la rebelión.
El país que estaba naciendo se propuso entonces eliminar aquello que los vencedores entendían como un estado permanente de insurrección. Las campañas militares no se limitaron a perseguir combatientes. Hubo propiedades arrasadas, confiscaciones, fusilamientos y desplazamientos. En el caso de Chumbita, las represalias alcanzaron también su patrimonio familiar en Aimogasta.
Y sin embargo seguía regresando.
Tal vez por eso el personaje creció también en el territorio de la leyenda. Una tradición aseguraba que era capaz de interpretar el fuego para anticipar los movimientos enemigos. Otra le adjudicaba una hazaña todavía más fantástica: haberle quitado el freno a la “mula ánima”, aquella criatura espectral que, según las creencias populares del noroeste, vagaba durante las noches arrastrando cadenas y sembrando terror. Para hacerlo había que poseer un valor extraordinario. La leyenda no sirve para demostrar lo que Chumbita hizo, pero sí para entender en qué clase de personaje se había convertido entre quienes lo seguían.
El Estado, en cambio, debía convertir a aquel caudillo en acusado.
Chumbita fue detenido y sometido a un proceso larguísimo. Él mismo declaró ante la Justicia en octubre de 1871 que era natural de La Rioja, casado, labrador y domiciliado en Machigasta. Las acusaciones mezclaban rebelión con delitos cometidos durante las guerras. En 1873, el juez federal Mardoqueo Molina lo condenó a diez años de destierro y una multa de dos mil pesos fuertes por su participación en el movimiento encabezado por Felipe Varela. La causa llegó después a la Corte Suprema.
Allí comenzó otra batalla, esta vez escrita sobre expedientes.
El Congreso había sancionado una amnistía suficientemente amplia como para alcanzar también a Chumbita. La Corte terminó sobreseyéndolo respecto del delito político de rebelión, aunque mantuvo abiertos cargos vinculados a delitos comunes atribuidos a los años de las insurrecciones. El nombre del viejo montonero quedó así inscripto también en los primeros años de la jurisprudencia nacional. Aquella pelea entre lanzas y fusiles acababa discutiéndose, una década después, frente a jueces de la República.
Después de las armas
En 1877, vecinos de La Rioja pidieron su liberación. Entre las firmas había incluso antiguos adversarios. El presidente Nicolás Avellaneda terminó indultándolo y Chumbita salió de prisión en agosto de ese año. Los años de encierro lo habían enfermado y envejecido. Regresó a Aimogasta y pasó allí buena parte del poco tiempo que todavía le quedaba.
Había sucedido algo irreversible. El país de las montoneras estaba desapareciendo. Las provincias continuaban existiendo, los viejos nombres seguían en los pueblos y las familias, pero el Estado nacional había impuesto definitivamente otra forma de autoridad. Los hombres que antes podían reunir una milicia y poner en jaque a un gobernador iban quedando convertidos en recuerdos incómodos, expedientes judiciales o leyendas.
Severo Chumbita había sido derrotado, pero no había sido borrado.
Una tradición familiar recogida décadas más tarde dice que Julio Argentino Roca, que había participado como militar de las campañas contra las rebeliones del interior y estaba próximo a convertirse en presidente, le envió a Chumbita un retrato dedicado y lo invitó a viajar a Buenos Aires. Según ese relato, pretendía reconocerle un grado militar y compensarlo por los daños sufridos en sus propiedades. La respuesta atribuida al viejo montonero cabe en una sola frase:
“Si él quiere verme, a la misma distancia estamos”.
No sabemos cuánto hay de reconstrucción familiar en aquella escena. Y acaso tampoco importe demasiado. Las tradiciones populares suelen conservar menos la exactitud de una conversación que el carácter que una comunidad decidió atribuir a quien la pronunció. La frase devuelve a Chumbita a Aimogasta, inmóvil frente a un poder que ahora estaba instalado definitivamente en Buenos Aires.
Tres años después de salir de prisión murió durante aquel viaje por Catamarca. Fue enterrado en Aimogasta. Y allí su nombre siguió circulando mucho después de que los últimos montoneros desaparecieran. En 1973, casi un siglo después de su muerte, productores olivícolas de Arauco volvieron a utilizarlo como emblema en sus reclamos. La historia había cambiado de escenario, de actores y de lenguaje, pero todavía encontraba algo reconocible en aquel apellido.
Por eso quizá Severo Chumbita no deba ser recordado solamente como uno de los últimos jefes de las montoneras riojanas. Su vida contiene una historia más extensa: la de una familia indígena vinculada durante generaciones con la tierra y el agua de Arauco; la de un hombre que siguió al Chacho y a Varela cuando el país discutía por las armas qué clase de nación quería ser; la de un derrotado que terminó enfrentando al nuevo Estado en sus propios tribunales; y la de un nombre que, mucho después de apagarse las guerras civiles, siguió sirviendo para hablar de pertenencia.
El 12 de octubre de 1880 murió Severo Chumbita. Las montoneras ya habían perdido. La memoria, en cambio, todavía no.